viernes, julio 05, 2019

Gardel le canta a Huracán



Largue a esa Mujica es un tango escrito por Juan Faustino Sarcione y al que Carlos Gardel le puso su voz de Zorzal.

Resulta, sobre todo, otra cosa: un bellísimo homenaje musical al Huracán campeón de 1928.

Más:
Detalles, en Gardel.es: Voz: Carlos Gardel. Acompañamiento: Guillermo Desiderio Barbieri - José María Aguilar (guitarras). Disco Nº 18283. Matriz Nº 4454 1. Sello Editor: Odeón Argentina. Fecha de grabación: 08-08-1929. Lugar: Buenos Aires (Argentina). Total de maquetas grabadas: 3. Publicadas: 1 (3º versión). Música y Letra: Juan Faustino Sarcione (del mismo autor Gardel grabó “Tristeza Gaucha”).

jueves, junio 06, 2019

Literatura de la Palomita

Pablo Bartolucci, crack de Huracán en los años 20, en la tapa de El Gráfico. En ese tiempo, con la camiseta de la Selección, fue el fundador de una jugada que atravesó los tiempos y las geografías: La Palomita.

Por Ariel Scher*

El responsable del cero más glorioso de la historia educativa de mi sobrino menor fue Juan Imhoff.

Se trató de un episodio que se cuenta sencillo, apenas con un diálogo entre los dos protagonistas: de un lado, su profesora de Lengua, doctorada en Literatura Galesa en una universidad escandinava, diplomada en narrativa vieja del Canadá francófono en la mejor casa de estudios de París, novia de un señor al que enamoró recitándole las mejores rimas del nicaragüense Rubén Darío, docente de alumnos a los que casi siempre evaluaba insuficientes en colegios a los que, ni hablar, evaluaba insuficientes; del otro lado, él, mi sobrino menor, un reo absoluto.

Profesora de Lengua (con ferocidad en las pupilas, con el prejuicio de que preguntaría algo que requería mucho conocimiento y que la contestación le devolvería nada): -Señoritas y señores, imagino que habrán estado leyendo, ¿cuál fue la poesía más interesante que encontraron en la semana?

Mi sobrino menor (con una avidez desusada, a la altura de la que demostraba ante la perspectiva de que una rubia lo enfocara con amor o, más todavía, de que en el fin de semana hubiera un clásico de cualquier deporte): -La palomita de Imhoff en ese try que le hizo a los irlandeses en el Mundial de rugby.

Final: ella, como no escuchó ni el nombre de Borges ni el de alguno de los galeses en los que se consideraba experta, ni el del gran José Pedroni ni el de uno de los francocanadienses que musitaba de memoria, ni el de su Rubén Darío ni el de ningún versificador que figura en los volúmenes con versos, le puso un cero.

La familia hirvió. Una cosa era asumir -y estaba asumido- que mi sobrino menor era un reo absoluto y que sus desempeños académicos merecieran encarcelamientos temporarios y otra cosa era aceptar que esta vez había cometido un error.

Porque en eso todos estábamos de acuerdo en la familia: si la palomita de Imhoff no tenía que ver con la poesía, ¿la poesía que era?

Exactamente eso le planteó mi cuñada a la profesora de Lengua, en la primera de las múltiples excursiones que esta desagradable circunstancia requirió de la familia. No ejerció la furia de una madre en despecho. Al contrario: delante de una docente, la didáctica resultó ella. Con papeles sepias entre los dedos, con fotos que sólo una mamá en desesperación puede rescatar, con fe desmesurada en que se toparía con oídos anchos, le describió el origen de la palomita, un honor argentino, porque ese vuelo rasante con la pelota como objeto, parangonable al de una paloma, había sido inventado por el futbolista Pablo Bartolucci y bautizado de allí en adelante para que las galaxias lo repitieran. O, si se pretendía pensar desde el campo de las letras, Imhoff había volado con una pelota oval entre sus palmas como heredero de toda una tradición nacional.

Leyó, entonces, mi cuñada. A Diego Lucero, periodista, escritor, poeta lunfardo y no lunfardo, en la edición del diario Clarín del 17 de octubre de 1960: "¿Cuál fue el origen de la jugada y cómo se le ocurrió a Bartolucci? Una tarde estaba bañándose, en una laguna de Sarandí, una barra de muchachos de la que Bartolo era medio caudillo. En el momento en que Pablo iba a zambullirrse, uno de la barrita tiró una pelota a media altura que Bartolo, justito, la embocó en el coco. Entusiasmado por aquello, que fue puro azar, Bartolucci se hizo repetir el lanzamiento y la cosa empezó a salir perfecta. De la laguna la llevó a la cancha. Su elasticidad y su arrojo le permitieron a Bartolucci resolver con sus 'palomitas' jugadas que parecían imposibles. La vincha se la puso en su debut contra Estudiantil Porteño con el propósito de de defenderse de los cortes que la boca de la pelota antigua, cerrada con tiento, le hizo más de una vez en la frente. Desde entonces se identifican y forman una sola unidad característica en las canchas de fútbol porteñas: 'la palomita?, la vincha blanca y Pablo Bartolucci".

Pegada a mi cuñada, más ardiente aún, su madre, abuela de mi sobrino menor, hacía flamear una foto de Bartolucci con la casaca de Sportivo Buenos Aires y otra con la de Huracán, ambas de la década del veinte, en las que se lo reconocía joven, con vincha y haciendo eficientemente la palomita. Desbordada por la ansiedad, la abuela estampó esas imágenes casi en los párpados de la profesora de Lengua y le bramó: "Mire, mire si no es poesía".

No funcionó. La profesora de Lengua oyó en la frontera de la indiferencia lo que argüían mi cuñada y su madre. Apenas contestó que la poesía era poesía y que lo de Imhoff (bah, no lo llamaba "Imhoff", le decía "ese muchacho" o ni siquiera") era rugby.

El siguiente visitante fue mi tío. Hermoso tío: profesor de Lengua, amigo de muchos profesores de Lengua, erudito en galeses y en canadienses francófonos, sabedor de cada cadencia de "Sinfonía en gris mayor" de Rubén Darío, un maestro de lo profundo, fana del deporte. "Estimada colega -empezó él, un amable entre los amables-, el asunto que nos ocupa, este de la palomita, se corresponde con todas las ramas de la literatura. Podría ofrecerle, y no dudo que lo disfrutaría, una suma de casos que emergen de nuestros libros más preciados. Sin embargo, me quedo con uno. Uno que es excelso. ¿Ha leído a José Gabriel, por cierto? Por supuesto que lo leyó. Y por supuesto que domina que aludo al periodista y escritor José Gabriel López Buisán, quien desembarcó en el país a los nueve años, trabajó en el diario La Prensa, le dio carga ideológica a su presencia dominical en la cancha al aducir que eso le proporcionaba 'entre otros goces, el que no he experimentado jamás en mi oficio: el de la solidaridad' y desbarató discursos minimizadores sobre el juego en un artículo mítico que se llama -lo conocerá, colega, ni lo dudo porque es un relato esencial- 'El jugador de football, ejemplo de arte'".

Y, la voz engolada, el corazón depositado en la laringe, el tío leyó una oración emblemática: "Una palomita de Bartolucci al rechazar con la cabeza la pelota que vuela por el flanco es una accion de belleza y coraje que inútilmente esperaréis de Nijinsky en ningún ballet".

No alcanzó. Y eso que, en el fondo de sus hormonas, la profesora de Lengua vaciló sobre si no hubiera sido más dichosa si enamoraba, Rubén Darío mediante, a mi tío que a su marido. Inclusive así, agradeció la visita y la preocupación, pero se sostuvo en que lo de Imhoff -"ese muchacho"- se parecía tan poco a la poesía como mi sobrino a un aprendiz ejemplar.

Por un pudor que la profesora de Lengua no había expuesto al calificar con un cero a mi sobrino menor y yo sí conservo, no quiero develar las reacciones de todos los familiares. Apenas apuntaré que la de mi tío constituyó la última intervención cuidadosa. Mi sobrino mayor, moderno en sus lecturas, le tiró por la cabeza las páginas de "Lo raro empezó después", el cuento de Eduardo Sacheri en el que quedaba claro que a Cachito Espora, gran cabeceador, "para marcarlo de arriba más o menos tenés que tirarte de arriba del travesaño". Una vecina arrabalera, que se sumó a la causa por exceso de indignación y de tiempo libre, zampó "Largue esa Mujica", el tango de Juan Faustino Sarcione en el que los jugadores se vuelven sustantivos y Bartolucci actúa como sinónimo de "palomita: "y olvide el Carricaberry,/ tírese a la Bartolucci...". Y una brasileña despampanante, amiga de esa vecina, agregó que las palomitas también eran poéticas en su país y que una de un crack, Peixinho, le había posibilitado al San Pablo vencer al Sporting de Lisboa, en cotubre de 1960, cuando se inauguró el estadio Morumbí.

Nada. Mientras buena parte de mi parentela contenía la voracidad de lanzarse, literalmente, de palomita rumbo a los brazos de la brasileña, la profesora de Lengua espantaba páginas sepias, fotos de futbolistas y de rugbiers en palomitas esculturales, referencias literarias de indiscutibles como Juan Sasturain ("Excepto en secuencias admirables y ya clásicas, como el partido de fútbol sabatino y la comida en la cantina, donde se permite hacer un gol de palomita o llevarse a Silvia en la moto, Teodoro, más que obrar, reflexiona", observa en uno de sus textos de El domicilio de la aventura), apuntes con alusión a la palomita de ensayistas célebres como el argentino Dante Panzeri o el británico Jonathan Wilson y hasta las palomitas ajenas y propias, reales y falsas, que incorporó Osvaldo Soriano a su prosa deportiva.

-Picasso eligió a la paloma para hacer pintura poética y el deporte eligió a la palomita para escribir su propia poesía- reflexionó, sagaz, mi tío, el profe de Lengua. Y añadió: "Esta dama aún no lo entiende".

Harto de la tensión familiar y harto, además, de que a su hijo lo embadurnaran con un cero glorioso pero injusto, mi hermano, el papá de mi sobrino menor marchó hacia la sede escolar con el más grandioso monumento literario destinado a la palomita que alguien, fuera futbolista, rugbier, poeta galés o cabeceador en palomita, pudo parir. Se erigió delante de la profesora de Lengua y le exhibió ese monumento, "19 de diciembre de 1971", acaso el cuento entre los cuentos del Negro Fontanarrosa, que no cobija el vocablo "palomita" porque la literatura, al cabo y entre otras cuestiones, es el arte de hablar de algo sin mencionar ese algo, pero es una obra mayúscula tramada en torno de la palomita con la que Aldo Pedro Poy -y "Poy", así, con el apellido, tampoco está tipeado en ese cuento- le obsequió a los hinchas de Central y a la historia de la emoción universal.

"Usted no me lo va a creer", avisaría Fontanarrosa desde el título de otro de sus grandes cuentos. Y fue de no creer: de golpe, el cero glorioso se esfumó.

Mi familia casi completa atribuyó ese acto de sensatez al esfuerzo colectivo por esclarecer a una persona que andaba en estado de necedad. O al inspirador Bartolucci. O a José Gabriel. O a Sasturain. O a un montón más. O a Poy y a Fontanarrosa, socios indoblegables en un cuento que representa una victoria de la literatura.

Ni llegué ni llegamos a una respuesta.

Y era lógico: la obtención de algunas respuestas a veces demora tanto como derrotar a un cero mal puesto o a cualquier otra injusticia de la Tierra.

Sólo al tiempo me enteré de la verdad. Me la contó mi sobrino menor, una tarde en la que, además, me comentó de un cero suyo y nuevo, creo que en biología, ya ni glorioso ni capaz de encender batallas familiares.

La verdad: la profesora de Lengua ahora le recitaba las rimas de Rubén Darío a mi tío. Ella argumentaba que el hallazgo de ese hombre le había permitido percibir cuestiones y literaturas hasta entonces ausentes en sus días.

En una pieza repleta de libros, dormían juntos. Estampada en una pared, la palomita eterna de Imhoff los acompañaba mientras ellos verificaban que los caminos de la poesía son maravillosos y, también, infinitos.

*Periodista y escritor.

miércoles, mayo 08, 2019

La barra de Ringo Bonavena



Por Daniel Roncoli
Habría que adjudicarles a los ravioles de Doña Dominga un valor alimenticio extraordinario más allá de su esencia. Sería bueno que nutricionistas y médicos deportólogos los analizaran de modo pertinente, bucearan en la arqueología de aquellas recetas porque, evidentemente, más allá de la poética y la liturgia, eran un maná para la constitución de músculos nobles y organismos privilegiados.
Su hijo Oscar, el mítico Ringo, fue un boxeador hercúleo y corajudo, que amaba el fútbol con un sentimiento prístino. Su adoración por Huracán es una prueba notable de esa identificación macerada por humores de identificación barrial, historia personal y admiración por los cracks que desgranaban su arte en los alrededores de Parque de los Patricios.

Participó del bacanal emocional como simpatizante emblema y difusor de los arrebatos artísticos de los futbolistas de la Quema, como ocasional mecenas adquiriendo en un alarde de Pedro de Mendoza de las transferencias el pase de Daniel Willington para suministrárselo gratuitamente a su club o como representante de oficio de Héctor Rodolfo Veira a quien trató de ubicar en distintas instituciones cuando su estrella se apagaba y el carisma de Ringo se encendía.

Pero también fue un aficionado travieso y algo más anónimo de espaldas a El Globo ya que no era el único beneficiado por la ingesta de las mágicas pastas maternas. Uno de sus hermanos gambeteó la sombra de su personalidad incandescente y se destacó como futbolista.

Vicente Bonavena supo ser un centrodelantero muy requerido. Vistió los colores de Temperley, El Porvenir y Cristal Caldas de Colombia en la vidriera más resonante de su palmarés.
Lejos de ser una expresión delicada y hábil, adaptando virtudes que evidenciaba Ringo en los cuadriláteros, lo buscaban porque se constituyó en un goleador potente. Optimista. De buen cabezazo --un arma de nocaut---. Guapo. Y entrador.

En el ascenso, Vicente, sobre el filo del retiro, defendió los honores de Deportivo Riestra. La ceremonia de despedida pasó desapercibida para las multitudes pero es mucho más que el mero apunte estadístico. Decenas de simpatizantes pueden dar fe de la notoriedad de este capítulo de su trayectoria goleadora. En aquella etapa, era frecuente ver a su hermano Oscar Natalio, con su nariz curtida de mamporros, aferrado a los alambrados de estadios pobres.

Excéntrico y con su personalidad a raudales, plétora. Ringo llamaba la atención por encima de las propias acciones del juego. No sólo porque su fama o su figura imponente distraía a los cholulos. No se pasaban la tarde admirándolo solamente por haber convertido en castillo de naipes las piernas de Ali o cantar en el teatro de revistas motivos primaverales. Era un atractivo su manera de vestir y la nube que lo envolvía. Lo que emanaba de su presencia y lo que hacía con ese halo. No buscaba pasar inadvertido. Solía llegar a esas canchas polvorientas con largos sacones de cuero, pantalones oxford de diversos colores y texturas, fumando habanos que encendía en un mecherito hecho con billetes de cien dólares. Y lo hacía a bordo de autos costosos y llamativos.

Esa condición de atracción le fascinaba. Pero por encima de cualquier exaltación ególatra se divertía como un loco como agitador de la hinchada de los albinegros de Pompeya.

Lo motivaba más su subrepticio rol de capo de la barra que dilucidar minuto a minuto la trama de los partidos.

En un momento de esa etapa, cuando el entrenador era Osvaldo Panzutto y por su decisión Vicente iba al banco, el boxeador se dejaba rodear de los pibes que simpatizaban con Riestra, que lo buscaban sedientos de su autógrafo y ávidos de sus ideas transgresoras. Entonces Ringo les daba para el chori, la coca y el viaje en colectivo a cambio de que organizaran un estridente aguante para su hermano. Obedientes, los hincas más jóvenes taladraban los oídos del técnico solicitando el ingreso del robusto atacante. A dos metros, en un campo de juego precario y sin edificaciones en su perímetro, en medio del silencio más absoluto, esa jauría de gargantas chillonas e incesantes puede constituir una tortura china.

Lo cierto es que bastaba que el entrenador cambiara de parecer, ordenara el cambio y Vicente traspusiera la línea de cal para que la vocecita inconfundible del peso pesado que tuviera al Luna Park en su puño la noche de duelo con Goyo Peralta, se oyera nuevamente en el eco de la tarde.

--¡Ey, muchachos!

Cuando los subvencionados simpatizantes acudían a su llamado, sin otra covicción que sentirse amigos del gigante y con los bolsillos un poco más robustos, Ringo volvía a darles un regalito para que repitieran de modo inverso el acoso. Trepados al alambre acometían un nuevo suplicio para el técnico del Deportivo Riestra. Así que a un minuto de haber puesto en cancha a Vicente Bonavena, Panzutto debía hacerse de una peregrina paciencia para no mandar a sus imberbes detractores al órgano sexual de su hermana o de su progenitora. Le costaba horrores: los entusiastas en un curso acelerado de mercenarios, empezaban con aquelloa de... "¡Sacálo a Bonavena, sacálo a ese burro, sacálo a Bonavena!" y no había manera de silenciarlos.

Entonces, mientras que el centrodelantero mortificado por el apoyo ficticio y rentado, y avergonzado luego por la reprobación desgastante y obstinada, se perdía goles por falta de concentración; Ringo se volvía un poco más pibe de lo que era.

"La barra de Ringo Bonavena" integra el libro "Resaca de potrero y otros cantos al fútbol".

jueves, abril 04, 2019

El cine y nosotros


Lo cuenta el afiche: es una película made in Huracán. Entre las estrellas que el film ofrece aparecen Tucho Méndez, Alfredo Di Stéfano y Mario Boyé, tres que vistieron el Globo de Newbery en el pecho. Se estrenó en 1949, tiempos en los que nadie dudaba de que en Parque de los Patricios habitaba un grande.

Más:
Los detalles de "Con los mismos colores", en IMDB.

miércoles, marzo 06, 2019

El Messi que quería jugar en Huracán



La hélice, casi lo único que quedó del avión de la tragedia, cuenta una ausencia. Allí, en la zona del viejo Stadio Filadelfia, en Turín, ese monumento breve es el retrato lacónico de uno de los más estupendos equipos de todos los tiempos: Il Grande Torino de los años 40. El estadio, escenario de tantas jornadas de aplausos y consagraciones, estuvo en desuso desde 1963 hasta su demolición en 1998. Y más allá de sus varios emprendimientos truncos de reconstrucción continúa siendo una referencia de aquellos tiempos de brillos que ya no están. Son también, claro, un motivo de añoranza para los grandes cracks de aquel tiempo, como el notable Valentino Mazzola, el Messi de esos días. El accidente aéreo de 1949 se devoró a aquel equipo. El avión regresaba a Italia tras un partido en Lisboa frente al Benfica. Ganaban todo lo que jugaban: cinco Ligas consecutivas desde 1942 hasta 1949, clásicos contra la Juventus, amistosos... Sólo la Segunda Guerra evitó -por la suspensión del calcio entre 1943 y 1945- que fueran más los Scudettos sucesivos. Un dato contaba la jerarquía de aquel equipo: diez de los 11 titulares del seleccionado italiano pertenecían al Torino.

La pregunta invariable que continuó a la tragedia todavía escucha respuestas y aproximaciones: si no se hubiera caído aquel avión, ¿qué habría pasado en el fútbol del mundo? El periodista Jaime Rincón escribió alguna vez en el diario Marca: "Son muchos los que apuntan que si la historia de aquel equipo no hubiera terminado de manera repentina hoy quizá no existiría el 'catenaccio'. Puede que tampoco la Juve fuera el peso pesado que es actualmente en el Calcio. Y seguramente el Maracanazo no hubiera tenido lugar". No se trata de una exageración: quienes lo vieron y quienes lo contaron a través de los medios coincidieron. Aquel Toro era capaz de todo, incluso de hacer magia mientras arrasaba rivales. Y -dicen- también podría haber modificado la historia del fútbol tal como la conocemos.

Nadie sobrevivió al impacto. Pero el azar quiso que dos futbolistas no estuvieran allá arriba: el enorme Ladislao Kubala, quien estuvo a punto de firmar su contrato con el club en aquel momento y no lo hizo; y un tal Sauro Toma, un defensor procedente de La Spezia, que acababa de llegar al Torino. Contó aquel joven de 23 años alguna vez: "El míster, Leslie Lievesley, nos había dicho a Valentino Mazzola y a mí que nos cuidáramos de las lesiones antes de viajar. Mazzola no estaba bien del todo, pero podía jugar y viajó. Yo tenía problemas en la rodilla y el entrenador me aconsejó que me quedara en casa. Me sentí el hombre más desdichado de Turín. Todo el Torino viajó a Lisboa, y yo me quedé en casa, lesionado". A Mazzola el destino no lo quiso salvar.


Con ese Torino quedó enterrado un equipo exitosísimo, un mito y, también, Mazzola. Era el capitán, la figura, el ídolo, el goleador frecuente, la referencia inevitable. En una entrevista concedida en 2009 al diario El País, de Madrid, su hijo Sandro Mazzola -también destacado futbolista- contó a Valentino a 60 años del fallecimiento: "Mi padre tenía 30 años y yo seis y medio. No recuerdo nada. Mi cabeza olvidó todo lo que había vivido con mi padre. Todo menos su mano grande, en el centro de Turín, donde todos querían hablar con él. Me daba seguridad. Yo no entendía entonces por qué todos querían estar con él. Después supe que era una gran persona. La calidad de los videos de aquella época no es buena, pero tengo referencias de entrenadores campeones del mundo como (Ferruccio) Valcareggi y (Edmondo) Fabbri o jugadores como Boniperti, capitán de la Juve, que me dicen: 'El más grande de todos fue tu padre'. Era interior derecho. Pero, en realidad, jugaba por todo el campo. Siendo centrocampista, fue tres veces máximo goleador de la Liga. Era más o menos como Di Stéfano, un portento físico con una gran técnica. Yo esperaba ser como él, pero no pude. Yo era muy técnico en velocidad, pero menos fuerte".

Por entonces ni la tradicional revista France Football ni la FIFA entregaban el Balón de Oro al mejor futbolista del año. A Valentino le ofrecían adjetivos, aplausos y admiraciones que lo definían y lo legitimaban como tal: Era el mejor del mejor equipo, como lo es ahora el Messi del Barcelona. Sobre él se escribieron libros (como "Un uomo, un giocatore, un mito", de Renato Tavella) y se hicieron películas en las que se exhibe el significado y la influencia que él tenía en aquel contexto (como "Il Grande Torino", de Claudio Bonivento). Era más que el capitán de un equipo: resultaba también el símbolo de un grupo de futbolistas capaz de ofrecer alegrías tras las dolores de la guerra.

El periodista Jesús Camacho, en El Engranche, retrató a aquel Valentino y a aquel equipo estelar: "Aquel maravilloso conjunto tenía en Valentino Mazzola a su cerebro, capitán, organizador y gran goleador. Un futbolista muy inteligente, dotado de gran personalidad y que ofrecía cada año la extraordinaria cifra de 20 o 30 goles. El conjunto granata practicaba un fútbol muy ofensivo, en su alineación titular prácticamente no había defensas y solo Aldo Ballarin y Maroso se dedicaban a dicha labor. El guardameta Bacigalupo observaba desde su marco cómo los centrocampistas Castigliano, Martelli y Rigamonti lanzaban a los interiores Ezio Loik y Mazzola y a su vez los extremos Romeo Menti y Franco Ossola hacían mucho daño por los flancos y servían balones al magnífico centrodelantero Gabetto. Además tampoco podemos olvidar a los Schubert, Grava, Bongiorni..." Dicho de otro modo, Valentino también era el director de una orquesta impecablemente afinada.

Y en su recorrido hay un detalle que -a los ojos de este tiempo- parece inverosímil. En ese 1949 de la tragedia trascendió una novedad de asombro: Mazzola quería jugar en Huracán, cuando finalizara su camino de maravillas por el Torino. Le fascinaba el fútbol argentino y le había agradado el Globo de Newbery, que en los días de la niñez de Valentino había sido el más campeón de los años 20. La revista Goles (ver "Imágenes") contó la anécdota: el crack italiano mandó una nota a la revista comentando su deseo. Y desde la redacción lo contactaron con el club de Parque de los Patricios. No se conocieron los pasos siguientes. Poco después, la tragedia se llevó al Messi de los años 40.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.com.

Cine sugerido: La película "Il Grande Torino".

miércoles, febrero 06, 2019

El Negro, nuestro superhéroe

Huracán, en los mágicos tiempos del Negro Laguna, memorable precursor en los días fundacionales y en los años 20

Su historia parece una mentira o una exageración ampliada por el paso del tiempo. José Laguna parecía vivir varias vidas a la vez. A ritmo de vértigo, pura intensidad. Le decían el Negro porque era morocho, de tierra adentro. Había llegado en tiempos de la adolescencia a la creciente Buenos Aires de principios del siglo XX, desde La Viña, Salta, su lugar de nacimiento. Su familia se radicó en la zona Sur, en el naciente Parque de los Patricios. Y él, un buscavidas que no podía vivir sin fútbol, participó de los tiempos fundacionales de Huracán. En un fútbol que brotaba por impulso e influencia británica, Laguna le daba impronta criolla, de barrio laburante. Ese espacio al que Carlos Lucero le puso letra en un tango que se llama como el barrio: "Yo soy de Parque Patricios / he nacido en ese barrio, / con sus chatas, con su barro... / En la humildad de sus calles / con cercos de madreselvas / aprendí a enfrentar la vida... / En aquellos lindos tiempos / del percal y agua florida, / con guitarras en sus noches / y organitos en sus tardes. / Yo soy de Parque Patricios / vieja barriada de ayer..."

Cuando se disputó el primer Sudamericano de fútbol, en 1916, el Negro Laguna ya se había ganado un lugar relevante en su Huracán. Con sus goles, desde su posición de insider derecho -un mediocampista creativo de los de estos días-, con su capacidad de conducción. Y también, ya fuera del campo de juego, como presidente. Era, sobre todo, un apasionado.

Su recorrido por el fútbol y por la vida tiene recovecos insólitos. Los cuenta Pablo Viviani -docente e historiador de Huracán- ante la consulta de Clarín: "Cuando llegó a Buenos Aires se asentó en Cabrera y Coronel Bulnes. Algún periódico ya lo menciona como secretario de un club de nombre curioso, Nelson. El padre de José era albañil y en época de sequía económica se declaraba jardinero y destructor de hormigueros. El Negro resultó pícaro en la cancha y rápido para los asuntos de la calle. Cuentan las malas lenguas que, cuando jugaba en Nacional de Floresta, este viejo zorro les pagaba dos centavos a 16 chicos para que lo vivaran y aplaudieran cuando él tenía la pelota". Tuvo otras escalas su viaje. "En Paraguay trabajó como electricista en el Palacio de los López para suplir de esa forma las necesidades que no saciaba el amateurismo. Dirigió equipos juveniles. Se enamoró de ese país. Pero no pudo con su genio de buscavidas y se fue al norte de Brasil para jugar y dirigir. Más tarde, consiguió trabajo en la fábrica de máquinas Singer y volvió a Huracán, su lugar en el mundo". En el Globo de Newbery fue campeón como jugador y como técnico en esos años veinte en los que el equipo de Parque de los Patricios fue el más campeón junto a Boca.

Como ahora, pero hace casi 100 años, los dirigentes más representativos estaban en la Comisión de Selección. La diferencia es que no había un entrenador que ofreciera conceptos tácticos y/o técnicos. Esas autoridades armaban los amistosos, citaban a los jugadores y luego los seleccionaban. Laguna era frecuentemente convocado a las pruebas. Pero nunca lo elegían para vestir la camiseta de la Selección. Por eso, Laguna tenía decidido ver los partidos del primer Sudamericano de la historia desde las tribunas de la cancha de GEBA, la más importante de entonces.

Era otro tiempo. Y era otro fútbol. Lo retrata el historiador y periodista Oscar Barnade, autor del reciente libro Copa América increíble, anécdotas imperdibles: "La pasión del fútbol comenzaba a mezclar a la adinerada clase dirigente porteña con las barriadas populares, que crecían de un lado y del otro del Riachuelo. Las canchas eran de madera y para presenciar el espectáculo público había que ir de riguroso traje y sombrero. Los unos y los otros. Las señoras de la alta sociedad, bien ubicadas en el palco oficial, lucían sus mejores vestidos. Las canchas no tenían alambrado y si entraba gente de más, se iban ubicando al costado de la raya de cal. El fútbol era amateur, pero ya algunos jugadores, los cracks, tenían sus privilegios y cobraban algún pesito de más en forma de viático o ya conseguían algún puestito en alguna empresa o un puesto en el estadio gracias a la política, en 1916 dominada aún por los conservadores. Era una organización y un fútbol incipiente. Esa génesis ya despertaba pasiones". Y esa pasión naciente y creciente lo habitaba a Laguna.

Aquel 10 de julio de 1916, el Negro nuevamente se preparó como para ir una fiesta, ese partido contra Brasil. Se puso su mejor traje, un pañuelo blanco y eligió un impecable chambergo. Y fue a la cita, allá en Palermo. Como un hincha más, mezclado entre la multitud. Poco antes del inicio del encuentro, un rumor comenzó a recorrer las tribunas: Alberto Ohaco, el ídolo y goleador de Racing, había viajado al interior del país y no regresaría a tiempo. Entonces, el azar se hizo convocatoria: Pedro Martínez, el primer jugador de Huracán que representó a la Argentina, estaba ahí -listo para jugar- y comentó que en las tribunas se encontraba su amigo y compañero Laguna. No hizo falta explicar quién era, lo fueron a buscar. Y ahí estaba. Listo y feliz, como quien espera un milagro que sucede.

Era el principio del episodio mágico. Laguna aceptó. Fue hasta las casillas que servían de vestuarios, colgó su traje y, por primera vez, se vistió de jugador de Selección. La picardía se le transformó en una sonrisa que no le cabía en la cara. A los 10 minutos, el Negro -ese invitado casual- marcó el primer gol del partido. Luego los visitantes igualaron y Uruguay se consagró campeón. Pero aquel instante resultó otra cosa, más allá de resultados y de desenlaces: quedó para siempre como un homenaje a los cracks olvidados. Y al hincha que imagina todos los días convertir su gol inolvidable...

Texto publicado por el Fundador del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com

miércoles, enero 02, 2019

Tucho, tan grande...


Era crack, era magia, era gol, era tango. "Ayer Tucho Mendez vino a visitarme / y en un fuerte abrazo me insto a meditar,/ así poco a poco mi mente poblaron / sus dulces recuerdos que no he de olvidar./ Soñaba en aquellos lejanos momentos / cuando era un purrete con sed de vivir / tejer en el césped muy lindas gambetas / y haciendo golazos sentirse feliz...", lo retrata la letra de Manuel Pose a la que Victorio Papini le puso música.

Norberto Doroteo Méndez fue uno de los grandes mediocampistas de la historia del fútbol argentino. Jugó en Huracán, en Racing y en Tigre. En total disputó 392 partidos e hizo 123 goles. También se destacó en la Selección: todavía ahora, en la antesala de la Copa América de la Argentina, es el máximo goleador histórico de la máxima competición continental (hizo 17 tantos, al igual que el brasileño Zizinho), un trofeo que conquistó en tres ocasiones (1945, 1946 y 1947). Sobran los datos para contarlo: Tucho fue un pedazo enorme de cada club en el que jugó, un motivo para convertise en hincha, una razón suficiente para hacer la cola para comprar una popular bajo el sol de un domingo cualquiera.

Nació en esa difusa frontera tan huracanense entre Nueva Pompeya y Parque de los Patricios, el 5 de enero de 1923. Desde los días de la niñez se hizo quemero e hincha de los referentes de su tiempo. Por ejemplo, lo esperaba a Herminio Masantonio a la salida de la cancha para llevarle la valija; y al arquero Juan Estrada le alcanzaba la pelota detrás del arco en los entrenamientos. Eran sus felices berretines. Sus inicios los retrata el blog Historia del Fútbol Mundial: "Los potreros de la populosa zona del sur porteño y el club Miriñaque vieron transcurrir largas horas de la niñez de quien, tiempo después, se convertiría en uno de los grandes ídolos del fútbol argentino. Tenía 11 años cuando un buscador de valores precoces de esa época, José Carrero, lo llevó a Huracán. Y fue en la Sexta División del Globito donde comenzó a hacer los palotes de su notable historia futbolística".

Pronto, el chiquilín de paso chueco y con un jopo imposible de modificar, jugó junto al guapo Masantonio en Huracán. Y se dio un lujo contradictorio: le hizo un golazo desde 35 metros a su admirado Estrada, cuando ya había sido transferido a Boca. Debutó en la Primera del Globo de Newbery el 13 de abril de 1941, en el viejo estadio de Avenida Alcorta y Luna, donde hoy está el Ducó. Esa vez, ganó el local por 4 a 2, con con un gol de Tucho, dos de Herminio y otro de Baldonedo. Desde entonces hasta 1947 fue figura y símbolo de su querido Huracán.

Luego, fue transferido a Racing y resultó una pieza fundamental del primer tricampeón del Profesionalismo (1949, 1950 y 1951). Su campaña en Racing terminó en 1954. Después estuvo dos años en Tigre y volvió a ese lugar que quiso tanto: a Parque de los Patricios, al Globo de Newbery, donde terminó su campaña a fines de la década del 50. Más tarde, ya retirado, les pondría palabras a sus sensaciones y a sus afectos futboleros: "Huracán fue mi novia; Racing, mi mujer; la Selección, mi amante".

En su idilio con esa amante celeste y blanca, Méndez demostró su condición de gigante. "A Tucho lo definen, sobre todo, los cracks a los que tuvo que reemplazar. Cuando el Charro Moreno -el Maradona de los años 40- se fue a México y Vicente de la Mata se lesionó, tuvo que aparecer él. Y lo hizo del mejor de los modos: asombrando a todos. Demostrando que lo que cada fin de semana hacía en la Argentina lo podía hacer también en cada rincón de América y del mundo", cuenta el periodista e historiador Oscar Barnade, miembro del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF).

La Copa América fue su perfecto escenario: en 1945, en el Sudamericano de Chile, convirtió seis goles en apenas cuatro encuentros como titular. La mitad de ellos sucedieron en un partido que lo convirtió decididamente en superhéroe: convirtió los tres tantos del 3-1 frente a Brasil, en Santiago. Fue el máximo anotador de esa edición. En 1946, en Buenos Aires, volvió a ser decisivo: marcó cinco goles. Dos de ellos sucedieron en el encuentro decisivo, también ante Brasil. Ante más de 80.000 personas, en el Monumental, provocó los dos gritos memorables que le dieron otro título a la Argentina bajo el cielo de América. En 1947, en Ecuador, fue parte de un equipo memorable que compartió, entre otros, con Alfredo Di Stéfano. Argentina obtuvo el tricampeonato y Tucho volvió a ser determinante en el encuentro de la consagración: convirtió dos tantos en el 3-1 ante Uruguay, en Guayaquil.

"Tucho era también un auténtico porteño", contaba en la redacción de Clarín el imborrable Pedro Uzquiza, quien conocía bien los detalles de la vida de ese talento enorme del fútbol argentino, de ese hombre de la bohemia, de los códigos del barrio, del tango. Méndez concurría a dos lugares emblemáticos de su tiempo: el Marabú y el Chantecler, donde se encontraba con su amigo Aníbal Troilo, con quien se ofrecían mutua admiración. La siguiente anécdota sucedió fuera de Buenos Aires: después de convertirle tres goles a Brasil en el Nacional de Santiago de Chile, fueron a festejar a la confitería La Quintrala. Tita Merello, de gira con una compañía teatral argentina, lo invitó a bailar un tango, y Tucho mostró su arte de gran bailarín. Como el fútbol, llevaba la música en el alma.

"Viví muchas vidas. No me arrepiento de eso. Tal vez ahora esté volviendo a la época en que era una estrella de bigotes recortados con precisión", le confesó al periodista Miguel Frías en una de sus últimas notas ofrecidas. Era un personaje mágico de aquellos días. Hasta fue convocado para protagonizar la película "Con los mismos colores", junto a otros dos futbolistas icónicos de la época, Mario Boyé y Di Stéfano. Confesó Méndez alguna vez: "Si volviera atrás haría todo igual. Hice todo lo que pude. Fui feliz". Se fue del mundo más tarde, en 1998. No sabía entonces que nadie le había podido quitar su corona de Rey de América.

Texto publicado por el autor del blog en Planeta Redondo, de Clarín.