viernes, noviembre 03, 2017

jueves, noviembre 02, 2017

Botín de Oro, también orgullo de La Quema

Héctor Yazalde, el inolvidable Chirola, fue el único argentino en conseguir el Botín de Oro que la UEFA le entrega cada temporada al máximo goleador de todo el continente. Más allá de que se destacó en Independiente, Sporting Lisboa y Newell's su retiro fue en Huracán. Fueron apenas dos partidos (sin goles) en 1981. Ese año, el equipo de Parque de los Patricios terminó octavo en el Metropolitano que ganó Boca con Diego Maradona; y se quedó afuera de los cuartos de final por dos puntos del Nacional que ganó River con Mario Kempes. Duró poco la aventura de Yazalde en los barrios del Sur, pero fue también un motivo de orgullo de aquellos días. Lo que sigue es un retrato de este personaje irrepetible publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.

Villa Fiorito parece destinada a alumbrar grandes cracks. En su geografía de carencias y postergaciones, en la periferia del partido de Lanús, se forjó ese nombre que no necesita apellido para presentarse en el mundo del fútbol: Diego. Pero no fue la única figura universal que conoció los deleites de esos potreros ya mitológicos. Allí cerca, a un puñado de calles sin cordón ni asfalto, también se crió otro personaje irrepetible de la historia del fútbol argentino: Héctor Casimiro Yazalde. El consiguió lo que ni el inmenso Maradona: fue el único futbolista nacido en esta tierra capaz de obtener el Botín de Oro, ese lauro que Europa le entrega al máximo goleador de cada año en todo el continente.

Yazalde dividió su niñez y su adolescencia entre los potreros y los esfuerzos por llevar el pan a casa. Le decían Chirola porque trabajaba por chirolas (una palabra que encontró el lunfardo para mencionar a unas pocas monedas). Trabajó en un puesto de diarios, fue ayudante en una verdulería y repartidor de hielo. En definitiva ayudaba como podía a Pedro y a Petrona, sus padres -quienes años antes habían dejado Los Toldos para instalarse en el Gran Buenos Aires-, y a sus siete hermanos.

Su primer club formal fue Los Andes. Y en Racing llegó a jugar en la Séptima junto a Agustín Cejas, el Panadero Rubén Díaz, el Coco Alfio Basile y Rodolfo Vilanoba. En 1964 fichó para Piraña, un club de la D, la última categoría de la AFA. Entonces aconteció un detalle que cambiaría todo y para siempre: Carlos Radrizzani, presidente de Independiente, lo vio jugar en un torneo nocturno y lo llevó al club para sumarlo a la Tercera. Cuentan que llegó al Rey de Copas por recomendación de Julio Grondona, entonces presidente de Arsenal y conocedor de los secretos del Ascenso. En ese tiempo pesaba apenas 60 kilos de mal comer.

Su crecimiento fue impresionante: Renato Cesarini lo citó para el seleccionado Juvenil que disputó los Juegos Panamericanos de Winnipeg. Osvaldo Brandao lo promovió al notable equipo que consiguió el Campeonato Nacional de 1967, con Santoro, Pavoni, Savoy, Pastoriza, Bernao, Artime y Tarabini, a quien consideró siempre su mejor amigo en el fútbol.

En 1970 ya había demostrado todas sus condiciones como goleador y desde el año anterior jugaba en la Selección. Lo quisieron contratar del Santos, del Palmeiras, del Lyon, del Valencia y hasta de Boca, ese club que admiraba en los tiempos de la niñez. Pero tomó una decisión que marcaría el principio de su capítulo más memorable: después de 111 partidos y 67 goles con la camiseta de Independiente se fue al Sporting Lisboa.

En Portugal, además de ganar la Copa (en 1973 y en 1974) y la Liga (en 1974), su mayor logro tuvo carácter individual: en la temporada 73/74 convirtió 46 tantos en 30 partidos. No sólo obtuvo el Botín de Oro (el mismo que consiguieron entre otros Eusebio, Gerd Müller, Marco Van Basten, Hristo Stoichkov, Hugo Sánchez, Ronaldo, Thierry Henry, Diego Forlán, Francesco Totti y Cristiano Ronaldo) sino que estableció un récord que aún permanece.

En el Sporting lo recuerdan como lo que fue en su tiempo: un crack y una celebridad. No es casual que se lo incluya como integrante del equipo ideal de todos los tiempos en cuanta encuesta vinculada con Los Leones de Alvalade se realice. Más de tres décadas después, Chirola sigue siendo motivo de añoranza y de tributo para los verdiblancos de Lisboa.

En aquellos días, filmando un corto publicitario que promocionaba una marca de jabones, Yazalde conoció a la modelo y actriz portuguesa María del Carmen Resurrecao de Deus, con quien se casó en 1973. Luego de casarse, Carmen adoptó el apellido de su marido, que mantuvo aun después de la separación. Tuvieron un hijo, Gonzalo.

Incluso en sus días de glamour y estrellato europeo, Yazalde jamás renegó de su origen. Tampoco en su regreso a la Argentina para jugar en Newell's y para retirarse en Huracán. El irremplazable Osvaldo Ardizzone un día lo definió con el fino trazo de su pluma privilegiada. Escribió de Chirola: "Purrete de la orilla, la vida de salida, te cantó, la bolilla más fulera". Esa bolilla fulera fue una cirrosis que se lo llevó en 1997. Tenía 51 años. Cuentan que murió sin saber que sería inolvidable.

sábado, octubre 28, 2017

Golear, gustar, creer



Huracán 4 - Lanús 0

Datos:

Seis partidos sin derrotas en la Superliga; ocho en total.

Un gol recibido en los últimos ocho partidos (incluyendo la Copa Argentina).

Un 4-0 que no sucedía, en el ámbito local, desde 2015.

Un escenario:

Huracán termina su sábado como escolta de Boca.

El otro escenario:

No hay que olvidar la disputa prioritaria de los promedios. Crecimos. Hay que seguir creciendo. Para que fin de año nos encuentre celebrando la tranquilidad.

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En definitiva, la goleada frente a este Lanús alternativo (juega el martes ante River, por las semifinales de la Libertadores) es un lujo en plena lucha. Un remanso. También resulta otra cosa. Un desafìo de cara a lo que viene, que se hace pregunta: ¿podemos pelear arriba?

Por ahora es tiempo de golear, de gustar y de creer.

Nada menos.


miércoles, octubre 25, 2017

La AFA tenía razón

Huracán de 1939, la inolvidable Aplanadora de Masantonio. El más campeón de los años veinte también ofrecía protagonismo y abrazaba la gloria en el umbral de los años cuarenta.

Con la fundación de la actual AFA en 1934, los clubes más importantes comenzaron a reclamar una participación en las decisiones proporcional a su relevancia. Hubo encuentros y discusiones durantes tres años. Hasta que en la reunión del Consejo Directivo de la AFA, el 5 de agosto de 1937, se dispuso establecer el voto proporcional. Estos eran los aspectos a considerar:

1) Tres votos para los clubes que tuvieran 20 años de participación consecutiva en los torneos oficiales de Primera División,  que hubieran sido campeones en 2 o más temporadas y que sumaran más de 15.000 socios.

2) Dos votos para los clubes con más de 10.000 socios y menos de 15.000, o el que no teniendo esa cifra, hubiera sido campeón de Primera y tuviera en la categoría una antigüedad no menor de 20 años.

3) Un voto para los que estén fuera de las consideraciones anteriores. 

Inicialmente, Racing (9 títulos y 27 temporadas), Boca (9 y 25), San Lorenzo (4 y 23), River (3 y 29) e Independiente (2 y 26) encajaron en el primer grupo. Y Huracán (4 y 24) quedó en el segundo lugar de privilegio, como el sexto equipo en cuestión. Le faltaban algunos socios apenas. Estudiantes (campeón en 1913) y Gimnasia (vencedor en 1929) aparecen también en el segundo escalón.

En la Memoria y Balance de la AFA de 1942 se modifica el cálculo de votos. Y Huracán es incluido en el primer grupo, el de los más grandes. Señala el Artículo 94 de la Normativa:  "En virtud de lo establecido en al artículo 13 de este Estatuto, quedan compredidos en el inciso a) del mismo los clubes. Atlanta, Banfield. Chacarita, Ferro, Lanús, Newell's, Platense y Central, con un voto cada uno; b) última parte, los clubes Estudiantes de La plata y Gimnasia y Esgrima de La Plata, con dos votos cada uno; y en el inciso c) los clubes: Boca, Huracán, Independiente, Racing, River y San Lorenzo, con tres votos cada uno". Este esquema se mantiene hasta los años cincuenta. Desde esa dècada, ya no hubo más votos privilegiados.
 

miércoles, octubre 18, 2017

Stábile, también ese actor



Guillermo Stábile, el inmenso Filtrador, en la película "Pelota de Trapo", de 1948, dirigido por Leopoldo Torres Ríos.

Más:
Los detalles del film, en IMDB.

lunes, octubre 16, 2017

De seis puntos... O más



Olimpo 0-Huracán 2

Victoria clave. Una final. Decisiva a principio del recorrido. Relevante de cara al futuro.

Un triunfo que sirve para crecer en confianza, para alimentar el entusiasmo y, sobre todo, para alejarse de los competidores directos en la tabla de los promedios.

También puede ser otra cosa: el nacimiento de la posibilidad de pelear arriba.

No es poco.

martes, octubre 10, 2017

Cuando las paredes hablan


Ringo Bonavena y su saber popular, su impronta de guapo, su estirpe de Quemero de ley. Ahí, en un mural. En el Parque de los Patricios de su corazón.

viernes, octubre 06, 2017

Una pena


Copa Argentina: Huracán 0 (1) - Vélez 0 (3)

Ya llegará el tiempo del análisis.

El dolor, por ahora, se cuenta callando. U omitiendo escribir...

viernes, septiembre 29, 2017

Dos equipos, un punto



Defensa y Justicia 0 - Huracán 0

El equipo que defiende, ofrece garantías. En los últimos cinco partidos disputados, Marcos Díaz tuvo el arco invicto en cuatro. Es un síntoma de lo que funciona bien.

El equipo que ataca, es una incógnita. A Huracán le está costando convertir. No hizo goles en los últimos dos encuentros. Pero hay algo peor: no se generan situaciones.

En el equipo que defiende, Marcos Díaz sigue siendo San Marcos; Santiago Salcedo se consolida como el mejor refuerzo y Martín Nervo vuelve a ser aquel central que mereció la cinta de capitán.

En el equipo que ataca, Ramón Abila no parece nuestro Wanchope (desperdició dos situaciones muy claras en los últimos dos partidos; goles que valían puntos); Fernando Coniglio lucha mucho, juega poco y define nada; Ignacio Pussetto ofrece oro y barro según el partido; Nicolás Solís no puede ser titular...

El equipo que defiende garantizó un punto en Florencio Varela.

El equipo que ataca merecía la derrota.

miércoles, septiembre 27, 2017

Filgueiras, el pulpo con botines


Juan Manuel Filgueiras jugó en Huracán durante once temporadas, entre 1948 y 1958. Fue uno de los defensores emblemáticos de los años cincuenta. Y una de las caras más reconocibles de ese tiempo. Así lo demuestra esta publicidad de los botines Sportlandia (de 1952) en la que -de algún modo- se recibió de pulpo. Un pulpo al servicio del Globo de Newbery.

sábado, septiembre 23, 2017

Sumar, seguir, creer

Huracán 0 - Unión 0

Gustavo Alfaro llegó a Parque de los Patricios en un escenario complicado. Sabía que Huracán arrancaba la Superliga en la zona de descenso y que el último antecedente previo a su arribo era un dolor:ese 1-5 frente a Libertad de Paraguay, en el Palacio Ducó, por la Copa Sudamericana. Desde aquel fondo, se animó a una osadía: le dijo al presidente Alejandro Nadur que no llegaba al club a luchar por la permanencia. “Vengo a pelear arriba, por el campeonato, por cosas importantes”, expresó en público y en privado. Ahora, ya con el torneo en marcha y con la continuidad de la Copa Argentina, los números cuentan que consiguió algo importante: enderezó un barco al que muchos veían parecido al Titanic.

Desde que se sumaron los últimos refuerzos que pidió (Nazareno Solís y Nicolás Silva; luego de que se cayera el traspaso de Abel Aguilar, del Deportivo Cali), Huracán ganó tres de los cuatro partidos que disputó, empató el de ayer y apenas recibió un gol. Aquel equipo roto ya no está. Se transformó en lo que es ahora: un equipo bravo, intenso, incómodo. No le sobra brillo, es cierto. Pero luce dispuesto a protagonizar el partido y a rasparse en nombre de recuperar cada pelota.

Corresponde decirlo: frente a Unión no jugó bien. Careció de profundidad, llegó poco. Sin embargo, a pesar de eso, se mostró sólido y hasta pudo haberlo ganado. No le alcanzó. Fallaron los que venían jugando entre bien y muy bien, los más desequilibrantes, los de arriba.

Wanchope Abila -el mejor delantero de Huracán en las últimas tres décadas; garantía de un gol cada dos partidos- tuvo la situación más clara de todo el partido. Solo frente a un Nereo Fernández casi vencido, cabeceó apenas desviado, al costado del palo derecho del arquero de Unión. Iban 16 minutos del primer tiempo. Justo él -el nueve, el de los goles importantes, el superhéroe de La Quema- desperdició lo que pudo haber sido un quiebre en el partido.

Por si hacía falta más, Unión volvió a demostrar que más allá de los nombres es un equipo capaz de lidiar contra cualquier rival. Es ordenado, sabe a qué juega y cómo debe llevar adelante su plan. Yesa impronta colectiva le permite tolerar rendimientos individuales flojos sin mucho costo. Las estadísticas lo avalan:está invicto, suma 8 puntos de 12 en la Superliga; sigue con vida y con expectativas grandes en la Copa Argentina.

En cualquier caso, entre los dos construyeron un partido feo. Quiso más Huracán, siempre. Pero no le encontró la vuelta. Unión apostó al error ajeno. Y eso, en el ámbito defensivo, no aconteció. Por eso, además del gol, hubo otra ausencia en la tarde del Ducó:la de las llegadas a fondo. Apenas un par de excepciones, al margen de la de Wanchope: un cabezazo de Claudio Aquino y una definición imprecisa de Saúl Salcedo.

El resto del partido fue una celebración del triunfo de las defensas y de los mediocampistas de marca. Con los destellos de Patricio Toranzo -otra vez ovacionado- como el único ofrecimiento de belleza. Poco, demasiado poco, para las expectativas que venían generando. También lógico para dos equipos que no les gusta perder ni a la bolita. O eso parece...
Texto publicado por el fundador del Blog, en Clarín

jueves, septiembre 21, 2017

El Negro, nuestro superhéroe

Huracán, en los mágicos tiempos del Negro Laguna, memorable precursor en los días fundacionales y en los años 20

Su historia parece una mentira o una exageración ampliada por el paso del tiempo. José Laguna parecía vivir varias vidas a la vez. A ritmo de vértigo, pura intensidad. Le decían el Negro porque era morocho, de tierra adentro. Había llegado en tiempos de la adolescencia a la creciente Buenos Aires de principios del siglo XX, desde La Viña, Salta, su lugar de nacimiento. Su familia se radicó en la zona Sur, en el naciente Parque de los Patricios. Y él, un buscavidas que no podía vivir sin fútbol, participó de los tiempos fundacionales de Huracán. En un fútbol que brotaba por impulso e influencia británica, Laguna le daba impronta criolla, de barrio laburante. Ese espacio al que Carlos Lucero le puso letra en un tango que se llama como el barrio: "Yo soy de Parque Patricios / he nacido en ese barrio, / con sus chatas, con su barro... / En la humildad de sus calles / con cercos de madreselvas / aprendí a enfrentar la vida... / En aquellos lindos tiempos / del percal y agua florida, / con guitarras en sus noches / y organitos en sus tardes. / Yo soy de Parque Patricios / vieja barriada de ayer..."

Cuando se disputó el primer Sudamericano de fútbol, en 1916, el Negro Laguna ya se había ganado un lugar relevante en su Huracán. Con sus goles, desde su posición de insider derecho -un mediocampista creativo de los de estos días-, con su capacidad de conducción. Y también, ya fuera del campo de juego, como presidente. Era, sobre todo, un apasionado.

Su recorrido por el fútbol y por la vida tiene recovecos insólitos. Los cuenta Pablo Viviani -docente e historiador de Huracán- ante la consulta de Clarín: "Cuando llegó a Buenos Aires se asentó en Cabrera y Coronel Bulnes. Algún periódico ya lo menciona como secretario de un club de nombre curioso, Nelson. El padre de José era albañil y en época de sequía económica se declaraba jardinero y destructor de hormigueros. El Negro resultó pícaro en la cancha y rápido para los asuntos de la calle. Cuentan las malas lenguas que, cuando jugaba en Nacional de Floresta, este viejo zorro les pagaba dos centavos a 16 chicos para que lo vivaran y aplaudieran cuando él tenía la pelota". Tuvo otras escalas su viaje. "En Paraguay trabajó como electricista en el Palacio de los López para suplir de esa forma las necesidades que no saciaba el amateurismo. Dirigió equipos juveniles. Se enamoró de ese país. Pero no pudo con su genio de buscavidas y se fue al norte de Brasil para jugar y dirigir. Más tarde, consiguió trabajo en la fábrica de máquinas Singer y volvió a Huracán, su lugar en el mundo". En el Globo de Newbery fue campeón como jugador y como técnico en esos años veinte en los que el equipo de Parque de los Patricios fue el más campeón junto a Boca.

Como ahora, pero hace casi 100 años, los dirigentes más representativos estaban en la Comisión de Selección. La diferencia es que no había un entrenador que ofreciera conceptos tácticos y/o técnicos. Esas autoridades armaban los amistosos, citaban a los jugadores y luego los seleccionaban. Laguna era frecuentemente convocado a las pruebas. Pero nunca lo elegían para vestir la camiseta de la Selección. Por eso, Laguna tenía decidido ver los partidos del primer Sudamericano de la historia desde las tribunas de la cancha de GEBA, la más importante de entonces.

Era otro tiempo. Y era otro fútbol. Lo retrata el historiador y periodista Oscar Barnade, autor del reciente libro Copa América increíble, anécdotas imperdibles: "La pasión del fútbol comenzaba a mezclar a la adinerada clase dirigente porteña con las barriadas populares, que crecían de un lado y del otro del Riachuelo. Las canchas eran de madera y para presenciar el espectáculo público había que ir de riguroso traje y sombrero. Los unos y los otros. Las señoras de la alta sociedad, bien ubicadas en el palco oficial, lucían sus mejores vestidos. Las canchas no tenían alambrado y si entraba gente de más, se iban ubicando al costado de la raya de cal. El fútbol era amateur, pero ya algunos jugadores, los cracks, tenían sus privilegios y cobraban algún pesito de más en forma de viático o ya conseguían algún puestito en alguna empresa o un puesto en el estadio gracias a la política, en 1916 dominada aún por los conservadores. Era una organización y un fútbol incipiente. Esa génesis ya despertaba pasiones". Y esa pasión naciente y creciente lo habitaba a Laguna.

Aquel 10 de julio de 1916, el Negro nuevamente se preparó como para ir una fiesta, ese partido contra Brasil. Se puso su mejor traje, un pañuelo blanco y eligió un impecable chambergo. Y fue a la cita, allá en Palermo. Como un hincha más, mezclado entre la multitud. Poco antes del inicio del encuentro, un rumor comenzó a recorrer las tribunas: Alberto Ohaco, el ídolo y goleador de Racing, había viajado al interior del país y no regresaría a tiempo. Entonces, el azar se hizo convocatoria: Pedro Martínez, el primer jugador de Huracán que representó a la Argentina, estaba ahí -listo para jugar- y comentó que en las tribunas se encontraba su amigo y compañero Laguna. No hizo falta explicar quién era, lo fueron a buscar. Y ahí estaba. Listo y feliz, como quien espera un milagro que sucede.

Era el principio del episodio mágico. Laguna aceptó. Fue hasta las casillas que servían de vestuarios, colgó su traje y, por primera vez, se vistió de jugador de Selección. La picardía se le transformó en una sonrisa que no le cabía en la cara. A los 10 minutos, el Negro -ese invitado casual- marcó el primer gol del partido. Luego los visitantes igualaron y Uruguay se consagró campeón. Pero aquel instante resultó otra cosa, más allá de resultados y de desenlaces: quedó para siempre como un homenaje a los cracks olvidados. Y al hincha que imagina todos los días convertir su gol inolvidable...

Texto publicado por el Fundador del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com

martes, septiembre 19, 2017

Partido a partido, por más...



Gustavo Alfaro, tras la victoria frente a Gimnasia, en La Plata. Prudencia, calma. También entusiasmo.

lunes, septiembre 18, 2017

Así, Huracán



Gimnasia 1 - Huracán 3

Necesario. Histórico. Relevante. Sintomático.

Las cuatro palabras cuentan la victoria en La Plata.

Primero, porque suma mucho para la doble pelea: la de abajo (con los promedios) y la de arriba (con la expectativa de pelear por la Estrella Catorce).

Segundo, porque se ganó en el Bosque por primera vez desde el verano de 1986. Sí, más de tres décadas.

Tercero, porque se trata de la tercera victorias consecutiva. Y así consolida la mejoría y el ánimo.

Cuarto, también fundamental: porque el equipo ofrece rendimiento y -salvo imponderables- comienza a salir de memoria.

No es poco. Seguro que no.

lunes, septiembre 11, 2017

Pato + 10



Huracán 1 - Newell's 0

Tres puntos de platino, imprescindibles. Conseguidos con argumentos conocidos que parecen nuevos:

1) La capacidad para mantener el arco en cero (ya con Marcos Díaz definitivamente "de regreso").

2) Con la impronta luchadora reaparecida, intacta.

3) Sobre todo, con un Toranzo que mereció esa ovación con la que el Palacio le rindió tributo. Que queda claro: jugando asì, es Pato + 10.

Apenas eso. Todo eso.

domingo, septiembre 10, 2017

La camiseta, homenaje al Ducó


En el debut de Huracán en su estadio, por la Superliga frente a Newell's, habrá una camiseta especial para la ocasión: se trata de un homenaje al Palacio Ducó, que esta semana cumplió 70 años.

Los detalles:
En la Web Oficial.

viernes, septiembre 08, 2017

Manzi, el Palacio y nosotros


Por Homero Manzi*
Los arqueólogos se empeñan en hacer la cuenta exacta de las ciudades superpuestas a lo largo de sucesivas civilizaciones. Ayer, sentados en las butacas de “Huracán”, sin querer, hacíamos nuestra arqueología sentimental, superponiendo en el recuerdo las distintas canchas del club del Parque de los Patricios, que nació bajo el símbolo de aquel globo ausente –que llorará todo Buenos Aires- y que tuvo como presidente honorario a Jorge Newbery, el príncipe de los deportes argentinos, aquel de la sonrisa triste y la muerte gloriosa.

Es que habían pasado muchos años sobre nuestras vidas. Ya no estamos con “Tuco”, el extraño vagabundo del conventillo de la calle Garay, mirando “medio partido” desde las montañitas de Chiclana. Ya no corría sobre la líneas lateral de la cancha el “Ruso Chavin·, con el pañuelo colgando del bolsillo trasero de su largo pantalón azul.

Y el “Negro Laguna”, mañero y limpio al mismo tiempo, y “Ginebra”, el ídolo de la calle Rioja, “Iriarte”, “Basaldene”, “Carabelli”, “Marquez”, “Soulas” y “Martinez” (Pedrito Martinez) tampoco andaban sobre el pasto.

Comprendimos que habían pasado muchos años sobre nosotros y sobre los demás, y que, en su curso, el escenario y los actores se habían transformado. Claro, algo había quedado como antaño, y eran el corazón indomable de un “once” que empuja como si fuera el de siempre, y el globo simbólico que para jerarquizarse puede apelar a la tradición deportiva mezclada a la ciudad de 1910, que subía a las azoteas bajas para ver pasar sobre los molinos y las chimeneas los inflados aparatos de “Newbery y el Sargento Romero”.

También estaba sobre la cancha –otorgando con su presencia serena categoría de seguridad, el “Cachorro Alberti”. Porque hace mucho, cuando en lugar de las tribunas actuales apenas si existía una casilla de madera, ya jugaba un “Alberti”, que desde la misma línea lucia el arte del rechazo infalible y rotundo. Y también estarían sobre las tribunas, mezclados a la multitud, los muchachos de “Danel”, de “Metan”, de “Prudan”, de “Casacuberta”, de “Gallegos”, de “Cabot” –famosas cortadas del Sur- y sobre cuyas piedras sin tranvías se levantaron escuelas primarias de football ¡ con pelotas de veinte… !

Estaban allí. Yo los he visto otra vez como hace muchos años, inflando el globito con todos los pulmones y festejando la victoria con las gorras al aire y ocupando orgullosos las gradas de cemento.

La historia de los barrios porteños esta escrita, sin duda alguna, en los libros de acta de los clubes de barrio. Huracán es casi la historia misma del Parque de los Patricios. Alrededor de su nombre Pampero, giran los recuerdos del barrio sur. Al globo rojo sobre campo blanco –heráldica suburbana- están adheridas las cosas del barrio, y los cafetines del barrio, y los baldíos del barrio…con melancólicas suturas.

¿Es que el Café Benigno, desde cuyo palco molía tangos el bandoneón de “Arturo las Vieja”, y en cuya pizarra de billar se colocaba el resultado de los partidos de primera cuando no había radio ni sextas ediciones… no formaba parte de la historia de Huracán…?

¿Es que el Colegio Luppi, aquel que fundara Colombo Leoni, y en cuyos recreos del lunes se comentaban los goles y las jugadas del domingo… no era un vivero de jugadores y simpatizantes de Huracán…?

¿Es que el “Cine Ruso” – “El del Capuchino” – y “La Esclava” y “El Americano” y “La Tipográfica”, no estaban ligados a los mismos recuerdos…? ¡Sì…!

Todos esos lugares y la “Quinta de Pancho Moreno”, y cada una de las esquinas del Parque, están estampados en las paginas del club, que de tan modesto recibiera el mote de “Mate Cocido”, pues en lugar del te habitual obsequiaba con la criolla infusión a sus rivales, y que hoy, al correr de los años, es dueño de una sede lujosa y del primer estadio sudamericano.

*Texto publicado en el diario Crítica, en septiembre de 1947. Fragmento.

jueves, septiembre 07, 2017

Siete décadas, orgullo de La Quema


Esa caminata desde Caseros -por Luna o por Colonia- forma parte de los ritos de cada quemero de ley. Lo saben todos los feligreses del Ducó:allí al final del recorrido en la Avenida Alcorta espera -puro cemento, puro orgullo- el Palacio. Ese que acompaña alegrías y tristezas de Huracán; el que cobijó a Maradona y a Pelé como rivales; el que le ofreció escenario al Equipo de los Sueños del 73 y a tantas pesadillas que derivaron en descensos de tiempos no tan lejanos. También el que Hollywood reconoció a través de la película El secreto de sus ojos, ganadora del Oscar, en 2010.

El estreno del Ducó sucedió hace 70 años, justo hoy. El encuentro fundacional fue ante Boca, el archirrival de la década del 20, de la que ambos habían sido los más campeones. A diferencia del mandato de la historia del viejo duelo, fue victoria para el equipo de Parque de los Patricios por 4 a 3, por la vigésima fecha. Heraldo Ferreyro convirtió el primer tanto. Una curiosidad al respecto: fue su único gol en los 16 encuentros que disputó durante la temporada con Huracán. Juan Carlos Salvini fue el gran protagonista:marcó el primer hattrick en la historia del Ducó.

La tapa de la revista El Gráfico de aquella semana exhibe en su portada la presentación de los dos equipos, con la tribuna Miravé repleta: había clima de fiesta y de final.

Huracán ya había dejado atrás su estadio de madera, que estuvo en Alcorta y Luna desde el 17 de agosto de 1924 hasta el 22 de noviembre de 1942. En este 1947, en el mismo lugar, comenzaba una nueva era...

Los terrenos fueron adquiridos definitivamente el 23 de abril de 1939 tras la obtención de un crédito del Gobierno Nacional por $ 700.000. El 26 de octubre de 1941 se colocó la piedra fundamental. Más tarde, un nuevo crédito de $ 1.553.472 permitió que el 10 de agosto de 1943 se iniciara la construcción de las tribunas.

También en ese estadio flamante, Huracán se dio un pequeño lujo esta temporada: le ganó 3-2 al campeón River, que contaba -entre otros- con Alfredo Di Stéfano, Angel Labruna y Félix Loustau.

Ese mismo 1947 fue un año de despedidas. Tres jugadores emblemáticos jugaron su último partido para Huracán: Jorge Alberti, el futbolista con más presencias en la historia del club (393 partidos); Bruno Barrienuevo, el arquero que más jugó (253 encuentros); y Delfín Unzué, quien llegó a los 157 encuentros y 42 goles. Era el fin de una era. Y el principio de otra. La del Ducó.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín.

sábado, septiembre 02, 2017

Dos partidos, dos goles...



Wanchope Abila está de regreso. Y se nota. Dos partidos, dos goles, siempre desequilibrio en campo ajeno.

Va por más. Y lo dice.

viernes, septiembre 01, 2017

Viva la Copa



Copa Argentina: Huracán 1-Colón 0, en el Diego Maradona

A Huracán, parece, le sienta bien esta competición. Luce copero, como grita su gente desde la tribuna principal del Diego Maradona, en La Paternal. Con el 1-0 frente a Colón pasó de ronda en la Copa Argentina y resucitó respecto de sus derrotas recientes y de su pésimo registro frente a Los Sabaleros en tiempos cercanos. La lectura es inequìvoca: se trata de un buen modo de darle impulso al ciclo naciente de Gustavo Alfaro a cargo del Globo de Newbery. Nada más. Nada menos.

Queda una impresión: la Copa Argentina encanta y seduce. Lo sabían los dos, por experiencia. A cinco partidos les quedaba el trofeo, la posibilidad de jugar la Libertadores y la Supercopa. Por eso, no hubo casualidad: Huracán y Colón ofrecieron lo mejor que tenían a disposición.

Corresponde decirlo. Lo jugaron como lo que era: un encuentro decisivo. De esos que pueden marcar rumbos. Para el equipo, para el entrenador, para los protagonistas centrales de cada equipo.

El primer tiempo fue una demostración de que se conocían en detalle. De que el que se equivocaba perdía. Eduardo Domínguez, el entrenador de Colón, no es otro que el capitán que levantó los últimos dos trofeos de Huracán ni el entrenador que accedió a la final de la Copa Sudamericana. Actuó en consecuencia. sabía que debía anular a Ramón Abila, ese Wanchope que lo impulsó en sus mejores días recientes. Lo logró por momentos. Pero cuando el nueve de Huracán encontró resquicio, Colón sufrió. Le dolió. Pero todo en el contexto de un partido muy parejo.

Hubo dos rasgos en el comienzo: Colón manejó mejor la pelota; Huracán fue más vertical y se asomó al gol. Pero poco. Poco de los dos. La prioridad compartida fue otra: limitar la ofensiva ajena, garantizar el cero.

El segundo tiempo no ofreció variantes en ese sentido. Colón y Huracán se dividieron casi todo. La pelota, los espacios, las aproximaciones (que poco se parecieron a llegadas a fondo). Nadie quiso arriesgar. Se miraron, se midieron, se observaron parecidos de tamaño. Como en una pelea de boxeo en la que los dos saben que se van de dirimir por puntos. O por detalles.

Y entonces, cuando quedaba un cuarto de hora, apareció Ignacio Pussetto por la derecha, encaró, generó un penal (clara mano de Guillermo Ortiz). Fue Wanchope. Miró, le dijo a Romero Gamarra que lo dejara. Y se hizo cargo. Convirtió. Estableció esa diferencia. Después de perder durante varias prácticas contra Marcos Díaz, aprendió. Fuerte, a la izquierda, sin vuelta. Uno a cero.

Lo que siguió fue un partido lógico: Colón yendo; Huracán tratando de resolver en defensa. Y el desenlace brindó lo mejor del equipo de Alfaro: esa capacidad para que el cero sea una garantía. No es poco, incluso más allá de la alegría de seguir en camino.

Texto publicado por el fundador del Blog, en Clarín.

martes, agosto 29, 2017

Tres tangos a Parque de los Patricios


Yo soy de Parque Patricios

Yo soy de Parque Patricios,
he nacido en ese barrio
con sus chatas, con su barro.
En la humildad de sus calles
con cercas de madreselvas
aprendí enfrentar a la vida.
En aquellos lindos tiempos
de percal y uva florida
con guitarras en sus noches,
y organitos en sus tardes.
Yo soy de Parque Patricios,
vieja barriada de ayer.

Barrio mío, tiempo viejo,
farol, chata, luna llena,
vieja reja, trenza negra
y un suspiro en un balcón.
Marchois Nana cual te adore.
Muchachada de mis horas,
hoy retornaron recuerdos
que me quema el corazón.

Hoy todo todo ha cambiado
en el barrio caras nuevas,
y yo estoy avejentado
y nostalgias en el alma.
Yo soy de Parque Patricios,
evocación de mi ayer.

Letra de C. Lucero
Musica de Víctor Felice


///

Parque Patricios

Cada esquina de este barrio es un recuerdo
de lo mágica y risueña adolescencia;
cada calle que descubre mi presencia,
me está hablando de las cosas del ayer...
¡Viejo barrio!... Yo que vengo del asfalto
te prefiero con tus calles empedradas
y el hechizo de tus noches estrelladas
que en el centro no se sabe comprender.

¡Parque Patricios!...
Calles queridas
hondas heridas
vengo a curar...

Sonreís de mañanita
por los labios de los mozas
que en bandadas rumorosas
van camino al taller;
sos romántico en las puertas
y en las ventanas con rejas
en el dulce atardecer;
que se adornan de parejas
te ponés triste y sombrío
cuando algún muchacho bueno
traga en silencio el veneno
que destila la traición
y llorás amargamente
cuando en una musiquita
el alma de Milonguita
cruzó el barrio en que nació.

¡Viejo Parque!... Yo no sé que airada racha
me alejó de aquella novia dulce y buena
que ahuyentaba de mi lado toda pena
con lo magia incomparable de su amor...
Otros barrios marchitaron sus ensueños...
¡Otros ojos y otras bocas me engañaron
el tesoro de ilusiones me robaron
hoy mi vida encadenado está al dolor!...

Letra y Música: Oscar Arona

///

Parque Patricios
Para escuchar

Mi viejo Parque Patricios
querido rincón porteño,
barriada de mis ensueños
refugio de mi niñez,
el progreso te ha cambiado
con tu rara arquitectura,
llevándose la hermosura
de tus boliches de ayer.

Cuantas noches de alegría
al son de una serenata,
en tus casitas de lata
se vio encender el farol,
y al vibrar de las vigüelas
el taita de ronco acento,
hilvanaba su lamento
sintiéndose trovador.

Letra de Francisco Laino
Musica de Antonio Radicci

sábado, agosto 26, 2017

Por debajo de la expectativa



Independiente 3 - Huracán 1

Un dolor. Un golpe. Muy por debajo de la expectativa.

La sensación quita las ganas de escribir.

viernes, agosto 25, 2017

Luchar en el barro en busca del oro


En La Quemita, ahí en el Sur de Buenos Aires, una escena sucede:un Huracán roto comienza a reconstruirse. La tabla de promedios cuenta que el equipo comienza en la cornisa de esa maldición. Apenas hay cuatro equipos detrás, incluidos los dos ascendidos, Argentinos y Chacarita.

El pasado reciente también cuenta una incomodidad: en la última temporada, el Globo se salvó del descenso en la úlima fecha, con ese cero feo y compartido con Belgrano de Córdoba, en el Palacio Ducó. Desde aquel desahogo a este instante de nacimiento de una nueva campaña pasaron varias cosas relevantes: una eliminación penosa en la Sudamericana (con ese 7-1 en el global frente a Libertad de Asunción), un puñado de refuerzos y la llegada de Ramón Wanchope Abila por seis meses para devolverle al equipo aquella magia y aquellos goles de los días felices.

“Si me llamaban para garantizar la permanencia no venía”, le dijo el nuevo entrenador Gustavo Alfaro al presidente Alejando Nadur en el primer contacto que mantuvieron. “Llego a un club grande y la idea es honrar esa historia de pelear arriba”, contó Alfaro en su primera exposición pública a cargo de Huracán.

Armó un equipo a su modo y manera: la solidez defensiva como mandato prioritario, el 4-4-2 como esquema inaugural, la constancia como valor innegociable al momento de ofrecerse en nombre de lo colectivo. Convenció a dos históricos que saben de qué se trata levantar trofeos: Marcos Díaz -emblema de todos los tiempos- y Martín Nervo, recuperado capitán en el que Alfaro confía.

Los amistosos relevan buenos resultados, la actuación del equipo crece -según cuentan desde adentro los que se abrigan para ver las prácticas en el Campo de Deportes Jorge Newbery- y la presencia del dúo de ataque Coniglio-Wanchope represente un entusiasmo que late desde el primero de los suspiros, desde el debut frente a Independiente, en el Libertadores de América.

Texto publicado por el fundador del Blog, en Clarín.

jueves, agosto 24, 2017

Palabras para lo que viene



Marcos Díaz y Gustavo Alfaro, emblema y entrenador, de cara a lo que viene. Estamos en marcha.

miércoles, agosto 23, 2017

domingo, agosto 20, 2017

Retrato de los días oscuros


Por Marcos González Cezer
Cuando con los pibes de la hinchada fuimos a La Plata, a la cancha de Estudiantes, en el barrio nos dijeron que podía haber problemas. Nos contaron que ellos habían planificado una emboscada para robarnos las banderas y los bombos.
Sin embargo, nosotros estábamos confiados porque éramos un montón. Más de cien.
Ese día, además, viajaron con nosotros unos tipos amigos de mi hermano Hugo, que eran de la Juventud Peronista.
Eran grandotes y estaban muy serios.
Antes de salir de Parque Patricios, de la puerta de la cancha de Huracán, los más grandes de la hinchada nos llamaron y nos contaron cómo habían planificado entrar a La Plata, dónde íbamos a dejar el camión y, especialmente, cómo se iban a cuidar las banderas y los bombos.
Cuando terminaron, agarré como siempre, como todos los domingos, el bombo más grande, el negro, ese que tenía pintado en rojo un enorme globo en uno de los parches, y con la manguera empecé a tocar.
Yo sabía que ese Huracán-Estudiantes no iba a ser un partido caliente más, y que ni siquiera importaba mucho el resultado.
El clima era otro, más espeso, denso, y se notaba en las caras serias, de los más grandes de la hinchada y de los amigos de mi hermano.
El viaje a La Plata fue tranquilo, pero cuando el camión se estacionó a cinco cuadras de la cancha, rápidamente, los de la Juventud Peronista agarraron las bolsas de las banderas y no dejaron que ninguno de nosotros se acercara.
Hablaron con los pibes grandes de la hinchada y empezamos la caminata al estadio.
Del partido y cómo salió no me acuerdo, pero sí de la pelea que tuvimos con la policía cuando, debajo de una bandera de Huracán, que estaba atada desde lo más alto de la tribuna al alambrado, apareció otra blanca, gigantesca, con letras negras y una sola palabra: Montoneros.
El Lagarto ligó un balazo en la pierna y vi a muchos amigos de mi hermano, esos de la Juventud Peronista, disparando desde las tribunas.
Fue de cowboys.
Hubo tanto lío que hasta salió en los diarios.
Perdí.
Y ahora estoy en un lugar que no sé cómo se llama.
Aquí hay sólo gritos, gemidos.
Estoy en un lugar que no sé cómo se llama.
Si les creo a los que escucho por las noches, el nombre es parecido al de un club.
O algo así. En verdad, no sabría precisarlo.
¿Un club? ¡Qué increíble!
Acá todo es negro. Hay ruidos a chapas y a pisadas en charcos. Hay mucho ruido a metal.
¿El Matador Kempes o el Pulpo Luque habrán empezado a hacer goles? ¿Los que festejan sus goles sabrán qué negro es el negro en este lugar?
Hace unos meses alcancé a ver (fueron sólo segundos) al Matador con los brazos en alto y a un tipo que tenía puesto un sobretodo y que reía mientras levantaba sus pulgares, que eran raros.
Reía como una hiena.
Aquí hay sólo gritos, gemidos.
Cuando las torturas me bloquean y casi no puedo respirar, me refugio en los recuerdos. Así siempre aparecen las imágenes de la hinchada, los cantos y las banderas.
La que más me ayuda es aquella en la que me veo con el bombo negro que tenía pintado en rojo el globito en uno de los parches, con el que me divertía y gastaba fuerzas mientras bailaba en los paraavalanchas de la tribuna.
Mi hermano Hugo tuvo suerte. Sus amigos lo ayudaron a salir a Uruguay. Desde ahí se fue a San Pablo. Tiempo después, viajó a España donde empezó a trabajar con otros exiliados. Ahí planificó el gran golpe de Suiza, en el ’79.
La selección argentina jugó un partido amistoso con Holanda, que la prensa llamó “la gran revancha del Mundial ’78”, que habían ganado los muchachos de Menotti. Volvió a ganar Argentina porque el Pato Fillol, que fue la figura, atajó varios penales en la definición.
Hugo me contó que la tribuna estaba llena de exiliados, de gente que se encontró ahí, sin saber con quién se iba a ver. Que muchos lloraron y se abrazaron al comprobar que tal o cual estaba vivo.
Años después, mi hija preguntó:
–¿Papá, viste aquella bandera en la televisión?
–No. El tío Hugo dijo que acá sólo se vio por un instante. Que después apareció una franja negra que tapó la parte de abajo de las imágenes.
La bandera, al igual que aquella que los amigos de Hugo mostraron en la cancha de Estudiantes, era blanca, con letras negras. Pero en vez de “Montoneros”, decía “Videla asesino, dónde están los desaparecidos”.
Hugo contó que la policía suiza reprimió a los argentinos.
De vez en cuando, sueño con ese lugar en el que sólo había ruido a metal, gritos y gemidos.
Me enteré, cuando vi una foto, de quién era ese tipo que tenía puesto un sobretodo y que reía mientras levantaba sus pulgares, que eran raros, mientras Passarella, el Gran Capitán, levantaba la Copa del Mundo.
Puedo respirar sin ahogarme.
Tengo una esposa y una hija y cada tanto voy a ver a Huracán.
Gané.

Del libro "Pies negros", de Marcos González Cezer. Ediciones Al Arco (2005).


Un agregado, por Tonio, del foro de Patria Quemera:
"Les cuento algo que no figura en el cuento. Yo estuve en la cancha ese día y fue tal como lo cuenta. La bandera se abrió en el codo de la tribuna, cerca de la platea de madera.
Pero hay una omisión importante, trascendente para nosotros: ese dia como consecuencia del enfrentamiento, murió una persona en la platea de madera. Por una bala de las tantas indiscriminadas de la policía, que rebotó en el cordón y fue hacia arriba.
Esa persona era hincha de Huracán, yo lo conocía y algunas veces junto con mi tío y a mi viejo, íbamos con él y el hijo juntos a la cancha.
Por esas casualidades de la vida, supe después que fue a la platea (nosotros estábamos en la popu) para estar más seguro.
Ese quemero se llamaba Oscar Noya, era de Lugano y su nieta escribe en este foro. Le pido me perdone que haya contado esto, pero es poco conocido por nosotros los mismos quemeros, porque los milicos se ocuparon de silenciar todo lo que pasaba. Tiempos bien oscuros.
Aprovecho para recordarlo, ya que era un quemero de ley que dejó en su descendencia la bandera del globo y de lo buen tipo que era".

miércoles, agosto 16, 2017

La barra de Ringo Bonavena


Por Daniel Roncoli
Habría que adjudicarles a los ravioles de Doña Dominga un valor alimenticio extraordinario más allá de su esencia. Sería bueno que nutricionistas y médicos deportólogos los analizaran de modo pertinente, bucearan en la arqueología de aquellas recetas porque, evidentemente, más allá de la poética y la liturgia, eran un maná para la constitución de músculos nobles y organismos privilegiados.
Su hijo Oscar, el mítico Ringo, fue un boxeador hercúleo y corajudo, que amaba el fútbol con un sentimiento prístino. Su adoración por Huracán es una prueba notable de esa identificación macerada por humores de identificación barrial, historia personal y admiración por los cracks que desgranaban su arte en los alrededores de Parque de los Patricios.

Participó del bacanal emocional como simpatizante emblema y difusor de los arrebatos artísticos de los futbolistas de la Quema, como ocasional mecenas adquiriendo en un alarde de Pedro de Mendoza de las transferencias el pase de Daniel Willington para suministrárselo gratuitamente a su club o como representante de oficio de Héctor Rodolfo Veira a quien trató de ubicar en distintas instituciones cuando su estrella se apagaba y el carisma de Ringo se encendía.

Pero también fue un aficionado travieso y algo más anónimo de espaldas a El Globo ya que no era el único beneficiado por la ingesta de las mágicas pastas maternas. Uno de sus hermanos gambeteó la sombra de su personalidad incandescente y se destacó como futbolista.

Vicente Bonavena supo ser un centrodelantero muy requerido. Vistió los colores de Temperley, El Porvenir y Cristal Caldas de Colombia en la vidriera más resonante de su palmarés.
Lejos de ser una expresión delicada y hábil, adaptando virtudes que evidenciaba Ringo en los cuadriláteros, lo buscaban porque se constituyó en un goleador potente. Optimista. De buen cabezazo --un arma de nocaut---. Guapo. Y entrador.

En el ascenso, Vicente, sobre el filo del retiro, defendió los honores de Deportivo Riestra. La ceremonia de despedida pasó desapercibida para las multitudes pero es mucho más que el mero apunte estadístico. Decenas de simpatizantes pueden dar fe de la notoriedad de este capítulo de su trayectoria goleadora. En aquella etapa, era frecuente ver a su hermano Oscar Natalio, con su nariz curtida de mamporros, aferrado a los alambrados de estadios pobres.

Excéntrico y con su personalidad a raudales, plétora. Ringo llamaba la atención por encima de las propias acciones del juego. No sólo porque su fama o su figura imponente distraía a los cholulos. No se pasaban la tarde admirándolo solamente por haber convertido en castillo de naipes las piernas de Ali o cantar en el teatro de revistas motivos primaverales. Era un atractivo su manera de vestir y la nube que lo envolvía. Lo que emanaba de su presencia y lo que hacía con ese halo. No buscaba pasar inadvertido. Solía llegar a esas canchas polvorientas con largos sacones de cuero, pantalones oxford de diversos colores y texturas, fumando habanos que encendía en un mecherito hecho con billetes de cien dólares. Y lo hacía a bordo de autos costosos y llamativos.

Esa condición de atracción le fascinaba. Pero por encima de cualquier exaltación ególatra se divertía como un loco como agitador de la hinchada de los albinegros de Pompeya.

Lo motivaba más su subrepticio rol de capo de la barra que dilucidar minuto a minuto la trama de los partidos.

En un momento de esa etapa, cuando el entrenador era Osvaldo Panzutto y por su decisión Vicente iba al banco, el boxeador se dejaba rodear de los pibes que simpatizaban con Riestra, que lo buscaban sedientos de su autógrafo y ávidos de sus ideas transgresoras. Entonces Ringo les daba para el chori, la coca y el viaje en colectivo a cambio de que organizaran un estridente aguante para su hermano. Obedientes, los hincas más jóvenes taladraban los oídos del técnico solicitando el ingreso del robusto atacante. A dos metros, en un campo de juego precario y sin edificaciones en su perímetro, en medio del silencio más absoluto, esa jauría de gargantas chillonas e incesantes puede constituir una tortura china.

Lo cierto es que bastaba que el entrenador cambiara de parecer, ordenara el cambio y Vicente traspusiera la línea de cal para que la vocecita inconfundible del peso pesado que tuviera al Luna Park en su puño la noche de duelo con Goyo Peralta, se oyera nuevamente en el eco de la tarde.

--¡Ey, muchachos!

Cuando los subvencionados simpatizantes acudían a su llamado, sin otra covicción que sentirse amigos del gigante y con los bolsillos un poco más robustos, Ringo volvía a darles un regalito para que repitieran de modo inverso el acoso. Trepados al alambre acometían un nuevo suplicio para el técnico del Deportivo Riestra. Así que a un minuto de haber puesto en cancha a Vicente Bonavena, Panzutto debía hacerse de una peregrina paciencia para no mandar a sus imberbes detractores al órgano sexual de su hermana o de su progenitora. Le costaba horrores: los entusiastas en un curso acelerado de mercenarios, empezaban con aquelloa de... "¡Sacálo a Bonavena, sacálo a ese burro, sacálo a Bonavena!" y no había manera de silenciarlos.

Entonces, mientras que el centrodelantero mortificado por el apoyo ficticio y rentado, y avergonzado luego por la reprobación desgastante y obstinada, se perdía goles por falta de concentración; Ringo se volvía un poco más pibe de lo que era.

"La barra de Ringo Bonavena" integra el libro "Resaca de potrero y otros cantos al fútbol".

miércoles, agosto 09, 2017

Wancho, seguiremos gritando



Los últimos goles y los mejores goles de Wanchope Abila, una invitación para seguir gritando. Por lo que viene...

domingo, agosto 06, 2017

El Quemero de la Patagonia Rebelde


El film La Patagonia Rebelde, de 1974.

Por Pablo Viviani*
Uno de los clubes más pintorescos, ya sea por historia, hazañas o símbolos, es el Huracán de Parque de los Patricios. Sin embargo, como con tantos otros, muchas veces sus grandes historias no son conocidas. Los orígenes nunca fueron certeros, aunque lo único seguro es que la mayoría de los integrantes eran miembros del Partido Socialista.

Huracán había sido creado con la idea de acoger a los niños y jóvenes carentes de contención social y familiar, siendo integrantes familias precursoras, como las de Alfredo Palacios o Nicolás Repetto. Pero eso no es todo, pues para 1913 había un referente del Partido Socialista en cada team del Globito. El más conocido era el half Vicente Chiarante, que jugaba en Segunda División. También se destacaban Carlos Chiarante en Tercera, Albino Argüelles en Cuarta y Benigno Argüelles en Quinta. Todos tenían la particularidad de que ocupaban el puesto de entreala izquierdo.

De acuerdo con la cantidad de hermanos, los Chiarante podrían haber formado su propio equipo, aunque en Huracán sólo actuaron Carlos, Vicente y Enrique.

Este último fue el de mayor militancia dentro del Partido Socialista, constituyéndose en uno de los fundadores del Partido Comunista local y creador de la Federación Deportiva Obrera en 1924. Pero sería Pedro Chiarante quien luego sería dirigente del gremio de la construcción y un cuadro histórico del PC.
Sin embargo, esta nota se va a ocupar de Albino Argüelles, el menos talentoso de los nombrados. Herrero, igual que su hermano menor nacido en Nueva Pompeya el 5 de febrero de 1896.

Argüelles participó en las jornadas sangrientas de la Semana Trágica de 1919, en los talleres Vasena, y eso lo obligó a ocultarse para escapar de constantes persecuciones. Después de tanto militar, se afilió finalmente al Partido Socialista el 25 de mayo de 1919. Según Osvaldo Bayer, estaba también afiliado al Partido Socialista Internacional, pero como estaba “no demasiado metido, decía que era socialista”.

Pedro llegó a narrar que “desde hacía años conocía a Albino Argüelles. Estábamos acostumbrados con Enrique a verlo por las calles del barrio”, aunque esa relación se transformó en amistad cuando ambos ingresaron al Centro de Nueva Pompeya del Partido Socialista Internacional.

Albino buscaba nuevos horizontes y, tras un empleo, el hombre de Globito en pecho partió hacia San Julián (Santa Cruz) para ejercer su oficio. A Argüelles lo admiraban por su sabiduría popular, con luchas y dolores a cuestas, y por eso lo nombraron inmediatamente secretario general del Sindicato de Oficios Varios de esa ciudad portuaria.En una ocasión, de regreso en Buenos Aires, en el local que el Partido Socialista Internacional poseía en Almafuerte y Sáenz, dio una charla sobre las tremendas condiciones de vida y explotación de los trabajadores en la Patagonia.

En el verano de 1921 y antes de emprender su último viaje al Sur, se reunió un grupo de camaradas encabezados por Albino y Benigno Argüelles, Pedro y Enrique Chiarante, y Fernando Serradel, para redactar el esbozo de lo que sería el pliego de reivindicaciones de los obreros patagónicos. Quien le dio forma definitiva fue Serradel, otro de los fundadores de Huracán.Argüelles volvió a San Julián y se convirtió en uno de los referentes del conflicto, junto con el anarquista Ramón Outerello, José “Facón Grande” Font y el secretario de la Sociedad Obrera de Río Gallegos, Antonio Soto.

El hombre de los Corrales al Sud era considerado el más inteligente y por ello fue inmediatamente nombrado para organizar las columnas de centenares de peones rurales patagónicos en la huelga de 1921, en la cual pedían mínimas mejoras en las condiciones de trabajo.

Cuando llegaron las fuerzas represoras del capitán Elbio Anaya, les pidió parlamento a los dirigentes huelguistas, aunque eso fue sólo una excusa para apresarlos, castigarlos rudamente con garrotes y sables, y ordenar los fusilamientos.

Aunque en el parte militar de Anaya se detalló que el entreala Argüelles fue fusilado el 18 de diciembre por las tropas del coronel Héctor Varela, siendo “muerto mientras intentaba huir”, se constató luego que por el sólo hecho de reclamar habían perecido de igual forma unos mil quinientos trabajadores.

Ese mismo día, en el lejano Parque de los Patricios, el Globito le ganaba a Platense y quedaba a cuatro puntos de Del Plata. Huracán se alejaba de sus seguidores y en el próximo partido se proclamaría campeón por primera vez, aunque Argüelles ya no estaría para enterarse de las noticias de su querido club.

En noviembre, apenas un mes antes, había nacido en Buenos Aires la hija que Argüelles jamás conoció. Irma fue fruto del amor de Albino con Clara, y fue concebida meses antes de la partida del huracanense a la Patagonia. Al enterarse, semanas antes de morir, Albino le había enviado por carta unos dulces versos.
Al conocerse el asesinato de Argüelles, según contó Pedro Chiarante, se llevó a cabo un funeral cívico en la casa de los padres en la calle Aconquija, de Parque de los Patricios, al que concurrieron “miles de vecinos, militantes obreros y políticos, y representaciones de los partidos Comunista y Socialista”.

En el mismo lugar donde fue fusilado Argüelles están hoy los restos de sus compañeros que se levantaron contra la patronal. Ochenta años después de su asesinato llegaron a ese lugar las cenizas de su compañera y de la hija de Argüelles, transportadas desde Buenos Aires por su nieto.

*Texto publicado en la Agencia Télam.

martes, agosto 01, 2017

Ahora, a volver



Copa Sudamericana: Libertad 2-Huracán 0

Fue el peor final para un ciclo muy valioso en el ámbito internacional. Huracán participó en cuatro competiciones continentales en los ùltimos tres años. Fue, en ese lapso, el club argentino con más presencia en torneos de la Conmebol (después de River). De hecho, es el último finalista que ofreció la AFA.

Huracán tuvo un 2015 memorable en Sudamérica. Fue el equipo con mejor registro de la Conmebol (una derrota en 18 partidos; "Equipo del Año"), mantuvo el Palacio Ducó invicto, fue subcampeón de la Sudamericana sin perder ni una vez (más allá de los penales ante Santa Fe) y se clasificó a la Libertadores 2016. 

Además, en el Ranking Mundial de Clubes se ubicó Top 4 entre los argentinos y Top 10 de América; y también 59 escalones por delante de San Lorenzo.

Ya más tarde, en el siguiente semestre, se consagró como el mejor equipo argentino a nivel internacional en la temporada 15/16. Un detalle que merecerá aplausos para siempre. 

Este breve recorrido por la Sudamericana 2017, con dos derrotas (y este global de 1-7 ante el campeón de Paraguay), es el peor cierre. Debe resultar también un impulso para el objetivo inmediato: volver a competir en el continente. 

domingo, julio 30, 2017

El Messi que quería jugar en Huracán


La hélice, casi lo único que quedó del avión de la tragedia, cuenta una ausencia. Allí, en la zona del viejo Stadio Filadelfia, en Turín, ese monumento breve es el retrato lacónico de uno de los más estupendos equipos de todos los tiempos: Il Grande Torino de los años 40. El estadio, escenario de tantas jornadas de aplausos y consagraciones, estuvo en desuso desde 1963 hasta su demolición en 1998. Y más allá de sus varios emprendimientos truncos de reconstrucción continúa siendo una referencia de aquellos tiempos de brillos que ya no están. Son también, claro, un motivo de añoranza para los grandes cracks de aquel tiempo, como el notable Valentino Mazzola, el Messi de esos días. El accidente aéreo de 1949 se devoró a aquel equipo. El avión regresaba a Italia tras un partido en Lisboa frente al Benfica. Ganaban todo lo que jugaban: cinco Ligas consecutivas desde 1942 hasta 1949, clásicos contra la Juventus, amistosos... Sólo la Segunda Guerra evitó -por la suspensión del calcio entre 1943 y 1945- que fueran más los Scudettos sucesivos. Un dato contaba la jerarquía de aquel equipo: diez de los 11 titulares del seleccionado italiano pertenecían al Torino.

La pregunta invariable que continuó a la tragedia todavía escucha respuestas y aproximaciones: si no se hubiera caído aquel avión, ¿qué habría pasado en el fútbol del mundo? El periodista Jaime Rincón escribió alguna vez en el diario Marca: "Son muchos los que apuntan que si la historia de aquel equipo no hubiera terminado de manera repentina hoy quizá no existiría el 'catenaccio'. Puede que tampoco la Juve fuera el peso pesado que es actualmente en el Calcio. Y seguramente el Maracanazo no hubiera tenido lugar". No se trata de una exageración: quienes lo vieron y quienes lo contaron a través de los medios coincidieron. Aquel Toro era capaz de todo, incluso de hacer magia mientras arrasaba rivales. Y -dicen- también podría haber modificado la historia del fútbol tal como la conocemos.

Nadie sobrevivió al impacto. Pero el azar quiso que dos futbolistas no estuvieran allá arriba: el enorme Ladislao Kubala, quien estuvo a punto de firmar su contrato con el club en aquel momento y no lo hizo; y un tal Sauro Toma, un defensor procedente de La Spezia, que acababa de llegar al Torino. Contó aquel joven de 23 años alguna vez: "El míster, Leslie Lievesley, nos había dicho a Valentino Mazzola y a mí que nos cuidáramos de las lesiones antes de viajar. Mazzola no estaba bien del todo, pero podía jugar y viajó. Yo tenía problemas en la rodilla y el entrenador me aconsejó que me quedara en casa. Me sentí el hombre más desdichado de Turín. Todo el Torino viajó a Lisboa, y yo me quedé en casa, lesionado". A Mazzola el destino no lo quiso salvar.


Con ese Torino quedó enterrado un equipo exitosísimo, un mito y, también, Mazzola. Era el capitán, la figura, el ídolo, el goleador frecuente, la referencia inevitable. En una entrevista concedida en 2009 al diario El País, de Madrid, su hijo Sandro Mazzola -también destacado futbolista- contó a Valentino a 60 años del fallecimiento: "Mi padre tenía 30 años y yo seis y medio. No recuerdo nada. Mi cabeza olvidó todo lo que había vivido con mi padre. Todo menos su mano grande, en el centro de Turín, donde todos querían hablar con él. Me daba seguridad. Yo no entendía entonces por qué todos querían estar con él. Después supe que era una gran persona. La calidad de los videos de aquella época no es buena, pero tengo referencias de entrenadores campeones del mundo como (Ferruccio) Valcareggi y (Edmondo) Fabbri o jugadores como Boniperti, capitán de la Juve, que me dicen: 'El más grande de todos fue tu padre'. Era interior derecho. Pero, en realidad, jugaba por todo el campo. Siendo centrocampista, fue tres veces máximo goleador de la Liga. Era más o menos como Di Stéfano, un portento físico con una gran técnica. Yo esperaba ser como él, pero no pude. Yo era muy técnico en velocidad, pero menos fuerte".

Por entonces ni la tradicional revista France Football ni la FIFA entregaban el Balón de Oro al mejor futbolista del año. A Valentino le ofrecían adjetivos, aplausos y admiraciones que lo definían y lo legitimaban como tal: Era el mejor del mejor equipo, como lo es ahora el Messi del Barcelona. Sobre él se escribieron libros (como "Un uomo, un giocatore, un mito", de Renato Tavella) y se hicieron películas en las que se exhibe el significado y la influencia que él tenía en aquel contexto (como "Il Grande Torino", de Claudio Bonivento). Era más que el capitán de un equipo: resultaba también el símbolo de un grupo de futbolistas capaz de ofrecer alegrías tras las dolores de la guerra.

El periodista Jesús Camacho, en El Engranche, retrató a aquel Valentino y a aquel equipo estelar: "Aquel maravilloso conjunto tenía en Valentino Mazzola a su cerebro, capitán, organizador y gran goleador. Un futbolista muy inteligente, dotado de gran personalidad y que ofrecía cada año la extraordinaria cifra de 20 o 30 goles. El conjunto granata practicaba un fútbol muy ofensivo, en su alineación titular prácticamente no había defensas y solo Aldo Ballarin y Maroso se dedicaban a dicha labor. El guardameta Bacigalupo observaba desde su marco cómo los centrocampistas Castigliano, Martelli y Rigamonti lanzaban a los interiores Ezio Loik y Mazzola y a su vez los extremos Romeo Menti y Franco Ossola hacían mucho daño por los flancos y servían balones al magnífico centrodelantero Gabetto. Además tampoco podemos olvidar a los Schubert, Grava, Bongiorni..." Dicho de otro modo, Valentino también era el director de una orquesta impecablemente afinada.

Y en su recorrido hay un detalle que -a los ojos de este tiempo- parece inverosímil. En ese 1949 de la tragedia trascendió una novedad de asombro: Mazzola quería jugar en Huracán, cuando finalizara su camino de maravillas por el Torino. Le fascinaba el fútbol argentino y le había agradado el Globo de Newbery, que en los días de la niñez de Valentino había sido el más campeón de los años 20. La revista Goles (ver "Imágenes") contó la anécdota: el crack italiano mandó una nota a la revista comentando su deseo. Y desde la redacción lo contactaron con el club de Parque de los Patricios. No se conocieron los pasos siguientes. Poco después, la tragedia se llevó al Messi de los años 40.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.com.

Cine sugerido: La película "Il Grande Torino".

miércoles, julio 26, 2017

El cine y nosotros


Lo cuenta el afiche: es una película made in Huracán. Entre las estrellas que el film ofrece aparecen Tucho Méndez, Alfredo Di Stéfano y Mario Boyé, tres que vistieron el Globo de Newbery en el pecho. Se estrenó en 1949, tiempos en los que nadie dudaba de que en Parque de los Patricios habitaba un grande.

Más:
Los detalles de "Con los mismos colores", en IMDB.

miércoles, julio 19, 2017

Nuestro Rey de Copas

Guillermo Stábile, en sus tiempos de entrenador. Fue el máximo ganador de la Copa América y aportó dos estrellas en Copas Nacionales al palmarés de Huracán.

Alfio Basile vivió su segundo título en la Copa América como un desahogo. En aquel julio de 1993, el aire pesado del Estadio Monumental de Guayaquil conoció su vozarrón. Y su grito de campeón y de bronca deshecha. Sentía que a su Selección no se la reconocía lo suficiente. Que siempre había alguna queja. A veces lo decía en público y con todas las letras. En otros días, lo callaba o lo contaba en alguna mesa de bar y de amigos. No había perdido ningún partido desde su arribo al equipo nacional. Dos años antes, en Chile, había ganado el trofeo continental tras 32 años de espera para los argentinos. En 1992, había obtenido la Copa de las Confederaciones (entonces llamada King Fahd Cup), en Arabia Saudita. Ese fue, además, el último título de la FIFA ganado por la Selección mayor. Pero al Coco muchos lo cuestionaban. Y le inventaban ciertas averías con malicia.

La siguiente escena sucedió en aquella última Copa América en la que dirigió Basile, en Venezuela 2007. Y resultó una suerte de homenaje al pasar para un tal Guillermo Stábile, el supremo especialista en trofeos continentales. Ya era de noche en Puerto La Cruz. El calor, apenas por un rato, dosificaba su acoso. Sobre la avenida de la costanera, en un bar que no tenía nombre, un grupo de muchos venezolanos y pocos argentinos mantenían colmadas las sillas y las mesas dispares. Frente a ellos había un televisor grande, de pantalla plana, que entregaba las imágenes de Argentina-Estados Unidos, que jugaban en Maracaibo. En la transmisión de Meridiano Televisión, el canal de deportes nacional en tiempos de Hugo Chávez, el relator lanzaba una pregunta a modo de desafío para que se comunicaran los televidentes: "¿Quién fue el técnico que ganó más Copas América?" Después de un puñado de segundos, desde una de las meses, un argentino de muchas canas y muchos años, ofreció la respuesta exacta: "Stábile". Después el hombre se quedó en silencio. Quizá nadie le prestó atención a su certeza. Pero quedó como un detalle mágico y fugaz. Como un tributo secreto a la distancia para ese entrenador que ostenta el récord absoluto de títulos continentales.

Su recorrido como entrenador arrancó pronto. Ya había finalizado su estupenda carrera de futbolista. Había sido campeón y goleador, símbolo del Huracán de los años 20 (el más campeón de esa década junto a Boca), figura en Europa. El técnico apasionado ya latía dentro de él. A los 34 años, en 1939, regresó a los Barrios del Sur, a ese Parque Patricios que adoptó como propio. Debutó construyendo un equipo que encantaba: La Aplanadora. Con Herminio Masantonio -su eficiente heredero- como gran figura, ganó la primera rueda, superó a los otros grandes en una misma rueda y terminó subcampeón, sólo detrás de Independiente. Al año siguiente lo contrató San Lorenzo, en una época en la que el Clásico de Barrio más grande del mundo no ofrecía tiempos violentos. En 1941 ya estaba dirigiendo a la Selección. Podía con todo: en simultáneo, condujo dos temporadas a Estudiantes La Plata y regresó a Huracán para ganar dos Copas Nacionales. También trabajó en Ferro y asesoró a Independiente.

A nivel de clubes, fue capaz de hacer milagros desde el costado del campo de juego: Racing -campeón nueve veces en tiempos del Amateurismo- no ganaba el título de Liga desde 1925. Tras el arribo deDon Guillermo como técnico, en 1945, Racing se fue transformando en un equipo brillante y eficaz. También en el primer tricampeón de la Era Profesional (49, 50 y 51). En ese tiempo, a nadie se le ocurrió dedicarle una estatua como a Reinaldo Merlo más de medio siglo después.

En su largo camino de 17 años, Argentina obtuvo seis trofeos en la máxima y más antigua de las competiciones continentales. Celebró en 1941, en el tricampeonato (45, 46, 47), en 1955 y en 1957. En las cinco primeras ocasiones, con invicto incluido. Además, en las ocho ediciones en las que participó en el Sudamericano en la Era Stábile siempre se subió al podio (la Selección fue, además, segunda en 1942 y tercera en 1956). Otro detalle de la conquista: sólo se impuso como local en la Copa de 1946. De las otras cinco, tres acontecieron en Chile, una en Ecuador y otra en Perú.

También Stábile -incluso mientras dirigía- se dedicó a otras actividades. En 1948, ya consagrado como DT de la Selección, actuó en el film "Pelota de trapo", dirigido por Leopoldo Torres Ríos y protagonizado por Armando Bo. Hacía de él mismo, como nueve años más tarde en la película "Fantoche", junto a Luis Sandrini y Beatriz Taibo. Su popularidad se lo permitía. Su cara era reconocida por todos. Ese mismo 1957, en Lima, Stábile se convirtió en el creador de un equipo sin olvido: Los Carasucias, aquel plantel en el que se destacaban -entre tantos- Oreste Osmar Corbatta y Enrique Omar Sívori. "Don Stábile no nos pedía nada raro. Era tranquilo para dar indicaciones. Y si tenía algo para decirte, se te acercaba y te hablaba al oído. A mí, por ejemplo, me pedía que me desmarcara siempre. Pero nos daba libertades para jugar", le contó Maschio a Clarín, al cumplirse medio siglo de aquel logro. Desde entonces hasta hoy, la Argentina apenas sumó tres trofeos (59, 91 y 93). En tiempos de Kempes, de Passarella, de Maradona, de Messi, de Mascherano. De Menotti, de Bilardo, de Bielsa, de Pekerman, de Martino.

Más allá de sus logros, Stábile también conoció el dolor y la ingratitud de la derrota. Fue al Mundial de Suecia 1958, prescindiendo de los cracks que jugaban en el exterior por decisión de la AFA. Y lo pagó con un tropiezo que fue conocido como El Desastre de Suecia. El partido que debía empatar el equipo nacional para pasar a los cuartos de final lo perdió 6-1 frente a Checoslovaquia. Se trató de la peor derrota de la historia del seleccionado junto al 6-1 frente a Bolivia, en La Paz, en 2009. Al llegar a Ezeiza, Stábile escuchó insultos y rechazos como nunca antes y como nunca después. Así concluía el ciclo más largo de un DT en el equipo nacional: 121 partidos y un 75 por ciento de efectividad.

Era muy activo y polifacético. Un adelantado a su tiempo. Mucho antes del imperio de la imagen y de los medios y del marketing deportivo, él ya conocía la importancia de comunicar. En su etapa como jugador y como entrenador. El año pasado la consultora Euromericas Sport Marketing -tras varias temporadas de investigaciones- determinó que el valor de mercado de Messi es de unos 400 millones de euros. La cifra incluye, claro, todo lo que él genera como personaje y como marca, incluso más allá de sus números irrepetibles y sus jugadas de fábula. Mucho antes que el crack rosarino y universal, Stábile -sin proponérselo- había sido un pionero de la especialidad. En los años 30, Don Antonio Nesman y su hijo Victorio le pusieron como nombre "El Filtrador" a uno de los vinos elaborados en su bodega mendocina, Familia Nesman. Estaban encantados por sus goles, por esa capacidad para definir. Y le rindieron ese reconocimiento adoptando el apodo del máximo goleador del Mundial del 30 como una marca.

Había más rebusques y berretines en su vida de vértigos y pasión por el fútbol: fue comentarista radial, ya como entrenador. Hablaba de fútbol, de táctica, de técnica, de estrategia. Lo hacía con nombres y apellidos; ofrecía ejemplos. Cuentan que dictaba cátedra frente a los micrófonos de LS10 radio Libertad. Stábile acompañaba los relatos de Eugenio Ortega Moreno y las opiniones de Guillermo Oscar Tipitto. En 1959, un año después del durísimo golpe en el Mundial de Suecia, se hizo cargo de la Escuela de Técnicos de la AFA desde 1959. Esa vez, un mal resultado no tapó la apropiada decisión. Murió, inexplicablemente olvidado, en 1966, a los 61 años. Ahora, en días de quejas por ese título que no llega, su palmarés sigue siendo un lujo.

Texto publicado por el Fundador del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com

domingo, julio 16, 2017

El Mundial de Stábile



El Mundial de 1930, en el que Argentina fue subcampeón detrás de Uruguay. Una celebración del fútbol rioplatense en la que Guillermo Stábile demostró que no había goleador más valioso que él.

viernes, julio 14, 2017

Alfaro, día 1



Comienza el ciclo de Gustavo Alfaro en Huracán. Primer entrenamiento. Primeras palabras.

También, primera impresión: sabe adónde llegó; comprende de qué se trata.

martes, julio 11, 2017

Razones de un papelón



Copa Sudamericana: Huracán 1 - Libertad 5

Ese final -con silbidos, con insultos, con rechazos- es una consecuencia que no tiene nada de casualidad. Es la bronca y el desencanto de todos los hinchas que desafiaron al frío, bajo el cielo del Ducó. Es también un dolor. Huracán acaba de perder 5-1 frente a Libertad de Paraguay, por la segunda fase de la Copa Sudamericana y el final del partido se parece también al final de un ciclo, al cierre de un tiempo en el que Huracán se animaba a protagonizar en el ámbito internacional (esta es su cuarta participación en el continente en los últimos tres años) y hasta abrazar la gloria de dos títulos (la Copa Argentina, en 2014; y la Supercopa, en 2015). Ya no quedan ni las cenizas de esa suerte de espasmódico paraíso.

Los errores sucesivos en los últimos mercados de pases derivaron en el papelón de anoche. La conducción del club -con Alejandro Nadur a la cabeza- se equivocó en casi todo desde junio del año pasado. Se fue Ramón Wanchope Abila -garantía de un gol cada dos partidos- y comenzaron los desaciertos. Uno tras otro. Primero, a Eduardo Domínguez le prometieron un centrodelantero de jerarquía que nunca llegó. El técnico, en consecuencia, decidió irse. Los refuerzos nunca rindieron a la altura de sus reemplazados. El paso siguiente fue contratar a Ricardo Caruso Lombardi. Un fracaso en los números y en el campo de juego: 5 puntos sobre 24 posibles. Luego llegó Juan Azconzábal. Se hizo cargo de la dificultad. Heredó problemas. Salvó al equipo del descenso en la última fecha. Lo echaron a los pocos días. Justo antes de esta cita frente al campeón de Paraguay -equipo bravo, convencido- se tuvo que hacer cargo el que siempre se hace cargo en la emergencia, Néstor Apuzzo. Siete interinatos, dos títulos, un ascenso a ritmo de vértigo. Pero esta vez no hubo milagro...

Oscar Tacuara Cardozo sigue siendo un delantero de jerarquía a los 34 años. Es aquel que pudo haber cambiado la historia del Mundial 2010: en los cuartos de final, frente a España, desperdició un penal que podría haber significado la clasificación para el Paraguay de Gerardo Martino. Ahora, lo contrató Libertad. Es su Wanchope. Todo lo que toca lo transforma en peligro. Lo demostró ayer ante un par de centrales de Huracán que no estuvieron a su altura (no sólo por esos 193 centímetros del ex atacante de Newell’s): el capitán Martín Nervo jugó su peor partido en el club; Juan Vivas tuvo un debut traumático, tras destacarse en la Reserva. Tacuara hizo los dos primeros goles (el primero, un cabezazo; el segundo, una maniobra de nueve astuto), los que marcaron el rumbo del partido.

Santiago Salcedo -otro conocido del fútbol argentino- aportó otros dos tantos. Uno, tras una pifia inadmisible de Nervo. El otro, de penal. SaSa - como le dicen- tranquilamente podría haber estado en la lista de posibles reemplazantes de Abila. No estuvo. Llegaron apuestas que fallaron. Sirve un dato: por torneos locales, en la última campaña, ningún futbolista marcó más de tres goles.

El desarrollo no fue más que la demostración de los errores en las decisiones: la goleada se construyó, sobre todo, en las áreas. Allí donde Huracán no para de extrañar a Wanchope. Allí donde no atajará más Marcos Díaz, ese arquero que marcó esta época con su rol decisivo (45% de vallas invictas, especialista implacable en penales y figura con arco en cero en cada final).

Ahora, ya no hay margen de error. Lo comprobó el nuevo técnico, Gustavo Alfaro, desde uno de los palcos de la platea Alcorta. Se hará cargo de un equipo que comenzará la temporada 17/18 en zona de descenso. Al frente de un plantel desmembrado, roto, golpeado. Deben llegar refuerzos que le den impulso. Lo saben en la sede de la avenida Caseros: nada de lo bueno que esta conducción hizo en lo institucional y en lo económico será valorado si el descenso golpea de nuevo en la puerta. Y en el alma.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín.

domingo, julio 09, 2017

Después de Marcos...



Juan Manuel García será el arquero que reemplace a Marcos Díaz. Al menos por ahora, en esta inminente cita frente a Libertad, por la Copa Sudamericana. Tiene 29 años, mide 1,90, se formó en Rosario Central, pasó por Gimnasia La Plata, llega desde Antofagasta. Atajó 13 partidos en el último semestre y mantuvo la valla invicta en cinco. Llega con el aval de Gustavo Alfaro, el nuevo entrenador.
El arquero rosarino llega a préstamo por una temporada con opción para comprarle el 50% del pase.
Arriba y abajo, dos videos con varias de sus mejores actuaciones.




sábado, julio 08, 2017

Fin de un ciclo, principio de la leyenda


Son días traumáticos en la sede de la Avenida Caseros. De definiciones -en cuanto al mercado de pases- y de tensiones respecto de la ya agrietada relación entre algunos de los principales integrantes del plantel y el presidente del club, Alejandro Nadur, quien acaba de iniciar su tercer mandato en Huracán. La sensación es inequívoca: se adivina en el ambiente la sensación de un fin de ciclo. Y hay una situación que resulta emblemática: la inminente salida de Marcos Díaz, figura y referente de los últimos dos títulos del club (la Copa Argentina en 2014 y la Supercopa en 2015).

“Estoy agradecido eternamente a la dirigencia y a los entrenadores que tuve. Es el momento indicado para irme. No me siento bien, ni física ni mentalmente. Y al club no le sirve esto”, expresó Díaz, quien el martes no atajará frente a Libertad de Paraguay, en el Palacio Ducó, por la segunda fase de la Copa Sudamericana. Todo indica que el encuentro frente a Belgrano de la semana pasada (0-0, de local) fue el último de su paso por el club de Parque de los Patricios. Se trata de la salida del arquero más influyente de la historia del club, según sostienen quienes mucho conocen de los 109 años de vida de esta institución.

Se va por varias razones. La principal, más allá de sus palabras:está peleado -ya sin arreglo- con Nadur. La segunda: a consecuencia de eso, le pasó el síndrome Bielsa, se quedó sin energía. “No puedo ofrecer lo mejor y atajar en estas condiciones sería defraudar a la gente que tanto me dio y que me cambió la vida; a mis compañeros y al cuerpo técnico”, señaló ayer, desde La Quemita.

San Marcos -como le dicen los hinchas- tiene 31 años y su contrato se extiende hasta fines de 2018. Sin embargo, los dirigentes están dispuestos a transferirlo. Su cláusula de rescisión es de tres millones de dólares. Pero todo indica que ese monto se negociará. Racing aparece como el primero en la lista de interesados. Nadur, además, indicó que en los próximos días “llegará una buena oferta por él”. Pero no ofreció detalles.

No se trata del primer conflicto del titular del club con integrantes del plantel. Y se sabe desde hace varios meses por los rincones de la sede:a Díaz lo tenía señalado como uno de los responsables de esa relación tirante. No es el único:al capitán Martín Nervo, también con contrato vigente, también lo tiene apuntado. El de Nadur es un caso curioso. A pesar de ganar las elecciones (por tercera vez) con el 65% de los votos, no hay socio que no le reclame dos cosas: su manejo personalista de la institución y sus clarísimos errores en los últimos dos mercados de pases.

Nadur ya eligió reemplazante: se trata de Manuel García (1,90 metro; formado en Central, llegado de Antofagasta). Debutará el martes, casi sin entrenamientos encima. César Rigamonti será la alternativa.

La salida del King Kong de La Quema es también el cierre de un tiempo marcado por sus actuaciones estupendas. Atajó 144 partidos, le convirtieron 125 goles, mantuvo el arco en cero casi en la mitad de las ocasiones. Y en las finales fue colosal: disputó cuatro y no recibió goles en esos 390 minutos. Los penales contra Central (en el encuentro decisivo de la Copa Argentina) y las atajadas decisivas contra River (en la Supercopa) quedarán guardadas para siempre entre los mejores recuerdos. Por él, Huracán pudo abrazar a la Estrella Doce y a la Estrella Trece. Y llegar a su primera final continental. Todo eso.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín.

martes, julio 04, 2017

Días de vértigos y de traumas

Gustavo Alfaro, el nuevo entrenador de Huracán.

No hay un rato de paz en Huracán. Una semana después de la garantía de Primera (con el 0-0 frente a Belgrano, en el Palacio Ducó) y una semana antes del partido de ida de la segunda fase de la Copa Sudamericana, el plantel se quedó sin técnico. Alejandro Nadur tomó la decisión de echarlo. “Era el momento de hacerlo”, explicó el presidente quien hoy asumirá su tercer mandato al frente del Globo de Newbery, del que se hizo cargo en 2011. Su frase, ofrecida de apuro en el mediodía de La Quemita, pone fin a un ciclo que duró menos de lo que el contrato indicaba (hasta diciembre) y cuyos números no fueron buenos: cinco victorias, siete empates y siete derrotas.

Ahora, hay un candidato cantado: se trata de Gustavo Alfaro, quien está regresando desde Rusia, donde comentó la Copa de las Confederaciones para la Cadena Caracol, de Colombia. Ya está todo acordado. Falta la firma. De todos modos, su ciclo no comenzará el martes. En el encuentro frente a Libertad de Paraguay, el técnico volverá a ser Néstor Apuzzo, el mejor interino de la historia, campeón de la Copa Argentina y de la Supercopa con Huracán.

Había otros dos candidatos, propuestos por un asesor externo del presidente: Omar De Felippe y Frank Kudelka. El primero respeta su trabajo en Vélez. El segundo no se lleva bien con Nadur desde aquella salida traumática en 2014.

La conducción del club dijo que la decisión de la salida fue “por cuestiones futbolísticas”. Quienes conocen en detalle la dinámica de la sede de la Avenida Caseros cuentan que hubo otras razones. Azconzábal, según le avisó el presidente, cobrará la totalidad de su contrato.

No fue un día tranquilo en los barrios del Sur. Azconzábal se manifestó sorprendido por la decisión. “Estoy sorprendido por cómo se desarrollaron estos hechos recientes. Vino el presidente y me mostró una carta documento que nos iba a mandar despidiéndonos. No se habló más nada. Desprolijo. En los últimos días se dijo de jerarquizar al plantel y potenciar a un equipo que quizás en el último año no había evolucionado. Incluso, pusimos nombres sobre la mesa. Llegamos en una situación complicada y cumplimos los tres objetivos:pasar en la Copa Argentina y en la Sudamericana y la permanencia en Primera”, explicó. Lucía disgustado.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín.

sábado, julio 01, 2017

El Cuadro de Raulito


Por Eduardo Sacheri*
El decidió, de entrada nomás, dejarlo en libertad. Tenía la idea de que los amores no se imponen, ni siquiera se eligen. Pensaba que en todo caso eran los amores los que optan, los que se le imponen a uno. Por eso, con cierta prescindencia fatalista pensó que si tenía que ser, sería, y que si no, era inútil gastar pólvora en chimangos.

No le fue fácil, sin embargo. Sobre todo cuando en sus narices otros rivales se lanzaron a tratar de convencerlo. Le costó sobreponerse, y aceptar sonriendo a tíos y primos y cuñados y amigos y vecinos tentándolo al Raulito, ofreciéndole camisetas y pelotas y gorritos, a cambio de promesas de fidelidad a sus propios cuadros. Tampoco dijo nada cuando sorprendió a más de uno de esos buitres futboleros enseñándole al chico los canutos de la cancha, instruyéndolo subrepticiamente en las rivalidades históricas, ensalzando las hipotéticas virtudes de los unos, y vilipendiando las supuestas taras infames de los otros.

El los dejó. Un poco por esa resignación que era tan suya. Y otro poco porque a veces, en sus días tristes, sospechaba que tal vez fuese mejor así, que la cadena de afectos inexplicables se cortase con él, sin involucrar a su hijo. Que tal vez el chico terminase siendo más feliz siendo hincha de algún grande, saliendo campeón de vez en cuando, viendo la cancha llena, comprando El Gráfico con su ídolo en la tapa. Si al fin y al cabo él venía sufriendo hacía... ¿cuánto? Más de veinte años desde aquel campeonato. Y después la debacle. Hasta el descenso había tenido que sufrir, hasta el descenso. Y a la vuelta, la desilusión grande del 94. Justo en la última fecha, será de Dios, en la última fecha. Si faltaba tan poquito, un empate y listo. Pero ni siquiera.

Por eso, seguramente, aceptó con entereza que Raulito, desde los nueve, más o menos, empezase a decir que era de River, «como el tío Hugo»; aunque en el fondo más recóndito de su ser, él sintiese sinceros deseos de pasar al «tío Hugo», lenta, dulcemente, por la picadora de carne y la máquina de hacer chorizos.

Es que, a solas consigo mismo, en el resto de los días, sabía que era todo grupo. Que le hubiese encantado que Raulito saliese de los suyos. Que ahora que ya tenía trece, ahora que era todo un hombrecito, habría sido lindo ir juntos a la cancha. A la tarde, tempranito, en el tren y el 118, hablando de bueyes perdidos, mirando el partido de tercera acodados en el escalón de arriba, dejando pasar la vida.

Pero igual no cambiaba de idea. No señor. Que si tenía que ser que fuese, y si no, no. Igual, y por si acaso, cultivó su propia planta de leyendas mentirosas, como para mantener viva su persistente esperanza. Y aunque le daba un poco de vergüenza comparar al equipo del 73 con la Selección del 86, igual seguía adelante, envalentonado en su propia pirotecnia falaz, enternecido en la admiración dibujada en los ojos del Raulito.

Esa tarde, la inolvidable, la definitiva, empezó como todas, con el mate y la radio en la mesita de hierro del patio. El padre decidió prevenirlo de entrada:

–Mira, Raulito, que hoy juegan contra nosotros. El hijo lo miró con curiosidad.
–¿Y qué problema hay, pa?
El padre, feliz en la sencillez del chico, terminó sonriendo:
–Tenés razón, Raulito, ¿qué problema hay?
A los veinte minutos penal para River. El chico lo miró al padre, como dudando. El lo tranquilizó, a pesar de sí mismo:
–Gritálo tranquilo, Raulito. Eso sí: si después hay un gol nuestro, no te enojés
si yo lo grito.
–No, papá, si no me enojo –le aclaró, muy serio. Después gritó el gol, pero no mucho. Fue un grito breve, un poco tímido. El padre lo palmeó.
–No seas tonto, Raúl, gritálo todo lo que quieras.
–Así está bien, pa –fue toda su respuesta. Al rato vino el dos a cero. Ahí el chico lo miró primero, y después dio un par de aplausos, y eso fue todo.
–Che, ¿qué clase de hincha sos vos? ¿Así te enseñó tu tío Hugo a gritar los goles?
–No pa, él los grita como loco. Como vos, los grita.
–Y entonces gritá tranquilo, hijo. –Y después añadió, con un guiño:– Ojo que en el segundo tiempo capaz que grito yo, ¿eh?

Se sentía en paz, dueño de una felicidad sencilla y robusta. Casi ni se acordaba de que iban perdiendo. Empezaba a pensar que tal vez no fuese tan terrible que su hijo fuese de River. A lo mejor iban a poder ir a la cancha igual, turnándose un domingo cada uno, si el fixture ayudaba.

El segundo tiempo siguió por el trillado sendero de la tragedia. Un contraataque y tres a cero. El pibe ni siquiera hizo un gesto cuando el relator vociferó la novedad a voz en cuello.

–Che, Raulito, ¿estás dormido, vos? –El padre lo palmeó con afecto.
–No, papi. –Zarandeaba las piernas cruzadas debajo del asiento, y tenía los dedos cruzados en el regazo, como cuando pensaba en cosas complicadas. Luego aventuró:– No sé, me da un poco de lástima.

El padre se rió con ganas.

–Dejáte de jorobar, Raúl, y disfrutálo. Total, un partido más, uno menos... Aparte, cuidado, pibe –bromeó–, mirá que a lo mejor todavía se lo empatamos.
Para colmo, y como dándole la razón, al ratito vino el tres a uno. El padre lanzó un gritito contenido, tenso, como el que habrían dado los jugadores, saludándose apenas entre ellos, disputándole la pelota a un arquero con ganas de enfriar la cosa, corriendo hacia el medio campo para ganar tiempo. El hijo lo miró sin tristeza. Cuando sus ojos se cruzaron, ambos sonrieron.
–Te dije, pibe, ojo con nosotros. Mirá que somos bravos.
Por lo que decían en la radio, el partido se estaba poniendo bueno.
–Escuchá, Raulito, escuchá: los tenemos en un arco.
Pero el aviso era inútil. El chico seguía el relato concentrado, serio.

Acompañaba las jugadas trascendentes con patadas en el aire, como jugando él también su parte del asunto. El padre sonrió. Cómo son los pibes. Se posesionan de tal modo que se sienten ellos mismos protagonistas del partido. En realidad, no sólo los pibes: un par de semanas atrás él mismo había hecho trizas el termo en un esfuerzo supremo por despejar al córner un disparo bajo que iba a sobrar fatalmente al arquero.

A los treinta, más o menos, tiro de esquina sobre el área de River. El chico seguía enchufadísimo. Hasta balanceaba ligeramente el cuerpo de un lado a otro, como todo buen cabeceador, esperando el momento de correr un par de metros y madrugar al marcador y pegar el salto y conectar el frentazo. Pero había algo que al padre no le cerraba, algo en el modo en que estaba parado, algo en la expresión de sus ojos negros.

El corazón le dio un vuelco cuando comprendió: el pibe se estaba perfilando de atacante, no de zaguero. El movimiento era para zafarse de algún marcador pegajoso, los ojos tenían el fuego de vení bola vení que te mando a guardar. El brazo derecho se alzaba en el gesto que se le hace al siete de ponéla acá, justito acá por lo que más quieras.

El relato se suspendió en una nota aguda, una de esas notas que se alargan, que perduran en el aire, mientras el relator decide si tiene que gritar o decir que pasó cerca. Igual no hizo falta, porque la hinchada, detrás de ese arco, lo gritó primero, y el relator en todo caso se encaramó después a ese alarido. El padre lo gritó con ganas, entusiasmado. Tres a uno es una cosa. Pero tres a dos es otra bien distinta, y entonces...

Tuvo que interrumpirse de golpe en sus divagaciones. Porque a sus pies, al costado de la mesita, de rodillas, de cara al cielo, gritando como si lo estuviesen desollando, con los brazos extendidos y las palmas abiertas, mezclando los chillidos de su voz de nene y los ronquidos incipientes de su madurez en ciernes, estaba el pibe, el pibe ya sin vueltas, ya sin chance alguna de retorno, ya inoculado para siempre con el veneno dulce del amor perpetuo, ya ajeno para siempre a cualquier otra camiseta, más allá de cualquier dolor y de todas las glorias, dando al cielo el
primer alarido franco de su vida.

El padre se lo quedó mirando, impávido, hasta que el pibe se quedó sin voz y volvió a sentarse. Tuvo miedo de pronunciar palabra, como si cualquier cosa que dijese conllevara el riesgo de destruir ese hechizo de epopeya. El pibe, igual, no lo miraba. Estaba ciego a cualquier cosa que no fuese esa cancha, ese arco de sus desdichas, ese reloj fugaz y traicionero, ese relato interminable de centros llovidos al área y despejes agónicos. Sobre todo eso el padre pensó después, porque en ese momento, agobiado en la constatación de su pequeño milagro íntimo, apenas le quedaba tiempo de mirarlo al pibe, de comérselo con los ojos, de grabárselo para siempre en el recoveco más recóndito de su alma.

En eso estaba cuando, ya en el descuento, River jugó mal al off–side y el nueve se escapó con pelota dominada. El relato radial se trepó de nuevo a uno de esos agudos oraculares. El pibe se puso de pie, incapaz ya de tolerar la tensión de la jugada. Con el rugido de la hinchada de fondo, padre e hijo contuvieron el aliento, con el alma pendiendo de ese nueve que entraba al área a liquidar el pleito, que punteaba la pelota por encima del arquero, buscando el segundo palo. El relato se cortó de pronto, y cuando continuó ya lo hizo en un tono menor, para explicar lo inexplicable: la pelota besando el travesaño y yendo a morir al techo de la red, ya inútil, ya sin sentido, ya con el arbitro pitando el final.

El padre se volvió a mirarlo. El chico estaba rojo de la bronca, con los ojos muy abiertos de tan incrédulos, con los puños apretados de impotencia. Pensó primero en decir algo, como para tratar de mitigar ese dolor en carne viva. Pero lo disuadió la certeza de que era mejor así, porque así eran siempre las cosas, y las cosas no podían estar mal, si así eran siempre. Los labios del chico se torcieron en una ueca, y por fin se lanzó en un llanto desbocado. Ya era grande. Lo suficiente como para querer llorar a solas. Por eso se levantó de pronto y corrió hasta su pieza. El padre escuchó el portazo, y no necesitó verlo para saberlo derrumbado sobre su cama, confuso, dolido, ignorante de qué debe hacer uno con el dolor y con la rabia.

El padre lo supo llorando a mares, y se regocijó en esas lágrimas. Porque uno puede decir que es de muchos cuadros. Uno puede cambiar de idea varias veces.

Sobre todo si abundan los tíos y los primos grandes, dispuestos a comprar con pelotas y camisetas la fidelidad de un corazón novato. Pero una vez que uno llora por un cuadro, la cosa está terminada. Ya no hay vuelta. No hay caso. De la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las lágrimas. Porque cuando uno sufre por su Cuadro, tiene un agujero inentendible en las entrañas. Y no se lo llena nada. O mejor dicho, sólo se le llena con una cosa: con ganar el domingo que viene. De manera que asunto concluido. La suerte está echada. Nosotros acá, el resto enfrente. Algunos más amigos, otros menos. Pero de este lado nosotros, los de acá,los que no tenemos en común, tal vez, victoria alguna, pero que compartimos las lágrimas de un montón de derrotas.

Cuando su mujer salió al patio, extrañada de que su marido siguiese al sereno en el atardecer frío del otoño, lo encontró llorando a él también, pero unas lágrimas gordas, densas, de esas que abren surcos pegajosos en su camino, de esas que uno llora cuando está demasiado feliz como para sencillamente reírse.

–¿Se puede saber qué les pasa? –preguntó la mujer, confundida. El la miró, sin preocuparse siquiera de ocultar sus lágrimas–: Hace rato que el Raulito entró a su pieza y dio un portazo, y me dice que no quiere que entre, y se lo escucha llorar y llorar como loco. Y ahora salgo y te veo a vos también moqueando. ¿Me querés explicar qué cuernos pasa?

El hombre la consideró con benevolencia. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Intentar explicarle? ¿Cómo? Se conformó con mirarla, mientras seguía sintiendo el fluir del tiempo en el gotero de cristal de ese momento indestructible.

–Seguro que le ganaron a River y vos lo cachaste al chico, ¿no? Seguro que te la agarraste con el nene, ¿no? –Ella lo miraba con gesto de severo reproche.– Semejante grandulón, ¿no te da vergüenza?
–No, Graciela, no le hice nada. Si River ganó tres a dos. Al chico no le dije nada, te juro –respondió con calma, desde la cima de su paz reconquistada.
–Pero entonces no entiendo nada. ¿Me decís que ganó River, y el nene está llorando como loco encerrado en la pieza?
–Sí, Graciela. Ganó River. Pero el pibe no es de River, Graciela. –Y se sintió reconciliado con la vida, eufórico, agradecido, emocionado; dueño legítimo y absoluto de las palabras que iba a pronunciar. Después se incorporó, porque cosas así se dicen de parado:
- Lo que pasa es que el Raulito es de Huracán, Graciela. ¡De Huracán!



*Eduardo Sacheri es escritor. Publicó Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, Te conozco, Mendizábal y otros cuentos y Lo raro empezó después, cuentos de fútbol y otros relatos. La película El secreto de sus ojos está basada en su novela La pregunta de sus ojos. Nació en Buenos Aires en 1967, también es profesor y licenciado en Historia, y ejerce la docencia secundaria.