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miércoles, junio 12, 2024

La barra de Ringo Bonavena



Por Daniel Roncoli
Habría que adjudicarles a los ravioles de Doña Dominga un valor alimenticio extraordinario más allá de su esencia. Sería bueno que nutricionistas y médicos deportólogos los analizaran de modo pertinente, bucearan en la arqueología de aquellas recetas porque, evidentemente, más allá de la poética y la liturgia, eran un maná para la constitución de músculos nobles y organismos privilegiados.
Su hijo Oscar, el mítico Ringo, fue un boxeador hercúleo y corajudo, que amaba el fútbol con un sentimiento prístino. Su adoración por Huracán es una prueba notable de esa identificación macerada por humores de identificación barrial, historia personal y admiración por los cracks que desgranaban su arte en los alrededores de Parque de los Patricios.

Participó del bacanal emocional como simpatizante emblema y difusor de los arrebatos artísticos de los futbolistas de la Quema, como ocasional mecenas adquiriendo en un alarde de Pedro de Mendoza de las transferencias el pase de Daniel Willington para suministrárselo gratuitamente a su club o como representante de oficio de Héctor Rodolfo Veira a quien trató de ubicar en distintas instituciones cuando su estrella se apagaba y el carisma de Ringo se encendía.

Pero también fue un aficionado travieso y algo más anónimo de espaldas a El Globo ya que no era el único beneficiado por la ingesta de las mágicas pastas maternas. Uno de sus hermanos gambeteó la sombra de su personalidad incandescente y se destacó como futbolista.

Vicente Bonavena supo ser un centrodelantero muy requerido. Vistió los colores de Temperley, El Porvenir y Cristal Caldas de Colombia en la vidriera más resonante de su palmarés.
Lejos de ser una expresión delicada y hábil, adaptando virtudes que evidenciaba Ringo en los cuadriláteros, lo buscaban porque se constituyó en un goleador potente. Optimista. De buen cabezazo --un arma de nocaut---. Guapo. Y entrador.

En el ascenso, Vicente, sobre el filo del retiro, defendió los honores de Deportivo Riestra. La ceremonia de despedida pasó desapercibida para las multitudes pero es mucho más que el mero apunte estadístico. Decenas de simpatizantes pueden dar fe de la notoriedad de este capítulo de su trayectoria goleadora. En aquella etapa, era frecuente ver a su hermano Oscar Natalio, con su nariz curtida de mamporros, aferrado a los alambrados de estadios pobres.

Excéntrico y con su personalidad a raudales, plétora. Ringo llamaba la atención por encima de las propias acciones del juego. No sólo porque su fama o su figura imponente distraía a los cholulos. No se pasaban la tarde admirándolo solamente por haber convertido en castillo de naipes las piernas de Ali o cantar en el teatro de revistas motivos primaverales. Era un atractivo su manera de vestir y la nube que lo envolvía. Lo que emanaba de su presencia y lo que hacía con ese halo. No buscaba pasar inadvertido. Solía llegar a esas canchas polvorientas con largos sacones de cuero, pantalones oxford de diversos colores y texturas, fumando habanos que encendía en un mecherito hecho con billetes de cien dólares. Y lo hacía a bordo de autos costosos y llamativos.

Esa condición de atracción le fascinaba. Pero por encima de cualquier exaltación ególatra se divertía como un loco como agitador de la hinchada de los albinegros de Pompeya.

Lo motivaba más su subrepticio rol de capo de la barra que dilucidar minuto a minuto la trama de los partidos.

En un momento de esa etapa, cuando el entrenador era Osvaldo Panzutto y por su decisión Vicente iba al banco, el boxeador se dejaba rodear de los pibes que simpatizaban con Riestra, que lo buscaban sedientos de su autógrafo y ávidos de sus ideas transgresoras. Entonces Ringo les daba para el chori, la coca y el viaje en colectivo a cambio de que organizaran un estridente aguante para su hermano. Obedientes, los hincas más jóvenes taladraban los oídos del técnico solicitando el ingreso del robusto atacante. A dos metros, en un campo de juego precario y sin edificaciones en su perímetro, en medio del silencio más absoluto, esa jauría de gargantas chillonas e incesantes puede constituir una tortura china.

Lo cierto es que bastaba que el entrenador cambiara de parecer, ordenara el cambio y Vicente traspusiera la línea de cal para que la vocecita inconfundible del peso pesado que tuviera al Luna Park en su puño la noche de duelo con Goyo Peralta, se oyera nuevamente en el eco de la tarde.

--¡Ey, muchachos!

Cuando los subvencionados simpatizantes acudían a su llamado, sin otra covicción que sentirse amigos del gigante y con los bolsillos un poco más robustos, Ringo volvía a darles un regalito para que repitieran de modo inverso el acoso. Trepados al alambre acometían un nuevo suplicio para el técnico del Deportivo Riestra. Así que a un minuto de haber puesto en cancha a Vicente Bonavena, Panzutto debía hacerse de una peregrina paciencia para no mandar a sus imberbes detractores al órgano sexual de su hermana o de su progenitora. Le costaba horrores: los entusiastas en un curso acelerado de mercenarios, empezaban con aquelloa de... "¡Sacálo a Bonavena, sacálo a ese burro, sacálo a Bonavena!" y no había manera de silenciarlos.

Entonces, mientras que el centrodelantero mortificado por el apoyo ficticio y rentado, y avergonzado luego por la reprobación desgastante y obstinada, se perdía goles por falta de concentración; Ringo se volvía un poco más pibe de lo que era.

"La barra de Ringo Bonavena" integra el libro "Resaca de potrero y otros cantos al fútbol".

miércoles, agosto 22, 2018

miércoles, mayo 09, 2018

Aguante Bonavena



Almafuerte y un homenaje hecho canción: Aguante Bonavena.

Siempre Ringo. Siempre con nosotros.

martes, octubre 10, 2017

Cuando las paredes hablan


Ringo Bonavena y su saber popular, su impronta de guapo, su estirpe de Quemero de ley.

Ahí, en un mural. En el Parque de los Patricios de su corazón.

domingo, enero 29, 2017

Gloria a Ringo

Ringo Bonavena, siempre astuto, después de una victoria de Huracán frente a San Lorenzo, en 1969. Enfrente, el entrenador rival Manuel Giudice (sí, el mismo crack que usaba el Globo de Newbery en el pecho). Adentro de la cancha, victoria por los puntos. Afuera de la cancha, por nocaut...


viernes, diciembre 30, 2016

Ringo, paradigma del Quemero


Oscar Natalio Bonavena fue ídolo, referente popular, boxeador exitoso, contestatario irreverente, un fanfa bonachón, un personaje entrañable... Pero sobre todas las cosas fue una: el perfecto representante de la esencia quemera. Que la popular local del Tomás Adolfo Ducó lleve su nombre es, apenas, un mínimo testimonio de su condición de paradigma del quemero.

Este año se cumplieron 40 años de su fallecimiento. Lo que sigue es un precioso retrato de Ringo, realizado por la periodista uruguaya María Esther Gilio para la revista montevideana Marcha, en 1967:

“Yo le gano a ése. A ése y a cien como él”, dijo Ringo; y miró hacia la cámara con expresión desafiante. Pero enseguida sonrió y guiñó un ojo. “Ringo ahora saluda”, explicó el locutor, como si los televidentes fueran ciegos. “¿A quién está dedicado ese saludo, Ringo?” “A los pibes de mi barrio. A los pibes de Boedo que me están mirando”, dijo; y volvió a sonreír sin saber muy bien hacia qué cámara dirigir la mirada.

Dos días después se entrenaba en el Luna Park. Un portero guardaba fervorosamente la entrada del gimnasio. Cualquiera podía creer que detrás de esa puerta se encontraba el jardín de las Hespérides. Tan celoso era su cuidado, tan ansiosas las miradas de los que quedaban fuera. Cuando Ringo, después de dos horas, apareció distribuyendo sonrisas de héroe cansado, una ola de excitación recorrió a los chiquilines que también desde hacía dos horas husmeaban la entrada y conjeturaban sobre entrenamientos, campeonatos, zurdazos y dólares. Ringo se dejó palmear por uno, simuló tirar un puñetazo a otro y girando rápidamente me emplazó con su índice. “¿Usted es la uruguaya? ¿Así que quiere hacerme un reportaje en casa de mi vieja? ¿Sabe una cosa? Eso fue lo que más me gustó. Eso... que quiera conocer a la vieja. Venga, tengo la cachila afuera.”

La cachila, un Mercedes sport blanco tapizado en cuero negro, sin desmedro, podía integrar las ensoñaciones del emir de Kuwait. Ringo se acercó y le palmeó el capot con aire tierno. “Seis millones”, dijo. “¿De dólares?” pregunté distraída. “¡Ah, no! Pero usted está loca...” y acercándose con mirada interrogante: “Digame, ¿es buena periodista usted?”.
–¿Por qué? ¿Solamente se entrega a los buenos? –pregunté.
–No... pero como además es mujer... Suba.
–Quédese tranquilo... mis amigas dicen que soy buena.
–Mis amigos también, pero yo tengo...
–Sí, muchas copas y medallas para demostrarlo.
–Eso es. Y empresarios que me pagan cualquier plata.
–Un millón.
–¿Un millón? Por un millón no levanto este dedo. Quizá veinte millones por una pelea. Hace poco gané en una noche veintiséis millones –dijo. Y se quedó mirando la cara que yo ponía. Para no decepcionarlo abrí la boca extasiada.
–¡Ah!...
–¿Vio? –dijo, y pegó un frenazo que me tiró contra el parabrisas.
–Ringo... no se olvide que aquí adentro hay un campeón.
Sonrió.
–Yo manejo rápido. ¿Tiene miedo? Este auto da más de doscientos. ¿Por qué no empieza con las preguntas?
–¿Qué cree que estuve haciendo hasta ahora?
Volvió a mirarme con expresión desconfiada.
–¿Será buena periodista usted?
–Soy mala... pero muy honesta.
Soltó una carcajada.
–Ahí me hace acordar a la vieja que siempre quería hacerme entrar con alguna muchacha fea pero muy trabajadora.
Estábamos rodeando Plaza de Mayo. Ringo había aminorado la marcha del auto y miraba atentamente hacia un grupo de chicos y palomas.
–¿También usted venía aquí de niño, a dar de comer a las palomas?
–De pibe venía, sí... y ahora también vendría... uno siempre tiene algo de pibe. Yo veo a los chiquilines pateando una pelota o remontando un barrilete, y se me van las manos. Uno siempre tiene dentro algo de cuando era chico... y eso es lo mejor. Mire esos pibes con las palomas. ¿Usted se cree que a mí no me gustaría estar allí con todas las palomas alrededor?Que alguna se me viniera arriba... bien confiada... y cuando menos se lo espera ¡chácate!, dejarla dormida de un manotazo.
–¿Qué?
–Mire, yo tengo un 28, un 22 y un Winchester, pero me gusta la honda. ¡Qué me vienen a mí con la caza mayor! No hay como la honda.
–¿Era muy peleador de chico?
–Me peleo ahora, ¿no me iba a pelear cuando era pibe? Vea ese idiota; ése, allí adelante, que no me deja pasar... (Gritando.) ¡Cara de mandarina! (Riendo.) Le digo eso porque estoy con usted, si no...


–¿Nunca llega a las manos?
–¿Usted está mal? Está prohibido, un boxeador no puede. Pero de chico me saqué las ganas. Peleaba en todas partes, en las canchas, en la escuela.
–¿Cómo le surgió la idea de hacerse boxeador?
–(Se tapa la cara.) Yo cuando era chico tenía la misma cara que ahora. Todos me decían: ¿Vos sos boxeador, pibe? y la vieja siempre me disfrazaba de boxeador. Dios me hizo boxeador. Bueno... yo digo Dios como puedo decir mi mamá.
–Dios y su madre... más o menos lo mismo.
–A Dios no lo conozco, a mi vieja sí. Es lo más grande que hay. (Y quedó por algunos minutos totalmente ausente.)
–Se quedó muy abstraído, Ringo, ¿en qué estaba pensando?
–Estoy pensando que si mi hija nace el mismo día que yo es un fenómeno.
–Aunque no nazca el mismo día, igual es un fenómeno.
–¿Vio? ¿Lo va a decir?
–Seguro.
Habíamos dejado el centro y atravesábamos el Once. El grito de “chau Ringo” se hizo entonces tan frecuente que casi no hablábamos.
–Por aquí lo conoce todo el mundo.
–Estoy entrando en mis barrios, aquí soy un ídolo.
–Las mujeres lo deben volver loco.
–Nooo... además, yo a las mujeres... poca bolilla. (Se llevó el pelo hacia atrás con los dedos entreabiertos.) Mire para enfrente. ¿Ve esa casa? Me la acabo de comprar. Ahora le estoy haciendo pileta. Es barrio berreta pero estoy cerca de la casa de la vieja, me río del mundo.
Dos cuadras más adelante detuvo el auto, señaló hacia la derecha y dijo: “Aquí vive la vieja”. Tenía el aire de estar diciendo: “Aunque parezca mentira todavía existen los milagros, mi madre vive allí, en esa casa que parece igual a todas”. Bajamos y, sin golpear, entramos. Dos señoras y un boxer nos salieron al encuentro dando grandes muestras de contento. “¡Tití! –decía una de las señoras– ¡sólo tengo milanesas!” Me como siete –dijo Ringo, sin ánimo de broma. Pasamos a la cocina. Todo se agitaba alrededor del campeón. Eran las tres de la tarde pero la cocina volvió a encenderse y la heladera a abrirse y cerrarse. Aparecieron las milanesas, pero también ensaladas, quesos, choclos, papas, buñuelos, sopa, vino (por supuesto con soda), y ante mí, que había aceptado un café, un tazón colosal rebosando café negro. Ringo comía, toreaba alternadamente a la madre y al perro, y respondía a mis preguntas.

–Cuénteme su primera pelea.
–¿Te acordás vieja? Yo era un pibe, tenía diecisiete años. (Quedó en suspenso, con el tenedor a medio camino hacia la boca, creo que enternecido por su propia imagen de nueve años atrás.) Un pibe con unas ganas locas de pelear. Tiré piñas por todos lados... No veía, le pegué hasta al referí. A mi manager no le pegué porque me agarró la mano a tiempo –dijo y volvió a concentrarse en la comida.
–No se olvide, diga que mi perro es un boxer.
–Bueno.
–Mírele la cara. Tiene cara de boxeador como yo.
–Tiene. ¿Cuál fue su mejor enemigo?
Ringo levantó la cara y volvió a mirarme con las cejas juntas. Creo que por tercera vez quería preguntarme: “¿Será buena periodista, usted?” Le sonreí. Desfrunció las cejas, y balanceando la cabeza en un gesto de “hay que tener paciencia, es mujer”, se dispuso a contestarme.
–Un peleador no piensa en eso. El termina la pelea y chau, mejor dicho, al otro día va a cobrar y chau.
–Es decir, que una pelea nunca da origen a una especial relación entre los que intervienen, ya sea de amistad o enemistad.
–¿Quiere decir si alguna vez me hice amigo del que peleó conmigo?
–Sí.
–De José Georgetti. Era un gordo fenómeno. Andaba en la mala, no acertaba una. Peleamos y a mí me descalificaron, decían: “Le ganó a Ringo”. Con eso repuntó bien, le volvieron a dar buenas peleas. En la casa colgó un retrato mío. Cuando yo peleo viene a verme y me dice: “A ése tenés que darle con la zurda” o “no le des mucho al principio, cansalo”... y todo por esa pelea.


–Mientras pelea, ¿oye lo que el público le grita?
–Cuando recién empecé oía como quien oye llover. Tenía menos responsabilidad, me quedaba tranquilo. Ahora es distinto.
–¿Y qué le gritan?
–¡Vieja! Vení, oí, mirá si le voy a decir lo que me gritan.
La madre se acercó y dijo: “A veces se acuerdan de mí”.
–Eso sí que me da rabia. Pero lo que más me gritan es: “Dale, maricón, anda a dormir a tu casa...”
–¿Cuáles son las condiciones más importantes para un boxeador?
–Que sea guapo y que sepa crear arriba del ring.
–¿Qué quiere decir eso?
–Sí, no debe esperar lo que le diga el manager. El manager le dice: “Pegale al hígado, al estómago”. Hay algunos boxeadores que oyen, y le meten nomás al hígado, y eso está mal. Hay que pegar por otro lado, más arriba... y cuando el tipo se descuida, chau, darle al hígado.
–Usted tiene fama de fanfarrón.
–Soy muy fanfarrón.
–¿Nunca tuvo miedo?
–¿Arriba del ring? No.
–¿De verdad?
–¡Arriba del ring no! –y luego riéndose a carcajadas–: Tengo miedo arriba del avión. Si tuviera ese miedo cuando peleo no podría pelear.
–Vamos a pensar que usted sube al ring. Al tipo con el que va a pelear nunca lo vio antes o lo vio de lejos. En cuanto lo ve, ¿tiene ganas de pegarle o las ganas le van viniendo de a poco?
–No, no, yo trato de tenerle rabia para poder pegarle con ganas. Por ejemplo que en el diario o en la radio haya dicho “A Ringo yo lo mato” o algo así.
–¿Habla mientras pelea?
–Yo no soy de hablar mucho.
–¿Otros boxeadores, sí? ¿Qué dicen?
–Y... pueden decir “mientras vos estás aquí ¿sabés con quién está (disculpe) acostada tu novia?” o cosas por el estilo.
–Cuando termina una pelea, ¿qué tiene ganas de hacer? ¿Qué hace?
Ringo se da vuelta y mira a la madre que no ha dejado de trajinar a su alrededor llevando y trayendo platos. “El Tití siempre viene para casa después de las peleas”, dice la madre. Y luego Ringo: “¿Vio?” “Sí –añade la madre–, ¿pero quién hizo el sacrificio para formar ese cuerpo?”
Yo no entendí bien y quedé mirándola. A su vez Ringo quedó mirándome a mí. Por fin dijo:
–Pero mire que usted es buenas noches... La vieja le quiere decir que este cuerpo lo hizo ella. Estos noventa y tres kilos a la sombra. ¡Toque!¡Toque aquí! –y se acercó con el brazo doblado– ¡Pero toque bien que no muerde!
–¡Fantástico!
–Dijo bien. Fantástico.
Volvió a sentarse y comenzó a comer la fruta.
–Cuénteme cómo fue la pelea con el campeón mundial, en Estados Unidos.
–Qué quiere que le cuente, si no vi nada. Me dio cada piña que no sabía ni cómo me llamaba. Mala noche, malísima –dijo y con el sifón echó un chorro de soda al perro que ladró sorprendido–. ¿Sabe cómo se llama mi perro? Se llama Ringo como yo.
–¿Y usted cómo se llama?
–Oscar Natalio Bonavena.
–¿Conoció a Cassius Clay en Norteamérica?
–Sí, pero de lejos en un gimnasio. Yo le grité: “A vos te mato”.
–¿En español?
–No, en inglés: “I Kill You”.
–¿Sabe inglés?
–¿Usted está mal? Hace un rato... ¿le quedan muchas preguntas? Porque pájaro que comió, voló.
–Ya termino. Hace un rato hablábamos del momento en que usted se enfrenta con el otro, arriba del ring. Supongamos que están peleando y el otro ya medio grogui se cae al menor golpe. Usted sabe que lo que correspondería sería que el manager tirara la toalla y la pelea terminara, que el otro ya no es nada. ¿Qué siente en ese momento?
–Una vez estaba peleando con un tipo que estaba así como dice usted, lo tocaba y se caía. De golpe me di vuelta y le tiré un trompazo que si lo agarro hay que hacerle la estética.
–¿Al pobre tipo?
–¡Al manager! Me lo tuvieron que sacar... quería matarlo. Hay cada criminal. Otras veces uno está tan caliente que no se da cuenta de cómo está el otro y puede deshacerlo sin querer.
–Seguro... supongamos que la pelea termina en este momento, usted ganó, el juez le levanta el brazo, ahí en el suelo fuera de combate está el otro. ¿Siente lástima?
–Yo gané, el juez me levanta el brazo y enseguida empiezo a ver la gente que grita, las luces de los fotógrafos. Levanto la cabeza y me olvido del otro. No tengo nada más que ver con ese tipo. Si después me lo encuentro abajo le digo: “Estuviste bien, guapeaste”, para alentarlo, ¿me entiende?
–En ese momento se siente muy feliz.
–Sí. Pero no porque lo rompí todo al otro, de él no me acuerdo más. Venga que le voy a mostrar la casa que le regalé a mi vieja.
Me la enseñó paciente y ordenadamente, explicando las mejoras, los arreglos, los costos. La madre nos seguía ensimismada a ambos –la casa y Ringo– mientras sonriendo, asentía con la cabeza. Ringo se detuvo de pronto, y señalando con aire severo un saco que ésta llevaba puesto dijo: “¡Mamá!, ¿no te dije que ese saco lo tiraras? ¡Dámelo!” Con el gesto de estar partiendo una hoja de papel lo abrió de lado a lado y riendo se lo puso al perro de bufanda. “No –dijo la madre– es lindo porque con la calor...”
–¡Vieja! ¡No se dice “la calor”! El calor, el calor. No me haga pasar vergüenza delante de la uruguaya.
Ninguna vergüenza campeón, ilustre imagen de antiesnobismo, seguro huésped al Reino de los Cielos.

martes, noviembre 15, 2016

Así peleaba Ringo



Oscar Natalio Bonavena, nuestro Ringo, frente a Joe Frazier. Una pelea para todos los tiempos.

sábado, junio 04, 2016

Alí se fue con Ringo, al Reino de los Cielos


Falleció Alí, el más grande de todos los boxeadores. Se fue al Reino de los Cielos, con Ringo. Para volver a encontrarse, como aquella vez, en 1970...

Por Carlos Marcelo Thiery
Terminó el noveno round y el Madison Square Garden se venía abajo con las cascadas de gritos que los admiradores de Bonavena dejaban caer sobre el ring. " ¡Dale Ringo!, ¡Dale Ringo!... " ¡Argentina! ¡Argentina!" La profecía de Clay no se había cumplido. El noveno round había pasdo, y el boxeo dejó a salvo uno de sus principios fundamentales: se pelea con los puños y no con la boca,. Pero al mismo tiempo otras leyendas de la mitología que se creó en torno de esta pelea quedaron canceladas. Ni Bonavena fue la presa fácil para Muhammad, ni el invicto, a lo largo de treinta peleas pudo trabajar como frente a Jerry Quarry. Claro que, al mismo tiempo, los fanáticos admiradores de Ali hacían notar que los tres años y medio de inactividad no le impedían al musulmán seguir boxeando más allá del sexto o séptimo round como vaticinaban sus enemigos.

Pero, tal vez, la moraleja más apasionante y didáctica de todas fue el hecho de que recién entonces todo el mundo, y especialmente los dos hombres que transpiraban sobre el ring, se dieron cuenta de que simplemente estaban peleando un ser humano contra otro ser humano. Clay y Bonavena habían estado especialmente nerviosos antes de la pelea, durante el pesaje y en las cuarenta y ocho horas previas al combate.

(...)

Bonavena cayó porque salió a jugarse en el último round. Justamente él, que tiene fama de desobediente, siguió al pie de la letra durante catorce rounds las instrucciones de Clancy, y dejó de hacer lo que su manager norteamericano llamó en un momento "nuestro gran negocio". Ringo sabía que su búsqueda con golpes por afuera no le habían dado ventajas y que si la pelea llegaba al término reglamentario, muy difícilmente pudiera llegar a ser el ganador. Entonces salió a enfrentar frontalmente a Alí, y allí abrió las puertas a los tres golpes que lo pusieron otras tantas veces en el piso (...)

Así, como cayó Ringo, caen los hombres que no saben especular. Los que necesitan tomar la iniciativa. Y los que saben justificar su responsabilidad. Sus ganchos abiertos habían sido metódicamente anulados por Alí, ya sea con buenas palancas o con desplazamientos que el argentino no pudo ni intentó seguir. De cualquier manera, a mitad del apelea, Clay ya se había dado cuenta de que no la iba a ganar haciendo su trabajo de showman, y más bien se dedicó a cuidar el aire que a tratar de cumplir su predicción (...)

Y Ringo fue obediente hasta el anteúltimo round cuando decidió, prácticamente por su cuenta, que no le bastaba con la satisfacción de perder por puntos. Allí intentó mucho más que en ese inolvidable noveno round. Cuando dos o tres cruces suicidas lo pusieron a tanta distancia de la gloria como de un nocaut que hubiera sido prematuro. Parecía una locomotora arremetiendo contra Clay, y desgraciadamente el desaliño de sus manos levantadas dejó penetrar tres manos netas de Muhammad que provocaron otras tantas caidas que decretaron el primer fuera de combate en toda su carrera.

Aún así, Oscar Natalio Bonavena no olvidará que subió al ring abucheado y bajó aplaudido y ovacionado (...)

Ganó un talento: Clay, ensombrecido por la valentía de un hombre: Bonavena.

domingo, mayo 22, 2016

Ringo, eterno...



Ringo Bonavena está en todos lados. En las paredes que lo retratan, sobre la calle Luna, o sobre cualquier otro rincón de los Barrios del Sur de la Ciudad de Buenos Aires. Su cara sonríe, su cuerpo grande ofrece esa piña que conoció Alí y que asombró al mundo. Miente la vieja noticia que dice que se fue para siempre, a los 33 años, en aquel asesinato del 22 de mayo de 1976 en las oscuridades del Mustang Ranch, un cabaret de Reno, en el estado de Nevada, Estados Unidos."Ringo está acá, Ringo es nosotros", dice -emocionado- uno de los tantos socios de Huracán que impulsaron una idea sin objeciones: que la popular local del Palacio Ducó se llame así, como él. Ringo Bonavena.

El detalle no se parece a una casualidad: con capacidad para 21.000 espectadores es la popular más grande del fútbol argentino. Sí, la Bonavena. La de su Globo. La de su Huracán. Ese espacio cuenta su dimensión, su lugar en la cultura popular. Sirve un dato: su velatorio en el Luna Park resultó la manifestación popular más numerosa entre los dolores y los horrores de la última dictadura.

Los que mucho conocen de la historia de Huracán lo comentan ahora, días de recuerdos: en los años setenta, cuando Huracán sumó su undécimo título de la AFA (aquel memorable Metropolitano del 73, con Menotti como ideólogo y con Houseman como perfecto mago), Ringo se entrenaba con el plantel, decía que quería jugar. "Se la pasábamos siempre, quería hacer su gol, a veces lo dejábamos pasar", cuenta Daniel Buglione, marcador central del Equipo de los Sueños. En las tribunas, el grito era unanimidad y orgullo: "Somos del barrio / del barrio de La Quema / somos del barrio de Ringo Bonavena".

Bonavena era un autodidacta en materia de promociones y desparpajos, señala Horacio Pagani, quien mucho lo conoció. Era el principal vocero del club que adoraba. Resultó también un adelantado: sehizo gerente de marketing de Huracán mucho antes de que el marketing se acercara al fútbol. La contratación de Daniel Willington fue una de sus búsquedas sin inhibiciones. Le gustaba aparecer con la camiseta de Huracán en cuanto lugar lo invitaban y jamás se olvidaba de mencionar al Globo de Newbery en cada programa al que lo convocaban. Como en el de Pepe Biondi, líder de audiencia, en el que Ringo mucho se parecía a un humorista más. Puro carisma.

Era más que un boxeador. Se trataba de un personaje que contenía a varios personajes. Guapo, pendenciero, intenso, campeón sin corona, porteño de ley, dueño del show. Lo demostró todo en aquel 7 de diciembre de 1970 frente al gigante Ali,con récord de rating para la televisión argentina. Canal 13 sumó entonces 79.3 puntos, una cifra sólo posible en instancias decisivas de la Selección en un Mundial (la marca recién fue superada en la Copa del Mundo de 1990, durante la semifinal entre Argentina e Italia). La caída ante Alíno tuvo impronta de derrota: la derrota fueincapaz de dañar la indomable leyenda de Ringo.

Trasladóla popularidad de los estadios al tantas veces hermético espacio del ring. Bonavena era un audaz. Ilimitado adolescente, pibe de barrio, desmesurado y divertido charlatán, amigo sin quebrantos. Se animaba a desafiar a todos. En cualquier calle del mundo. Antes de enfrentar en el Madison Square Garden a Ali, se paseó con un toro por la Quinta Avenida de Nueva York. Y hasta lo trató de gallina a su rival. En el mítico estadio de la Gran Manzana se escuchó el grito de guerra de los que viajaron y de los que aprendieron a adorarlo a la distancia: "Rin-go / Rin-go / Rin-go". En Buenos Aires, ni los vagabundos caminaban las calles. Había que ver a Ringo. Los 20.000 espectadores de aquella ocasión lo sabían o lo aprendieron mirando: estaban en presencia de un guapo de verdad, que podía levantarse cada vez que lo tiraran y que podía derribar al invencible, al mejor de la historia. La épica del pibe de barrio.

Era exagerado, intenso. En la biografía Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores, se reproduce una declaración que lo muestra en su costado más bravucón, más jactancioso: "No hay en América ningún pesado que pueda inquietarme; no existe nadie en mi horizonte a no ser Clay. Yo quiero al negro porque no me gustaría terminar como tantos otros caminando solo por la calle con los bolsillos llenos de pelusa. Tengo una renta de 300 mil pesos viejos por el alquiler de quince departamentos, un auto Mercedes Benz que vale siete millones de pesos y dinero bien invertido". Le gustaba alardear. Se sentía cómodo, aunque lo miraran de reojo por cuestiones de origen. "Pío, pio", les decía a los quejosos. Y los invitaba a que se callaran...

La revista El Gráfico contó una verdad en su tapa cuando perdió con Alí: "Así cae un hombre". La caída de Ringo de La Quema fue también otra cosa. Las piñas que a él le pegaban les dolían a todos en Parque de los Patricios y zonas de influencia. Ese dolor compartido resultaba una expresión del sentido de pertenencia. "Ringo abría el bolsillo siempre que veía a algún vecino o a algún quemero en la mala", dicen quienes vivieron sus días, quienes caminaron sus mismos empedrados. Para todos ellos, él sigue latiendo hecho memoria o tribuna o anécdota. O todo junto.

Texto publicado por el Fundador del blog en Clarín.

sábado, enero 23, 2016

Vamos al Luna, pelea Ringo



Ringo contra su archirrival en el ámbito local, Goyo Peralta. Escenas de las noches inolvidables noches del Luna Park. Esas que generaba nuestro Bonavena con su carisma que no sabía de nocauts.

miércoles, enero 14, 2015

miércoles, abril 30, 2014

Ringo, de colección



Ringo Bonavena frente a Alí, un hito de la historia del deporte argentino. También, un orgullo de La Quema.

miércoles, julio 10, 2013

Luna de Ringo


Ringo Bonavena, fenómeno popular y récord. No sólo por el rating de su pelea frente a Ali, en el Madison Square Garden de Nueva York. También por su convocatoria en el Luna Park. Hubo más de 25 personas para verlo ser el campeón de la Argentina en la categoría Pesados, en 1965. Afuera se quedaron muchos esperando por escuchar la victoria de uno de los más Quemeros de los Quemeros, el Ringo del Luna.

miércoles, abril 24, 2013

Dibuje, Ringo


Ringo, con la camiseta de Huracán, haciendo jueguito. El deseo que no pudo cumplir: ser futbolista del club de su corazón. Una lástima: su coraje habría resultado muy valioso en varios momentos de la historia.

martes, abril 09, 2013

Viva la alegría


Ringo Bonavena y dos Locos: Houseman y Gatti. Una producción de la revista El Gráfico, en los años 70. Un homenaje a la alegría.

sábado, diciembre 29, 2012

Ringo íntimo



Ringo Bonavena con Pepe Biondi. Pura magia compartida para la televisión. También orgullo Quemero.

sábado, septiembre 15, 2012

Ringo, ese guapo de todos los tiempos



Ahora que Maravilla Martínez trasciende el ring y se transforma en fenómeno boxístico y mediático, brota -inevitable- el recuerdo del inmenso Ringo Bonavena. Guapo, bravucón sin maldad, intenso, campeón sin corona, Quemero, porteño de ley, dueño del show. Lo demostró todo en aquel 7 de diciembre de 1970 frente al gigante Ali, con récord de rating para la televisión argentina. La derrota fue apenas ese resultado que jamás pudo dañar la indomable leyenda de Ringo.

domingo, enero 22, 2012

El sueño de Ringo


Ringo Bonavena, emblema de siempre, con el Globo de Newbery en el pecho y en el alma. Y ahì también la pelota, esa que siempre soñò patear bajo el cielo del Ducó.

Post publicado desde La Habana, Cuba.

martes, febrero 08, 2011

Esencia quemera, toda junta


"Alfredo Falconi, promesa de la natación en la década del 70; Norberto Draghi, figura del básquet; René Houseman y Hugo Gatti, dos de los que más convocaban a las canchas de fútbol; y Oscar Ringo Bonavena, un filósofo popular que daba espectáculos arriba del ring, reunidos por El Gráfico para que se diviertan".
Una foto para toda la añoranza: René y Ringo juntos.

martes, diciembre 07, 2010

Cuando Ringo estremeció a todos...


Por Horacio Pagani*
Oscar Bonavena era un autodidacta en materia de promociones y desparpajos. Pero mucho había aprendido de Cassius Clay o de Muhammad Alí (como empezó a hacerse llamar en aquellos años sesenta después de haberse convertido al islamismo). Aunque la historia mediática de Ringo fue casi simultánea. Si fue él, campeón argentino y sudamericano como aficionado, quien mordió en una tetilla al estadounidense Lee Carr en los Juegos Panamericanos de San Pablo, en 1963. Después de la descalificación la Federación Argentina lo suspendió. Por eso se hizo profesional en Estados Unidos y el 1° de marzo de 1964 debutó con una victoria por nocaut en el primer asalto ante el local Lou Hicks. Unos días antes, el 25 de febrero, Cassius Clay (medalla de oro en los Juegos de Roma, en 1960) se convertía en un joven campeón mundial de los pesados tras su espectacular e impensada victoria ante Sonny Liston. Y a sus dotes de extraordinario boxeador, veloz, variado, preciso, le sumaba su estilo provocador y altanero que despertaba adhesiones y odios al por mayor. Y su gesto circense revoleando su puño en el aire mientras Liston estaba caído y vencido, en la revancha, quedó grabado en la memoria de Bonavena, listo para imitarlo.
Uno era el bocón de Louisville, pero el mejor de todos los de su época. El otro, el bocón de Parque Patricios, rindió su prueba de reconocimiento ante el público argentino en aquel choque con Gregorio Peralta, en 1965. El Luna Park tuvo un récord inigualable de concurrencia de casi 24 mil espectadores. Habían ido para denostarlo. Pero terminó comprándolos con su guapeza.
Ganó aquella pelea.
Y largó su campaña de alardes públicos y ostentaciones. Pero quedó transfornado en un querido fanfarrón.
Alí había sido despojado de su título de campeón por su negativa a ir a la guerra de Vietnam, en 1967. Volvió en octubre de 1970 y le ganó a Jerry Quarry. Tenía 28 años. Ringo, también. El moreno bailarín quería recuperar el sitio que le habían birlado. Bonavena, ilustre derrotado de Joe Frazier (dos veces) y de Jimmy Ellis, y vencedor del alemán Midenberger, era bien conocido en Estados Unidos. Y fue, entonces, el rival elegido como trampolín para que Alí buscara ante Joe Frazier el título mundial de los pesados en el Madison.
Usó toda la atillería de su repertorio el porteño de Patricios, con toques de simpatía y golpes bajos de dudoso gusto.
Paseó con un toro por la Quinta Avenida de Nueva York en los días previos. Lo trato de gallina con coreografía incluida en la conferencia de prensa. Como Alí solía anunciar el asalto de las definiciones esta vez eligió el noveno. Y Ringo se rió a carcajadas.
Esa noche del 7 de diciembre de 1970, hace hoy 40 años, el país entero estuvo en vilo. Desde Firpo-Dempesey, en 1923, ninguna pelea había despertado tanta expectativa. La evidencia la dieron las calles vacías y los 79,3 puntos de rating de la televisación que que fueron récord absoluto durante veinte años, sólo superado con los casi 82 del choque Italia-Argentina en una de las semifinales del mundial de fútbol de Italia, en 1990.
Era un combate preparado para Alí. Las bravuconadas de Ringo tenían apenas un efecto folclórico. Las apuestas sólo se dividían según la vuelta en la que se daría el nocaut para el estadounidense. En Argentina una mezcla de temor y de fe en el milagro que Bonavena podía concretar. Al cabo, un mes antes un ignoto Carlos Monzón había dato el gran golpe de los medianos con su victoria fulminante ante Nino Benvenuti, el ídolo italiano, propiamente en Roma.
Guapeó Ringo ante un rival muy superior y de mayor alcance. Y tanto jugó su amor propio que en el noveno, el asalto prometido por Alí, estuvo a punto de derribarlo. Cayó el moreno pero por el impulso de un golpe fallado. Y al fin, Bonavena salió a jugarse en el round 15, desoyendo a Gil Clancy, el téncio contratado y a los hermanos Rago, sus mentores de siempre y terminó en la lona tras un cruce.
El árbitro no le exigió a Alí dirigirse a un rincón netural.
Se quedó al lado del argentino y volvió a derribarlo las dos veces que se levantó. Fue nocaut automático , entonces, por tres caídas. Y eso produjo la desazón mayor. Porque la bravura de Bonavena hubiera merecido, al menos, terminar en pie.
Después cada uno siguió su camino. Alí perdió con Frazier pero volvió a ser campeón. Bonavena, el simpático bocón, terminó confundido en los laberintos de su ambición, asesinado con un balazo.

*Texto publicado en Clarín.