domingo, julio 30, 2017

El Messi que quería jugar en Huracán


La hélice, casi lo único que quedó del avión de la tragedia, cuenta una ausencia. Allí, en la zona del viejo Stadio Filadelfia, en Turín, ese monumento breve es el retrato lacónico de uno de los más estupendos equipos de todos los tiempos: Il Grande Torino de los años 40. El estadio, escenario de tantas jornadas de aplausos y consagraciones, estuvo en desuso desde 1963 hasta su demolición en 1998. Y más allá de sus varios emprendimientos truncos de reconstrucción continúa siendo una referencia de aquellos tiempos de brillos que ya no están. Son también, claro, un motivo de añoranza para los grandes cracks de aquel tiempo, como el notable Valentino Mazzola, el Messi de esos días. El accidente aéreo de 1949 se devoró a aquel equipo. El avión regresaba a Italia tras un partido en Lisboa frente al Benfica. Ganaban todo lo que jugaban: cinco Ligas consecutivas desde 1942 hasta 1949, clásicos contra la Juventus, amistosos... Sólo la Segunda Guerra evitó -por la suspensión del calcio entre 1943 y 1945- que fueran más los Scudettos sucesivos. Un dato contaba la jerarquía de aquel equipo: diez de los 11 titulares del seleccionado italiano pertenecían al Torino.

La pregunta invariable que continuó a la tragedia todavía escucha respuestas y aproximaciones: si no se hubiera caído aquel avión, ¿qué habría pasado en el fútbol del mundo? El periodista Jaime Rincón escribió alguna vez en el diario Marca: "Son muchos los que apuntan que si la historia de aquel equipo no hubiera terminado de manera repentina hoy quizá no existiría el 'catenaccio'. Puede que tampoco la Juve fuera el peso pesado que es actualmente en el Calcio. Y seguramente el Maracanazo no hubiera tenido lugar". No se trata de una exageración: quienes lo vieron y quienes lo contaron a través de los medios coincidieron. Aquel Toro era capaz de todo, incluso de hacer magia mientras arrasaba rivales. Y -dicen- también podría haber modificado la historia del fútbol tal como la conocemos.

Nadie sobrevivió al impacto. Pero el azar quiso que dos futbolistas no estuvieran allá arriba: el enorme Ladislao Kubala, quien estuvo a punto de firmar su contrato con el club en aquel momento y no lo hizo; y un tal Sauro Toma, un defensor procedente de La Spezia, que acababa de llegar al Torino. Contó aquel joven de 23 años alguna vez: "El míster, Leslie Lievesley, nos había dicho a Valentino Mazzola y a mí que nos cuidáramos de las lesiones antes de viajar. Mazzola no estaba bien del todo, pero podía jugar y viajó. Yo tenía problemas en la rodilla y el entrenador me aconsejó que me quedara en casa. Me sentí el hombre más desdichado de Turín. Todo el Torino viajó a Lisboa, y yo me quedé en casa, lesionado". A Mazzola el destino no lo quiso salvar.


Con ese Torino quedó enterrado un equipo exitosísimo, un mito y, también, Mazzola. Era el capitán, la figura, el ídolo, el goleador frecuente, la referencia inevitable. En una entrevista concedida en 2009 al diario El País, de Madrid, su hijo Sandro Mazzola -también destacado futbolista- contó a Valentino a 60 años del fallecimiento: "Mi padre tenía 30 años y yo seis y medio. No recuerdo nada. Mi cabeza olvidó todo lo que había vivido con mi padre. Todo menos su mano grande, en el centro de Turín, donde todos querían hablar con él. Me daba seguridad. Yo no entendía entonces por qué todos querían estar con él. Después supe que era una gran persona. La calidad de los videos de aquella época no es buena, pero tengo referencias de entrenadores campeones del mundo como (Ferruccio) Valcareggi y (Edmondo) Fabbri o jugadores como Boniperti, capitán de la Juve, que me dicen: 'El más grande de todos fue tu padre'. Era interior derecho. Pero, en realidad, jugaba por todo el campo. Siendo centrocampista, fue tres veces máximo goleador de la Liga. Era más o menos como Di Stéfano, un portento físico con una gran técnica. Yo esperaba ser como él, pero no pude. Yo era muy técnico en velocidad, pero menos fuerte".

Por entonces ni la tradicional revista France Football ni la FIFA entregaban el Balón de Oro al mejor futbolista del año. A Valentino le ofrecían adjetivos, aplausos y admiraciones que lo definían y lo legitimaban como tal: Era el mejor del mejor equipo, como lo es ahora el Messi del Barcelona. Sobre él se escribieron libros (como "Un uomo, un giocatore, un mito", de Renato Tavella) y se hicieron películas en las que se exhibe el significado y la influencia que él tenía en aquel contexto (como "Il Grande Torino", de Claudio Bonivento). Era más que el capitán de un equipo: resultaba también el símbolo de un grupo de futbolistas capaz de ofrecer alegrías tras las dolores de la guerra.

El periodista Jesús Camacho, en El Engranche, retrató a aquel Valentino y a aquel equipo estelar: "Aquel maravilloso conjunto tenía en Valentino Mazzola a su cerebro, capitán, organizador y gran goleador. Un futbolista muy inteligente, dotado de gran personalidad y que ofrecía cada año la extraordinaria cifra de 20 o 30 goles. El conjunto granata practicaba un fútbol muy ofensivo, en su alineación titular prácticamente no había defensas y solo Aldo Ballarin y Maroso se dedicaban a dicha labor. El guardameta Bacigalupo observaba desde su marco cómo los centrocampistas Castigliano, Martelli y Rigamonti lanzaban a los interiores Ezio Loik y Mazzola y a su vez los extremos Romeo Menti y Franco Ossola hacían mucho daño por los flancos y servían balones al magnífico centrodelantero Gabetto. Además tampoco podemos olvidar a los Schubert, Grava, Bongiorni..." Dicho de otro modo, Valentino también era el director de una orquesta impecablemente afinada.

Y en su recorrido hay un detalle que -a los ojos de este tiempo- parece inverosímil. En ese 1949 de la tragedia trascendió una novedad de asombro: Mazzola quería jugar en Huracán, cuando finalizara su camino de maravillas por el Torino. Le fascinaba el fútbol argentino y le había agradado el Globo de Newbery, que en los días de la niñez de Valentino había sido el más campeón de los años 20. La revista Goles (ver "Imágenes") contó la anécdota: el crack italiano mandó una nota a la revista comentando su deseo. Y desde la redacción lo contactaron con el club de Parque de los Patricios. No se conocieron los pasos siguientes. Poco después, la tragedia se llevó al Messi de los años 40.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.com.

Cine sugerido: La película "Il Grande Torino".

miércoles, julio 26, 2017

El cine y nosotros


Lo cuenta el afiche: es una película made in Huracán. Entre las estrellas que el film ofrece aparecen Tucho Méndez, Alfredo Di Stéfano y Mario Boyé, tres que vistieron el Globo de Newbery en el pecho. Se estrenó en 1949, tiempos en los que nadie dudaba de que en Parque de los Patricios habitaba un grande.

Más:
Los detalles de "Con los mismos colores", en IMDB.

miércoles, julio 19, 2017

Nuestro Rey de Copas

Guillermo Stábile, en sus tiempos de entrenador. Fue el máximo ganador de la Copa América y aportó dos estrellas en Copas Nacionales al palmarés de Huracán.

Alfio Basile vivió su segundo título en la Copa América como un desahogo. En aquel julio de 1993, el aire pesado del Estadio Monumental de Guayaquil conoció su vozarrón. Y su grito de campeón y de bronca deshecha. Sentía que a su Selección no se la reconocía lo suficiente. Que siempre había alguna queja. A veces lo decía en público y con todas las letras. En otros días, lo callaba o lo contaba en alguna mesa de bar y de amigos. No había perdido ningún partido desde su arribo al equipo nacional. Dos años antes, en Chile, había ganado el trofeo continental tras 32 años de espera para los argentinos. En 1992, había obtenido la Copa de las Confederaciones (entonces llamada King Fahd Cup), en Arabia Saudita. Ese fue, además, el último título de la FIFA ganado por la Selección mayor. Pero al Coco muchos lo cuestionaban. Y le inventaban ciertas averías con malicia.

La siguiente escena sucedió en aquella última Copa América en la que dirigió Basile, en Venezuela 2007. Y resultó una suerte de homenaje al pasar para un tal Guillermo Stábile, el supremo especialista en trofeos continentales. Ya era de noche en Puerto La Cruz. El calor, apenas por un rato, dosificaba su acoso. Sobre la avenida de la costanera, en un bar que no tenía nombre, un grupo de muchos venezolanos y pocos argentinos mantenían colmadas las sillas y las mesas dispares. Frente a ellos había un televisor grande, de pantalla plana, que entregaba las imágenes de Argentina-Estados Unidos, que jugaban en Maracaibo. En la transmisión de Meridiano Televisión, el canal de deportes nacional en tiempos de Hugo Chávez, el relator lanzaba una pregunta a modo de desafío para que se comunicaran los televidentes: "¿Quién fue el técnico que ganó más Copas América?" Después de un puñado de segundos, desde una de las meses, un argentino de muchas canas y muchos años, ofreció la respuesta exacta: "Stábile". Después el hombre se quedó en silencio. Quizá nadie le prestó atención a su certeza. Pero quedó como un detalle mágico y fugaz. Como un tributo secreto a la distancia para ese entrenador que ostenta el récord absoluto de títulos continentales.

Su recorrido como entrenador arrancó pronto. Ya había finalizado su estupenda carrera de futbolista. Había sido campeón y goleador, símbolo del Huracán de los años 20 (el más campeón de esa década junto a Boca), figura en Europa. El técnico apasionado ya latía dentro de él. A los 34 años, en 1939, regresó a los Barrios del Sur, a ese Parque Patricios que adoptó como propio. Debutó construyendo un equipo que encantaba: La Aplanadora. Con Herminio Masantonio -su eficiente heredero- como gran figura, ganó la primera rueda, superó a los otros grandes en una misma rueda y terminó subcampeón, sólo detrás de Independiente. Al año siguiente lo contrató San Lorenzo, en una época en la que el Clásico de Barrio más grande del mundo no ofrecía tiempos violentos. En 1941 ya estaba dirigiendo a la Selección. Podía con todo: en simultáneo, condujo dos temporadas a Estudiantes La Plata y regresó a Huracán para ganar dos Copas Nacionales. También trabajó en Ferro y asesoró a Independiente.

A nivel de clubes, fue capaz de hacer milagros desde el costado del campo de juego: Racing -campeón nueve veces en tiempos del Amateurismo- no ganaba el título de Liga desde 1925. Tras el arribo deDon Guillermo como técnico, en 1945, Racing se fue transformando en un equipo brillante y eficaz. También en el primer tricampeón de la Era Profesional (49, 50 y 51). En ese tiempo, a nadie se le ocurrió dedicarle una estatua como a Reinaldo Merlo más de medio siglo después.

En su largo camino de 17 años, Argentina obtuvo seis trofeos en la máxima y más antigua de las competiciones continentales. Celebró en 1941, en el tricampeonato (45, 46, 47), en 1955 y en 1957. En las cinco primeras ocasiones, con invicto incluido. Además, en las ocho ediciones en las que participó en el Sudamericano en la Era Stábile siempre se subió al podio (la Selección fue, además, segunda en 1942 y tercera en 1956). Otro detalle de la conquista: sólo se impuso como local en la Copa de 1946. De las otras cinco, tres acontecieron en Chile, una en Ecuador y otra en Perú.

También Stábile -incluso mientras dirigía- se dedicó a otras actividades. En 1948, ya consagrado como DT de la Selección, actuó en el film "Pelota de trapo", dirigido por Leopoldo Torres Ríos y protagonizado por Armando Bo. Hacía de él mismo, como nueve años más tarde en la película "Fantoche", junto a Luis Sandrini y Beatriz Taibo. Su popularidad se lo permitía. Su cara era reconocida por todos. Ese mismo 1957, en Lima, Stábile se convirtió en el creador de un equipo sin olvido: Los Carasucias, aquel plantel en el que se destacaban -entre tantos- Oreste Osmar Corbatta y Enrique Omar Sívori. "Don Stábile no nos pedía nada raro. Era tranquilo para dar indicaciones. Y si tenía algo para decirte, se te acercaba y te hablaba al oído. A mí, por ejemplo, me pedía que me desmarcara siempre. Pero nos daba libertades para jugar", le contó Maschio a Clarín, al cumplirse medio siglo de aquel logro. Desde entonces hasta hoy, la Argentina apenas sumó tres trofeos (59, 91 y 93). En tiempos de Kempes, de Passarella, de Maradona, de Messi, de Mascherano. De Menotti, de Bilardo, de Bielsa, de Pekerman, de Martino.

Más allá de sus logros, Stábile también conoció el dolor y la ingratitud de la derrota. Fue al Mundial de Suecia 1958, prescindiendo de los cracks que jugaban en el exterior por decisión de la AFA. Y lo pagó con un tropiezo que fue conocido como El Desastre de Suecia. El partido que debía empatar el equipo nacional para pasar a los cuartos de final lo perdió 6-1 frente a Checoslovaquia. Se trató de la peor derrota de la historia del seleccionado junto al 6-1 frente a Bolivia, en La Paz, en 2009. Al llegar a Ezeiza, Stábile escuchó insultos y rechazos como nunca antes y como nunca después. Así concluía el ciclo más largo de un DT en el equipo nacional: 121 partidos y un 75 por ciento de efectividad.

Era muy activo y polifacético. Un adelantado a su tiempo. Mucho antes del imperio de la imagen y de los medios y del marketing deportivo, él ya conocía la importancia de comunicar. En su etapa como jugador y como entrenador. El año pasado la consultora Euromericas Sport Marketing -tras varias temporadas de investigaciones- determinó que el valor de mercado de Messi es de unos 400 millones de euros. La cifra incluye, claro, todo lo que él genera como personaje y como marca, incluso más allá de sus números irrepetibles y sus jugadas de fábula. Mucho antes que el crack rosarino y universal, Stábile -sin proponérselo- había sido un pionero de la especialidad. En los años 30, Don Antonio Nesman y su hijo Victorio le pusieron como nombre "El Filtrador" a uno de los vinos elaborados en su bodega mendocina, Familia Nesman. Estaban encantados por sus goles, por esa capacidad para definir. Y le rindieron ese reconocimiento adoptando el apodo del máximo goleador del Mundial del 30 como una marca.

Había más rebusques y berretines en su vida de vértigos y pasión por el fútbol: fue comentarista radial, ya como entrenador. Hablaba de fútbol, de táctica, de técnica, de estrategia. Lo hacía con nombres y apellidos; ofrecía ejemplos. Cuentan que dictaba cátedra frente a los micrófonos de LS10 radio Libertad. Stábile acompañaba los relatos de Eugenio Ortega Moreno y las opiniones de Guillermo Oscar Tipitto. En 1959, un año después del durísimo golpe en el Mundial de Suecia, se hizo cargo de la Escuela de Técnicos de la AFA desde 1959. Esa vez, un mal resultado no tapó la apropiada decisión. Murió, inexplicablemente olvidado, en 1966, a los 61 años. Ahora, en días de quejas por ese título que no llega, su palmarés sigue siendo un lujo.

Texto publicado por el Fundador del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com

domingo, julio 16, 2017

El Mundial de Stábile



El Mundial de 1930, en el que Argentina fue subcampeón detrás de Uruguay. Una celebración del fútbol rioplatense en la que Guillermo Stábile demostró que no había goleador más valioso que él.

viernes, julio 14, 2017

Alfaro, día 1



Comienza el ciclo de Gustavo Alfaro en Huracán. Primer entrenamiento. Primeras palabras.

También, primera impresión: sabe adónde llegó; comprende de qué se trata.

martes, julio 11, 2017

Razones de un papelón



Copa Sudamericana: Huracán 1 - Libertad 5

Ese final -con silbidos, con insultos, con rechazos- es una consecuencia que no tiene nada de casualidad. Es la bronca y el desencanto de todos los hinchas que desafiaron al frío, bajo el cielo del Ducó. Es también un dolor. Huracán acaba de perder 5-1 frente a Libertad de Paraguay, por la segunda fase de la Copa Sudamericana y el final del partido se parece también al final de un ciclo, al cierre de un tiempo en el que Huracán se animaba a protagonizar en el ámbito internacional (esta es su cuarta participación en el continente en los últimos tres años) y hasta abrazar la gloria de dos títulos (la Copa Argentina, en 2014; y la Supercopa, en 2015). Ya no quedan ni las cenizas de esa suerte de espasmódico paraíso.

Los errores sucesivos en los últimos mercados de pases derivaron en el papelón de anoche. La conducción del club -con Alejandro Nadur a la cabeza- se equivocó en casi todo desde junio del año pasado. Se fue Ramón Wanchope Abila -garantía de un gol cada dos partidos- y comenzaron los desaciertos. Uno tras otro. Primero, a Eduardo Domínguez le prometieron un centrodelantero de jerarquía que nunca llegó. El técnico, en consecuencia, decidió irse. Los refuerzos nunca rindieron a la altura de sus reemplazados. El paso siguiente fue contratar a Ricardo Caruso Lombardi. Un fracaso en los números y en el campo de juego: 5 puntos sobre 24 posibles. Luego llegó Juan Azconzábal. Se hizo cargo de la dificultad. Heredó problemas. Salvó al equipo del descenso en la última fecha. Lo echaron a los pocos días. Justo antes de esta cita frente al campeón de Paraguay -equipo bravo, convencido- se tuvo que hacer cargo el que siempre se hace cargo en la emergencia, Néstor Apuzzo. Siete interinatos, dos títulos, un ascenso a ritmo de vértigo. Pero esta vez no hubo milagro...

Oscar Tacuara Cardozo sigue siendo un delantero de jerarquía a los 34 años. Es aquel que pudo haber cambiado la historia del Mundial 2010: en los cuartos de final, frente a España, desperdició un penal que podría haber significado la clasificación para el Paraguay de Gerardo Martino. Ahora, lo contrató Libertad. Es su Wanchope. Todo lo que toca lo transforma en peligro. Lo demostró ayer ante un par de centrales de Huracán que no estuvieron a su altura (no sólo por esos 193 centímetros del ex atacante de Newell’s): el capitán Martín Nervo jugó su peor partido en el club; Juan Vivas tuvo un debut traumático, tras destacarse en la Reserva. Tacuara hizo los dos primeros goles (el primero, un cabezazo; el segundo, una maniobra de nueve astuto), los que marcaron el rumbo del partido.

Santiago Salcedo -otro conocido del fútbol argentino- aportó otros dos tantos. Uno, tras una pifia inadmisible de Nervo. El otro, de penal. SaSa - como le dicen- tranquilamente podría haber estado en la lista de posibles reemplazantes de Abila. No estuvo. Llegaron apuestas que fallaron. Sirve un dato: por torneos locales, en la última campaña, ningún futbolista marcó más de tres goles.

El desarrollo no fue más que la demostración de los errores en las decisiones: la goleada se construyó, sobre todo, en las áreas. Allí donde Huracán no para de extrañar a Wanchope. Allí donde no atajará más Marcos Díaz, ese arquero que marcó esta época con su rol decisivo (45% de vallas invictas, especialista implacable en penales y figura con arco en cero en cada final).

Ahora, ya no hay margen de error. Lo comprobó el nuevo técnico, Gustavo Alfaro, desde uno de los palcos de la platea Alcorta. Se hará cargo de un equipo que comenzará la temporada 17/18 en zona de descenso. Al frente de un plantel desmembrado, roto, golpeado. Deben llegar refuerzos que le den impulso. Lo saben en la sede de la avenida Caseros: nada de lo bueno que esta conducción hizo en lo institucional y en lo económico será valorado si el descenso golpea de nuevo en la puerta. Y en el alma.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín.

domingo, julio 09, 2017

Después de Marcos...



Juan Manuel García será el arquero que reemplace a Marcos Díaz. Al menos por ahora, en esta inminente cita frente a Libertad, por la Copa Sudamericana. Tiene 29 años, mide 1,90, se formó en Rosario Central, pasó por Gimnasia La Plata, llega desde Antofagasta. Atajó 13 partidos en el último semestre y mantuvo la valla invicta en cinco. Llega con el aval de Gustavo Alfaro, el nuevo entrenador.
El arquero rosarino llega a préstamo por una temporada con opción para comprarle el 50% del pase.
Arriba y abajo, dos videos con varias de sus mejores actuaciones.




sábado, julio 08, 2017

Fin de un ciclo, principio de la leyenda


Son días traumáticos en la sede de la Avenida Caseros. De definiciones -en cuanto al mercado de pases- y de tensiones respecto de la ya agrietada relación entre algunos de los principales integrantes del plantel y el presidente del club, Alejandro Nadur, quien acaba de iniciar su tercer mandato en Huracán. La sensación es inequívoca: se adivina en el ambiente la sensación de un fin de ciclo. Y hay una situación que resulta emblemática: la inminente salida de Marcos Díaz, figura y referente de los últimos dos títulos del club (la Copa Argentina en 2014 y la Supercopa en 2015).

“Estoy agradecido eternamente a la dirigencia y a los entrenadores que tuve. Es el momento indicado para irme. No me siento bien, ni física ni mentalmente. Y al club no le sirve esto”, expresó Díaz, quien el martes no atajará frente a Libertad de Paraguay, en el Palacio Ducó, por la segunda fase de la Copa Sudamericana. Todo indica que el encuentro frente a Belgrano de la semana pasada (0-0, de local) fue el último de su paso por el club de Parque de los Patricios. Se trata de la salida del arquero más influyente de la historia del club, según sostienen quienes mucho conocen de los 109 años de vida de esta institución.

Se va por varias razones. La principal, más allá de sus palabras:está peleado -ya sin arreglo- con Nadur. La segunda: a consecuencia de eso, le pasó el síndrome Bielsa, se quedó sin energía. “No puedo ofrecer lo mejor y atajar en estas condiciones sería defraudar a la gente que tanto me dio y que me cambió la vida; a mis compañeros y al cuerpo técnico”, señaló ayer, desde La Quemita.

San Marcos -como le dicen los hinchas- tiene 31 años y su contrato se extiende hasta fines de 2018. Sin embargo, los dirigentes están dispuestos a transferirlo. Su cláusula de rescisión es de tres millones de dólares. Pero todo indica que ese monto se negociará. Racing aparece como el primero en la lista de interesados. Nadur, además, indicó que en los próximos días “llegará una buena oferta por él”. Pero no ofreció detalles.

No se trata del primer conflicto del titular del club con integrantes del plantel. Y se sabe desde hace varios meses por los rincones de la sede:a Díaz lo tenía señalado como uno de los responsables de esa relación tirante. No es el único:al capitán Martín Nervo, también con contrato vigente, también lo tiene apuntado. El de Nadur es un caso curioso. A pesar de ganar las elecciones (por tercera vez) con el 65% de los votos, no hay socio que no le reclame dos cosas: su manejo personalista de la institución y sus clarísimos errores en los últimos dos mercados de pases.

Nadur ya eligió reemplazante: se trata de Manuel García (1,90 metro; formado en Central, llegado de Antofagasta). Debutará el martes, casi sin entrenamientos encima. César Rigamonti será la alternativa.

La salida del King Kong de La Quema es también el cierre de un tiempo marcado por sus actuaciones estupendas. Atajó 144 partidos, le convirtieron 125 goles, mantuvo el arco en cero casi en la mitad de las ocasiones. Y en las finales fue colosal: disputó cuatro y no recibió goles en esos 390 minutos. Los penales contra Central (en el encuentro decisivo de la Copa Argentina) y las atajadas decisivas contra River (en la Supercopa) quedarán guardadas para siempre entre los mejores recuerdos. Por él, Huracán pudo abrazar a la Estrella Doce y a la Estrella Trece. Y llegar a su primera final continental. Todo eso.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín.

martes, julio 04, 2017

Días de vértigos y de traumas

Gustavo Alfaro, el nuevo entrenador de Huracán.

No hay un rato de paz en Huracán. Una semana después de la garantía de Primera (con el 0-0 frente a Belgrano, en el Palacio Ducó) y una semana antes del partido de ida de la segunda fase de la Copa Sudamericana, el plantel se quedó sin técnico. Alejandro Nadur tomó la decisión de echarlo. “Era el momento de hacerlo”, explicó el presidente quien hoy asumirá su tercer mandato al frente del Globo de Newbery, del que se hizo cargo en 2011. Su frase, ofrecida de apuro en el mediodía de La Quemita, pone fin a un ciclo que duró menos de lo que el contrato indicaba (hasta diciembre) y cuyos números no fueron buenos: cinco victorias, siete empates y siete derrotas.

Ahora, hay un candidato cantado: se trata de Gustavo Alfaro, quien está regresando desde Rusia, donde comentó la Copa de las Confederaciones para la Cadena Caracol, de Colombia. Ya está todo acordado. Falta la firma. De todos modos, su ciclo no comenzará el martes. En el encuentro frente a Libertad de Paraguay, el técnico volverá a ser Néstor Apuzzo, el mejor interino de la historia, campeón de la Copa Argentina y de la Supercopa con Huracán.

Había otros dos candidatos, propuestos por un asesor externo del presidente: Omar De Felippe y Frank Kudelka. El primero respeta su trabajo en Vélez. El segundo no se lleva bien con Nadur desde aquella salida traumática en 2014.

La conducción del club dijo que la decisión de la salida fue “por cuestiones futbolísticas”. Quienes conocen en detalle la dinámica de la sede de la Avenida Caseros cuentan que hubo otras razones. Azconzábal, según le avisó el presidente, cobrará la totalidad de su contrato.

No fue un día tranquilo en los barrios del Sur. Azconzábal se manifestó sorprendido por la decisión. “Estoy sorprendido por cómo se desarrollaron estos hechos recientes. Vino el presidente y me mostró una carta documento que nos iba a mandar despidiéndonos. No se habló más nada. Desprolijo. En los últimos días se dijo de jerarquizar al plantel y potenciar a un equipo que quizás en el último año no había evolucionado. Incluso, pusimos nombres sobre la mesa. Llegamos en una situación complicada y cumplimos los tres objetivos:pasar en la Copa Argentina y en la Sudamericana y la permanencia en Primera”, explicó. Lucía disgustado.

Texto publicado por el fundador del Blog en Clarín.

sábado, julio 01, 2017

El Cuadro de Raulito


Por Eduardo Sacheri*
El decidió, de entrada nomás, dejarlo en libertad. Tenía la idea de que los amores no se imponen, ni siquiera se eligen. Pensaba que en todo caso eran los amores los que optan, los que se le imponen a uno. Por eso, con cierta prescindencia fatalista pensó que si tenía que ser, sería, y que si no, era inútil gastar pólvora en chimangos.

No le fue fácil, sin embargo. Sobre todo cuando en sus narices otros rivales se lanzaron a tratar de convencerlo. Le costó sobreponerse, y aceptar sonriendo a tíos y primos y cuñados y amigos y vecinos tentándolo al Raulito, ofreciéndole camisetas y pelotas y gorritos, a cambio de promesas de fidelidad a sus propios cuadros. Tampoco dijo nada cuando sorprendió a más de uno de esos buitres futboleros enseñándole al chico los canutos de la cancha, instruyéndolo subrepticiamente en las rivalidades históricas, ensalzando las hipotéticas virtudes de los unos, y vilipendiando las supuestas taras infames de los otros.

El los dejó. Un poco por esa resignación que era tan suya. Y otro poco porque a veces, en sus días tristes, sospechaba que tal vez fuese mejor así, que la cadena de afectos inexplicables se cortase con él, sin involucrar a su hijo. Que tal vez el chico terminase siendo más feliz siendo hincha de algún grande, saliendo campeón de vez en cuando, viendo la cancha llena, comprando El Gráfico con su ídolo en la tapa. Si al fin y al cabo él venía sufriendo hacía... ¿cuánto? Más de veinte años desde aquel campeonato. Y después la debacle. Hasta el descenso había tenido que sufrir, hasta el descenso. Y a la vuelta, la desilusión grande del 94. Justo en la última fecha, será de Dios, en la última fecha. Si faltaba tan poquito, un empate y listo. Pero ni siquiera.

Por eso, seguramente, aceptó con entereza que Raulito, desde los nueve, más o menos, empezase a decir que era de River, «como el tío Hugo»; aunque en el fondo más recóndito de su ser, él sintiese sinceros deseos de pasar al «tío Hugo», lenta, dulcemente, por la picadora de carne y la máquina de hacer chorizos.

Es que, a solas consigo mismo, en el resto de los días, sabía que era todo grupo. Que le hubiese encantado que Raulito saliese de los suyos. Que ahora que ya tenía trece, ahora que era todo un hombrecito, habría sido lindo ir juntos a la cancha. A la tarde, tempranito, en el tren y el 118, hablando de bueyes perdidos, mirando el partido de tercera acodados en el escalón de arriba, dejando pasar la vida.

Pero igual no cambiaba de idea. No señor. Que si tenía que ser que fuese, y si no, no. Igual, y por si acaso, cultivó su propia planta de leyendas mentirosas, como para mantener viva su persistente esperanza. Y aunque le daba un poco de vergüenza comparar al equipo del 73 con la Selección del 86, igual seguía adelante, envalentonado en su propia pirotecnia falaz, enternecido en la admiración dibujada en los ojos del Raulito.

Esa tarde, la inolvidable, la definitiva, empezó como todas, con el mate y la radio en la mesita de hierro del patio. El padre decidió prevenirlo de entrada:

–Mira, Raulito, que hoy juegan contra nosotros. El hijo lo miró con curiosidad.
–¿Y qué problema hay, pa?
El padre, feliz en la sencillez del chico, terminó sonriendo:
–Tenés razón, Raulito, ¿qué problema hay?
A los veinte minutos penal para River. El chico lo miró al padre, como dudando. El lo tranquilizó, a pesar de sí mismo:
–Gritálo tranquilo, Raulito. Eso sí: si después hay un gol nuestro, no te enojés
si yo lo grito.
–No, papá, si no me enojo –le aclaró, muy serio. Después gritó el gol, pero no mucho. Fue un grito breve, un poco tímido. El padre lo palmeó.
–No seas tonto, Raúl, gritálo todo lo que quieras.
–Así está bien, pa –fue toda su respuesta. Al rato vino el dos a cero. Ahí el chico lo miró primero, y después dio un par de aplausos, y eso fue todo.
–Che, ¿qué clase de hincha sos vos? ¿Así te enseñó tu tío Hugo a gritar los goles?
–No pa, él los grita como loco. Como vos, los grita.
–Y entonces gritá tranquilo, hijo. –Y después añadió, con un guiño:– Ojo que en el segundo tiempo capaz que grito yo, ¿eh?

Se sentía en paz, dueño de una felicidad sencilla y robusta. Casi ni se acordaba de que iban perdiendo. Empezaba a pensar que tal vez no fuese tan terrible que su hijo fuese de River. A lo mejor iban a poder ir a la cancha igual, turnándose un domingo cada uno, si el fixture ayudaba.

El segundo tiempo siguió por el trillado sendero de la tragedia. Un contraataque y tres a cero. El pibe ni siquiera hizo un gesto cuando el relator vociferó la novedad a voz en cuello.

–Che, Raulito, ¿estás dormido, vos? –El padre lo palmeó con afecto.
–No, papi. –Zarandeaba las piernas cruzadas debajo del asiento, y tenía los dedos cruzados en el regazo, como cuando pensaba en cosas complicadas. Luego aventuró:– No sé, me da un poco de lástima.

El padre se rió con ganas.

–Dejáte de jorobar, Raúl, y disfrutálo. Total, un partido más, uno menos... Aparte, cuidado, pibe –bromeó–, mirá que a lo mejor todavía se lo empatamos.
Para colmo, y como dándole la razón, al ratito vino el tres a uno. El padre lanzó un gritito contenido, tenso, como el que habrían dado los jugadores, saludándose apenas entre ellos, disputándole la pelota a un arquero con ganas de enfriar la cosa, corriendo hacia el medio campo para ganar tiempo. El hijo lo miró sin tristeza. Cuando sus ojos se cruzaron, ambos sonrieron.
–Te dije, pibe, ojo con nosotros. Mirá que somos bravos.
Por lo que decían en la radio, el partido se estaba poniendo bueno.
–Escuchá, Raulito, escuchá: los tenemos en un arco.
Pero el aviso era inútil. El chico seguía el relato concentrado, serio.

Acompañaba las jugadas trascendentes con patadas en el aire, como jugando él también su parte del asunto. El padre sonrió. Cómo son los pibes. Se posesionan de tal modo que se sienten ellos mismos protagonistas del partido. En realidad, no sólo los pibes: un par de semanas atrás él mismo había hecho trizas el termo en un esfuerzo supremo por despejar al córner un disparo bajo que iba a sobrar fatalmente al arquero.

A los treinta, más o menos, tiro de esquina sobre el área de River. El chico seguía enchufadísimo. Hasta balanceaba ligeramente el cuerpo de un lado a otro, como todo buen cabeceador, esperando el momento de correr un par de metros y madrugar al marcador y pegar el salto y conectar el frentazo. Pero había algo que al padre no le cerraba, algo en el modo en que estaba parado, algo en la expresión de sus ojos negros.

El corazón le dio un vuelco cuando comprendió: el pibe se estaba perfilando de atacante, no de zaguero. El movimiento era para zafarse de algún marcador pegajoso, los ojos tenían el fuego de vení bola vení que te mando a guardar. El brazo derecho se alzaba en el gesto que se le hace al siete de ponéla acá, justito acá por lo que más quieras.

El relato se suspendió en una nota aguda, una de esas notas que se alargan, que perduran en el aire, mientras el relator decide si tiene que gritar o decir que pasó cerca. Igual no hizo falta, porque la hinchada, detrás de ese arco, lo gritó primero, y el relator en todo caso se encaramó después a ese alarido. El padre lo gritó con ganas, entusiasmado. Tres a uno es una cosa. Pero tres a dos es otra bien distinta, y entonces...

Tuvo que interrumpirse de golpe en sus divagaciones. Porque a sus pies, al costado de la mesita, de rodillas, de cara al cielo, gritando como si lo estuviesen desollando, con los brazos extendidos y las palmas abiertas, mezclando los chillidos de su voz de nene y los ronquidos incipientes de su madurez en ciernes, estaba el pibe, el pibe ya sin vueltas, ya sin chance alguna de retorno, ya inoculado para siempre con el veneno dulce del amor perpetuo, ya ajeno para siempre a cualquier otra camiseta, más allá de cualquier dolor y de todas las glorias, dando al cielo el
primer alarido franco de su vida.

El padre se lo quedó mirando, impávido, hasta que el pibe se quedó sin voz y volvió a sentarse. Tuvo miedo de pronunciar palabra, como si cualquier cosa que dijese conllevara el riesgo de destruir ese hechizo de epopeya. El pibe, igual, no lo miraba. Estaba ciego a cualquier cosa que no fuese esa cancha, ese arco de sus desdichas, ese reloj fugaz y traicionero, ese relato interminable de centros llovidos al área y despejes agónicos. Sobre todo eso el padre pensó después, porque en ese momento, agobiado en la constatación de su pequeño milagro íntimo, apenas le quedaba tiempo de mirarlo al pibe, de comérselo con los ojos, de grabárselo para siempre en el recoveco más recóndito de su alma.

En eso estaba cuando, ya en el descuento, River jugó mal al off–side y el nueve se escapó con pelota dominada. El relato radial se trepó de nuevo a uno de esos agudos oraculares. El pibe se puso de pie, incapaz ya de tolerar la tensión de la jugada. Con el rugido de la hinchada de fondo, padre e hijo contuvieron el aliento, con el alma pendiendo de ese nueve que entraba al área a liquidar el pleito, que punteaba la pelota por encima del arquero, buscando el segundo palo. El relato se cortó de pronto, y cuando continuó ya lo hizo en un tono menor, para explicar lo inexplicable: la pelota besando el travesaño y yendo a morir al techo de la red, ya inútil, ya sin sentido, ya con el arbitro pitando el final.

El padre se volvió a mirarlo. El chico estaba rojo de la bronca, con los ojos muy abiertos de tan incrédulos, con los puños apretados de impotencia. Pensó primero en decir algo, como para tratar de mitigar ese dolor en carne viva. Pero lo disuadió la certeza de que era mejor así, porque así eran siempre las cosas, y las cosas no podían estar mal, si así eran siempre. Los labios del chico se torcieron en una ueca, y por fin se lanzó en un llanto desbocado. Ya era grande. Lo suficiente como para querer llorar a solas. Por eso se levantó de pronto y corrió hasta su pieza. El padre escuchó el portazo, y no necesitó verlo para saberlo derrumbado sobre su cama, confuso, dolido, ignorante de qué debe hacer uno con el dolor y con la rabia.

El padre lo supo llorando a mares, y se regocijó en esas lágrimas. Porque uno puede decir que es de muchos cuadros. Uno puede cambiar de idea varias veces.

Sobre todo si abundan los tíos y los primos grandes, dispuestos a comprar con pelotas y camisetas la fidelidad de un corazón novato. Pero una vez que uno llora por un cuadro, la cosa está terminada. Ya no hay vuelta. No hay caso. De la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las lágrimas. Porque cuando uno sufre por su Cuadro, tiene un agujero inentendible en las entrañas. Y no se lo llena nada. O mejor dicho, sólo se le llena con una cosa: con ganar el domingo que viene. De manera que asunto concluido. La suerte está echada. Nosotros acá, el resto enfrente. Algunos más amigos, otros menos. Pero de este lado nosotros, los de acá,los que no tenemos en común, tal vez, victoria alguna, pero que compartimos las lágrimas de un montón de derrotas.

Cuando su mujer salió al patio, extrañada de que su marido siguiese al sereno en el atardecer frío del otoño, lo encontró llorando a él también, pero unas lágrimas gordas, densas, de esas que abren surcos pegajosos en su camino, de esas que uno llora cuando está demasiado feliz como para sencillamente reírse.

–¿Se puede saber qué les pasa? –preguntó la mujer, confundida. El la miró, sin preocuparse siquiera de ocultar sus lágrimas–: Hace rato que el Raulito entró a su pieza y dio un portazo, y me dice que no quiere que entre, y se lo escucha llorar y llorar como loco. Y ahora salgo y te veo a vos también moqueando. ¿Me querés explicar qué cuernos pasa?

El hombre la consideró con benevolencia. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Intentar explicarle? ¿Cómo? Se conformó con mirarla, mientras seguía sintiendo el fluir del tiempo en el gotero de cristal de ese momento indestructible.

–Seguro que le ganaron a River y vos lo cachaste al chico, ¿no? Seguro que te la agarraste con el nene, ¿no? –Ella lo miraba con gesto de severo reproche.– Semejante grandulón, ¿no te da vergüenza?
–No, Graciela, no le hice nada. Si River ganó tres a dos. Al chico no le dije nada, te juro –respondió con calma, desde la cima de su paz reconquistada.
–Pero entonces no entiendo nada. ¿Me decís que ganó River, y el nene está llorando como loco encerrado en la pieza?
–Sí, Graciela. Ganó River. Pero el pibe no es de River, Graciela. –Y se sintió reconciliado con la vida, eufórico, agradecido, emocionado; dueño legítimo y absoluto de las palabras que iba a pronunciar. Después se incorporó, porque cosas así se dicen de parado:
- Lo que pasa es que el Raulito es de Huracán, Graciela. ¡De Huracán!



*Eduardo Sacheri es escritor. Publicó Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, Te conozco, Mendizábal y otros cuentos y Lo raro empezó después, cuentos de fútbol y otros relatos. La película El secreto de sus ojos está basada en su novela La pregunta de sus ojos. Nació en Buenos Aires en 1967, también es profesor y licenciado en Historia, y ejerce la docencia secundaria.