jueves, agosto 26, 2010

De Interés Cultural


El lunes (30 de agosto) desde las 18.00 horas, en el Salón Dorado del Palacio Legislativo de la Ciudad de Buenos Aires, se realizará la ceremonia de Declaración de Interés Cultural del libro "Huracán, en el Bicentenario de la Patria", publicado por Susana Aradas.
Dentro de esta actividad, también, se hará un homenaje al director Juan José Campanella por haber incluído en su más reciente película, El secreto de sus ojos (ganadora del Oscar como Mejor Película Extranjera), las hermosas imágenes del estadio Tomás Adolfo Ducó, nuestro escenario.
Este acto es el reconocimiento del excelente trabajo presentado en la última Feria del Libro de Buenos Aires y la antesala de la presentación de la obra en La Feria del Libro de Frankfurt, la más importante del mundo.
Se reconocerán, además, a doce medios periodisticos con un presente en agradecimiento por la difusión y la colaboración con el libro.

Para ese libro fui convocado. Y escribí la contratapa. Acá, la reproduzco. Se tituló: "Nosotros, los Quemeros".

Me quedo con un puñado de escenas recientes para explicar la esencia de nuestro Huracán. El día del despojo de Liniers, el escandaloso 5 de julio de 2009, vi gente que lloraba abrazada a otra gente; vi chicos con el alma rota por la injusticia; vi a un tipo como Angel Cappa que se recibía de Quemero en la derrota; vi a dos jubilados sollozar en silencio, mojados en pleno desamparo tras la lluvia y el granizo. No me lo contaron.
Estaban ahí todos ellos, en el Amalfitani de las tristezas más duras, firmes, doloridos, con el corazón agujereado por una desilusión nacida de una herejía ajena. Ellos, nosotros, todos, éramos más de Huracán que nunca. En esa caída, en ese golpe feroz.
Lo confirmé para siempre: no se trata de la seducción de algún éxito pasajero; tampoco de una imposición de la implacable parafernalia mediática. Ser Quemero es una cuestión de pertenencia. Una preciosa herencia inmodificable.
Es cierto, no llegó a sumarse la sexta estrella en la camiseta, por un tal Gabriel Brazenas, por un tal Vélez. Pero ese día, en ese final de luchadores sin desenlace feliz había quedado sellada -otra vez- la identidad de Huracán. Porque la memoria lo guardará siempre a ese plantel, a esos Angeles de Cappa, a ese Equipo del Pueblo. Porque el recorrido fue un placer y un lujo. Por eso, hubo una ovación para ellos; y esos aplausos y el reconocimiento. También estuvieron las lágrimas compartidas y ese dolor que es pertenencia. No habrá olvido para esa tarde de Liniers. Porque el hincha de Huracán no es hincha del éxito sino de su identidad. Y ese equipo hizo algo enorme: lo demostró. Fue generoso como aquellos futbolistas que nos hicieron los más campeones de los años 20, como Guillermo Stábile y Cesáreo Onzari; fue guapo como Herminio Masantonio; fue futbolísticamente romántico como Emilio Baldonedo y Tucho Méndez; fue mágico como El Loco Houseman; fue leal como Jorge Carrascosa; fue lúcido y hasta lujoso como en los días felices de los 70; fue orgullosamente Quemero como el Turco Mohamed. Resultó, sobre todas las cosas, una reivindicación de aquellos mandamientos que parecían perdidos. Y algo más: se trató de una comprobación de que la indentidad y que la mística no siempre se construyen desde el título. A veces, la gloria no necesita de vueltas olímpicas. Y ese es el caso de nuestro inmenso Huracán.