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miércoles, octubre 30, 2024
jueves, febrero 15, 2024
Aquel homenaje tardío...
René Houseman, en la popular Ringo Bonavena. Una postal de hoy. Y de siempre. Un saludo que dura toda la vida.No le crea. Ese hombre de piernas flaquitas le está mintiendo. Se hace el cansado, el perdido, el desorientado. Como antes, como siempre. Cuídese, parece frágil. Pero en cualquier momento le demostrará que todo es apariencia, que su versión real es otra. Y entonces, su mentira se desnuda: ese señor de 47 años que lucen como más, pequeño, que parece en desventaja física, amaga y suelta un pase preciso, perfecto, que deja en soledad con el gol a Claudio García... Claro que no es el mismo, no podría. Pero no importa, mantiene su esencia pícara. Por eso, enseguida llegará el tributo espontáneo de hinchas que lo vieron y aquellos que lo imaginaron porque el calendario les impidió disfrutar de sus mentiras:
"Chupe, chupe, chupe/no deje de chupar/El Loco es lo más grande del fútbol nacional...".
El Loco es el inolvidable René Houseman, ese futbolista que fue paradigma del wing, disparador de ilusiones, orgullo villero, inventor de imposibles, constructor de mitos, alimentador de leyendas. Ayer, mucho más tarde de lo merecido, en el estadio Tomás Ducó, 7.000 personas lo homenajearon en un partido que fue tributo y recuerdo. Lo acompañaron ilustres como Bochini, Burruchaga, El Negro Ortiz, Olarticoechea... También estuvieron amigos y compañeros de los días de gloria en Huracán —donde René jugó 277 partidos e hizo 109 goles— y de la Selección, con la que disputó los Mundiales de 1974 y 1978: Woff, Barbas, Viberti, Dante Sanabria, Roque Avallay, Buglione, Chabay... Otros referentes más cercanos de Huracán: Quiroz, Herrero, Víctor Delgado, Wiktor... Y el preferido del Hueso en el Huracán de hoy: Juan Carlos Padra.
Claro que el partido fue apenas una anécdota, una excusa para decir gracias a ese muchachito que en el verano del 73 llegó a Huracán, procedente del Defensores de Belgrano campeón de la Primera C, y enseguida construyó un idilio con esa gente que quería concluir con 45 años de espera y postergaciones. Fue campeón y figura ese mismo año con las armas que luego lo inmortalizaron: gambetas, amagues, movimientos de cintura, rivales por el piso, pases al milímetro, goles.
Hoy, el tiempo y el desgaste transformaron el brillo en la sombra de su gloria. Pero el vínculo con el hincha es inalterable, una fidelidad que el tiempo no puede corromper. Por eso los aplausos inmediatos ante cada aparición de este hombre que se crió en los potreros del Bajo Belgrano, en La Pampa y Dragones. Por eso la ovación cuando hace la recorrida por cada tribuna este delantero único que dejaba grabando en el vestuario las transmisiones de radio para, después, en su casa, escuchar los relatos de sus goles. Por eso el grito repetido pidiendo su vuelta y agradeciendo su incondicionalidad, esa que hoy es escasa o no existe:
"Al equipo del Loco lo vamoa'' alentar/no se vende/porque es hincha de Huracán...".
Ahí, en esa cancha que lo vio sonreir y hacer sonreir, René volvió a gozar y a jugar. Su equipo ganó 3 a 2, el señor de la raya participó en dos de los goles y se asoció con su niño mimado, Padra. "Pedí el cambio a los dos minutos, pero no me dejaron salir. Estaba muerto, viejo", se rió Houseman sobre su actuación.
Y aunque la fiesta debió interrumpirse porque la gente comenzó a ingresar cuando se anunció un nuevo ingreso de René, él no dejó escapar una queja ni el más mínimo fastidio. "Me vienen a abrazar a mí", dijo antes de meterse en el vestuario. Ya un poco más serio, dejó el mensaje formal a través de los altoparlantes:
—Gracias por venir. Sólo quería darles un rato de felicidad.
Quedate tranquilo René, siempre fuiste un fabricante de felicidades ajenas.
Texto publicado por el autor del Blog, en Clarín, en ocasión del homenaje a René Houseman.
Post publicado desde Ciudad del Cabo, Sudáfrica.
viernes, agosto 04, 2023
Cuando la Ultima Dictadura borró a Bracuto
David Bracuto, presidente de Huracán y de la AFA, había llevado a César Menotti a la Selección en 1974. Dos años más tarde el Gobierno de facto de entonces lo expulsó.Y puso a Alfredo Cantilo, uno de los suyos, socio de Vélez y del Jockey Club.
Por Ezequiel Fernández Moores*
Alfredo Cantilo camina con su esposa por Mar del Plata. Se encuentra de casualidad con César Luis Menotti, que también pasea con su esposa. "¿Qué tiene que hacer por la tarde? ¿No quiere que vayamos a ver las obras en Villa Marista?", pregunta Cantilo a Menotti. "Fui la semana pasada y vi todo bien, pero vamos igual", responde el entrenador. La obra, con el Mundial 78 cada vez más cerca, marcha a buen ritmo. Las habitaciones cumplen con lo pautado. Las camas y la cocina también. Pero al llegar a la cancha, Menotti advierte que el césped está a un centímetro de altura y estalla. "¿Pero cómo, no les dije que lo necesitaba más alto? ¿Quién decidió que lo cortaran así?". "Es que vino el almirante (Carlos) Lacoste y dio la orden", atina a responder uno de los empleados. Cantilo corre a buscar un teléfono. "¡Te voy a decir una cosa! -le grita a Lacoste, rojo de furia-¡Yo soy el presidente de la AFA! . ¡Cuando quieras dar ordenes te sentás en la calle Viamonte! ¿Quién carajo te creés que está en la AFA? ¿Quién carajo te creés que sos?".
Menotti asiste sorprendido a la escena. Lacoste, mano derecha del almirante Eduardo Massera, es el nuevo patrón del deporte argentino. La bota militar dentro de las canchas. Controla el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78) y en la AFA puso al propio Cantilo. A David Bracuto, presidente de Huracán, director del servicio médico de la UOM, le bloquearon las cuentas y lo obligaron a "renunciar" horas después del golpe del 24 de marzo de 1976. Socio del Jockey Club y de Vélez, el abogado Cantilo no era un advenedizo. Había sido presidente del Colegio de Arbitros con Juan Martín Oneto Gaona, interventor en la AFA en tiempos de la dictadura de Juan Carlos Onganía. También Oneto Gaona era abogado y socio del Jockey. Igual que Florencio Martínez de Hoz y Ricardo Camilo Aldao, primeros presidentes de la AFA, cuando las elites controlaban al fútbol. El golpe del 76 encuentra a la selección de Menotti de gira por Europa. Apenas vuelve a Buenos Aires, echado Bracuto, quien le había ofrecido el cargo, Menotti lleva la renuncia a Cantilo en un sobre. "Guárdelo. No me lo entregue porque las renuncias son indeclinables. Conozco sus ideas políticas. Yo pienso completamente diferente y se que habrá problemas, pero eso no tiene absolutamente nada que ver. Lo único serio que encontré al asumir acá es esto". "Esto", una carpeta que mostraba Cantilo mientras hablaba, era el plan de trabajo para las selecciones que Menotti había elaborado junto con Rodolfo Kralj. Lo había presentado años antes, después de que Ferro negara jugadores a la selección. Para frenar su renuncia, Bracuto y Paulino Niembro le dijeron a Menotti que presentara un plan. Se encerró con Kralj desde las doce del mediodía hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Selección, juveniles, preparación, contrato del DT hasta terminada la eliminatoria. Si pierde se va. Si clasifica sigue hasta fin de diciembre del año del Mundial. "Tiene mi palabra de honor de que 'esto' se va a cumplir al pie de la letra. Antes del jueves preciso una respuesta. Piénselo", despidió Cantilo a Menotti.
"Yo no lo podía creer. Lo que había costado años de pelea con otros, acá llevó cinco minutos. Al otro día le dije que sí. Cantilo pidió conocer al cuerpo técnico. Se enamoró del viejo Kralj. Con él hacían todos los partidos por teléfono. Las selecciones extranjeras venían acá y nosotros ibamos allá, sin ningún intermediario. Y cuando se reunió con los jugadores, vino al otro día y me dijo 'no sabe la alegría que tengo César. Yo iba dispuesto a discutir y me dijeron que lo único que querían era cobrar si llegamos a la final'. Se quedó loco con eso. Italia cobró 150.000 dólares para cada jugador por participar. Nosotros 27.000 dólares por ganar la Copa. Fuimos a jugar a todas las provincias. Sin cobrar AFA ni los jugadores. Había broncas porque yo convocaba a jugadores de Boca y de River y él mandaba las citaciones y yo le decía pero mire que se pueden lesionar en un entrenamiento y él me respondía 'déle, por más que tiren bombas vamos a seguir'. Después vino la serie de partidos en Boca en 1977. Había rumores, versiones de que si nos iba mal. la Marina me rajaba. Lacoste no me podía ni ver. Mandaban a la hinchada de Boca a putearnos. La mujer de (Leopoldo) Luque escuchó en un avión a jugadores de Boca que decían que 'ahora con el Toto (Lorenzo) vamos a la selección'. Y Cantilo que me decía 'usted y yo hasta el Mundial estamos seguro'. Si él no estaba creo que yo no llegaba al Mundial".
Menotti, que suele demorar hasta dos y tres meses pedidos de entrevista, me atendió de inmediato cuando le comenté que quería aprovechar el 35º aniversario del Mundial, cumplido este martes, para hablar de Cantilo, fallecido en silencio un mes atrás. El Gráfico lo presentó en una amplia entrevista el 5 de mayo de 1976. Cantilo se describió como "un fanático lector de libros de historia, apasionado por la música, hincha rabioso de Gardel y de Piazzolla" y jugador de ajedrez. Le citó a su director, Héctor Vega Onesime, una frase de José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei: "Cuando percibas los aplausos del triunfo, que suenen en tus oídos las risas que cosechaste con tus fracasos". "Esa norma -le dijo- es como una pantalla prendida que veo las 24 horas del día". Años después del Mundial, Menotti recordó con calidez en una entrevista su primera y decisiva reunión con Cantilo. "¡Imagínense ese diálogo entre un militante de izquierda y un tipo del Opus Dei!. "Yo -me dice ahora Menotti- tengo mucho respeto por la fe de las personas. Discuto otras cosas. A Cantilo lo recuerdo como un aristócrata de verdad. De las buenas costumbres. No de las miserables. Daba la mano como un hombre. Muy crítico de Isabelita y de Perón. Y, desde su lugar, lo recuerdo también como un hombre bastante progresista, que apostaba a la educación".
El Mundial 78, se sabe, se jugó en los años del horror. Los goles convivieron con las torturas. Cantilo, amante del viejo amateurismo, dejó su puesto apenas terminado el Mundial, supuestamente en desacuerdo con la renegociación con aumento salarial del contrato de Menotti. "Un hombre sincero y apasionado, honesto y leal, que vive en el país", lo despidió Lacoste en una carta pública en El Gráfico.
Cantilo puede no ser hoy un recuerdo políticamente correcto. Menotti, sin embargo, lo recuerda sentado en primera fila con los jugadores, escuchando los conciertos que ofrecían al plantel el flaco Spinetta, la tana Rinaldi y Anacrusa, entre otros. Sucedía en la concentración de José C. Paz. Un día, al llegar en su auto, Menotti vio que dentro del predio estaba lleno de soldados. "Le dije que así no podíamos trabajar y echó a los soldados que tenían que hacer la seguridad de la concentración. Tuvieron que instalar una carpa afuera". Cantilo se fue en silencio y nunca más habló con la prensa. "Todavía recuerdo sus palabras al día siguiente de conocernos, cuando le presenté al cuerpo técnico. Dijo que terminado el Mundial él se iba. '¡Qué se va a ir! ¡Si salimos campeones se va a ir pero de joda!' decíamos entre nosotros en ese momento. Yo -sigue Menotti- era el primero en decir que no se iba ni en pedo si éramos campeones. Nadie le creía. Terminó el Mundial, me abrazó fuerte. '¡Salió como lo soñamos César!', me dijo. Y se fue".
Menotti asiste sorprendido a la escena. Lacoste, mano derecha del almirante Eduardo Massera, es el nuevo patrón del deporte argentino. La bota militar dentro de las canchas. Controla el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78) y en la AFA puso al propio Cantilo. A David Bracuto, presidente de Huracán, director del servicio médico de la UOM, le bloquearon las cuentas y lo obligaron a "renunciar" horas después del golpe del 24 de marzo de 1976. Socio del Jockey Club y de Vélez, el abogado Cantilo no era un advenedizo. Había sido presidente del Colegio de Arbitros con Juan Martín Oneto Gaona, interventor en la AFA en tiempos de la dictadura de Juan Carlos Onganía. También Oneto Gaona era abogado y socio del Jockey. Igual que Florencio Martínez de Hoz y Ricardo Camilo Aldao, primeros presidentes de la AFA, cuando las elites controlaban al fútbol. El golpe del 76 encuentra a la selección de Menotti de gira por Europa. Apenas vuelve a Buenos Aires, echado Bracuto, quien le había ofrecido el cargo, Menotti lleva la renuncia a Cantilo en un sobre. "Guárdelo. No me lo entregue porque las renuncias son indeclinables. Conozco sus ideas políticas. Yo pienso completamente diferente y se que habrá problemas, pero eso no tiene absolutamente nada que ver. Lo único serio que encontré al asumir acá es esto". "Esto", una carpeta que mostraba Cantilo mientras hablaba, era el plan de trabajo para las selecciones que Menotti había elaborado junto con Rodolfo Kralj. Lo había presentado años antes, después de que Ferro negara jugadores a la selección. Para frenar su renuncia, Bracuto y Paulino Niembro le dijeron a Menotti que presentara un plan. Se encerró con Kralj desde las doce del mediodía hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Selección, juveniles, preparación, contrato del DT hasta terminada la eliminatoria. Si pierde se va. Si clasifica sigue hasta fin de diciembre del año del Mundial. "Tiene mi palabra de honor de que 'esto' se va a cumplir al pie de la letra. Antes del jueves preciso una respuesta. Piénselo", despidió Cantilo a Menotti.
"Yo no lo podía creer. Lo que había costado años de pelea con otros, acá llevó cinco minutos. Al otro día le dije que sí. Cantilo pidió conocer al cuerpo técnico. Se enamoró del viejo Kralj. Con él hacían todos los partidos por teléfono. Las selecciones extranjeras venían acá y nosotros ibamos allá, sin ningún intermediario. Y cuando se reunió con los jugadores, vino al otro día y me dijo 'no sabe la alegría que tengo César. Yo iba dispuesto a discutir y me dijeron que lo único que querían era cobrar si llegamos a la final'. Se quedó loco con eso. Italia cobró 150.000 dólares para cada jugador por participar. Nosotros 27.000 dólares por ganar la Copa. Fuimos a jugar a todas las provincias. Sin cobrar AFA ni los jugadores. Había broncas porque yo convocaba a jugadores de Boca y de River y él mandaba las citaciones y yo le decía pero mire que se pueden lesionar en un entrenamiento y él me respondía 'déle, por más que tiren bombas vamos a seguir'. Después vino la serie de partidos en Boca en 1977. Había rumores, versiones de que si nos iba mal. la Marina me rajaba. Lacoste no me podía ni ver. Mandaban a la hinchada de Boca a putearnos. La mujer de (Leopoldo) Luque escuchó en un avión a jugadores de Boca que decían que 'ahora con el Toto (Lorenzo) vamos a la selección'. Y Cantilo que me decía 'usted y yo hasta el Mundial estamos seguro'. Si él no estaba creo que yo no llegaba al Mundial".
Menotti, que suele demorar hasta dos y tres meses pedidos de entrevista, me atendió de inmediato cuando le comenté que quería aprovechar el 35º aniversario del Mundial, cumplido este martes, para hablar de Cantilo, fallecido en silencio un mes atrás. El Gráfico lo presentó en una amplia entrevista el 5 de mayo de 1976. Cantilo se describió como "un fanático lector de libros de historia, apasionado por la música, hincha rabioso de Gardel y de Piazzolla" y jugador de ajedrez. Le citó a su director, Héctor Vega Onesime, una frase de José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei: "Cuando percibas los aplausos del triunfo, que suenen en tus oídos las risas que cosechaste con tus fracasos". "Esa norma -le dijo- es como una pantalla prendida que veo las 24 horas del día". Años después del Mundial, Menotti recordó con calidez en una entrevista su primera y decisiva reunión con Cantilo. "¡Imagínense ese diálogo entre un militante de izquierda y un tipo del Opus Dei!. "Yo -me dice ahora Menotti- tengo mucho respeto por la fe de las personas. Discuto otras cosas. A Cantilo lo recuerdo como un aristócrata de verdad. De las buenas costumbres. No de las miserables. Daba la mano como un hombre. Muy crítico de Isabelita y de Perón. Y, desde su lugar, lo recuerdo también como un hombre bastante progresista, que apostaba a la educación".
El Mundial 78, se sabe, se jugó en los años del horror. Los goles convivieron con las torturas. Cantilo, amante del viejo amateurismo, dejó su puesto apenas terminado el Mundial, supuestamente en desacuerdo con la renegociación con aumento salarial del contrato de Menotti. "Un hombre sincero y apasionado, honesto y leal, que vive en el país", lo despidió Lacoste en una carta pública en El Gráfico.
Cantilo puede no ser hoy un recuerdo políticamente correcto. Menotti, sin embargo, lo recuerda sentado en primera fila con los jugadores, escuchando los conciertos que ofrecían al plantel el flaco Spinetta, la tana Rinaldi y Anacrusa, entre otros. Sucedía en la concentración de José C. Paz. Un día, al llegar en su auto, Menotti vio que dentro del predio estaba lleno de soldados. "Le dije que así no podíamos trabajar y echó a los soldados que tenían que hacer la seguridad de la concentración. Tuvieron que instalar una carpa afuera". Cantilo se fue en silencio y nunca más habló con la prensa. "Todavía recuerdo sus palabras al día siguiente de conocernos, cuando le presenté al cuerpo técnico. Dijo que terminado el Mundial él se iba. '¡Qué se va a ir! ¡Si salimos campeones se va a ir pero de joda!' decíamos entre nosotros en ese momento. Yo -sigue Menotti- era el primero en decir que no se iba ni en pedo si éramos campeones. Nadie le creía. Terminó el Mundial, me abrazó fuerte. '¡Salió como lo soñamos César!', me dijo. Y se fue".
*Periodista. Texto publicado en el diario La Nación.
jueves, mayo 25, 2023
1903/1912: Los días fundacionales

El 25 de mayo de 1903, o quizá de 1907, frente a la casa de Tomás Jeansalles, un grupo de jóvenes de Nueva Pompeya, en su mayoría alumnos del colegio Luppi, fundan un club de fútbol con un nombre que tardó en definirse: “Verde esperanza" y "No pierde” fueron los primeros que sonaron. Algunos otros relatos señalan que ese hecho sucedió entre dos y cuatro años más tarde. La historia, casi con carácter de leyenda, cuenta que fueron hasta una librería de la Avenida Sáenz, en Nueva Pompeya, con la intención de comprar un sello de goma con el nombre del club. Pero no pudieron. La versión más aceptada sostiene que no les alcanzó el dinero (dos pesos con cincuenta) para tal cantidad de letras y que el librero (un tal Richino) les recomendó un nombre más corto, ya que el elegido era muy extenso para denominar a un club de fútbol.
Entonces, como en una de las paredes había un almanaque (o publicidad, según otros relatos) con la leyenda “El Huracán” los jóvenes de Nueva Pompeya se decidieron por ese nombre. El primer sello del club fue “Club Uracan. Calle Ventana 859”. Algunos señalan que la omisión de la letra se debió a que no alcanzaba el dinero para otra letra; otros indican que se trató de una omisión del librero. Existen testimonios, surgidos de la reseña histórica realizada en 1931, de que en esas jornadas se determinó que el primer presidente del club sería J. Caimi; el secretario, Gastón Brunett y el tesorero, Tomas Jeansalles. A su vez, A. Villar fue nombrado capitán del equipo y como subcapitán, Dellisola, quien luego participaría del partido decisivo en el que Huracán ascendió a Primera, en 1913. Además, en la reconstrucción que realiza Jorge Newton en 'Historia del Club Atlético Huracán', se indica el rol clave de Américo Stefanini en la primera fundación.
En sus primeros días, Huracán solía formar con: Verni; Lerov, López; Fariña, el capitán Villar, Gurruchaga; Dellísola, Salgado, Luján, Fernández y Cambiasso. Pronto se sumarían figuras emblemáticas de ese tiempo como Mario Bassadone, Agustín Alberti, Pedro Martínez, Laurenzano, Chiarante... Los partidos fundacionales, casi de potrero, tuvieron lugar en un terreno de la calle Cachi entre Traful y Ancaste. El club no contaba con territorio propio.
Los pagos huracanenses no se identificaban con exactitud como Parque de los Patricios (creado más tarde). Se trataba aún del barrio de los Corrales Viejos, Mataderos del Sur. Justo Sáenz (h), en el libro "La amistad de algunos barrios", evoca esa época: "Barrio de los Corrales Viejos, escuela de visteadores y malambistas... constante pesadilla de la comisaría seccional y cliente conspicuo del Hospital San Roque (Ramos Mejía)... era el chinerío del pueblo de las Ranas y La Quema... en 1909 y 1910, siendo casi niño alcancé a conocerlo viniendo a caballo de la Provincia..."
Años más tarde se realiza la segunda (definitiva y oficial) fundación. Se lleva a cabo en 1908. Pero las actas fundacionales se redactan en los dos años posteriores. Un acta que permanece en la sede del club dice: “Fúndase en Buenos Aires con fecha 25 de mayo de 1903 el Club Atlético Huracán y reorganizado el 1 de noviembre de 1908, con el fin de fomentar el juego, especialmente el football ”. El acta lleva las firmas del presidente José Laguna y del secretario Alberto Rodríguez. En este texto también se aclara: "Los distintivos que usará el Club serán los siguientes: en el football camiseta blanca con el distintivo del Globo de Huracán..." El globo de Newbery que llevaba ese nombre fue comprado en junio de 1909. Por lo que se infiere que tal acta fue redactada luego.
En 1911 los sueños fundacionales parecen comenzar a resquebrajarse. Por ejemplo, no hay secretaría por falta de local, por lo que las reuniones se realizan en diferentes domicilios: Patagones 3066, Liniers 2370 y otras direcciones particulares de los integrantes del club. Y la cancha sigue siendo un potrero.
En lo deportivo, en cambio, Huracán ya era un protagonista central de su zona de influencia. En mayo de 1911 Jorge Newbery es designado Socio Honorario del club, ya que se había convertido en su gran benefactor. Simultáneamente se solicita a la Municipalidad el préstamo de un terreno en la calle Arenas (hoy Almafuerte), cercano a la estación de ferrocarril Sáenz, para construir la cancha que permitiera jugar en la Asociación Argentina. El propio Newbery, habitante del barrio de Belgrano, se encarga de encabezar la gestión.
El plantel de Huracán, en 1911. Días de nacimiento.
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Huracán - Ligas disidentes (1909-1912)
1909 - Liga Centenario: Subcampeón.
1910 - Liga 43: Campeón - Verano.
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Huracán en la Asociación (la AAF, la oficial, homologada por la FIFA, antecesora natural de la actual AFA, surgida en 1934).
1912 - Tercera División: Campeón de Sección. Ascenso a Segunda.
1913 - Segunda División: Campeón de Sección y de División. Subcampeón de la Categoría.
1910 - Liga 43: Campeón - Invierno.
1911 - Liga Anglo Argentina: Subcampeón.
1911 - Liga Anglo Argentina: Subcampeón.
1912 - Liga 43: Campeón - Verano.
1912 - Liga 43: Subcampeón - Invierno.
1912 - Liga 43: Subcampeón - Invierno.
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Huracán en la Asociación (la AAF, la oficial, homologada por la FIFA, antecesora natural de la actual AFA, surgida en 1934).
1912 - Tercera División: Campeón de Sección. Ascenso a Segunda.
1913 - Segunda División: Campeón de Sección y de División. Subcampeón de la Categoría.
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Fuentes y agradecimientos de la serie "año por año": 'El Sexto Grande' y 'Del Globo y de La Quema', de Néstor Vicente; 'Historia del Fútbol Amateur en la Argentina', de Jorge Iwanczuk; base de datos de www.rsssf.com; Historia del Club Atlético Huracán (1908-1968), de Jorge Newton; Centro para Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF) y Oscar Barnade, periodista de Clarín. Algunos textos de esta serie fueron modificados, corregidos o reescritos en ocasión de la realización del libro del Centenario de Huracán, publicado por Clarín en 2008. También por correcciones más recientes y por la recopilación de los títulos y logros de esos años, se agradece especialmente a Pablo Viviani y a Gonzalo Minici.
Fuentes y agradecimientos de la serie "año por año": 'El Sexto Grande' y 'Del Globo y de La Quema', de Néstor Vicente; 'Historia del Fútbol Amateur en la Argentina', de Jorge Iwanczuk; base de datos de www.rsssf.com; Historia del Club Atlético Huracán (1908-1968), de Jorge Newton; Centro para Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF) y Oscar Barnade, periodista de Clarín. Algunos textos de esta serie fueron modificados, corregidos o reescritos en ocasión de la realización del libro del Centenario de Huracán, publicado por Clarín en 2008. También por correcciones más recientes y por la recopilación de los títulos y logros de esos años, se agradece especialmente a Pablo Viviani y a Gonzalo Minici.
domingo, febrero 12, 2023
El Hombre Globo
No es azar que el aeropuerto de la Ciudad de Buenos Aires lleve su nombre: Newbery es el Padre de la Aviación Argentina. Pero aquel personaje clave de la vida nacional de principios del siglo pasado resultó algo incluso más valioso: se convirtió en un espejo. Fue deportista múltiple, destacado hombre de ciencias, investigador en el ámbito de la electricidad y del subsuelo, funcionario impecable. También un inspirador para aquellos pibes del Colegio Luppi, que tenían el deseo inquebrantable de formar un club de fútbol. George -como le decían los miembros de la alta sociedad porteña, a la que pertenecía- tenía una particular afinidad con ese sur laburante, tanguero y licencioso. Aquel territorio de guapos y de perros ladrándole a la luna, como escribía Homero Manzi. Newbery se reconoció en los ojos y en la intensidad de los jóvenes fundadores de lo que luego sería Huracán. Su pasión se parecía a la del Negro Laguna, a la de José Balsamini, a la de Ernesto Dellisola, a la de Pedro Martínez y a la de cada uno de los jóvenes estudiantes que recorrieron tantos caminos en nombre de aquel nacimiento.
Tampoco es casualidad que existan en el país más de 30 clubes que llevan su nombre. Incluso uno, con sede en Junín, llegó a jugar en los viejos Nacionales, en Primera. Y en Comodoro Rivadavia, el clásico de la ciudad parece rendirle exclusiva pleitesía: juegan Jorge Newbery y Huracán, es decir el hombre y su globo, el personaje sin olvido y sus búsquedas. El tango tampoco podía omitirlo. Sobre él se refirieron Roberto Firpo, Eduardo Arolas, Aquiles Barbieri y José Arturo Severino, entre otros. "Amainaron guapos junto a tus ochavas / cuando un cajetilla los calzó de cross / y te dieron lustre las patotas bravas / allá por el año novecientos dos", escribió Celedonio Flores, en la letra de Corrientes y Esmeralda. El cajetilla, claro, era Newbery.
La condición social no le impidió el compromiso social. Todo lo contrario: escribió leyes sobre seguridad laboral para el socialista Alfredo Palacios, su amigo y compañero de varias expediciones en globo. Lo expresó Néstor Vicente, ex candidato a Presidente de la Nación por la Izquierda Unida y autor de varios libros vinculados a la esencia del club de Parque de los Patricios: "La amistad entre Newbery y Palacios fue muy singular. Una vez algunos navegantes y aficionados a ese deporte de clase alta habían organizado una silbatina para repudiar al dirigente socialista. Jorge, enterado, les dijo de manera tajante: 'Cuidado con lo que hacen. Silbar al doctor Palacios es lo mismo que silbarme a mí y eso no lo permitiré'". Nadie silbó entonces. La palabra de Newbery tenía el carácter de un mandamiento.
Vivía de vértigo en vértigo. Tanto que parecía protagonizar varias vidas en una sola. Escribe Alejandro Guerrero en la biografía titulada Jorge Newbery: "Parece, a primera vista, el personaje ideal para construir la biografía simpática, amena, de un hombre que tuvo para eso todos los ingredientes: deportista, aviador, dandy, persistente frecuentador de prostíbulos, del humo de los puros y del champagne de Armenonville. Pero Newbery fue bastantes cosas más...". El muchacho criado entre comodidades, en el barrio de Belgrano, no era solamente el intrépido aventurero del aire. Y aunque no renegaba de su origen acaudalado creía en la idea de un país inclusivo y próspero. Actuaba en consecuencia: mientras sus hazañas comenzaban a ser conocidas era mirado con recelo por las multinacionales de hidrocarburos a consecuencia de un libro publicado en colaboración con el químico Justino Thierry: El Petróleo, la primera obra nacional sobre la explotación del subsuelo. Bastante antes que su amigo Enrique Mosconi, Newbery ya recomendaba declarar reservas estatales a todas las regiones potencialmente petrolíferas.
No era un hombre del fútbol. Practicaba remo, natación, esgrima y fue uno de los impulsores del boxeo en la Argentina, incluso a pesar de las restricciones que en aquellos días imperaban. También fue campeón de lucha grecorromana y participó exitosamente en diversas regatas. Tenía tiempo para todo: se recibió de ingeniero electricista en la Universidad de Cornell, Estados Unidos. Y Tomás Edison fue su profesor en el Drexel Institute de Filadelfia. Ya en 1900 fue nombrado como Director General de Alumbrado de Buenos Aires. Desde ese espacio desarrolló importantes estudios sobre la utilización de la energía eléctrica. Consiguió que la Ciudad fuera vanguardia en ese rubro. Las ocupaciones profesionales, sin embargo, no impidieron su condición de mecenas fundacional de Huracán. El acompañó de cerca a esos pibes del sur que nada tenían para armar el club. Excepto esa pasión enorme que ya no les cabía en sus cuerpos breves. Y la generosidad de ese amigo que vivía en un caserón sobre la calle Moldes, en la otra punta de la Ciudad. Tan lejos y tan cerca.
Lo saben todos, incluso en este tiempo, ya después de un siglo de ausencia: sin Newbery, Huracán no sería Huracán. Desde el principio de los días. Por eso, el homenaje perpetuo no tardó en llegar: en mayo de 1911 Newbery fue designado Socio Honorario. Simultáneamente, la institución naciente solicitó a la Municipalidad el préstamo de un terreno en la calle Arenas (hoy Almafuerte) para construir la cancha que le permitiera participar en las competiciones de la Asociación Argentina. Otra vez Newbery se encargó de la gestión. Gracias a él, resultó exitosa. Aquel vínculo resultaba empatía pura. Y aunque era habitué del Jockey Club, le simpatizaba el Barrio de las Ranas (esa geografía que ahora se reparten Parque de los Patricios y Pompeya) y toda su zona de influencia, de la que era habitante sentimental. Estaba encantado con esa gente, sus ritmos, sus espacios, sus calles, su impronta.
La colaboración ofreció consecuencias agradables muy pronto: a cinco años de su fundación, Huracán ya estaba en la máxima categoría del fútbol argentino. En aquella ocasión, la Comisión Directiva le envió a Newbery un telegrama a modo de tributo: "Hemos cumplido. El Club Atlético Huracán sin interrupción conquistó tres categorías, ascendiendo a Primera División, como su globo que cruzó tres Repúblicas". Era el perfecto desenlace para el sueño compartido. Pero Newbery no pudo ver a su Huracán en Primera. Falleció 28 días antes del estreno: el 1° de marzo de 1914, en Los Tamarindos, Mendoza, la muerte lo encontró en el aire. Estaba piloteando un avión que se transformó en tragedia. Fue un dolor para todos: a su entierro, en la Sociedad Sportiva de Palermo, concurrieron unas 50.000 personas. Se trató de una de las mayores expresiones populares de ese tiempo. Su carisma había excedido las fronteras de las cuestiones de clase.
El 29 de marzo de ese año, Huracán debutó en Primera: como local derrotó 4-2 a Ferro, el mismo rival -quiso el destino- que el del lunes gris y de homenaje. Newbery no estaba en las tribunas, pero sí en el espíritu de los fundadores. Y luego, ya cuando el club de todos ellos se convirtió en el más campeón de los años 20 (junto a Boca), el encantador hombre que había llevado por los aires al globo Huracán quedó para siempre estampado en las camisetas. Como correspondía, al lado del corazón.
Texto publicado por el autor del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com
miércoles, noviembre 23, 2022
Botín de Oro, también orgullo de La Quema
Héctor Yazalde, el inolvidable Chirola, fue el único argentino en conseguir el Botín de Oro que la UEFA le entrega cada temporada al máximo goleador de todo el continente. Más allá de que se destacó en Independiente, Sporting Lisboa y Newell's su retiro fue en Huracán. Fueron apenas dos partidos (sin goles) en 1981. Ese año, el equipo de Parque de los Patricios terminó octavo en el Metropolitano que ganó Boca con Diego Maradona; y se quedó afuera de los cuartos de final por dos puntos del Nacional que ganó River con Mario Kempes. Duró poco la aventura de Yazalde en los barrios del Sur, pero fue también un motivo de orgullo de aquellos días. Lo que sigue es un retrato de este personaje irrepetible publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.Villa Fiorito parece destinada a alumbrar grandes cracks. En su geografía de carencias y postergaciones, en la periferia del partido de Lanús, se forjó ese nombre que no necesita apellido para presentarse en el mundo del fútbol: Diego. Pero no fue la única figura universal que conoció los deleites de esos potreros ya mitológicos. Allí cerca, a un puñado de calles sin cordón ni asfalto, también se crió otro personaje irrepetible de la historia del fútbol argentino: Héctor Casimiro Yazalde. El consiguió lo que ni el inmenso Maradona: fue el único futbolista nacido en esta tierra capaz de obtener el Botín de Oro, ese lauro que Europa le entrega al máximo goleador de cada año en todo el continente.
Yazalde dividió su niñez y su adolescencia entre los potreros y los esfuerzos por llevar el pan a casa. Le decían Chirola porque trabajaba por chirolas (una palabra que encontró el lunfardo para mencionar a unas pocas monedas). Trabajó en un puesto de diarios, fue ayudante en una verdulería y repartidor de hielo. En definitiva ayudaba como podía a Pedro y a Petrona, sus padres -quienes años antes habían dejado Los Toldos para instalarse en el Gran Buenos Aires-, y a sus siete hermanos.
Su primer club formal fue Los Andes. Y en Racing llegó a jugar en la Séptima junto a Agustín Cejas, el Panadero Rubén Díaz, el Coco Alfio Basile y Rodolfo Vilanoba. En 1964 fichó para Piraña, un club de la D, la última categoría de la AFA. Entonces aconteció un detalle que cambiaría todo y para siempre: Carlos Radrizzani, presidente de Independiente, lo vio jugar en un torneo nocturno y lo llevó al club para sumarlo a la Tercera. Cuentan que llegó al Rey de Copas por recomendación de Julio Grondona, entonces presidente de Arsenal y conocedor de los secretos del Ascenso. En ese tiempo pesaba apenas 60 kilos de mal comer.
Su crecimiento fue impresionante: Renato Cesarini lo citó para el seleccionado Juvenil que disputó los Juegos Panamericanos de Winnipeg. Osvaldo Brandao lo promovió al notable equipo que consiguió el Campeonato Nacional de 1967, con Santoro, Pavoni, Savoy, Pastoriza, Bernao, Artime y Tarabini, a quien consideró siempre su mejor amigo en el fútbol.
En 1970 ya había demostrado todas sus condiciones como goleador y desde el año anterior jugaba en la Selección. Lo quisieron contratar del Santos, del Palmeiras, del Lyon, del Valencia y hasta de Boca, ese club que admiraba en los tiempos de la niñez. Pero tomó una decisión que marcaría el principio de su capítulo más memorable: después de 111 partidos y 67 goles con la camiseta de Independiente se fue al Sporting Lisboa.
En Portugal, además de ganar la Copa (en 1973 y en 1974) y la Liga (en 1974), su mayor logro tuvo carácter individual: en la temporada 73/74 convirtió 46 tantos en 30 partidos. No sólo obtuvo el Botín de Oro (el mismo que consiguieron entre otros Eusebio, Gerd Müller, Marco Van Basten, Hristo Stoichkov, Hugo Sánchez, Ronaldo, Thierry Henry, Diego Forlán, Francesco Totti y Cristiano Ronaldo) sino que estableció un récord que aún permanece.
En el Sporting lo recuerdan como lo que fue en su tiempo: un crack y una celebridad. No es casual que se lo incluya como integrante del equipo ideal de todos los tiempos en cuanta encuesta vinculada con Los Leones de Alvalade se realice. Más de tres décadas después, Chirola sigue siendo motivo de añoranza y de tributo para los verdiblancos de Lisboa.
En aquellos días, filmando un corto publicitario que promocionaba una marca de jabones, Yazalde conoció a la modelo y actriz portuguesa María del Carmen Resurrecao de Deus, con quien se casó en 1973. Luego de casarse, Carmen adoptó el apellido de su marido, que mantuvo aun después de la separación. Tuvieron un hijo, Gonzalo.
Incluso en sus días de glamour y estrellato europeo, Yazalde jamás renegó de su origen. Tampoco en su regreso a la Argentina para jugar en Newell's y para retirarse en Huracán. El irremplazable Osvaldo Ardizzone un día lo definió con el fino trazo de su pluma privilegiada. Escribió de Chirola: "Purrete de la orilla, la vida de salida, te cantó, la bolilla más fulera". Esa bolilla fulera fue una cirrosis que se lo llevó en 1997. Tenía 51 años. Cuentan que murió sin saber que sería inolvidable.
domingo, septiembre 04, 2022
El Mundial de Stábile
El Mundial de 1930, en el que Argentina fue subcampeón detrás de Uruguay. Una celebración del fútbol rioplatense en la que Guillermo Stábile demostró que no había goleador más valioso que él.
domingo, junio 12, 2022
El Quemero de la Patagonia Rebelde
El film La Patagonia Rebelde, de 1974.
Por Pablo Viviani*
Uno de los clubes más pintorescos, ya sea por historia, hazañas o símbolos, es el Huracán de Parque de los Patricios. Sin embargo, como con tantos otros, muchas veces sus grandes historias no son conocidas. Los orígenes nunca fueron certeros, aunque lo único seguro es que la mayoría de los integrantes eran miembros del Partido Socialista.
Huracán había sido creado con la idea de acoger a los niños y jóvenes carentes de contención social y familiar, siendo integrantes familias precursoras, como las de Alfredo Palacios o Nicolás Repetto. Pero eso no es todo, pues para 1913 había un referente del Partido Socialista en cada team del Globito. El más conocido era el half Vicente Chiarante, que jugaba en Segunda División. También se destacaban Carlos Chiarante en Tercera, Albino Argüelles en Cuarta y Benigno Argüelles en Quinta. Todos tenían la particularidad de que ocupaban el puesto de entreala izquierdo.
De acuerdo con la cantidad de hermanos, los Chiarante podrían haber formado su propio equipo, aunque en Huracán sólo actuaron Carlos, Vicente y Enrique.
Este último fue el de mayor militancia dentro del Partido Socialista, constituyéndose en uno de los fundadores del Partido Comunista local y creador de la Federación Deportiva Obrera en 1924. Pero sería Pedro Chiarante quien luego sería dirigente del gremio de la construcción y un cuadro histórico del PC.
Sin embargo, esta nota se va a ocupar de Albino Argüelles, el menos talentoso de los nombrados. Herrero, igual que su hermano menor nacido en Nueva Pompeya el 5 de febrero de 1896.
Argüelles participó en las jornadas sangrientas de la Semana Trágica de 1919, en los talleres Vasena, y eso lo obligó a ocultarse para escapar de constantes persecuciones. Después de tanto militar, se afilió finalmente al Partido Socialista el 25 de mayo de 1919. Según Osvaldo Bayer, estaba también afiliado al Partido Socialista Internacional, pero como estaba “no demasiado metido, decía que era socialista”.
Pedro llegó a narrar que “desde hacía años conocía a Albino Argüelles. Estábamos acostumbrados con Enrique a verlo por las calles del barrio”, aunque esa relación se transformó en amistad cuando ambos ingresaron al Centro de Nueva Pompeya del Partido Socialista Internacional.
Albino buscaba nuevos horizontes y, tras un empleo, el hombre de Globito en pecho partió hacia San Julián (Santa Cruz) para ejercer su oficio. A Argüelles lo admiraban por su sabiduría popular, con luchas y dolores a cuestas, y por eso lo nombraron inmediatamente secretario general del Sindicato de Oficios Varios de esa ciudad portuaria.En una ocasión, de regreso en Buenos Aires, en el local que el Partido Socialista Internacional poseía en Almafuerte y Sáenz, dio una charla sobre las tremendas condiciones de vida y explotación de los trabajadores en la Patagonia.
En el verano de 1921 y antes de emprender su último viaje al Sur, se reunió un grupo de camaradas encabezados por Albino y Benigno Argüelles, Pedro y Enrique Chiarante, y Fernando Serradel, para redactar el esbozo de lo que sería el pliego de reivindicaciones de los obreros patagónicos. Quien le dio forma definitiva fue Serradel, otro de los fundadores de Huracán.Argüelles volvió a San Julián y se convirtió en uno de los referentes del conflicto, junto con el anarquista Ramón Outerello, José “Facón Grande” Font y el secretario de la Sociedad Obrera de Río Gallegos, Antonio Soto.
El hombre de los Corrales al Sud era considerado el más inteligente y por ello fue inmediatamente nombrado para organizar las columnas de centenares de peones rurales patagónicos en la huelga de 1921, en la cual pedían mínimas mejoras en las condiciones de trabajo.
Cuando llegaron las fuerzas represoras del capitán Elbio Anaya, les pidió parlamento a los dirigentes huelguistas, aunque eso fue sólo una excusa para apresarlos, castigarlos rudamente con garrotes y sables, y ordenar los fusilamientos.
Aunque en el parte militar de Anaya se detalló que el entreala Argüelles fue fusilado el 18 de diciembre por las tropas del coronel Héctor Varela, siendo “muerto mientras intentaba huir”, se constató luego que por el sólo hecho de reclamar habían perecido de igual forma unos mil quinientos trabajadores.
Ese mismo día, en el lejano Parque de los Patricios, el Globito le ganaba a Platense y quedaba a cuatro puntos de Del Plata. Huracán se alejaba de sus seguidores y en el próximo partido se proclamaría campeón por primera vez, aunque Argüelles ya no estaría para enterarse de las noticias de su querido club.
En noviembre, apenas un mes antes, había nacido en Buenos Aires la hija que Argüelles jamás conoció. Irma fue fruto del amor de Albino con Clara, y fue concebida meses antes de la partida del huracanense a la Patagonia. Al enterarse, semanas antes de morir, Albino le había enviado por carta unos dulces versos.
Al conocerse el asesinato de Argüelles, según contó Pedro Chiarante, se llevó a cabo un funeral cívico en la casa de los padres en la calle Aconquija, de Parque de los Patricios, al que concurrieron “miles de vecinos, militantes obreros y políticos, y representaciones de los partidos Comunista y Socialista”.
En el mismo lugar donde fue fusilado Argüelles están hoy los restos de sus compañeros que se levantaron contra la patronal. Ochenta años después de su asesinato llegaron a ese lugar las cenizas de su compañera y de la hija de Argüelles, transportadas desde Buenos Aires por su nieto.
*Texto publicado en la Agencia Télam.
lunes, octubre 05, 2020
Gardel le canta a Huracán
Largue a esa Mujica es un tango escrito por Juan Faustino Sarcione y al que Carlos Gardel le puso su voz de Zorzal.
Resulta, sobre todo, otra cosa: un bellísimo homenaje musical al Huracán campeón de 1928.
Más:
Detalles, en Gardel.es: Voz: Carlos Gardel. Acompañamiento: Guillermo Desiderio Barbieri - José María Aguilar (guitarras). Disco Nº 18283. Matriz Nº 4454 1. Sello Editor: Odeón Argentina. Fecha de grabación: 08-08-1929. Lugar: Buenos Aires (Argentina). Total de maquetas grabadas: 3. Publicadas: 1 (3º versión). Música y Letra: Juan Faustino Sarcione (del mismo autor Gardel grabó “Tristeza Gaucha”).
miércoles, marzo 06, 2019
El Messi que quería jugar en Huracán

La hélice, casi lo único que quedó del avión de la tragedia, cuenta una ausencia. Allí, en la zona del viejo Stadio Filadelfia, en Turín, ese monumento breve es el retrato lacónico de uno de los más estupendos equipos de todos los tiempos: Il Grande Torino de los años 40. El estadio, escenario de tantas jornadas de aplausos y consagraciones, estuvo en desuso desde 1963 hasta su demolición en 1998. Y más allá de sus varios emprendimientos truncos de reconstrucción continúa siendo una referencia de aquellos tiempos de brillos que ya no están. Son también, claro, un motivo de añoranza para los grandes cracks de aquel tiempo, como el notable Valentino Mazzola, el Messi de esos días. El accidente aéreo de 1949 se devoró a aquel equipo. El avión regresaba a Italia tras un partido en Lisboa frente al Benfica. Ganaban todo lo que jugaban: cinco Ligas consecutivas desde 1942 hasta 1949, clásicos contra la Juventus, amistosos... Sólo la Segunda Guerra evitó -por la suspensión del calcio entre 1943 y 1945- que fueran más los Scudettos sucesivos. Un dato contaba la jerarquía de aquel equipo: diez de los 11 titulares del seleccionado italiano pertenecían al Torino.
La pregunta invariable que continuó a la tragedia todavía escucha respuestas y aproximaciones: si no se hubiera caído aquel avión, ¿qué habría pasado en el fútbol del mundo? El periodista Jaime Rincón escribió alguna vez en el diario Marca: "Son muchos los que apuntan que si la historia de aquel equipo no hubiera terminado de manera repentina hoy quizá no existiría el 'catenaccio'. Puede que tampoco la Juve fuera el peso pesado que es actualmente en el Calcio. Y seguramente el Maracanazo no hubiera tenido lugar". No se trata de una exageración: quienes lo vieron y quienes lo contaron a través de los medios coincidieron. Aquel Toro era capaz de todo, incluso de hacer magia mientras arrasaba rivales. Y -dicen- también podría haber modificado la historia del fútbol tal como la conocemos.
Nadie sobrevivió al impacto. Pero el azar quiso que dos futbolistas no estuvieran allá arriba: el enorme Ladislao Kubala, quien estuvo a punto de firmar su contrato con el club en aquel momento y no lo hizo; y un tal Sauro Toma, un defensor procedente de La Spezia, que acababa de llegar al Torino. Contó aquel joven de 23 años alguna vez: "El míster, Leslie Lievesley, nos había dicho a Valentino Mazzola y a mí que nos cuidáramos de las lesiones antes de viajar. Mazzola no estaba bien del todo, pero podía jugar y viajó. Yo tenía problemas en la rodilla y el entrenador me aconsejó que me quedara en casa. Me sentí el hombre más desdichado de Turín. Todo el Torino viajó a Lisboa, y yo me quedé en casa, lesionado". A Mazzola el destino no lo quiso salvar.

Con ese Torino quedó enterrado un equipo exitosísimo, un mito y, también, Mazzola. Era el capitán, la figura, el ídolo, el goleador frecuente, la referencia inevitable. En una entrevista concedida en 2009 al diario El País, de Madrid, su hijo Sandro Mazzola -también destacado futbolista- contó a Valentino a 60 años del fallecimiento: "Mi padre tenía 30 años y yo seis y medio. No recuerdo nada. Mi cabeza olvidó todo lo que había vivido con mi padre. Todo menos su mano grande, en el centro de Turín, donde todos querían hablar con él. Me daba seguridad. Yo no entendía entonces por qué todos querían estar con él. Después supe que era una gran persona. La calidad de los videos de aquella época no es buena, pero tengo referencias de entrenadores campeones del mundo como (Ferruccio) Valcareggi y (Edmondo) Fabbri o jugadores como Boniperti, capitán de la Juve, que me dicen: 'El más grande de todos fue tu padre'. Era interior derecho. Pero, en realidad, jugaba por todo el campo. Siendo centrocampista, fue tres veces máximo goleador de la Liga. Era más o menos como Di Stéfano, un portento físico con una gran técnica. Yo esperaba ser como él, pero no pude. Yo era muy técnico en velocidad, pero menos fuerte".
Por entonces ni la tradicional revista France Football ni la FIFA entregaban el Balón de Oro al mejor futbolista del año. A Valentino le ofrecían adjetivos, aplausos y admiraciones que lo definían y lo legitimaban como tal: Era el mejor del mejor equipo, como lo es ahora el Messi del Barcelona. Sobre él se escribieron libros (como "Un uomo, un giocatore, un mito", de Renato Tavella) y se hicieron películas en las que se exhibe el significado y la influencia que él tenía en aquel contexto (como "Il Grande Torino", de Claudio Bonivento). Era más que el capitán de un equipo: resultaba también el símbolo de un grupo de futbolistas capaz de ofrecer alegrías tras las dolores de la guerra.
El periodista Jesús Camacho, en El Engranche, retrató a aquel Valentino y a aquel equipo estelar: "Aquel maravilloso conjunto tenía en Valentino Mazzola a su cerebro, capitán, organizador y gran goleador. Un futbolista muy inteligente, dotado de gran personalidad y que ofrecía cada año la extraordinaria cifra de 20 o 30 goles. El conjunto granata practicaba un fútbol muy ofensivo, en su alineación titular prácticamente no había defensas y solo Aldo Ballarin y Maroso se dedicaban a dicha labor. El guardameta Bacigalupo observaba desde su marco cómo los centrocampistas Castigliano, Martelli y Rigamonti lanzaban a los interiores Ezio Loik y Mazzola y a su vez los extremos Romeo Menti y Franco Ossola hacían mucho daño por los flancos y servían balones al magnífico centrodelantero Gabetto. Además tampoco podemos olvidar a los Schubert, Grava, Bongiorni..." Dicho de otro modo, Valentino también era el director de una orquesta impecablemente afinada.
Y en su recorrido hay un detalle que -a los ojos de este tiempo- parece inverosímil. En ese 1949 de la tragedia trascendió una novedad de asombro: Mazzola quería jugar en Huracán, cuando finalizara su camino de maravillas por el Torino. Le fascinaba el fútbol argentino y le había agradado el Globo de Newbery, que en los días de la niñez de Valentino había sido el más campeón de los años 20. La revista Goles (ver "Imágenes") contó la anécdota: el crack italiano mandó una nota a la revista comentando su deseo. Y desde la redacción lo contactaron con el club de Parque de los Patricios. No se conocieron los pasos siguientes. Poco después, la tragedia se llevó al Messi de los años 40.
Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.com.
Cine sugerido: La película "Il Grande Torino".
miércoles, enero 02, 2019
Tucho, tan grande...

Era crack, era magia, era gol, era tango. "Ayer Tucho Mendez vino a visitarme / y en un fuerte abrazo me insto a meditar,/ así poco a poco mi mente poblaron / sus dulces recuerdos que no he de olvidar./ Soñaba en aquellos lejanos momentos / cuando era un purrete con sed de vivir / tejer en el césped muy lindas gambetas / y haciendo golazos sentirse feliz...", lo retrata la letra de Manuel Pose a la que Victorio Papini le puso música.
Norberto Doroteo Méndez fue uno de los grandes mediocampistas de la historia del fútbol argentino. Jugó en Huracán, en Racing y en Tigre. En total disputó 392 partidos e hizo 123 goles. También se destacó en la Selección: todavía ahora, en la antesala de la Copa América de la Argentina, es el máximo goleador histórico de la máxima competición continental (hizo 17 tantos, al igual que el brasileño Zizinho), un trofeo que conquistó en tres ocasiones (1945, 1946 y 1947). Sobran los datos para contarlo: Tucho fue un pedazo enorme de cada club en el que jugó, un motivo para convertise en hincha, una razón suficiente para hacer la cola para comprar una popular bajo el sol de un domingo cualquiera.
Nació en esa difusa frontera tan huracanense entre Nueva Pompeya y Parque de los Patricios, el 5 de enero de 1923. Desde los días de la niñez se hizo quemero e hincha de los referentes de su tiempo. Por ejemplo, lo esperaba a Herminio Masantonio a la salida de la cancha para llevarle la valija; y al arquero Juan Estrada le alcanzaba la pelota detrás del arco en los entrenamientos. Eran sus felices berretines. Sus inicios los retrata el blog Historia del Fútbol Mundial: "Los potreros de la populosa zona del sur porteño y el club Miriñaque vieron transcurrir largas horas de la niñez de quien, tiempo después, se convertiría en uno de los grandes ídolos del fútbol argentino. Tenía 11 años cuando un buscador de valores precoces de esa época, José Carrero, lo llevó a Huracán. Y fue en la Sexta División del Globito donde comenzó a hacer los palotes de su notable historia futbolística".
Pronto, el chiquilín de paso chueco y con un jopo imposible de modificar, jugó junto al guapo Masantonio en Huracán. Y se dio un lujo contradictorio: le hizo un golazo desde 35 metros a su admirado Estrada, cuando ya había sido transferido a Boca. Debutó en la Primera del Globo de Newbery el 13 de abril de 1941, en el viejo estadio de Avenida Alcorta y Luna, donde hoy está el Ducó. Esa vez, ganó el local por 4 a 2, con con un gol de Tucho, dos de Herminio y otro de Baldonedo. Desde entonces hasta 1947 fue figura y símbolo de su querido Huracán.
Luego, fue transferido a Racing y resultó una pieza fundamental del primer tricampeón del Profesionalismo (1949, 1950 y 1951). Su campaña en Racing terminó en 1954. Después estuvo dos años en Tigre y volvió a ese lugar que quiso tanto: a Parque de los Patricios, al Globo de Newbery, donde terminó su campaña a fines de la década del 50. Más tarde, ya retirado, les pondría palabras a sus sensaciones y a sus afectos futboleros: "Huracán fue mi novia; Racing, mi mujer; la Selección, mi amante".
En su idilio con esa amante celeste y blanca, Méndez demostró su condición de gigante. "A Tucho lo definen, sobre todo, los cracks a los que tuvo que reemplazar. Cuando el Charro Moreno -el Maradona de los años 40- se fue a México y Vicente de la Mata se lesionó, tuvo que aparecer él. Y lo hizo del mejor de los modos: asombrando a todos. Demostrando que lo que cada fin de semana hacía en la Argentina lo podía hacer también en cada rincón de América y del mundo", cuenta el periodista e historiador Oscar Barnade, miembro del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF).
La Copa América fue su perfecto escenario: en 1945, en el Sudamericano de Chile, convirtió seis goles en apenas cuatro encuentros como titular. La mitad de ellos sucedieron en un partido que lo convirtió decididamente en superhéroe: convirtió los tres tantos del 3-1 frente a Brasil, en Santiago. Fue el máximo anotador de esa edición. En 1946, en Buenos Aires, volvió a ser decisivo: marcó cinco goles. Dos de ellos sucedieron en el encuentro decisivo, también ante Brasil. Ante más de 80.000 personas, en el Monumental, provocó los dos gritos memorables que le dieron otro título a la Argentina bajo el cielo de América. En 1947, en Ecuador, fue parte de un equipo memorable que compartió, entre otros, con Alfredo Di Stéfano. Argentina obtuvo el tricampeonato y Tucho volvió a ser determinante en el encuentro de la consagración: convirtió dos tantos en el 3-1 ante Uruguay, en Guayaquil.
"Tucho era también un auténtico porteño", contaba en la redacción de Clarín el imborrable Pedro Uzquiza, quien conocía bien los detalles de la vida de ese talento enorme del fútbol argentino, de ese hombre de la bohemia, de los códigos del barrio, del tango. Méndez concurría a dos lugares emblemáticos de su tiempo: el Marabú y el Chantecler, donde se encontraba con su amigo Aníbal Troilo, con quien se ofrecían mutua admiración. La siguiente anécdota sucedió fuera de Buenos Aires: después de convertirle tres goles a Brasil en el Nacional de Santiago de Chile, fueron a festejar a la confitería La Quintrala. Tita Merello, de gira con una compañía teatral argentina, lo invitó a bailar un tango, y Tucho mostró su arte de gran bailarín. Como el fútbol, llevaba la música en el alma.
"Viví muchas vidas. No me arrepiento de eso. Tal vez ahora esté volviendo a la época en que era una estrella de bigotes recortados con precisión", le confesó al periodista Miguel Frías en una de sus últimas notas ofrecidas. Era un personaje mágico de aquellos días. Hasta fue convocado para protagonizar la película "Con los mismos colores", junto a otros dos futbolistas icónicos de la época, Mario Boyé y Di Stéfano. Confesó Méndez alguna vez: "Si volviera atrás haría todo igual. Hice todo lo que pude. Fui feliz". Se fue del mundo más tarde, en 1998. No sabía entonces que nadie le había podido quitar su corona de Rey de América.
Texto publicado por el autor del blog en Planeta Redondo, de Clarín.
martes, noviembre 20, 2018
La vida de aquel gol de Morresi

Por Ariel Scher*
Mi buen amigo Arturo era un artista para quitarle la cáscara a las manzanas con un cuchillo finito, conocía de memoria cada intervención de la guitarra de Jimmy Page en Led Zeppelín y se las arreglaba como marcador de punta en cualquiera de los costados de la cancha. Sería justo decir que tenía bastante mérito en bastantes cosas y que todas sus tías podían juntar argumentos para alabarlo delante de las vecinas, inclusive de las vecinas que jamás reconocían los méritos de ningún sobrino ajeno. Sólo había una cuestión, una notoria, una especial, una que no era difícil para otra gente, en la que mi buen amigo Arturo fallaba. No sabía gritar goles.
No era un problema de voz ni, tampoco, de voluntad. Y, mucho menos, de falta de pasión. Mi buen amigo Arturo quería al fútbol tanto como a las dos novias que tuvo en su vida. Jugaba seguido, viajaba de memoria a la mayoría de los estadios y hasta dominaba el nombre de casi todos los delanteros del campeonato de España en los tiempos en los que nadie pronunciaba la palabra “globalización” y la televisión no pasaba los partidos desde Madrid o desde Barcelona con la misma facilidad que los de Avellaneda. La verdad es que mi buen amigo Arturo no sabía gritar goles y no había explicación.
Por el tiempo en el que mi buen amigo Arturo andaba en la transición entre su primera y su segunda novia, íbamos a la cancha juntos muy seguido, así que no resultó extraño que un día de noviembre, en lo mejor de la primavera de 1980, nos tomáramos uno de los colectivos que él conocía mejor que yo y partiéramos hacia la Bombonera. No me voy a olvidar jamás: jugaban Boca y Huracán.
Quiero aclararlo porque en esta etapa de fanatismos inconvenientes acaso no se entienda: ni mi buen amigo Arturo ni yo éramos de Boca o de Huracán. Fuimos porque la juventud nos regalaba fuerza, porque disfrutábamos de la experiencia de la amistad y porque nos tentaba la posibilidad del gran fútbol. Fuimos así, tan naturalmente, que no se me ocurrió preguntarle a mi buen amigo Arturo por qué, después de bajarnos del colectivo y de marchar unas cuadras, nos ubicamos en la tribuna de Huracán.
Lo sabe cada individuo que creció: cuando somos jóvenes estamos convencidos de que el tiempo nos pertenece y es eterno. Quizás por eso, creí que iba a retener para siempre cada imagen de ese partido. El fútbol de Huracán que fue impresionante, un gol de Roque Avallay parecido a otros buenos goles de Avallay, un gol de Brindisi que –como cada movimiento de Brindisi- a mi buen amigo Arturo y a mí nos certificaba que Brindisi transcurriría toda su existencia como crack, la cara de un gordo de la hinchada al que le abundaban los kilos y la alegría. De mi buen amigo Arturo, seguro, me quedaría la imagen de todas las veces: su análisis impecable, su placer ante cada jugada de calidad y, desde luego, su garganta cerrada, seca y muda en los momentos en los que miles y miles gritaban gol.
Ser joven, decía, abre la maravillosa puerta de sentirse dueño del tiempo, pero también empuja al error. Y yo, en ese partidazo, en plena Bombonera, me equivoqué. Nada de lo que enumeré –ni Avallay, ni Brindisi, ni un gol más que creo que hizo Candedo, ni el gordo ese de los muchos kilos y la mucha alegría- ocuparía el centro de mis recuerdos. Nada. Lo más importante todavía estaba por pasar.
Es verdad que no puedo precisar cuántos minutos iban. No puedo porque la circunstancia que siguió fue tan potente, tan asombrosa y tan inmensa que me dejó sin registrar la más mínima señal del reloj. A la distancia comprendo que aquel desentendimiento del reloj respondía a una lógica que hoy me surge transparente: ocurrió algo que detuvo el tiempo.
Yo lo vi. Lo vi con calma y como se ven las cosas que no sorprenden. Huracán metió su cuarto gol. Era el 4 a 1, una goleada que se correspondía con lo que había pasado, aunque se tratara de un resultado no frecuente, y menos aun para un equipo visitante que pasaba por la Bombonera. Tuve la percepción de que ese gol no le agregaba demasiado al partido, apenas unos granitos de sal sobre una ensalada que ya estaba lista. Y ahí radicó mi error. Cuando giré la cabeza para comentar la circunstancia, mi buen amigo Arturo no me ofreció ninguno de sus comentarios sabios e impecables.
Estaba gritando el gol.
Un sudor extraordinario me inundó las cejas y un frío indigno para noviembre me envolvió la piel. Lo enfoqué una vez: gritaba. Lo enfoqué dos veces: gritaba. Lo enfoqué tres veces: gritaba. La vez siguiente que lo enfoqué no sólo gritaba. Además, se aferraba en un abrazo con el gordo de la hinchada.
Repito que se me perdió la noción del tiempo y ese es mi argumento para no saber cuánto pasó hasta que mi buen amigo Arturo dejó de gritar. Sólo tengo en claro que en el instante en el que evalué que podía preguntarle qué había pasado, él se adelanto y, ronco y agotado, me dijo:
-Lo hizo el pibe Morresi.
Eso era, exactamente, lo único que yo sabía, que el gol lo había hecho un pibe, Morresi, jugador de Primera desde hacía muy poquito. O sea: mi buen amigo Arturo no me estaba contando nada que me permitiera entender nada. Nada que me ayudara a salir de pasmo y me iluminara las causas de lo que había sido el primer grito de gol que oí desde su garganta.
-Lo hizo el pibe Morresi… ¿Y qué?-, le repliqué, bordeando la indignación por su falta de precisiones.
Entonces, mi buen amigo Arturo se me arrimó a la oreja con la pobre voz que le quedaba, logró otra vez que el tiempo permaneciera detenido, puso en suspenso cada uno de los otros sonidos que daban vuelta en la Bombonera, y me ofrendó las palabras más reveladoras, más nobles y más extraordinarias que escuché en toda mi vida en las canchas:
-Lo hizo el pibe Morresi. Juega fenómeno y, además, le ganó a todo. Tiene un hermano desaparecido, se lo desaparecieron estos hijos de puta que todavía están en el poder. Un día se van a tener que ir, te lo juro. Para mí, este gol es un mensaje. Es un gol de la vida.
De lo que sucedió de allí en más, sólo tengo claro que enseguida resolví que mi buen amigo Arturo me hablaba de algo que yo sabía y no sabía, de una escena que yo no ignoraba del todo pero, a la vez, no terminaba de mirar. También resolví, aunque no con la precisión con la que puedo expresarlo ahora, que hay épocas en las que la injusticia se disfraza de normalidad, pero que los disfraces nunca duran hasta la eternidad.
Un ratito más tarde, hicimos el camino de regreso. Fuimos desde la cancha hasta el colectivo y desde el colectivo hasta nuestras casas. Durante todo el viaje, no conversamos. Yo iba silencioso y pensativo. Mi buen amigo, en cambio, se la pasó con la garganta encendida. Al principio, pensé que tarareaba uno de los solos grandiosos de la guitarra de Jimmy Page. Después me di cuenta de que, desde el fondo del alma, seguía gritando gol.
Nota: el relato refiere a la victoria de Huracán en La Bombonera por 4-1, en 1980.
*Ariel Scher es periodista y docente. Editor del diario Clarín. Y autor de la columna De Rastrón, en el mismo diario.
miércoles, julio 11, 2018
Cuando Stábile era Gardel

Guillermo Stábile, en el tango "Largue a esa Mujica" -de Juan Faustino Sarcione, cantado por Carlos Gardel- es considerado, de algún modo, el mejor. Según el sitio Gardel.es la pieza musical se realizó "en homenaje al equipo de Huracán que se consagró campeón de fútbol de la Asociación Amateurs Argentina, coronando así su década más brillante con cuatro vueltas olímpicas (1921, 1922, 1925 y 1928) y con un plantel que por años se dijo de memoria: Negro o Ceresetto; Nóbile, Pratto; Bartolucci, Federici, Souza; Loizo, Spósito, Stábile, Chiesa y Onzari. En el texto se nombra a casi todos ellos, y a otros más, creando una especie de collage surrealista del deporte y el lunfardo". Su letra resulta un hermoso jeroglífico fùtbolero de los tiempos en blanco y negro:
Largue Chiesa a esa Mujica
por Souza y por Roncoroni,
y Pratto Coty Spiantoni
porque Passini calor.
Lo Onzari que Battilana,
si ha Serrato la Mancini
que si usted Recanattini
tal vez Stábile mejor.
Marassi que yo Bidoglio
que anda con una Peniche.
Y aunque se Fleitas Solich,
a quién se lo va a Gondar.
Qu’el qu’es Nóbile, che, Negro,
nunca Settis Gainzarain,
si deja esa Bidegain
pa’ no volver a Beccar.
Tire Cherro esa Ferreira
que si corre Sanguinetti
lo van a dejar Coletti
en la Celta de un penal.
Es inútil que Lamarque
o a lo mejor la Martínez,
si no valdrá que Jiménez
ni que se haga el Sandoval.
Guarda con la Canaveri,
Miranda que en lo Canaro,
si de usted bate un Purcaro
qu’es Cafferata de acción.
Olvide el Carricaberry,
tírese a la Bartolucci...
¡que mejor es hacer Bucci
que dársela de Mathón!
miércoles, junio 27, 2018
Tres tangos a Parque de los Patricios

Yo soy de Parque Patricios
Yo soy de Parque Patricios,
he nacido en ese barrio
con sus chatas, con su barro.
En la humildad de sus calles
con cercas de madreselvas
aprendí enfrentar a la vida.
En aquellos lindos tiempos
de percal y uva florida
con guitarras en sus noches,
y organitos en sus tardes.
Yo soy de Parque Patricios,
vieja barriada de ayer.
Barrio mío, tiempo viejo,
farol, chata, luna llena,
vieja reja, trenza negra
y un suspiro en un balcón.
Marchois Nana cual te adore.
Muchachada de mis horas,
hoy retornaron recuerdos
que me quema el corazón.
Hoy todo todo ha cambiado
en el barrio caras nuevas,
y yo estoy avejentado
y nostalgias en el alma.
Yo soy de Parque Patricios,
evocación de mi ayer.
Letra de C. Lucero
Musica de Víctor Felice
///
Parque Patricios
Cada esquina de este barrio es un recuerdo
de lo mágica y risueña adolescencia;
cada calle que descubre mi presencia,
me está hablando de las cosas del ayer...
¡Viejo barrio!... Yo que vengo del asfalto
te prefiero con tus calles empedradas
y el hechizo de tus noches estrelladas
que en el centro no se sabe comprender.
¡Parque Patricios!...
Calles queridas
hondas heridas
vengo a curar...
Sonreís de mañanita
por los labios de los mozas
que en bandadas rumorosas
van camino al taller;
sos romántico en las puertas
y en las ventanas con rejas
en el dulce atardecer;
que se adornan de parejas
te ponés triste y sombrío
cuando algún muchacho bueno
traga en silencio el veneno
que destila la traición
y llorás amargamente
cuando en una musiquita
el alma de Milonguita
cruzó el barrio en que nació.
¡Viejo Parque!... Yo no sé que airada racha
me alejó de aquella novia dulce y buena
que ahuyentaba de mi lado toda pena
con lo magia incomparable de su amor...
Otros barrios marchitaron sus ensueños...
¡Otros ojos y otras bocas me engañaron
el tesoro de ilusiones me robaron
hoy mi vida encadenado está al dolor!...
Letra y Música: Oscar Arona
///
Parque Patricios
Para escuchar
Mi viejo Parque Patricios
querido rincón porteño,
barriada de mis ensueños
refugio de mi niñez,
el progreso te ha cambiado
con tu rara arquitectura,
llevándose la hermosura
de tus boliches de ayer.
Cuantas noches de alegría
al son de una serenata,
en tus casitas de lata
se vio encender el farol,
y al vibrar de las vigüelas
el taita de ronco acento,
hilvanaba su lamento
sintiéndose trovador.
Letra de Francisco Laino
Musica de Antonio Radicci
viernes, mayo 25, 2018
Nuestro 25 de mayo, nuestra otra Patria
Por Gonzalo Minici*
«Fúndase en Buenos Aires con fecha 25 de mayo de 1903 el Club Atlético Huracán y reorganizado el 1º de noviembre de 1908, con el fin de fomentar el juego atlético, especialmente el football» reza el acta constitutiva del Globo, redactada el 20 de julio de 1910 con retroactividad y la firma de José Laguna (presidente de entonces).
Se abrazan el pasado, el presente y el futuro: esta fecha es la aniversaria más importante. El día en el que todo se recuerda. El día en el que todo sucede…
Hoy cumplen años Masantonio, Stábile, Newbery y Bonavena. En la infinidad del cielo, trece estrellas resplandecen incandescentes. La gloria de la década del veinte sale del Río de La Plata a circunnavegar la Tierra; las aguerridas copas de los cuarenta desempolvan su sacrificio, mientras la espectacularidad de los setentones días felices vuelve a ser y las atajadas de Marcos Díaz se reinventan en el San Juan de Aldo Cantoni.
Hoy, Pedro Martínez debuta en la Selección Argentina. Onzari funda el «gol olímpico», Bartolucci la «palomita». Juan Pratto y Ángel Chiesa vuelven a campeonar, cuando Italia entera es Nóbile y Valentino Mazzola sueña otra vez con subirse al Globo. Hoy festeja el humor de Alfredo Barbieri. Y las guitarras de su padre y Riverol, acompañando la voz de Gardel.
Hoy brilla el oro olímpico de Casanovas en Alemania. La «Aplanadora» de 1939 pasa de nuevo. Baldonedo golea a Brasil; «Tucho» Méndez a toda América. Di Stéfano da sus primeros pasos y Jorge Alberti juega un partido más. En los documentos oficiales de AFA se deja constancia de la grandeza institucional, y el Palacio Ducó, precioso Patrimonio Histórico, se reconstruye ladrillo a ladrillo.
Hoy se reconoce a Viberti. Y se aplaude la elegancia de Brindisi, la locura de René y la filosofía de Menotti. Carrascosa vuelve a hacer la banda izquierda y Barrios convierte otro penal. El vozarrón de Basile guía los caños de Pastore. Apuzzo apaga un incendio gritando «¡Huracampeón!» y todos presiden, desde Caimi hasta Nadur.
Hoy el tango se viste de hinchada y el arrabal toma color. Nueva Pompeya es vieja cuna; Parque Patricios, eterna casa. Las letras de Centeya se reescriben, el arte de Ferrer resurge, la voz de Manzi resuena. Renace el primer banderazo. La Reina de La Quema y el telón pionero del fútbol argentino se vuelven a coser. Una multitud peregrina al Obelisco celebrando su identidad. Y la de todos los Huracanes del planeta, cientos en cuatro continentes, encuentra exégesis.
Esta no es la efeméride de una «entidad social y deportiva» (en líneas generales), «cuya principal actividad es el fútbol» (acentuando más), ni una «asociación civil con personalidad jurídica» (legalmente hablando). Hoy se conmemora a Huracán. Una realidad cultural en sí misma, borrando las líneas de cualquier limitación definitoria. Un «todo» complejo. Por eso su mundo, su propio mundo, celebra a lo grande. ¡Felicidades, Globo!
*Historiador de Huracán.
miércoles, mayo 16, 2018
Aquel rebelde fundador de La Palomita
Pablo Bartolucci, en la tapa de El Gráfico. Otro orgullo de Huracán. Otro emblema de La Década de Oro.
La Mutual de Veteranos de Huracán queda en un rincón del Palacio Ducó, aunque poco se parece a un palacio. Allí, un hombre que mucho vio y que mucho sabe, evoca una verdad que -de algún modo- resulta una contradicción: "Quienes más reivindicaron la profesión terminaron siendo los primeros olvidados". El hombre -elegante al vestir, impecable al hablar- dice que Hugo Settis, Juan Scursoni y Pablo Bartolucci fueron la versión local y futbolera de los Mártires de Chicago. Ellos -no por dinero; sino por búsqueda colectiva en nombre de ciertas libertades individuales- fueron los primeros en cuestionar a un amateurismo que pagaba sueldos pero que no homologaba a los futbolistas como profesionales ni como trabajadores.
Por expresarse en nombre de aquella cuestión, a Bartolucci y a sus compañeros de lucha los llamaron "los anarquistas". Ellos no se preocupaban ni cuestionaban los apodos. Se juntaban y tiraban para el mismo lado. En el libro Fútbol: pasión de multitudes y de elites, de Ariel Scher y Héctor Palomino, el mismo Settis señala: “No estaba en juego el aspecto económico (…) Aunque lo nuestro era un amateurismo marrón, lo que queríamos era la libertad como seres humanos. Los señores dirigentes pretendían mantener de por vida la llamada ´ley candado´, de su invención, es decir, utilizándonos como una mercancía a los jugadores de fútbol y convirtiéndose así en los negociadores exclusivos de nuestras transferencias". La frase había sido publicada en el diario La Opinión en 1976. Unos meses antes había fallecido Bartolucci, el otro gran buscador de aquellos días de finales de los años veinte y principios de los treinta.
Bartolucci es ahora un olvidado. A su recorrido le cabe la condición de celebridad. La memoria del fútbol argentino lo ignora como si no fuera tan inmenso. En días no tan lejanos, el periodista Oscar Barnade recordó aquellos tiempos de cambios: "El campeonato de 1930 terminó el 12 de abril de 1931 y al día siguiente los jugadores, agrupados en la Mutualista y liderados por los jugadores de Huracán Pablo Bartolucci y Hugo Settis, elevaron un petitorio exigiendo poner fin a la cláusula candado: si se iban del club por dos años no podían arreglar con otro de la categoría. Ese día, en plena dictadura militar, los jugadores marcharon por las calles adoquinadas de la ciudad exigiendo hablar con el presidente José Uriburu. El líder golpista recibió a los representantes de los jugadores y derivó el problema a José Guerrico, intendente de la Ciudad de Buenos Aires. Guerrico convenció a todos de que el reclamo de los jugadores estaba íntimamente relacionado con la declaración del profesionalismo. El 18 de ese mes, los jugadores declararon la huelga". En breve, brotaría el profesionalismo. Aquel impuiso nacido de un puñado de futbolistas que se abrazaban como trabajadores había sido un éxito de todos.
En el mismo rincón del Ducó donde late la Mutual de Veteranos otro hombre cuenta: "Bartolucci fue un fundador en todo sentido". Lo dice por aquello del profesionalismo, claro. Pero también por otro detalle que el fútbol del mundo le agradece y que incluyó en el folclore de sus jugadas más atractivas: La Palomita. Bartolucci se vestía con una venda sobre su frente y, con ella, fue el impulsor de esa maniobra que terminó siendo parte de la historia del principal de los deportes para siempre. En su condición de futbolista del seleccionado, el 15 de agosto de 1929, frente a Bologna de Italia, que estaba de gira por Argentina, Bartolucci se convirtió en una suerte de mito. Ese día, ganó el equipo albiceleste 3-1. Pero lo más importante, fue un detalle: él quedó en la historia como el creador de esa jugada que ahora es orgullo en potreros y en estadios. Nadie sabe estrictamente si fue el primero en realizar esa pirueta. Pero a su repetido rechazo de cabeza volando hacia adelante -zambulléndose casi al ras del piso- él le puso un nombre que desde entonces pasó a ser parte del diccionario futbolero. "Rechacé de palomita", dijo Bartolucci. Y así quedó para siempre. La tapa de El Gráfico, que lo retrató particularmente en esa circunstancia, ayudó a la construcción de su carácter de leyenda.
Alguna vez Carlos Gardel le puso su voz al recuerdo de esa jugada memorable: "Guarda con la Canaveri, / Miranda que en lo Canaro, / si de usted bate un Purcaro / qu’es Cafferata de acción. / Olvide el Carricaberry, / tírese a la Bartolucci... / ¡que mejor es hacer Bucci / que dársela de Mathón!" El tango se llamaba Largue a esa Mujica, de Juan Faustino Sarcione, y era un homenaje -según cuentan los especialistas, como Marcelo Martínez, del sitio Gardel.es- al Huracán multicampeón de los años veinte; pero también a los grandes futbolistas de ese tiempo dorado y de refundación para el fùtbol argentino. "A la Bartolucci" significaba, sin más explicaciones, de palomita. Ya con el tiempo, más de cuatro décadas después, Aldo Pedro Poy la refundó y hasta luego la paseó por el mundo, ya convertida en leyenda. En 1971, le hizo de ese modo un gol a Newell's que valió la eliminación del rival de siempre y más tarde, el título.
No era sólo un militante por los derechos de sus pares ni un crack en ese territorio del rechazo novedoso. Bartolucci era también un destacado futbolista. Perteneció a un tiempo (los años veinte, en los que el fútbol del Río de la Plata era, claramente, el mejor del mundo) y a un equipo (ese Huracán capaz de ser el más campeón de la década junto a Boca) que también a él lo definieron. No estaba en la Selección por casualidad: Bartolucci pertenecía a la elite de aquellos días. Jugaba de lo que entonces se mencionaba como half. Era más mediocampista que defensor, de todos modos. Y aunque está indeleblemente asociado a Huracán, donde disputó 100 partidos y marcó seis goles, vistió otras cuatro camisetas: Sportivo Buenos Aires, Ferrocarriles del Estado, Sportivo Barracas y Tigre.
Bartolucci fue parte de, quizá, el mejor Huracán de la historia, aquel que en 1928 sumó su cuarto título de Liga en el campeonato más numeroso del fútbol argentino (participaron 36 equipos y finalizó en el último día de junio de 1929). Allí jugaban algunas de las grandes figuras de ese tiempo, futbolistas de Selección: Juan Pratto (luego transferido al Genoa, de Italia); Cesáreo Onzari (fundador del Gol Olímpico; paradigma del wing izquierdo); Angel Chiesa (el diez de esos días) y Guillermo Stábile (primer Botín de Oro de la FIFA, en el Mundial de 1930). Y también Bartolucci, ese anarquista que La Palomita.
Texto publicado por el autor del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com
La Mutual de Veteranos de Huracán queda en un rincón del Palacio Ducó, aunque poco se parece a un palacio. Allí, un hombre que mucho vio y que mucho sabe, evoca una verdad que -de algún modo- resulta una contradicción: "Quienes más reivindicaron la profesión terminaron siendo los primeros olvidados". El hombre -elegante al vestir, impecable al hablar- dice que Hugo Settis, Juan Scursoni y Pablo Bartolucci fueron la versión local y futbolera de los Mártires de Chicago. Ellos -no por dinero; sino por búsqueda colectiva en nombre de ciertas libertades individuales- fueron los primeros en cuestionar a un amateurismo que pagaba sueldos pero que no homologaba a los futbolistas como profesionales ni como trabajadores.
Por expresarse en nombre de aquella cuestión, a Bartolucci y a sus compañeros de lucha los llamaron "los anarquistas". Ellos no se preocupaban ni cuestionaban los apodos. Se juntaban y tiraban para el mismo lado. En el libro Fútbol: pasión de multitudes y de elites, de Ariel Scher y Héctor Palomino, el mismo Settis señala: “No estaba en juego el aspecto económico (…) Aunque lo nuestro era un amateurismo marrón, lo que queríamos era la libertad como seres humanos. Los señores dirigentes pretendían mantener de por vida la llamada ´ley candado´, de su invención, es decir, utilizándonos como una mercancía a los jugadores de fútbol y convirtiéndose así en los negociadores exclusivos de nuestras transferencias". La frase había sido publicada en el diario La Opinión en 1976. Unos meses antes había fallecido Bartolucci, el otro gran buscador de aquellos días de finales de los años veinte y principios de los treinta.
Bartolucci es ahora un olvidado. A su recorrido le cabe la condición de celebridad. La memoria del fútbol argentino lo ignora como si no fuera tan inmenso. En días no tan lejanos, el periodista Oscar Barnade recordó aquellos tiempos de cambios: "El campeonato de 1930 terminó el 12 de abril de 1931 y al día siguiente los jugadores, agrupados en la Mutualista y liderados por los jugadores de Huracán Pablo Bartolucci y Hugo Settis, elevaron un petitorio exigiendo poner fin a la cláusula candado: si se iban del club por dos años no podían arreglar con otro de la categoría. Ese día, en plena dictadura militar, los jugadores marcharon por las calles adoquinadas de la ciudad exigiendo hablar con el presidente José Uriburu. El líder golpista recibió a los representantes de los jugadores y derivó el problema a José Guerrico, intendente de la Ciudad de Buenos Aires. Guerrico convenció a todos de que el reclamo de los jugadores estaba íntimamente relacionado con la declaración del profesionalismo. El 18 de ese mes, los jugadores declararon la huelga". En breve, brotaría el profesionalismo. Aquel impuiso nacido de un puñado de futbolistas que se abrazaban como trabajadores había sido un éxito de todos.
En el mismo rincón del Ducó donde late la Mutual de Veteranos otro hombre cuenta: "Bartolucci fue un fundador en todo sentido". Lo dice por aquello del profesionalismo, claro. Pero también por otro detalle que el fútbol del mundo le agradece y que incluyó en el folclore de sus jugadas más atractivas: La Palomita. Bartolucci se vestía con una venda sobre su frente y, con ella, fue el impulsor de esa maniobra que terminó siendo parte de la historia del principal de los deportes para siempre. En su condición de futbolista del seleccionado, el 15 de agosto de 1929, frente a Bologna de Italia, que estaba de gira por Argentina, Bartolucci se convirtió en una suerte de mito. Ese día, ganó el equipo albiceleste 3-1. Pero lo más importante, fue un detalle: él quedó en la historia como el creador de esa jugada que ahora es orgullo en potreros y en estadios. Nadie sabe estrictamente si fue el primero en realizar esa pirueta. Pero a su repetido rechazo de cabeza volando hacia adelante -zambulléndose casi al ras del piso- él le puso un nombre que desde entonces pasó a ser parte del diccionario futbolero. "Rechacé de palomita", dijo Bartolucci. Y así quedó para siempre. La tapa de El Gráfico, que lo retrató particularmente en esa circunstancia, ayudó a la construcción de su carácter de leyenda.
Alguna vez Carlos Gardel le puso su voz al recuerdo de esa jugada memorable: "Guarda con la Canaveri, / Miranda que en lo Canaro, / si de usted bate un Purcaro / qu’es Cafferata de acción. / Olvide el Carricaberry, / tírese a la Bartolucci... / ¡que mejor es hacer Bucci / que dársela de Mathón!" El tango se llamaba Largue a esa Mujica, de Juan Faustino Sarcione, y era un homenaje -según cuentan los especialistas, como Marcelo Martínez, del sitio Gardel.es- al Huracán multicampeón de los años veinte; pero también a los grandes futbolistas de ese tiempo dorado y de refundación para el fùtbol argentino. "A la Bartolucci" significaba, sin más explicaciones, de palomita. Ya con el tiempo, más de cuatro décadas después, Aldo Pedro Poy la refundó y hasta luego la paseó por el mundo, ya convertida en leyenda. En 1971, le hizo de ese modo un gol a Newell's que valió la eliminación del rival de siempre y más tarde, el título.
No era sólo un militante por los derechos de sus pares ni un crack en ese territorio del rechazo novedoso. Bartolucci era también un destacado futbolista. Perteneció a un tiempo (los años veinte, en los que el fútbol del Río de la Plata era, claramente, el mejor del mundo) y a un equipo (ese Huracán capaz de ser el más campeón de la década junto a Boca) que también a él lo definieron. No estaba en la Selección por casualidad: Bartolucci pertenecía a la elite de aquellos días. Jugaba de lo que entonces se mencionaba como half. Era más mediocampista que defensor, de todos modos. Y aunque está indeleblemente asociado a Huracán, donde disputó 100 partidos y marcó seis goles, vistió otras cuatro camisetas: Sportivo Buenos Aires, Ferrocarriles del Estado, Sportivo Barracas y Tigre.
Bartolucci fue parte de, quizá, el mejor Huracán de la historia, aquel que en 1928 sumó su cuarto título de Liga en el campeonato más numeroso del fútbol argentino (participaron 36 equipos y finalizó en el último día de junio de 1929). Allí jugaban algunas de las grandes figuras de ese tiempo, futbolistas de Selección: Juan Pratto (luego transferido al Genoa, de Italia); Cesáreo Onzari (fundador del Gol Olímpico; paradigma del wing izquierdo); Angel Chiesa (el diez de esos días) y Guillermo Stábile (primer Botín de Oro de la FIFA, en el Mundial de 1930). Y también Bartolucci, ese anarquista que La Palomita.
Texto publicado por el autor del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com
jueves, abril 26, 2018
El himno de nuestra patria quemera
Sopla un viento de triunfos y gloria,
corazones que vibran de fe.
Ya desfilan los grandes campeones
y el concurso aplaude de pie.
En sus pechos diviso la insignia
confundida con el corazón.
Es un Globo de fuego que vuela
rumbo al cielo de su inspiración.
Se oye un grito que se expande
por los aires con afán.
Son millares de gargantas
las que nombran: ¡HURACÁN!
Club glorioso de campeones
con empuje de titán.
Arrogantes corazones
¡HURACÁN! ¡HURACÁN! ¡HURACÁN!
Ya termina el desfile armonioso.
Deportistas de gracia ideal.
Y al espacio se elevan los hurras
junto al Globo que vuela triunfal.
Ya se marchan los bravos campeones
y la hinchada que alienta a la par.
El estadio dormita en silencio.
¡HURACÁN! ¡HURACÁN! ¡HURACÁN!
Se oye un grito que se expande
por los aires con afán.
Son millares de gargantas
las que nombran: ¡HURACÁN!
Club glorioso de campeones
con empuje de titán.
Arrogantes corazones
¡HURACÁN! ¡HURACÁN! ¡HURACÁN
miércoles, abril 25, 2018
Marcos, en la interna de la Selección
Marcos Díaz, el arquero de Huracán, disparó este lunes su bronca en un medio del club contra los medios nacionales: “Tiene prensa exagerada”. Se refería a su colega Franco Armani, a quien un sector del periodismo lo quiere adentro de la lista para el Mundial de Rusia aunque nunca jugó en la Selección. Tenía bronca Bernabé Ferreyra, centrodelantero de Tigre, en 1930 porque se quedó afuera de la lista de 22 que fueron al primer Mundial de fútbol, en Uruguay. Y el Gran Bernabé tomó una medida más drástica: ingresó al sector de prensa de la cancha de Tigre y agredió a varios periodistas. Ayer y hoy, las listas definitivas del Mundial generaron polémicas.
Para mediados de 1930 Bernabé ya se había ganado fama de goleador. Había hecho 11 en 13 partidos en el torneo de 1929 y otros 6 en los primeros 7 partidos del torneo de 1930. La Fiera tenía el apoyo nada menos que de Borocotó, la pluma de El Gráfico. Fue convocado a una prueba decisiva: un clásico con Uruguay por la Copa Newton, el 25 de mayo. Allí, los dirigentes que integraban la Comisión de Selección junto con Francisco Olazar, el entrenador, definirían la lista. El debut con laAlbiceleste de Bernabé fue muy pobre y así lo reflejaron los medios. “Como es de dominio público, la actuación del jugador B. Ferreyra fue desastrosa, hasta el punto tal de que a su forma de jugar débese que los argentinos no alcanzaran una merecida victoria”, dice La Argentina. Fue 1-1 y el gol lo hizo Francisco Varallo, el joven goleador de Gimnasia. Ese día, también Adolfo Zumulzú tuvo una mala actuación.
En la reunión del lunes 26 de mayo se definió la lista. El diario La Argentina advertía: “Esperemos que el criterio que prevalecerá en la sesión de esta noche, será el de hacer las cosas a entera conciencia, sin que preponderen los favoritismos que se vienen cometiendo hasta el presente”. Bernabé y Alberto Cuello, ambos de Tigre, quedaron afuera. Zumelzú y Varallo fueron convocados. Y los centrodelanteros de Argentina fueron Guillermo Stábile, de Huracán (goleador del torneo) y Manuel Ferreira, de Estudiantes, el Piloto olímpico.
El 1° de junio, por la 9ª fecha del torneo, Tigre recibió a Platense en la vieja cancha conocida como del Lechero Ahogado. Allí, Bernabé descargó su bronca. Cuenta La Argentina: “Varios jugadores locales, capitaneados por B. Ferreyra y Cuello, introdujéronse en el recinto de los periodistas y en forma cobarde y a mansalva, agrediéronlos, llegando a herir a uno de ellos de cierta consideración”.
Veinte años después, Borocotó escribió en la revista Pinceladas deportivas: “Fuimos varios los que bregamos por la inclusión de Ferreyra en la selección. Fue elegido y jugó… y muy mal. Los que tanto luchamos por él, quedamos junto con el gordo Monge, completamente desorientados. Salió de la cancha silbado y abucheado. Después supimos la verdad: esa mañana del partido Bernabé había donado sangre para su hermana enferma…”.
La bronca quedó atrás. Durante el Mundial se fue de gira con Huracán. Más tarde con Vélez. En 1932 pasó a River por 35.000 pesos, alcanzó fama y gloria, y fue el mejor de su época.
*Texto publicado en Trece Décadas, de Clarín.
viernes, marzo 30, 2018
No jodan más...
Huracán 1-Banfield 1
No jodamos más con los arbitrajes. Basta. No puede ser que sucedan penales que no existen...
Mucho menos en el Día del Adiós a René.
Eso.
Todo eso.
jueves, marzo 22, 2018
La espera de René
René Houseman, en acción ante Boca. Eran otros tiempos.El hombre mira con la única cara posible: la de la decepción. Llegó hace un rato a ese palco del Diego Maradona para seguir al club en el que se convirtió en crack universal, del que se hizo hincha y referente de todos los tiempos. Le duele este presente de Huracán. Le parece una mentira comparada con aquella vuelta olímpica de 1973, abrazado con los emblemas de los años 20, que aún vivían y ya no están. Pero ahí anda René Houseman, sentado, atento. Como si aguardara un milagro...
O algo así: espera que un día, alguna vez, quizá este domingo, Huracán finalmente le gane a Boca como en sus días felices, como cuando el Globo de Jorge Newbery en el pecho era un motivo de orgullo, una señal de protagonismo. Conoce la racha: Hu racán no triunfa ante su archirrival de la Asociación Amateur desde 1994 y en el historial reciente apenas rescató tres puntos en los últimos 18 partidos anteriores al que está sucediendo bajo el cielo de La Paternal.
En las tribunas, está a la venta un libro que cuenta su historia. Se titula: "René Orlando Houseman. Corazón Villero". Su historia es la del paradigma del wing derecho, la del potrero volcado al campo de juego, la de la reivindicación de lo lúdico.
En el campo de juego, también como un testimonio de este tiempo, Carlos Casartelli intenta sin éxito una vez más; la pelota le rebota; no puede gambetear; choca contra los defensores; pierde; sale reemplazado antes del final del primer tiempo. Usa la camiseta con el número siete en la espalda, la del Loco, la de René, la del Hueso, la de ese hombre que seguirá esperando el milagro de un triunfo ante Boca. Ese hombre advierte que ya no sucederá en esta tarde sobre el césped del Cajón de Boyacá. Luce la previsible amargura de otra derrota. Sabe que no son días felices.
Texto publicado por el autor del Blog, en Clarín.
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