La esencia Quemera en su estado más puro. Un recorrido por el pasado de Huracán, un retrato de su presente, una mirada para ofrecer caminos. Desde 2006, un espacio de pertenencia de nuestro Globo entrañable.
Huracán estará otra vez en la Feria del Libro del Buenos Aires. Se trata de una consolidación del vínculo entre el club de Parque de los Patricios y la cultura. También de una demostración de su identidad, del apego a sus orígenes, al barrio, a su zona de influencia, ese territorio de nacimiento del tango.
Será la décima vez consecutiva que participará de este evento. Desde aquella cita inaugural de 2008 a esta ocasión pasaron presentaciones de libros, expositores diversos, historias contadas por sus propios protagonistas, muestras de materiales didácticos para los huracanenses futuros. Hubo bailarines, cantantes, escritores, periodistas, deportistas, dirigentes, amigos. Sobre todo, quemeros. Como Horacio Ferrer, René Houseman, Néstor Vicente, Antonio Mohamed, Horacio Pagani, Paolo Goltz, el Padre Pepe, Marcos Díaz, entre tantos otros.
Incluso un libro -"Huracán en el Bicentenario de la Patria", declarado de interés cultural por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires; impulsado y desarrollado por Susana Aradas- se presentó en el 2010 en la Feria de nuestra ciudad y luego fue parte de la de Frankfurt, una de las mas relevantes del mundo.
El stand de Huracán, en el que se ofrecerán libros y merchandising del club a precio promocional, se encuentra ubicado en el Pabellón Ocre y tiene el número 3142. Será el más grande ofrecido por la institución en esta década de presencia ininterrumpida.
El evento central en tanto, tendrá lugar el lunes 8 a las 20 horas en la sala Jorge Luis Borges. Allí se presentarán los libros: "Huracán, 108 años de cultura y deporte - 10 años en la Feria del Libro", de Néstor Vicente, presidente de la Subcomisión de Cultura y Acción Social del club; y una obra para chicos "Pintó el Globo", de Natalia Suárez y Daniel Pereyra, donde se repasa la historia de Huracán desde una mirada lúdica y artística.
En tanto, dos días después, a partir de las 19.30, Patricio Toranzo -uno de los grandes referentes deportivos de esta década de Huracán- estará firmando ejemplares de su libro “El que volvió para ser campeón y lleva a el globo en la piel”, cuyo autor es el periodista y escritor Alejandro Gorenstein.
Diego Mendoza fue la cara más feliz de Huracán en el debut en la actual edición de la Copa Argentina, en el triunfo por penales ante Defensores Unidos de Zárate. Hizo los dos goles del equipo, convirtió su penal y ofreció su lucha. Suficiente para ser el mejor en ese territorio cada vez más Quemero: Santa Formosa.
Copa Argentina: Huracán 2 (3) - Defensores Unidos 2 (1)
Estuvimos al borde del papelón, de quedar afuera contra un equipo de la C. Se jugó mal y se defendió peor. Apenas hubo destellos para destacar (la lucidez de Rolfi Montenegro; la tenacidad y los goles de Mendoza). Y el fantasma de San Marcos para cuidar el arco en los penales (cuarto triunfo en cinco definiciones por Copa Argentina para el superhéroe de la edición 2014).
Sólo queda la buena noticia: seguimos vivos en la Copa. Y eso -sabemos- no es poco. A pesar de todo...
Los datos del libro Historia del Profesionalismo, de Pablo Ramírez. A mediados de los años cuarenta, San Lorenzo y Huracán sumados acumulaban más socios que los otros rivales de los clásicos más importantes, Boca-River e Independiente-Racing. Un síntoma de otro tiempo.
Ante un rival que pelea por el título (al menos en apariencia), frente a un arbitraje bochornoso (en el gol de Estudiantes había seis jugadores en posición adelantada), a pesar de la desventaja, se rescató un punto que suma. Y se lo logró por méritos propios, por capacidad de lucha.
No es demasiado. Pero sirve para seguir construyendo. Se sabe: tenemos un arquero enorme, el mejor del fútbol argentino. Un tal Marcos Díaz. Se reconoce: no es simple convertirle un gol a Huracán. Sin embargo, es cierto: desde que no está Wanchope Abila, el gol es una cuestión esporádica.
Ahora, tras este empate y esta racha aceptable (una derrota en ocho partidos), el objetivo prioritario de evitar el descenso no es una lejanía. Hay que seguir en este recorrido de equipo bravo. Más allá del punto...
Antonio Banderas y su recuerdo de nuestro Sebastián Viberti. El actor cuenta un asombro: una lesión lo acercó al cine y a los escenarios y dejó en el camino al futbolista que El Cabezón entrenaba.
Huracán 1-Arsenal 2
Arsenal, que parecía roto, desarmado, deshecho, sumó tres puntos de apariencia imposible bajo el cielo del Palacio Ducó. Le ganó a Huracán con astucia, con el azar que lo abrazó y con un gol tardío nacido de las dificultades de su rival. Al cabo, el 2-1 de Arsenal cuenta una situación nueva en la lucha por la permanencia: nadie está a salvo. Lo dicen los datos: Huracán llevaba seis partidos sin derrotas y hacerle goles se parecía a una quimera (sobre todo en Parque de los Patricios); Arsenal perdía a cada paso; llevaba cinco derrotas en serie. Y triunfó.
El desenlace que mostró feliz a Humberto Grondona no es más que la certeza de que el entrenador de Huracán se está equivocando con cierta regularidad. Juan Manuel Azconzábal sienta en el banco a aquellos futbolistas que construyeron los mejores días del Huracán reciente. Pero no se trata de una cuestión de nombre y de pertenencia. El juego lo exhibe, lo desnuda. Huracán cayó en desventaja (por ese golazo de tiro libre del encantador Brunetta) sin ninguno de sus mejores intérpretes técnicos en el campo de juego.
Romero Gamarra ingresó en el entretiempo por un Bogado ajeno a aquellos aplausos de jornadas no tan lejanas. El Kaku -como le dicen a ese morochito que se anima a todo- condujo a Huracán al empate. El gol llegó por un centro de Mariano González -siempre lúcido- y por un cabezazo del constante Briasco. Pero en el juego, Huracán mejoró cuando Azconzábal se deshizo de su idea de ese falso 4-3-3 en el que nadie participa de la creación.
Huracán fue mucho mejor cuando apostó a lo que su entrenador no quiere. El 1-1 parecía la consecuencia lógica entre un equipo incapaz de construir victorias (Arsenal llegó al Ducó con apenas ocho puntos) y otro preso de una búsqueda que no siente. La situación invita a una pregunta clave: ¿Es admisible que estén sentados en el banco tres protagonistas influyentes de los mejores días cercanos de Huracán, aquellos de la Estrella Trece y de la final de la Sudamericana?
La victoria de Arsenal llegó de modo tardío, tras una pésima cobertura de Fritzler, un centro y una definición de Sánchez Sotelo. Pero esa fue la consecuencia. Huracán comenzó a perder este partido clave en el momento en el que decidió dejar afuera a los que juegan mejor.
Texto publicado en Clarin por el fundador del Blog.
No quedaba nada más que todo lo mal que el equipo había jugado y un puñado de segundos. Entonces, llegó el centro de Villalba, el rechazo de los centrales y ese golazo de Romat. Y ese grito compartido y ese desahogo de todos. También ese punto que permite llevar a seis la cuenta de partidos sin perder.
La Miravé, el día del estreno, en 1947, justo antes del 4-3 en el Viejo Clásico ante Boca. No hay lugar para nadie. Récord de espectadores para esa tribuna. Cuentan que al salir ni pidiendo permiso se podía mover un pie.
Fue eso: un grito, un punto que suma. Se jugó poco, se metió mucho. Hubo intensidad, faltó creatividad. Se luchó con bravura, que no es poco. Así, el equipo se mantiene a salvo.
Siete de nueve en 2017; la sensación de que hay una idea y cierto orden; también la percepción de que hay un convencimiento colectivo. De todos modos es cierto: falta un centrodelantero, falta gente que haga goles. Y ese detalle es una ventaja que lastima. Se trata, sobre todo, de un error inadmisible en los días de mercado abierto...
Año 1954, Huracán golea Racing, ya cerca del final de la Primera Rueda. Aquel 25 de julio el Globo de Newbery se impuso 4-1 con una particularidad: los cuatro tantos los convirtió Elio Montaño. Otro detalle que exhibe la imagen: el estadio luce repleto, al margen de la floja campaña. Y no es casualidad: a pesar de finalizar decimoquinto, esa temporada Huracán vendió un promedio de 16.423 entradas por partido, el más alto de su historia. Sirven los datos comparativos: el promedio de Boca en el Profesionalismo es 18.152; el de River, 16.813; y el de San Lorenzo, 12.194.
Huracán 2 - Defensa 0
Huracán terminó gritando, en su Parque de los Patricios. De felicidad y de desahogo. Es lógico:este 2-0 frente a Defensa y Justicia es ni más ni menos que su tercera victoria consecutiva en el torneo. Y es, sobre todo, otra cosa:la posibilidad de engrosar su promedio en la lucha prioritaria por permanecer en Primera. No le sobró nada. Pero dejó una impresión valiosa:hay un equipo dispuesto a la lucha. A no regalar nunca nada.
Es un caso raro el de Huracán. En el segundo semestre del año pasado padeció la falta de contundencia (adjudicada, con razón, a la partido de Wanchope Abila, su goleador y talismán) y el desamparo del azar en varios partidos. En este regreso del fútbol, más allá del inesperado golpe recibido en Venezuela (aquel 0-3 frente a Anzoátegui, por la Sudamericana), Huracán consiguió una suerte de milagro:que aquellas carencias se transformaran en virtudes. Lo había mostrado en San Juan, la semana pasada:en el 1-0 a San Martín se puso en ventaja en su primera llegada, al principio del partido. Lo exhibió de nuevo ayer, ante Defensa: mientras el Halcón comenzaba a tomar vuelo bajo el cielo del Palacio Ducó y se adueñaba de la pelota, Huracán convirtió goles en sus dos primeras llegadas a fondo. Eficacia pura. Ventaja enorme.
Ambos goles tuvieron un parentesco: los construyó por donde sabía que podía obtener ventaja. La derecha del ataque, la izquierda de la defensa del equipo de Florencio Varela. Beccacece asume riesgos:puso una defensa de tres contra los tres delanteros de Huracán. Cualquier volante o lateral del local que se sumaba por afuera complicaba. Y eso aconteció:a los 13, penetró Nicolás Romat, aprovechó que Gabriel Arias estaba mal parado y coló la pelota por el primer palo. Seis minutos después, a la salida de un lateral, Mariano González hizo un gol propio de sus mejores días (quizá aquellos del Porto o del Inter de Milan): dos gambetas en espacios reducidos y un zurdazo al ángulo. Para aplaudir por todo el tiempo que le quedaba al partido. Otra detalle para aplaudir mucho: los enganches frecuentes y las gambetas en velocidad de Julio Angulo
El primer gesto de Azconzábal tras el segundo gol fue elocuente y sencillo:“Pensemos, pensemos”. Y eso comenzó a hacer Huracán: comenzó a administrar la diferencia, a jugar con calma. No sufrió en demasía, a pesar de retroceder en el campo de juego. Además, ante las pocas llegadas profundas de Defensa, apareció Marcos Díaz, esa habitual garantía. En las dos más claras del rival resolvió -puro reflejos- ante Bouzat y Castellani. Ya en el segundo tiempo, repitió ante Stefanelli y con un tiro libre de Rafael Delgado.
Tuvo oficio Huracán para sostener la segunda mitad del partido. Hizo lento el trámite en nombre de su beneficio, le quitó ritmo a Defensa, le recortó espacios en la gestación de juego. En suma, fue astuto para hacer valer aquella ventaja del comienzo. Defensa, es cierto, mereció descontar. Pero mucho más por voluntad y constancia que por claridad. Pero al cabo este Huracán bravo y dispuesto a la lucha volvió a dejar su arco en cero. Ese número desde el que comienaza a construir victorias. Y a mejorar su promedio.
Texto publicado con Guillermo Tagliaferri, en Clarín.
Un viejo duelo contra Racing, en 1939. Dos de los gigantes del Amateurismo, en días de Profesionalismo. Un estadio repleto, el de Avellaneda, con clima de clásico. Los dos iban por su primer título en la nueva era. En aquel año, Huracán -con La Aplanadora de Masantonio- venció a todos los otros grandes y finalizó subcampeón. Era un lujo verlo, cuentan.
El Globo de Newbery finalizó esa temporada como subcampeón junto a River, detrás de Independiente. Además, recibió las medallas en su condición de vencedor de la Primera Rueda (ya en 1941, Huracán se impuso 2-1 a Independiente en el desempate para determinar al ganador de esa instancia). Una campaña notable para un marco de lujo y expectativas multiplicadas.
Huracán se trajo de San Juan tres puntos fundamentales para enderezar su situaciòn respecto del promedio. No le sobró nada, pero le alcanzó con ese gol de Norberto Briasco y la recomposición de su estructura defensiva (sobre todo a partir de los regresos de Marcos Díaz, Mancinelli, Bogado y Fritzler).
En una cancha frecuentemente hostil (en la que siempre había perdido en la A), el equipo de Azconzábal supo golpear de entrada y de sostener con tenacidad y con oficio la diferencia. No es poco para un equipo que venía muy herido tras el debut en la Sudamericana (0-3 ante Anzoátegui, en Venezuela).
Ahora, es tiempo de volver a confiar. De crecer. De sumar. Sí, para seguir respirando.
Jorge Tittonel, en la tapa de El Gráfico, en los años cuarenta. Jugaba de half izquierdo, con esa zurda que exhibe en la tapa como garantía. "Dinámico", lo definía la revista deportiva más jerarquizada de entonces.
Disputó más de 200 partidos con el Globo de Newbery en el pecho (205 sólo por torneos de Liga) y participó de las tres Copas Nacionales consecutivas que ganó Huracàn entre 1942 y 1944. Se despidió de su club en 1946.
Copa Sudamericana: Deportivo Anzoátegui 3 - Huracán 0
No hay caso: Venezuela le sienta mal a Huracán. Lo volvió a vivir esta vez. En 2015, perdió 3-0 frente a Mineros y se quedó afuera de la Copa Libertadores. El año pasado, también cayó ante Caracas (pero accedió a la fase de grupos de la máxima competición continental) y luego del encuentro, rumbo al aeropuerto, el micro se accidentó y no hubo muertos sólo por milagro. Ayer, contra Deportivo Anzoátegui cayó en su estreno en la Copa Sudamericana, tras un primer tiempo desastroso. Ahora, en la revancha del 31 de mayo, deberá reconstruirse desde los escombros que dejó esta goleada.
Ni el más pesimista de los hinchas de Huracán podía imaginar ese comienzo con tantos cachetazos juntos. A los 21 minutos, luego de una sucesión de errores defensivos, el equipo de Parque de los Patricios ya perdía 3-0 frente al Deportivo Anzoátegui. Un golpe tras otro, de entrada, en frío, casi un nocaut de tres trompadas precisas e inesperadas.
El fútbol tiene esas curiosidades: justo antes de que el equipo de Venezuela marcara los tres goles en 14 minutos (entre los 7 y los 21), Mariano González tuvo una chance inmejorable de poner a Huracán en ventaja, mano a mano frente al arquero Beycker Velásquez. Después llegó el vendaval vinotinto...
Hubo una razón poderosa para que Huracán sufriera tanto: los rotundos fracasos individuales en defensa. Luca Sosa volvió a equivocarse como en el amistoso frente a Racing (3-4, en Avellaneda). En aquella ocasión vivió una pesadilla con Gustavo Bou durante el segundo tiempo; en Puerto La Cruz padeció ante cada rival que se le cruzó en el camino. El marcador central -una de las apuestas de Ricardo Caruso Lombardi en su breve y flojísimo ciclo al frente del plantel- no hizo pie y se mostró impreciso en las salidas. Para colmo, no lo salvaron sus compañeros: ni el arquero Matías Giordano (reemplazante del titular indiscutido Marcos Díaz, suspendido) ni el capitán Martín Nervo ni ningún otro.
En el primer gol, Charlis Ortiz entró amagando al área visitante con una naturalidad propia de un paseo por algunas de las playas que rodean a esta ciudad. Pasaron Sosa, Nervo y Giordano y el atacante de Anzoátegui aprovechó y definió. Cuatro minutos después, un contraataque, otra vez agujeros en la defensa de Huracán y penal inevitable de Giordano, quien se salvó por poco de la expulsión. Ricardo Martins lo cambió por el gol del 2-0. Siete minutos después, una torpeza de Sosa en la salida le permitió a Néstor Canelón irse solo frente al arquero y establecer el 3-0.
Huracán trató de rearmarse. Pero le costó. Tuvo la pelota, buscó. Le faltó precisión en los últimos metros para alcanzar el descuento antes del descanso. En la más clara, el arquero Velásquez evitó el gol ante un derechazo de Julio Angulo.
Para el segundo tiempo, el entrenador Juan Manuel Azconzábal intentó una modificación audaz: incluyó a Lucas Chacana -un extremo- por Sosa. Estaba claro: había que ir tras los pasos del descuento. Arriesgó, fue, generó espacios, lo puso a Anzoátegui contra su arco. Tuvo chances de convertir. Pero chocó contra una de las figuras de la cancha: Velásquez, el arquero local.
Así no pudo acceder a ese pretendido descuento. Y sobre el final casi termina siendo peor. Con espacios, Anzoátegui quedó al borde del cuarto gol y Huracán se quedó con diez por la expulsión de Nicolás Romat y ya sobre el final con nueve con la roja (por doble amonestación) a Lucio Compagnucci.
Ahora llegará el tiempo de rearmar un rompecabezas roto para la revancha. Lo saben todos en Parque de los Patricios: no será sencillo dar vuelta la serie. Seis suspendidos y tres goles por remontar. Pero la posibilidad existe. Y esa será la búsqueda de Huracán. A pesar de esta noche desencantadora. A pesar de todo.
El máximo ídolo de la historia del Real Madrid marcó su primer gol profesional jugando para el Globo de Newbery. También, su primer doblete (en un memorable 3-2 ante San Lorenzo, en el Clásico de Barrio más grande del mundo, en el desaparecido Gasómetro de Avenida La Plata). Esa temporada, llegado a préstamo de River, Di Stéfano fue el máximo anotador del equipo con 10 tantos en 25 encuentros. De algún modo o de todos, Huracán fue la cuna de sus goles.
El partido sirvió como puesta en escena general de cara a las competiciones oficiales que se avecinan. Y permitió sacar algunas conclusiones valiosas: la primera, hay una idea; la segunda, hay una búsqueda convencida detrás de ella; la tercera, se percibe trabajo detrás de ambas.
Es cierto, hubo errores individuales inadmisibles (fue el peor partido de Luca Sosa, por lejos) en el ámbito profesional, pero eso no inhibe la sensación optimista de cara al semestre que se avecina. El Huracán del Vasco invita a ir a la cancha. Y a creer.
*El mejor partido y el de más goles entre todos los Torneos de Verano.
Norberto Méndez, nuestro Tucho, en la tapa de El Gràfico. Con la camiseta de Huracán, en 1944, el año de la vuelta olìmpica en la Copa Competencia Británica, la Estrella Diez. y con la camiseta de la Selección, en 1945, el año de otro título en la Copa América, con el crack de La Quema como máximo anotador de la competición (con seis tantos, junto al increíble Heleno de Freitas). Méndez fue una de las grandes figuras de aquella prolífica década del cuarenta para el fútbol argentino.
El tango, en la Sede de la Avenida Caseros, en 1944. Las mejores orquestas tocaban en Parque de los Patricios. Y Huracán se ofrecía como espacio solidario. Tradición e impronta Quemera.
Diego Mendoza y Patricio Toranzo, en la tapa del diario Olé. El recuerdo de la tragedia que se hizo milagro. También ahora, en la antesala del regreso a Venezuela, en el debut en la Copa Sudamericana ante Deportivo Anzoátegui, el primer día de marzo.
Ernesto Lazzati, de Boca, y Manuel Giúdice, de Huracán. Dos centrojás emblemáticos de los años treinta y cuarenta. También las caras de un duelo con ambiente de clásico, herencia de los gloriosos años veinte.
El acceso a esta competición se dio gracias a la participación del equipo en el torneo de Transición 2016 (el que se jugó en el primer semestre): Huracán finalizó quinto en la Zona 2, tras pelear por el acceso a la Final y a la Libertadores, y noveno en la Tabla General. Esa ubicación le permitió entrar a la Sudamericana como Argentina 4, detrás de Independiente, Arsenal y Defensa y delante de Gimnasia La Plata y Racing.
Y para eso hubo un partido clave: el 3-1 frente a Lanús (el del video, el del golazo de Bogado y el de la despedida con doblete de Wanchope Abila), en la última fecha. Si Huracán empata o perdía frente al que sería a la semana siguiente campeón (al vencer 4-0 a San Lorenzo en la Final) se quedaba sin nada. En el momento no se sabía de la relevancia del encuentro porque el modo de clasificación se confirmó cuando se modificó el formato de las competiciones sudamericanas (desde ahora serán anuales y no semestrales). Ahora es una certeza feliz: aquel partido era una final. Y la ganamos.
Ringo Bonavena, siempre astuto, después de una victoria de Huracán frente a San Lorenzo, en 1969. Enfrente, el entrenador rival Manuel Giudice (sí, el mismo crack que usaba el Globo de Newbery en el pecho). Adentro de la cancha, victoria por los puntos. Afuera de la cancha, por nocaut...
En la repetida discusión ajena respecto del sexto grande histórico del fútbol argentino existe un detalle imparcial e inobjetable. Se trata de la emblemática y exitosa publicidad de los cigarrillos Imparciales, ícono de la década del 50.
Hay una historia detrás de tal imagen: en 1942, tiempos de Tomás Ducó en la conducción del club, la AFA modificó sus estatutos para incluir a Huracán en el grupo de "los grandes" (aquellos clubes cuyo voto en la Comité Ejecutivo de la AFA valía tres). Entonces Huracán, que había sido el más campeón de la década del 20 junto a Boca y que en 1941 estaba tercero en la cantidad de socios, se sumó a la lista que ya componían, desde 1937, Boca, River, Racing, Independiente y nuestro archirrival San Lorenzo. En esa primera manifestación, Huracán -junto a Estudiantes y a Gimnasia, ambos de La Plata- tenía dos votos y figuraba entre los ocho clubes con votos privilegiados. El resto, los denominados "chicos", tenía un voto.
En 1946, la AFA realiza su última manifestación respecto de tal condición: repite a los mismos seis equipos en la elite. A partir del año siguiente, se determina que el voto de cada club vale lo mismo: uno.
Por esta razón, muchos especialistas y aficionados consideraron tradicionalmente a Huracán como un grande más, condición que arrastraba desde los tiempos del amateurismo. Por esta razón, la marca Imparciales sacó en los 50 una popular publicidad bajo el pomposo eslogan "el séptimo grande". Y allí, al lado del atado de cigarrillos aparece la camiseta de Huracán. Claro, como un grande.
Adolfo Pedernera y Arsenio Erico, dos gigantes, en 1947.
El 20 de abril de 1947, en el Gasómetro, Huracán goleó 4-0 a Atlanta, ante unas 70.000 personas (se vendieron 33.400 localidades). Esa tarde debutaron Arsenio Erico, el máximo goleador de la historia del fútbol argentino, con el Globo de Newbery, y Adolfo Pedernera en el equipo de Villa Crespo (foto). Y más allá de que en Parque de los Patricios el impresionante delantero paraguayo mostró sólo retazos de su estirpe (no hizo goles en sus siete encuentros disputados), aquella presentación resultó también un hito: siete décadas después, aquel partido mantiene el récord de público para un encuentro no disputado por los otros cinco grandes (Boca, River, Racing, Independiente y San Lorenzo). Otro detalle inequívoco de la histórica militancia quemera.
El Gasómetro, repleto para ver a Huracán ante Atlanta.
Comenzó el ciclo de Juan Manuel Azconzábal. Primeras palabras, tras la práctica inaugural. Huracán, con El Vasco, el primero en ponerse a trabajar en esta pretemporada.
Oscar Natalio Bonavena fue ídolo, referente popular, boxeador exitoso, contestatario irreverente, un fanfa bonachón, un personaje entrañable... Pero sobre todas las cosas fue una: el perfecto representante de la esencia quemera. Que la popular local del Tomás Adolfo Ducó lleve su nombre es, apenas, un mínimo testimonio de su condición de paradigma del quemero.
Este año se cumplieron 40 años de su fallecimiento. Lo que sigue es un precioso retrato de Ringo, realizado por la periodista uruguaya María Esther Gilio para la revista montevideana Marcha, en 1967:
“Yo le gano a ése. A ése y a cien como él”, dijo Ringo; y miró hacia la cámara con expresión desafiante. Pero enseguida sonrió y guiñó un ojo. “Ringo ahora saluda”, explicó el locutor, como si los televidentes fueran ciegos. “¿A quién está dedicado ese saludo, Ringo?” “A los pibes de mi barrio. A los pibes de Boedo que me están mirando”, dijo; y volvió a sonreír sin saber muy bien hacia qué cámara dirigir la mirada. Dos días después se entrenaba en el Luna Park. Un portero guardaba fervorosamente la entrada del gimnasio. Cualquiera podía creer que detrás de esa puerta se encontraba el jardín de las Hespérides. Tan celoso era su cuidado, tan ansiosas las miradas de los que quedaban fuera. Cuando Ringo, después de dos horas, apareció distribuyendo sonrisas de héroe cansado, una ola de excitación recorrió a los chiquilines que también desde hacía dos horas husmeaban la entrada y conjeturaban sobre entrenamientos, campeonatos, zurdazos y dólares. Ringo se dejó palmear por uno, simuló tirar un puñetazo a otro y girando rápidamente me emplazó con su índice. “¿Usted es la uruguaya? ¿Así que quiere hacerme un reportaje en casa de mi vieja? ¿Sabe una cosa? Eso fue lo que más me gustó. Eso... que quiera conocer a la vieja. Venga, tengo la cachila afuera.” La cachila, un Mercedes sport blanco tapizado en cuero negro, sin desmedro, podía integrar las ensoñaciones del emir de Kuwait. Ringo se acercó y le palmeó el capot con aire tierno. “Seis millones”, dijo. “¿De dólares?” pregunté distraída. “¡Ah, no! Pero usted está loca...” y acercándose con mirada interrogante: “Digame, ¿es buena periodista usted?”. –¿Por qué? ¿Solamente se entrega a los buenos? –pregunté. –No... pero como además es mujer... Suba. –Quédese tranquilo... mis amigas dicen que soy buena. –Mis amigos también, pero yo tengo... –Sí, muchas copas y medallas para demostrarlo. –Eso es. Y empresarios que me pagan cualquier plata. –Un millón. –¿Un millón? Por un millón no levanto este dedo. Quizá veinte millones por una pelea. Hace poco gané en una noche veintiséis millones –dijo. Y se quedó mirando la cara que yo ponía. Para no decepcionarlo abrí la boca extasiada. –¡Ah!... –¿Vio? –dijo, y pegó un frenazo que me tiró contra el parabrisas. –Ringo... no se olvide que aquí adentro hay un campeón. Sonrió. –Yo manejo rápido. ¿Tiene miedo? Este auto da más de doscientos. ¿Por qué no empieza con las preguntas? –¿Qué cree que estuve haciendo hasta ahora? Volvió a mirarme con expresión desconfiada. –¿Será buena periodista usted? –Soy mala... pero muy honesta. Soltó una carcajada. –Ahí me hace acordar a la vieja que siempre quería hacerme entrar con alguna muchacha fea pero muy trabajadora. Estábamos rodeando Plaza de Mayo. Ringo había aminorado la marcha del auto y miraba atentamente hacia un grupo de chicos y palomas. –¿También usted venía aquí de niño, a dar de comer a las palomas? –De pibe venía, sí... y ahora también vendría... uno siempre tiene algo de pibe. Yo veo a los chiquilines pateando una pelota o remontando un barrilete, y se me van las manos. Uno siempre tiene dentro algo de cuando era chico... y eso es lo mejor. Mire esos pibes con las palomas. ¿Usted se cree que a mí no me gustaría estar allí con todas las palomas alrededor?Que alguna se me viniera arriba... bien confiada... y cuando menos se lo espera ¡chácate!, dejarla dormida de un manotazo. –¿Qué? –Mire, yo tengo un 28, un 22 y un Winchester, pero me gusta la honda. ¡Qué me vienen a mí con la caza mayor! No hay como la honda. –¿Era muy peleador de chico? –Me peleo ahora, ¿no me iba a pelear cuando era pibe? Vea ese idiota; ése, allí adelante, que no me deja pasar... (Gritando.) ¡Cara de mandarina! (Riendo.) Le digo eso porque estoy con usted, si no...
–¿Nunca llega a las manos? –¿Usted está mal? Está prohibido, un boxeador no puede. Pero de chico me saqué las ganas. Peleaba en todas partes, en las canchas, en la escuela. –¿Cómo le surgió la idea de hacerse boxeador? –(Se tapa la cara.) Yo cuando era chico tenía la misma cara que ahora. Todos me decían: ¿Vos sos boxeador, pibe? y la vieja siempre me disfrazaba de boxeador. Dios me hizo boxeador. Bueno... yo digo Dios como puedo decir mi mamá. –Dios y su madre... más o menos lo mismo. –A Dios no lo conozco, a mi vieja sí. Es lo más grande que hay. (Y quedó por algunos minutos totalmente ausente.) –Se quedó muy abstraído, Ringo, ¿en qué estaba pensando? –Estoy pensando que si mi hija nace el mismo día que yo es un fenómeno. –Aunque no nazca el mismo día, igual es un fenómeno. –¿Vio? ¿Lo va a decir? –Seguro. Habíamos dejado el centro y atravesábamos el Once. El grito de “chau Ringo” se hizo entonces tan frecuente que casi no hablábamos. –Por aquí lo conoce todo el mundo. –Estoy entrando en mis barrios, aquí soy un ídolo. –Las mujeres lo deben volver loco. –Nooo... además, yo a las mujeres... poca bolilla. (Se llevó el pelo hacia atrás con los dedos entreabiertos.) Mire para enfrente. ¿Ve esa casa? Me la acabo de comprar. Ahora le estoy haciendo pileta. Es barrio berreta pero estoy cerca de la casa de la vieja, me río del mundo. Dos cuadras más adelante detuvo el auto, señaló hacia la derecha y dijo: “Aquí vive la vieja”. Tenía el aire de estar diciendo: “Aunque parezca mentira todavía existen los milagros, mi madre vive allí, en esa casa que parece igual a todas”. Bajamos y, sin golpear, entramos. Dos señoras y un boxer nos salieron al encuentro dando grandes muestras de contento. “¡Tití! –decía una de las señoras– ¡sólo tengo milanesas!” Me como siete –dijo Ringo, sin ánimo de broma. Pasamos a la cocina. Todo se agitaba alrededor del campeón. Eran las tres de la tarde pero la cocina volvió a encenderse y la heladera a abrirse y cerrarse. Aparecieron las milanesas, pero también ensaladas, quesos, choclos, papas, buñuelos, sopa, vino (por supuesto con soda), y ante mí, que había aceptado un café, un tazón colosal rebosando café negro. Ringo comía, toreaba alternadamente a la madre y al perro, y respondía a mis preguntas. –Cuénteme su primera pelea. –¿Te acordás vieja? Yo era un pibe, tenía diecisiete años. (Quedó en suspenso, con el tenedor a medio camino hacia la boca, creo que enternecido por su propia imagen de nueve años atrás.) Un pibe con unas ganas locas de pelear. Tiré piñas por todos lados... No veía, le pegué hasta al referí. A mi manager no le pegué porque me agarró la mano a tiempo –dijo y volvió a concentrarse en la comida. –No se olvide, diga que mi perro es un boxer. –Bueno. –Mírele la cara. Tiene cara de boxeador como yo. –Tiene. ¿Cuál fue su mejor enemigo? Ringo levantó la cara y volvió a mirarme con las cejas juntas. Creo que por tercera vez quería preguntarme: “¿Será buena periodista, usted?” Le sonreí. Desfrunció las cejas, y balanceando la cabeza en un gesto de “hay que tener paciencia, es mujer”, se dispuso a contestarme. –Un peleador no piensa en eso. El termina la pelea y chau, mejor dicho, al otro día va a cobrar y chau. –Es decir, que una pelea nunca da origen a una especial relación entre los que intervienen, ya sea de amistad o enemistad. –¿Quiere decir si alguna vez me hice amigo del que peleó conmigo? –Sí. –De José Georgetti. Era un gordo fenómeno. Andaba en la mala, no acertaba una. Peleamos y a mí me descalificaron, decían: “Le ganó a Ringo”. Con eso repuntó bien, le volvieron a dar buenas peleas. En la casa colgó un retrato mío. Cuando yo peleo viene a verme y me dice: “A ése tenés que darle con la zurda” o “no le des mucho al principio, cansalo”... y todo por esa pelea.
–Mientras pelea, ¿oye lo que el público le grita? –Cuando recién empecé oía como quien oye llover. Tenía menos responsabilidad, me quedaba tranquilo. Ahora es distinto. –¿Y qué le gritan? –¡Vieja! Vení, oí, mirá si le voy a decir lo que me gritan. La madre se acercó y dijo: “A veces se acuerdan de mí”. –Eso sí que me da rabia. Pero lo que más me gritan es: “Dale, maricón, anda a dormir a tu casa...” –¿Cuáles son las condiciones más importantes para un boxeador? –Que sea guapo y que sepa crear arriba del ring. –¿Qué quiere decir eso? –Sí, no debe esperar lo que le diga el manager. El manager le dice: “Pegale al hígado, al estómago”. Hay algunos boxeadores que oyen, y le meten nomás al hígado, y eso está mal. Hay que pegar por otro lado, más arriba... y cuando el tipo se descuida, chau, darle al hígado. –Usted tiene fama de fanfarrón. –Soy muy fanfarrón. –¿Nunca tuvo miedo? –¿Arriba del ring? No. –¿De verdad? –¡Arriba del ring no! –y luego riéndose a carcajadas–: Tengo miedo arriba del avión. Si tuviera ese miedo cuando peleo no podría pelear. –Vamos a pensar que usted sube al ring. Al tipo con el que va a pelear nunca lo vio antes o lo vio de lejos. En cuanto lo ve, ¿tiene ganas de pegarle o las ganas le van viniendo de a poco? –No, no, yo trato de tenerle rabia para poder pegarle con ganas. Por ejemplo que en el diario o en la radio haya dicho “A Ringo yo lo mato” o algo así. –¿Habla mientras pelea? –Yo no soy de hablar mucho. –¿Otros boxeadores, sí? ¿Qué dicen? –Y... pueden decir “mientras vos estás aquí ¿sabés con quién está (disculpe) acostada tu novia?” o cosas por el estilo. –Cuando termina una pelea, ¿qué tiene ganas de hacer? ¿Qué hace? Ringo se da vuelta y mira a la madre que no ha dejado de trajinar a su alrededor llevando y trayendo platos. “El Tití siempre viene para casa después de las peleas”, dice la madre. Y luego Ringo: “¿Vio?” “Sí –añade la madre–, ¿pero quién hizo el sacrificio para formar ese cuerpo?” Yo no entendí bien y quedé mirándola. A su vez Ringo quedó mirándome a mí. Por fin dijo: –Pero mire que usted es buenas noches... La vieja le quiere decir que este cuerpo lo hizo ella. Estos noventa y tres kilos a la sombra. ¡Toque!¡Toque aquí! –y se acercó con el brazo doblado– ¡Pero toque bien que no muerde! –¡Fantástico! –Dijo bien. Fantástico. Volvió a sentarse y comenzó a comer la fruta. –Cuénteme cómo fue la pelea con el campeón mundial, en Estados Unidos. –Qué quiere que le cuente, si no vi nada. Me dio cada piña que no sabía ni cómo me llamaba. Mala noche, malísima –dijo y con el sifón echó un chorro de soda al perro que ladró sorprendido–. ¿Sabe cómo se llama mi perro? Se llama Ringo como yo. –¿Y usted cómo se llama? –Oscar Natalio Bonavena. –¿Conoció a Cassius Clay en Norteamérica? –Sí, pero de lejos en un gimnasio. Yo le grité: “A vos te mato”. –¿En español? –No, en inglés: “I Kill You”. –¿Sabe inglés? –¿Usted está mal? Hace un rato... ¿le quedan muchas preguntas? Porque pájaro que comió, voló. –Ya termino. Hace un rato hablábamos del momento en que usted se enfrenta con el otro, arriba del ring. Supongamos que están peleando y el otro ya medio grogui se cae al menor golpe. Usted sabe que lo que correspondería sería que el manager tirara la toalla y la pelea terminara, que el otro ya no es nada. ¿Qué siente en ese momento? –Una vez estaba peleando con un tipo que estaba así como dice usted, lo tocaba y se caía. De golpe me di vuelta y le tiré un trompazo que si lo agarro hay que hacerle la estética. –¿Al pobre tipo? –¡Al manager! Me lo tuvieron que sacar... quería matarlo. Hay cada criminal. Otras veces uno está tan caliente que no se da cuenta de cómo está el otro y puede deshacerlo sin querer. –Seguro... supongamos que la pelea termina en este momento, usted ganó, el juez le levanta el brazo, ahí en el suelo fuera de combate está el otro. ¿Siente lástima? –Yo gané, el juez me levanta el brazo y enseguida empiezo a ver la gente que grita, las luces de los fotógrafos. Levanto la cabeza y me olvido del otro. No tengo nada más que ver con ese tipo. Si después me lo encuentro abajo le digo: “Estuviste bien, guapeaste”, para alentarlo, ¿me entiende? –En ese momento se siente muy feliz. –Sí. Pero no porque lo rompí todo al otro, de él no me acuerdo más. Venga que le voy a mostrar la casa que le regalé a mi vieja. Me la enseñó paciente y ordenadamente, explicando las mejoras, los arreglos, los costos. La madre nos seguía ensimismada a ambos –la casa y Ringo– mientras sonriendo, asentía con la cabeza. Ringo se detuvo de pronto, y señalando con aire severo un saco que ésta llevaba puesto dijo: “¡Mamá!, ¿no te dije que ese saco lo tiraras? ¡Dámelo!” Con el gesto de estar partiendo una hoja de papel lo abrió de lado a lado y riendo se lo puso al perro de bufanda. “No –dijo la madre– es lindo porque con la calor...” –¡Vieja! ¡No se dice “la calor”! El calor, el calor. No me haga pasar vergüenza delante de la uruguaya. Ninguna vergüenza campeón, ilustre imagen de antiesnobismo, seguro huésped al Reino de los Cielos.
Matías Fritzler, Marcos Díaz, Pato Toranzo y Kaku Romero Gamarra con la indumentaria que vestirá Huracán en 2017. Falta el sponsor: ¿volverá Banco Ciudad?
Atlético Tucumán, frente a Huracán, en el semestre pasado. El equipo de Azconzábal, recién llegado a Primera, se clasificó para la Copa Libertadores. Fue el mejor ciclo de la historia de un equipo del norte del país. Con el Vasco, el Decano perdió apenas 17 partidos de 73 entre Primera y el Nacional.
Ahí está Romero Gamarra, solo, marcado, rodeado contra la raya, sin opción de pase. Quedaba una sola alternativa para resolver la situación: hacer magia. Y eso hizo. ¿O acaso no es magia ese caño ante Leonardo Gil?
¿Merecimos ganar? Tal vez no. ¿Se jugó bien? Tal vez no. ¿Hay mucho para corregir? Seguro que sí. Pero más allá de cualquier pregunta, al margen de todas las respuestas, habita una sensación: había que ganar incluso ante la peor de las circunstancias.
Y se logró esa victoria imprescindible. Tres puntos. Un grito. Un alivio. Un desahogo.
También un dato que cuenta la relevancia del triunfo y la complejidad de la situación: es el primer triunfo de Huracán como local en el semestre. Apenas eso. Todo eso.
Y muchas gracias Chacana, por el gol. Y muchas gracias Apuzzo, por todo. Siempre.
No hay caso. El equipo no juega bien, pero se está llevando bastante menos de lo que merece. Volvió a suceder en el Florencio Sola. Todo al revés: la torpeza de Depetris para definir, el error en el gol local de Fritzler, su expulsión, la lesión de Marcos Díaz, el travesaño ante el remate de Romero Gamarra, el tiro del final de Chacana sobre la línea... Ni una para nuestro lado.
Así, por primera vez en la temporada, estamos en zona de desempate. Con sólo tres equipos por detrás, Huracán comparte con Sarmiento la cornisa que separa la permanencia del descenso. No hay casualidad: Huracán sacó apenas dos puntos de los últimos 24 que disputó. Sí, está en picada.
Néstor Apuzzo, de Superman, en una producción del diario Olé. Necesitaremos -otra vez- que sea superhéroe por un rato para resolver estas dos fechas que quedan para finalizar este 2016 de vaivenes. Frente a Banfield, de visitante, y en el cierre ante Talleres, en el Palacio Ducó, dirigirá el entrenador de la Reserva puntera, el último que nos sacó campeón, hace tan poco.
Será el último desafío antes de su partida a Colombia para dirigir a Deportivo Pasto. Será otro incendio para apagar. Con Caruso Lombardi, Huracán sumó 5 puntos de 24 posibles y 2 de los últimos 21. El peor ciclo -y uno de los más breves- de la historia del Globo de Newbery.
Los números de Apuzzo, contando todos sus interinatos, son saludables: 18 derrotas en 56 partidos, con 1, 429 de promedio (lo suficiente para no sufrir ni un poco). Además, en ese recorrido, hubo espacio para la gloria y las celebraciones: dos títulos, un ascenso, dos clasificaciones internacionales. Tres finales ganadas de tres disputadas. No es poco. Ahora jugará algo muy parecido a otras dos finales, pero a mitad de campeonato...
Más allá del azar desfavorable, más allá de los goles errados, la situación no da para más. Dos puntos de los últimos 21. Caruso Lombardi tiene razón: Huracán no es un club para él. Los resultados lo acreditan. Y la sensación es inequívoca: basta. Ciclo terminado hace rato...
Huracán jugará el sábado ante Colón con esta camiseta. Es un homenaje ante la tragedia del Chapecoense,nosso Irmão Furaçao. Sí, nuestro hermano al que también llaman Huracán.
En privado se charló. Hay que sacar siete puntos de los nueve que quedan de acá a la Fecha 14, la última de este 2016. Quedan dos partidos de local: frente a Colón y a Talleres. En el medio hay que ir al Florencio Sola a visitar a Banfield. No son partidos sencillos (ninguno lo es para este Huracán), pero son posibles. No hay dudas: es el tiempo de empezar a sumar. Esa es la única receta para dejar de sufrir. Incluso más allá del nombre del entrenador...
River 1-Huracán 0
Los números cuentan una realidad que preocupa: Huracán sumó dos puntos de 18 posibles. Asì, se ubica con sólo cuatro equipos detrás en la tabla de los promedios. Había arrancado el torneo con once por debajo.
Hay tres razones decisivas: malas decisiones dirigenciales en el mercado de pases, el técnico que se fue tras su disputa de egos con el presidente, un reemplazante -también mal elegido- ajeno a las necesidades del club y de la realidad. Los nombres los conocen todos...
¿Y del partido? Con poco, con una leve mejorìa respecto de partidos penosos y anteriores, el equipo mereció llevarse otro resultado del Monumental. Pero no alcanza con merecer. Es tiempo de sumar. Ya.
Aquella final contra Central, la de la histórica conquista, la de la reparación histórica. Bendita noche de San Juan. La de la tenacidad de todos, la de las enormes manos de San Marcos. La del desahogo. La del grito sagrado. Querido y eterno 26 de Noviembre de 2014.
En Praia do Rosa, estado de Santa Catarina, sucede lo que en cualquier
playa del inmenso Brasil: el fútbol es una presencia cotidiana. También
lo era en aquel 2007 en el que la costa de Imbituba se parecía más a un
secreto bien guardado que a un destino frecuente. Allí, un picado entre
rosarinos y cariocas sucedía. Los argentinos en cuero; los brasileños en
remera, según las reglas establecidas por sorteo. Un rubio de pelo
crecido -turista visitante, aspecto de crack no celebrado- gambeteaba
como si esa pelota gastada fuera su patrimonio exclusivo. Así, construyó
una jugada propia del Maracaná, a poco más de 1.100 kilómetros del
estadio. Dejó el tendal de asombrados por el camino y definió tras mirar
desparramado en la arena al más alto del partido, el arquero. Abrió los
brazos, rió, festejó. Enseguida surgió un grito repetido de un carioca
de Laranjeiras: "Doval, Doval, Doval". Era una revelación: cuando Doval
había sido Doval ninguno de los que participaban del picado había
nacido. Pero Horacio Narciso Doval, de algún modo, estaba ahí. El rubio
siguió eludiendo rivales y haciendo goles. Por un rato perdió el nombre.
Hasta que el sol se fue de Praia do Rosa, el que mejor jugaba se llamó
Doval.
Doval, nacido el 4 de enero de 1944 en Buenos Aires, "fue a Rio de Janeiro lo que Pelé resultó para Brasil y para el mundo",
escribe -ahora, vía mail- el periodista Manolo Epelbaum, quien mucho
conocía al delantero argentino. Por verlo jugar y por frecuentarlo.
Dicen que estaba enamorado del gol y que con goles enamoraba. En aquel
mismo verano de 2007, la revista Placar realizó una edición especial con
una encuesta sobre los seleccionados de todos los tiempos de cada uno
de los 12 equipos más grandes de Brasil. Doval había conseguido lo
aparentemente imposible: ser elegido en Flamengo y en Fluminense, los
archirrivales. No era azar: el año pasado, en ocasión de cumplirse un
siglo del clásico más convocante -O Clássico das Multidões, de acuerdo
con la definición del escritor Mário Rodrigues Filho- Doval fue elegido
en el equipo ideal de toda la historia de ese duelo. Compartía el ataque
con Romario. Y los periodistas Marcio Mará y Thiago Correia lo
definieron como "técnico, corajudo, seductor; de estilo bien carioca".
Contaban (y cuentan) también que Doval siempre era (y es) recordado con
"saudade", esa palabra tan brasileña que sirve para señalar aquella
añoranza que desborda el cuerpo.
En Brasil fue el Loco de Ipanema; en la Argentina le decían el Loco Serenata. Resultó capaz de desahacer antagonismos: lo quisieron en Fla y en Flu;
también en San Lorenzo y en Huracán. Su carisma lo hacía encantador. Y,
sostienen, su belleza lo hacía irresistible para el público femenino.
Las revistas de ricos, lindos y famosos lo mostraron en sus portadas:
siempre bronceado, sonrisa de publicidad, bien rodeado. Algunos, con
cierta malicia, le hicieron fama de desordenado y de problemático. Los
que lo conocieron en profundidad lo señalan como un tipo entrañable.
Quizá Doval era más parecido a como él mismo se retrató alguna vez:
"Siempre me consideraron el loco, el díscolo, el liero... Loco porque de
chico me tenían que llevar de una oreja a la escuela para que no me
fuera a jugar a la pelota. Díscolo porque estaba pupilo y me escapaba a
la casa de mi hermana. Liero porque cambiaba el trabajo cada tanto:
revendía vales de la triple en el hipódromo, sacaba fotos con mi amigo
Varela a los pibes del colegio, me las rebuscaba como podía..." Eso era
él sobre todas las cosas: un buscador.
Había comenzado a jugar en
San Lorenzo a los 13 años. En sus inicios era arquero y solía salir
gambeteando rivales. A los 16 años ya era mediocampista y pronto se
ubicaría como delantero. A los 18 debutó en Primera. Un viaje en avión
condicionó su recorrido. El vuelo era de la aerolínea Austral y
aconteció el 8 de octubre de 1967 entre Mendoza y Buenos Aires. Varios
jugadores del plantel de San Lorenzo fueron acusados de manosear a una
de las azafatas. Mencionan que el testigo que denunció los detalles fue
el ex árbitro Guillermo Nimo. En aquella oportunidad, Doval se hizo
cargo de todas las culpas por su condición de soltero para evitarles
dificultades a los casados del plantel. En consecuencia, El Tribunal de
Penas de la AFA (tan rígido e implacable entonces como el régimen de
Juan Carlos Onganía) lo suspendió por un año. Para levantarle la
sanción, un puñado de meses después, un dirigente le propuso hacer un
retiro espiritual. No aceptó. La hinchada de San Lorenzo cantaba,
entonces: "Por una loca, puta azafata / lo suspendieron al Loco
Serenata..."
Fue la autenticidad del potrero dentro de la cancha;
y el culto de la bohemia fuera de ella. Doval fue un representante del
juego como osadía, un militante inquebrantable del carécter lúdico de
este deporte. Fue espejo de un equipo que dejó huellas y leyendas a su
paso: Los Carasucias de San Lorenzo, aquel grupo que se
ganó un lugar en la historia, a pesar de que nunca salió campeón.
Sucede que ellos fueron una suerte de refundadores de un modo de
entender el fútbol en un tiempo en el que comenzaba a imponerse la
mecánica táctica y la maquinaria atlética venida desde Europa. También
eran tiempos de desenfado. Al respecto, Naum Zalcman, redactor de la
revista San Lorenzo en aquellos días de Carasucias, recordó alguna vez a la revista Mística:
"Un domingo a la noche, vi que se abría la puerta de un ascensor del
Hotel Argentino (donde se concentraba el plantel). Adentro iban Victorio
Casa, Veira, y Doval, con dos viejitas de más de ochenta años al borde
del desmayo. Después me contaron que el Loco había
pegado un grito de horror por lo feas que eran. Casi las mata". Existen
mil anécdotas capaces de retratar aquella impronta. En 1964, junto a su
socio y amigo Héctor Veira, protagonizó un episodio desopilante: en una
gira por Centroamérica con San Lorenzo, un papagayo, animal muy
respetado y venerado en Guatemala, no paraba de chillar en el hotel. Sin
tener conciencia de lo que representaba el pájaro para los lugareños,
tramaron la desaparición del ave multicolor y se generó un escándalo que
llegó a las autoridades nacionales. Sostiene la mitología que el
papagayo terminó ahogado en la pileta.
El periodista y escritor
Juan Sasturain lo describió alguna vez en el diario Página/12: "(...)
Que Narciso Doval, además de tocarle (o no) el culo a una azafata en
episodio emblemático y representativo en todo sentido, haya sido después
durante largos años ídolo en el Flamengo de Río habla de una condición
excepcional: para un criollo –o para cualquiera– jugar de wing
en Brasil es como llegar a ser profesor de Metafísica en una universidad
alemana". Sí, El Loco más lindo hizo eso: fue
el mejor en el territorio de los mejores. Consiguió lo inédito: resultó
campeón y goleador con los dos gigantes del fútbol carioca, Fla y Flu.
E hizo un gol de esos que suceden sólo en la imaginación de un niño
dispuesto a soñar instantes mágicos: en 1972, por la final del Estadual,
su Flamengo -entonces conducido por Mario Zagallo- definía frente a su
rival histórico en un día histórico. Se cumplían 150 años de la
Independencia del Brasil y el Maracaná era una fiesta colmada de gente
(136.829 personas pagaron entrada aquel 7 de septiembre). Doval, rubio,
sonriente, estelar, hizo el gol consagratorio. Se gritó por varios días y
más noches. En 1976, volvió a ser superhéroe: con la camiseta tricolor
de Fluminense resolvió en el último minuto la final del Carioca frente a
Vasco da Gama. El mito ya habitaba los rincones de Río de Janeiro:
Doval, como Sansón, jugaba mejor con el pelo largo.
Fue maravilloso en la Cidade Maravilhosa. Y
también en la Buenos Aires de su nacimiento. Horacio Ferrer, poeta y
celebridad del tango, es hincha de Huracán. Y muy bien conoce a los
archirrivales del vecindario. También a los protagonistas de ese clásico
que es el más porteño de todos. Un clásico de locos, como el estupendo
Doval, quien lo vivió con las dos camisetas. El hombre alguna vez lo vio
a Doval en un campo de juego. Con la melena y con su destino de crack.
Casualidad o no tanto, la canción Balada para un loco -obra mágica de
Ferrer- parece contarlo de varios modos a Narciso: "Ya sé que estoy
piantao, piantao, piantao... / No ves que va la luna rodando por Callao;
/ que un corso de astronautas y niños, con un vals, / me baila
alrededor... ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá! / Ya sé que estoy piantao, piantao,
piantao... / Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión; / y a vos te
vi tan triste... ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!... / el loco berretín que tengo
para vos: / ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! / Cuando anochezca en tu porteña
soledad, / por la ribera de tu sábana vendré / con un poema y un trombón
/ a desvelarte el corazón. / ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! / Como un acróbata
demente saltaré, / sobre el abismo de tu escote hasta sentir / que
enloquecí tu corazón de libertad... / ¡Ya vas a ver!" Doval era eso
también. Y un tango caminando las arenas de Ipanema.
La muerte
lo encontró pronto, desprevenido y festejando. Una madrugada de octubre
de 1991, Doval falleció en la puerta de la discoteca New York City, en
Buenos Aires. Tenía 47 años. Los diarios recordaron su historia. En las
necrológicas había alegrías contadas. En Río de Janeiro lo lloraron juntos los que ni se miraban a la cara. Sus amigos de siempre no lo podían creer. El Loco invencible ya no estaba para obligarlos a la risa. Doval se había ido. Y no sabía que nunca sería olvidado...
Texto pulicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarin.com Así jugaba Doval, uno de los grandes protagonistas de los años 60 y 70. Con el Globo de Newbery jugó en 1971.
Al menos, esta vez, el equipo fue, quiso, intentó. Más con voluntad y constancia que con orden y criterio. Alcanzó apenas para ese empate tardío, para esa arremetida de Pussetto. La impresión, de todos modos, no es saludable: con Caruso Lombardi el rumbo mucho se parece a una sucesión de incomodidades.
Otra vez Marcos Díaz, el que siempre está. Fue el mejor de un equipo a la deriva. Le atajó un penal a íOrtigoza. Y sostuvo a Huracán en sus peores momentos. Tambièn, el perfecto vocero de la bronca de todos.
Otro bochorno arbitral en el Nuevo Gasómetro. Otra vez decisivo. Esta vez el árbitro fue Darío Herrera. El que se queja es uno de los principales damnificados: Patricio Toranzo. Su sensación es la de todo el Pueblo Quemero: bronca.
¿Y del resto, del juego? Mejor no hablar de ciertas cosas (al menos por ahora)...
La última escena cuenta el pasado reciente, el presente y el futuro de Huracán. Tras el 1-1 contra Central, hubo un mensaje unánime con un principal destinatario: Ricardo Caruso Lombardi. Se hizo canción: “El domingo cueste lo que cueste / el domingo tenemos que ganar”. Esa cita próxima es nada menos que el Clásico de Barrio más grande del mundo. Sí, ante San Lorenzo, allí en el Nuevo Gasómetro, donde no gana desde 2001. Ese encuentro mucho se parece a un hito y a un plazo. Al menos para la gente.
Los silbidos -y algunos insultos- que acompañaron la salida del entrenador rumbo al vestuario además retratan los días cercanos y la actualidad de este Huracán. El equipo sacó un punto de los últimos nueve y jugó muy mal en casi todos los momentos de esos tres partidos. Hubo apenas una excepción: el decoroso primer tiempo que construyó ayer contra un Central que guardó futbolistas pensando en el partido del miércoles ante Boca, por los cuartos de final de la Copa Argentina. En ese tramo, se puso en ventaja (con un golazo de Pussetto), generó cuatro situaciones claras y mereció irse al descanso con una ventaja superior a ese 1-0. La receta inicial de Caruso fue simple: respetó el esquema y la base del plantel que participó del valioso ciclo de Eduardo Domínguez (12 derrotas en 52 encuentros).
También por esa mejoría, resultó más absurdo lo del complemento. Huracán prescindió de la pelota, retrocedió en el campo de juego, esperó. Así, Central -con la audacia de Colman, lo mejorcito en un partido sin figuras- lo empató y se animó a más. Al menos a tener la pelota, a manejarla con criterio, a mandar al ataque a sus laterales. En definitiva, a intentar. Eso sí, casi invariablemente sin profundidad.
Incluso con el 1-1, Huracán hacía retroceder a sus 11 futbolistas detrás de la línea de la pelota y los extremos (Pussetto y Romero Gamarra) terminaban jugando como laterales complementarios. Central, ante ese escenario, dejó una impresión: si sus delanteros (Herrera y Teo Gutiérrez) estaban en una versión mejor, se llevaba los tres puntos a Rosario. Para Caruso habría sido lo más parecido a un infierno en el Palacio Ducó.
Este sábado 29 de octubre entre las 20 y las 3 de la madrugada tendrá lugar en la Ciudad de Buenos Aires la tradicional “NOCHE DE LOS MUSEOS”. La entrada a todos los Museos y lugares propuestos para exhibir exposiciones o espectáculos es totalmente gratuita incluso se puede imprimir (vía Internet) un pase libre para viajar gratis en colectivo en ese horario.
El Museo Escuela Instituto Bernasconi, sito en el primer piso de Catamarca 2099 ofrece una muestra referida a la década del ’20 (que es la década en la cual se coloco la piedra fundamental -26 de septiembre de 1921- y se inauguró la actividad del Instituto el 22 de octubre de 1929). El Bernasconi invito a la Subcomisión de Cultura a participar con lo referido a Huracán en esa década y así se hizo. También se imprimió un díptico para distribuir en el Club y fundamentalmente en esa “Noche de los Museos”.
Huracán también estará presente esa noche en el Club Ferro Carril Oeste en virtud de formar parte de la muestra fotográfica “Historia de los Clubes” que se estará exponiendo en las instalaciones de ese Club.
Ricardo Caruso Lombardi dialoga hasta con el perro que le ladra. Saluda al pasar a todo el que le ofrece una palabra. Hace un rato terminó de hacer las compras en el supermercado de la zona, en esa frontera tan indescifrable entre Villa Urquiza, el literario Parque Chas de los laberintos amigos de Borges y Villa Ortuzar. “Le tengo que llevar lo de la semana a mi vieja”, dice con una naturalidad que parece impropia del presunto piloto de tormenta de los equipos con promedio escaso. Después de hacer las compras camina por la Avenida de los Incas en nombre de un almuerzo apurado. En poco más de una hora empieza lo más importante de su día de exposiciones y múltiples actividades: la práctica de Huracán.
Sí. Ese mismo Caruso que es hincha de Estudiantes, que no reniega de su condición de entrenador austero —quizá amarrete—, que prefiere a los matungos que rechazan todo que a los chiquititos que hacen lío por abajo, charla sobre lo que viene y sobre lo que le está sucediendo. Hoy, ahora, es el técnico de Huracán. Sí, del Huracán de Menotti y de Cappa. El del tiki tiki. El de esa suerte de estilo que, en las últimas décadas, identificó al club de Parque de los Patricios.
Lo confieso sin vueltas: soy de Huracán desde los días de la cuna, socio desde entonces. Conozco la Bonavena más en detalle que el perfecto plano secuencia que ofreció para el OscarEl secreto de sus ojos. Adoro la Miravé. Caminé los pasillos de la Alcorta mucho más que los de mi primer laburo en Tribunales o los del diario que me emplea. Soy como muchos o como casi todos ellos que en cada cita de Huracán se presentan. Los hinchas. No recuerdo haberlo insultado a Caruso. Pero me abracé con muchos que cerca mío lo hicieron. Ese gordito que ahora nos dirige era una molestia. Era todo lo que no queríamos ser. Representaba la trampita, el fútbol defensivo, la idea de que Bilardo había ganado con todos sus bidones llenos de rohypnol.
***
El siguiente diálogo sucedió en la redacción de Clarín con mi amigo Oscar Barnade, co-autor deMitos y creencias del fútbol argentino:
—¿Y ahora qué vas a hacer con el estilo? Te dirige Caruso…
—El único estilo que reconozco en los hinchas es el del amor por la camiseta. Lo demás, cuestión de gustos. Encima gustos que oscilan según el diario del lunes.
Y le expliqué luego, otro día: “Yo soy y fui cappista porque él defendió como pocos al Globo de Newbery. Se hizo Quemero dirigiéndonos, llorando el despojo de Liniers. Su juego encantó, pero su huella es más profunda”.
—O sea que si ganan con Caruso, ¿sos carusista?, me preguntan otros, en esa misma geografía de laburo…
—Yo creo en un modo de jugar. Me gusta más Pep que Mou. Prefiero a Menotti que a Bilardo… Pero cada gol del equipo de Caruso lo voy a gritar hasta la disfonía de toda la semana siguiente. ¿O no festejaron los paladares negros de Independiente la Supercopa con el Zurdo López? ¿O no festejarían los simpatizantes de los alfileres una Libertadores al amparo de Cayetano Rodríguez?
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El fútbol argentino vive preso de una falsa antinomia. Se puede reducir a nombres: Bilardo o Menotti. Se puede recortar a sustantivos: los resultadistas o los líricos. Se puede ofrecer la cuestión hasta desde una dicotomía ridícula: ganar o jugar bien.
La historia es implacable en el territorio universal y en el nuestro. Hay ejemplos que desmienten a todos los dogmáticos. De uno y de otro lado. Van los casos: Hungría —el mejor de los años cincuenta— perdió en la gran cita de Berna, en 1954, contra una Alemania reconstruida de sus propios harapos; Brasil dio cátedra en México 1970 ante la Italia del catenaccio; Enzo Bearzot —defensivo hasta en los entrenamientos— sacó campeón a los azzurri, en España 1982. contra todos los pronósticos que contaban al Brasil de Zico como candidato inevitable.
En nuestro ámbito suceden idénticas contradicciones. La Argentina ganó su primer título absoluto en 1978 —contexto hostil y lamentable al margen— con la bravura del inmenso Mario Kempes. Repitió en 1986, bajo cielo mexicano con las bellezas de Diego. Al primero, lo conducía Menotti. Al segundo, lo administraba Bilardo. Ni antes ni después, ni con una idea ni con la otra se consiguió idéntica gloria.
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Marcelo Bielsa, el mejor entrenador para la FIFA en 2001, participó de un fracaso estrepitoso al año siguiente de su condecoración. La más inexplicable de las derrotas de la Selección sucedió en Oriente. Afuera en primera ronda. Como el papelón de Suecia de 1958, pero en colores y ampliado.
Con entusiasmo y con realismo, escribió el canciller Rafael, hermano de Marcelo, en la antesala de la Copa del Mundo Japón-Corea 2002: “Marcelo está llamado a saldar una rancia antinomia detrás de la cual se alinean los hinchas, los entrenadores, los periodistas y hasta la Bolsa: pelota al pie versus centro a la olla, Huracán del ’73 versus Estudiantes del ’69. Tiene algo de cada uno de sus predecesores en la Selección, carece de rasgos de ellos y debe amalgamar algunos de los suyos, que no son pocos. El es escueto, Menotti es copioso hasta el empacho. Es práctico, contra lo dogmático que es Bilardo”.
No hubo caso. El desenlace lo condenó a Marcelo. Sin embargo, sucedió algo magnífico, ajeno a la eliminación: nadie de los que lloró en aquel vestuario japonés ofreció jamás una queja respecto del entrenador. Muchos —como Diego Simeone o como Mauricio Pochettino, hoy entrenadores de la élite— aprendieron de aquel fracaso. ¿Fracaso? Sí, respecto de la expectativa. Jamás, respecto del recorrido que lo antecedió. Ni de su legado inobjetable. Ese que sigue latiendo por los entrenamientos del mundo.
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Caruso Lombardi encaja perfecto en la discusión. Un outsider contra la tradición. ¿Pero es tan así?
En el caso particular del Globo de Newbery hay un escenario que merece ser contado: hasta la irrupción de los magos del 73, los mejores equipos de Huracán eran combativos, guerreros. Los reyes de los años veinte (los más campeones de esa década junto a Boca) eran un grupo de gladiadores. Tenían cracks, es cierto. Pero la victoria nacía de otra virtud: un equipo nacido del barro capaz de convertirse en estatua de bronce.
Después siguió: el Huracán del bravo Masantonio —ganador de tres Copas Nacionales en los cuarenta— luchaba hasta el último de los suspiros. En los treinta le costaba más. Luego, la gloria le ofreció el panteón.
Caruso —según dice— tiene mucho más de aquellos de los días que nadie vio que de los encantadores setentosos.
Como siempre, el campo de juego contará su verdad. Estilos al margen.
El primer partido de Ricardo Caruso Lombardi como técnico de Huracán en el Palacio Ducó se pareció de todos los modos que se lo quiera abordar a una pesadilla. Dos semanas después del entusiasmo por la victoria en Tucumán, de su simpática y múltiple aparición mediática (con canciones dedicadas a San Lorenzo incluidas), se retiró rumbo al vestuario rodeado de silbidos, de rechazos, de insultos. La derrota inesperada frente a Temperley no fue la única razón de tal desenlace. Hubo algo más, tanto o más importante: fue la peor actuación desde el bochornoso cumpleaños de 2014, aquel primer día de noviembre, el del 0-3 frente a Sportivo Belgrano de San Francisco, por la B Nacional. Lo dicen sin dudas los que frecuentan la Bonavena, la Alcorta o la Miravé. Los mismos que gritaron su bronca luego del tropiezo.
No hubo casualidad ni motivos para discutir la victoria visitante: Temperley fue el mejor desde la concepción y desde la ejecución. Sin brillos, con astucia, con un plan. Le ganó a Huracán y lo dejó desnudo.
Lo escuchó un dirigente y lo contó al pasar: “Cambiamos proyecto por lotería”. Ya había sucedido la larga reunión entre Caruso Lombardi y los dirigentes, ya después de que partieran los jugadores. El entrenador incluso le sugirió a la conducción que se reunieran a solas con el plantel para saber más en detalle cuáles son las inquietudes del grupo. El capitán Martín Nervo fue el único de los futbolistas de Huracán que habló y ofreció realismo: “Jugamos muy mal. Hacía mucho que no teníamos un partido así. Ahora hay que dar vuelta la página y empezar de nuevo”.
Es cierto que hubo rendimientos individuales muy pobres. Por ejemplo, Marcos Díaz - figura frecuente y superhéroe de los días más importantes de la historia reciente del club- tuvo una floja respuesta en el segundo gol; Rolfi Montenegro y Romero Gamarra -los más creativos- jugaron mal; los dos laterales (Romat y Morales) hicieron todo al revés; Luca Sosa todavía está buscando su lugar en el campo de juego; Diego Mendoza sigue esperando una asistencia entre los centrales de Temperley. Pero el fracaso de Huracán estuvo vinculado a la propuesta: no hubo un plan. Quedó en todo momento la impresión de que el equipo estaba esperando que sin esfuerzo la victoria sucediera.
“Me voy muy preocupado. Jugamos muy mal”, asumió Caruso, en su tardía conferencia de prensa. Fue lo mejor que hizo en la tarde de Parque de los Patricios: asumir el escenario incómodo.
Temperley -austero, lógico, bravo, intenso, ordenado- hizo un negocio que se tradujo en puntos y en entusiasmo. Le alcanzó con un remate de Marcos Figueroa, con la pegada de Ariel Colzera, con la aparición de Alexis Zárate, con el compromiso para defender todos juntos detrás de la línea de la pelota. Poco en apariencia. Pero más que suficiente para ganarle sin objeciones a un Huracán despojado de todo. Vacío. Roto.
El 3-1 a Lanús, de visitante, terminó resultando decisivo para esta clasificación a la Copa Sudamericana.
Huracán participará por tercer año consecutivo en el ámbito internacional. Un récord para su historia y para un equipo recién ascendido. El Globo de Newbery disputará a la Copa Sudamericana 2017.
Así se corroboró hoy, en la sede de la Conmebol en Asunción: se dio a conocer el criterio de clasificación y en la Argentina se toma en cuenta el último torneo de Primera División 2016. Y allí, Huracán finalizó noveno en la Tabla Acumulada (con 25 puntos) y está entre los seis que disputarán la segunda competición continental.
Lo acompañarán: Independiente, Arsenal, Defensa y Justicia, Gimnasia y Racing. En caso de que uno de estos dos últimos ganen la vigente Copa Argentina (y accedan a la Libertadores), el sustituto será Vélez.
Ricardo Caruso Lombardi lo dice con una sonrisa jactanciosa: “Vengo a derribar mitos”. Lo sostiene porque entiende que el éxito no es patrimonio exclusivo de una idea. Está convencido de que se puede ganar de diversos modos. El que él pregona parece ajeno a la historia de las últimas décadas de Huracán. En Parque de los Patricios, Menotti, Cappa y el tiki tiki resultan una suerte de búsqueda sagrada. De mito irreductible.
Los que habitan ahora la Alcorta, la Miravé o la Bonavena son los mismos que lo insultaron por gestos o por origen. Caruso confía en que lo van a terminar aplaudiendo.
En cualquier caso hay una verdad que excede a los estilos: cada hincha -de Huracán o de cualquier otro- abraza, por afecto a los colores, primero a la victoria que al modo en el que esa se obtiene. Sobran ejemplos por los rincones.
En el caso particular del Globo de Newbery hay un escenario que merece ser contado: hasta la irrupción de los magos del 73, los mejores equipos de Huracán eran combativos, guerreros. Los reyes de los años veinte (los más campeones de esa década junto a Boca) eran un grupo de gladiadores, el Huracán del bravo Masantonio -ganador de tres Copas Nacionales en los cuarenta- luchaba hasta el último de los suspiros. Caruso -según dice- tiene mucho de aquellos.
Texto publicado por el fundador del Blog, en Clarín.
Primera conferencia de prensa de Ricardo Caruso Lombardi como entrenador de Huracán. Es el reemplazante de Eduardo Domínguez. Llega de urgencia, entre misterios. Veremos...
No se trata de la seducción de algún éxito pasajero; tampoco de una imposición de la implacable parafernalia mediática. Ser Quemero es una cuestión de pertenencia. Una preciosa herencia inmodificable.
Como en 2023, y de acuerdo con el Informe de Clubes de la AFA de 2024, Huracán se ubicó en un lugar de privilegio en cuanto a convocatoria. Con 31.197 espectadores de promedio por partido, finalizó séptimo a nivel nacional, tercero en CABA (sólo detrás de River -otra vez récord mundial, con 84.593 espectadores de promedio por partido- y Boca, el histórico líder en convocatoria) y cuarto en el AMBA (a los Superclásicos rivales se suma Racing, con apenas 723 espectadores más de promedio por encuentro). El Informe también detalla la cantidad de socios: Huracán volvió a crecer en ese rubro y llegó a los 51.302. Buenas señales para este Grande inobjetable.
Nuestra gente
De acuerdo con el Informe de Clubes 2023, realizado por la AFA, Huracán se ubicó como el tercer equipo más convocante de la Ciudad de Buenos Aires, detrás de River (récord mundial en el año) y de Boca. También se ubicó quinto entre los grandes, delante de San Lorenzo. Además, de acuerdo con datos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, al Clásico de Barrio más grande del Mundo concurrieron más de 54.000 personas, cifra récord para nuestra casa luego de la última remodelación realizada en 1977.
Nuestro Palacio: el del Oscar y ¿el del Mundial 2030?
El estadio de Huracán es el primero del fútbol argentino y el segundo del mundo en participar de una película ganadora del Oscar (el primero fue El Molinón, por la película española Volver a empezar, de José Luis Garci). Nuestro Palacio Ducó se consagró en 2010, con El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella. Luego, el mítico Wembley -escenario del film El discurso del Rey- se sumó a la lista. Conocida la condición de la Argentina como una de las sedes inaugurales del Mundial Centenario, Buenos Aires fue elegida como subsede principal. Y se establecieron cuatro estadios como posibles escenarios: además del Palacio, fueron inscriptos por la AFA el Monumental de River, La Bombonera de Boca y el José Amalfitani de Vélez.
Nuestro fútbol
Desde finales del Siglo XIX, la Argentina se transformó en una de las capitales mundiales del deporte más popular. No sólo porque ahora cuenta con el seleccionado nacional más exitoso de la historia (con 23 títulos, con las tres Copas del Mundo que exhiben las estrellas del escudo) sino por tantos futbolistas y entrenadores que hicieron y hacen historia. Desde Diego y Lionel para atrás y para los que vendrán. Como algunos Quemeros que dejaron su impronta como múltiples campeones y goleadores: El Filtrador Stábile (goleador del primer Mundial y el entrenador con más títulos en la historia de los seleccionados del mundo), Tucho Méndez (el máximo anotador de la historia de la Copa América), Herminio Masantonio (el mejor promedio de gol en la vida albiceleste), Emilio Baldonedo (el máximo anotador del Superclásico universal contra Brasil), René (el mago de todas las magias que alzó la Copa del Mundo, como Ardiles, Larrosa y Baley en 1978) y tantos nombres que hicieron de Huracán el club que más goles le aportó a la Selección en los Mundiales. Nada menos. Todo eso.
Así nos ve la FIFA
"Durante el apogeo de la era amateur, Huracán se ganó su lugar entre los seis grandes del fútbol argentino, al obtener cuatro títulos de Liga en ocho años. A esa altura, el Quemero ya tenía como clásico adversario a San Lorenzo, por una cuestión barrial, y había forjado su rivalidad con Boca, con el que peleaba año a año por el título".
Desde la fundación en 1908, Huracán jamás bajó del top 6 en cantidad de títulos de la AFA (considerando a las Asociaciones afiliadas oportunamente a la FIFA). Y los datos son enormes en cuanto a superioridad: entre títulos de Liga y de Copas Nacionales, Huracán acumula 104 años a 0 respecto de Vélez y de Estudiantes (y 116 de insuperabilidad); 102 a 5 respecto de Rosario Central; 102 a 9 con relación a Newell's. Y considerando las mismas competiciones oficiales, San Lorenzo recién nos superó en 2001, es decir 93 años después de la fundación de ambos y permaneció durante 75 años superado desde el primer título del Globo de Newbery. Prohibido olvidar, cuando se hable de grandeza.
Los pagos huracanenses no se identificaban con exactitud como Parque de los Patricios. Se trataba aún del barrio de los Corrales Viejos, Mataderos del Sur. Justo Sáenz (h), en el libro "La amistad de algunos barrios", evoca esa época: "Barrio de los Corrales Viejos, escuela de visteadores y malambistas... constante pesadilla de la comisaría seccional y cliente conspicuo del Hospital San Roque (Ramos Mejía)... era el chinerío del pueblo de las Ranas y La Quema... en 1909 y 1910, siendo casi niño alcancé a conocerlo viniendo a caballo de la Provincia..." En aquellos días y en esa geografía, Huracán ya asomaba su estirpe gloriosa. Las Ligas Paralelas y los ascensos vertiginosos a Primera dan cuenta. Ligas Paralelas (1909-1912): 1909 - Liga Centenario: Subcampeón. 1910 - Liga 43, Verano: Campeón. 1910 - Liga 43, Invierno: Campeón. 1911 - Liga Anglo Argentina: Subcampeón. 1912 - Liga 43, Verano: Campeón. 1912 - Liga 43, Invierno: Subcampeón. /// Huracán en la Asociación (la AAF, la oficial, homologada por la FIFA, antecesora natural de la actual AFA, surgida en 1934): 1912 - Tercera División: Campeón de Sección. Ascenso a Segunda. 1913 - Segunda División: Campeón de Sección y de División. Ascenso a Primera.
King of The Twenties
En la década del 20, el fútbol del Río de la Plata era, claramente, el mejor del mundo. Así lo corroboró cada contacto internacional (Juegos Olímpicos, Copas América, giras, amistosos) que sucedió en aquellos años. El Mundial de 1930, con Uruguay y Argentina en la final, fue la consecuencia más notable y más visible. En ese contexto, Huracán resultó -junto a Boca- el más campeón de esta orilla. Del otro lado, la gloria se la repartían Nacional y Peñarol. En suma, los cuatro Reyes de ese fútbol entonces inmejorable.
Huracán del Río de la Plata
En los años 20, Huracán fue campeón de Liga de la Asociación Argentina (la oficial, afiliada a la FIFA) en cuatro ocasiones. A consecuencia de ello se ganó el derecho a participar en la final de la Copa Ricardo Aldao - Río de la Plata contra el campeón de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Pero hubo deserciones y ausencias: en 1921, no se presentó Peñarol; en 1922, no se presentó Nacional; en 1925, el Campeonato Uruguayo no finalizó por deficiencias organizativas y ese año Huracán fue el único campeón del Río de la Plata. En 1928, disputó el encuentro decisivo ante Peñarol y cayó por 3-0. Aunque no suelen aparecer en los Palmarés que se publican, se trata de tres títulos obtenidos por derecho adquirido, por aplicación del concepto de walkover (parte integrente de los reglamentos y costumbres de ambas Asociaciones) por la no presentación del rival en la final.
Los más coperos de los años 40
En los años cuarenta Huracán tuvo un gran protagonismo, sobre todo en el ámbito de las Copas. Se consagró campeón en 1942, en 1943 y en 1944. Cada trofeo tuvo además su propio valor agregado. La primera fue la Copa Adrián Escobar (accedían los 7 mejores de la competición de Liga). En ese 1942, Huracán finalizó tercero, detrás de River y de San Lorenzo. Ya sobre el final del año se disputó esta tradicional Copa de la época. Y el camino fue memorable: tras eliminar a Newell´s en los cuartos de final, venció 1-0 a San Lorenzo en las semifinales. Y el primer día de diciembre, en el Monumental ante 70.000 espectadores, derrotó 2-0 al local -con goles de Manuel Giúdice y Jorge Alberti- y se quedó con el primer título de esa hermosa trilogía. Al año siguiente, por la misma competición, se dio un gusto de los grandes. Se clasificó al finalizar cuarto en la Liga, eliminó a River y a Independiente. En la final, ante 60.000 espectadores en el Gasómetro, se impuso a Platense (tras igualar sin goles, se resolvió por el 4-1 en la diferencia de córners a favor). Y ese 11 de diciembre dio la vuelta olímpica en la cancha de su archirrival. Pero lo mejor llegaría con la tercera, la Copa Competencia Británica George VI. El trofeo -donado por David Kelly, embajador británico en la República Argentina, en nombre del rey en tiempos de la II Guerra Mundial, George VI- homologado por la AFA y la FA se lo quedó el Globo de Jorge Newbery. Eliminó en cadena a Vélez (2-1), a San Lorenzo (4-3, de visitante) y a Newell's (4-1, en las semifinales). En el encuentro decisivo, disputado en el Gasómetro ante más de 86.000 espectadores (cifra récord para un partido de Copa Nacional de la AFA), se reeditó el viejo Superclásico de los años 20 ante Boca, El Clásico del Puerto. Huracán se impuso 4-2, con goles de Tucho Méndez, dos de Llamil Simes y el restante de Natalio Pescia, en contra. Ese sábado 9 de diciembre, Huracán dio su segunda vuelta olímpica consecutiva en el vecindario de Boedo.
Magia del 73, Matriz del 78
El equipo campeón del Metropolitano de 1973 es considerado, por su juego, como uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Era una maravilla al servicio de la pasión por jugar y por ganar. René, Miguel, El Inglés, Roque, Omar, El Coco, El Capitán Jorge... Y, claro, César para idear ese fútbol de alto vuelo. Ninguno necesita apellido, como el Diego o como Lionel. Pero ese equipo más allá de ser campeón ese año y gran protagonista en las temporadas siguientes fue otra cosa incluso más relevante: la matriz para el primer título de Argentina en la Copa del Mundo. Nada menos.
Gracias para siempre
Huracán fue el subcampeón del Clausura 2009. Y finalizó detrás de Vélez, luego de una definición escandalosa. Pero la mirada implacable de la historia lo exhibirá como el mejor. Consiguió el octavo subcampeonato de su vida centenaria (tras los de 1920, 1923, 1936, 1939, 1975, 1976 y 1994). Hay una certeza: Los Angeles de Cappa quedarán en la memoria. Es lógico: resultó, quizá, el mejor equipo del fútbol argentino en la última década.
Volvimos Campeones
Huracán consiguió lo que ningún otro equipo en la historia: regresó a la máxima categoría mientras se consagraba campeón de un torneo absoluto (la Copa Argentina). Así sumó la Estrella Doce. También se clasificó a la Libertadores. Un 2014 inolvidable.
Los Supercampeones
Huracán venció 1-0 a River y obtuvo la Supercopa Argentina, en 2015. Segundo título en cinco meses. La Estrella Trece. La conquista incluyó otro récord: el equipo que menos tiempo necesitó para salir campeón recién llegado a la A. Así, además, accedió a la Copa Sudamericana.
El abrazo de América
Huracán tuvo un 2015 memorable en el ámbito internacional. Fue el equipo con mejor registro de la Conmebol (una derrota en 18 partidos; "Equipo del Año"), mantuvo el Palacio Ducó invicto, fue subcampeón de la Sudamericana sin perder ni una vez (más allá de los penales ante Santa Fe) y se clasificó a la Libertadores 2016. Además, en el Ranking Mundial de Clubes se ubicó Top 4 entre los argentinos y Top 10 de América; y también 59 escalones por delante de San Lorenzo. Ya más tarde, en el siguiente semestre, se consagró como el mejor equipo argentino a nivel internacional en la temporada 15/16. Para seguir aplaudiendo. En 2017, además, participó del ámbito internacional por tercer año consecutivo. Disputó la Sudamericana. Ya en 2018, tras finalizar en el Top 4 de la Superliga, se grantizó un lugar en la Libertadores 2019. Y siguió protagonizando en la Conmebol: en la Sudamericana 2020 y 2023 y en la Libertadores 2023. Ahora, en 2025, es tiempo de regreso: jugaremos la Sudamericana. Novena participación en una década.
Escribe Jorge Iwanczuk, en su estupendo libro Historia del fútbol amateur en la Argentina: "En esas largas horas hojeando los diarios amarillos y llenos de polvo confirmé que los clubes no nacieron el 31 de mayo de 1931, fecha de inicio del Profesionalismo. ¿Por qué entonces si antes llenaron estadios con 40.000 espectadores y fueron grandes Racing, Boca, Independiente, San Lorenzo, Huracán, River... y hasta hubo un Campeonato Mundial en el que salimos subcampeones con jugadores amateurs, empezar a contar la historia por la mitad?"
Los Seis Grandes
La última manifestación oficial de la AFA sobre la valoración de los clubes fue publicada en la Memoria y Balance de 1942, Artículo 94. Allí se señala que son seis las instituciones a las que les corresponden tres votos: Boca, Huracán, Independiente, Racing, River y San Lorenzo. Los llamados "grandes". Así se encuentran mencionados por la máxima entidad del fútbol argentino: por orden alfabético. Para tomar la determinación se tuvieron en cuenta tres aspectos fundamentales: temporadas en la máxima categoría, campeonatos obtenidos y cantidad de socios. La expresión de la AFA se mantuvo hasta principios de los años cincuenta. Y luego, ya no hubo "votos privilegiados".
En nuestro lugar
La publicidad de Imparciales, un clásico de la década del 50. Y Huracán está allí, ubicado entre los grandes. En su lugar, también en el imaginario colectivo de ese tiempo. Los campeonatos de Primera contaban lo mismo: en los primeros 60 años de fútbol argentino (1891-1950), este era el ranking por títulos de Liga entre los equipos de la AFA: Boca (12), Racing (11), River (8), Independiente (5), San Lorenzo (5) y Huracán (4).
La verdad de las tribunas
Huracán, grande también por convocatoria. La historia cuenta que se encuentra entre los seis clubes con mayor cantidad de entradas vendidas; en definitiva de hinchas en las tribunas. Los datos son oficiales de la AFA y fueron publicados por los diarios Olé y Clarín, entre otros. Corresponden al período 1931-2009.
Lo que dijo la gente
En el último trimestre de 2001, el diario deportivo Olé realizó una encuesta entre hinchas y personalidades del fútbol respecto de una pregunta propia de este tiempo: ¿quién es el Sexto Grande? La respuesta fue inequívoca: Huracán, como marca la tradición. El Globo de Newbery acumuló 79.184 votos. Y entre los dos que lo escoltaron (Chacarita y Vélez) sumados no alcanzaron esa cifra.
Huracán está en todos lados. Nació en 1908, pero a partir de su gloria en los años 20, comenzó a tener hermanos/homónimos por el país y por el mundo. No hay un caso igual en el planeta. En la Argentina, además de El Globo original, otros seis llegaron a la máxima categoría. Y, de acuerdo con un relevamiento que puso en marcha el socio Fabián Lanier, hay más de 100 en 17 provincias: Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, La Pampa, Tucumán, San Luis, Santiago del Estero, San Juan, Mendoza, Corrientes, Misiones, Chaco, Salta, Catamarca, Santa Cruz y Chubut. Pero no es un fenómeno sólo local. En Latinoamérica existen Huracanes en Uruguay, Chile, Perú, Ecuador, México, El Salvador, Puerto Rico, Guatemala, Bolivia. Y también en Europa. Hay en España (incluso el tercer equipo de la Comunidad Valenciana) y en 2009 se fundó el Huracán FC London. Los dos casos más recientes son puro asombro: Huracán FC Sierra Leona y Huracán FC India, ambos nacidos del impulso del Quemero Henry May. Sí, Huracán también en Africa y en Asia.
Huracán-San Lorenzo, el Clásico de Barrio más grande del Mundo. Un espacio de rivalidad deportiva, pero también de pertenencia. Desde el Blog el mensaje es claro: sí al folclore bien entendido, siempre; NO a la violencia barrabrava que lo mata.
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El benefactor fundacional
Jorge Newbery fue un personaje clave de su época, hacia fines del siglo XIX y principios del XX. Polifacético hombre del deporte y del quehacer nacional, resultó también un generoso impulsor de este sueño llamado Huracán.
El Olímpico
Cesáreo Onzari fue una gloria de Huracán y del fútbol del mundo. Con el Globo de Newbery ganó los cuatro campeonatos de los años 20. Y la FIFA lo reconoce como el auténtico fundador del "Gol Olímpico".
Un grito para la historia
Guillermo Stábile puso a Huracán en el Cuadro de Honor de la FIFA al consagrarse goleador del Mundial de 1930. También se ganó entonces el Balón de Plata. Fue un símbolo de los años 20, La Década de Oro para El Globo de Newbery.
Un guapo del gol
Herminio Masantonio es el máximo anotador de la historia del club de Parque de los Patricios, con 254 goles en 349 partidos, y el tercero de la Era Profesional, detrás de Arsenio Erico y de Angel Amadeo Labruna.
El rey de la fantasía
René Houseman es un inequívoco motivo de orgullo: crack de todos los tiempos y campeón del Metropolitano de 1973. También se consagró con la Selección en el Mundial de 1978.
Soy periodista e inminente abogado. Estudié Publicidad en la UADE y Sociología en la UNQ; primero, Derecho en la UBA. En Clarín desde 1996 a 2023. Fui enviado especial a todas las competiciones de la FIFA y de la Conmebol. También cubrí la Final de la Champions, en 2016. También el Rally Dakar 2004 y el Seven de Dubai 2003. Formé parte de los equipos de Infografía, como asesor periodístico (Premio a la Excelencia de SND en 1999, 2000, 2011 y 2013 y Medalla Malofiej en 2013). Gané el Premio TEA al mejor periodista joven en medios gráficos, en 2004, y el Premio Especial del Año, en 2018, por el trabajo colectivo "Papelitos". En 2013 recibí el "Reconocimiento a la labor periodística" de parte del Congreso de la Nación. Autor de cuatro libros. El último "Fútbol y matemática" (EUDEBA, 2026) junto al Decano de la FCEyN de la UBA, Guillermo Durán. Profesor en TEA y socio colaborador de ACNUR, de Médicos Sin Fronteras y de Greenpeace. También orgulloso fundador e integrante del Misura, en la UBA desde 1993.Linkedin: https://www.linkedin.com/in/waldemar-iglesias-30230163/