miércoles, enero 14, 2009

El ocho y la impronta quemera

En ocasión del armado del Libro Oficial del Centenario de Huracán, "Grande se nace", me convocaron para escribir uno de los capítulos. La idea era evocar a dos de los grandes mediocampistas de la historia del fútbol argentino: Emilio Baldonedo y Norberto Tucho Méndez. Y a partir de ellos retratar esa impronta quemera vinculada a la camiseta número ocho, desde Manuel Spósito a Miguel Brindisi. Lo que sigue es ese texto, que en lo personal significó el enorme gusto de participar de una tarea encantadora: contar un pedazo de aquella historia nacida del entusiasmo de un puñado de pibes del Colegio Luppi, en la primera década del siglo pasado.

Ya no queda nadie o casi nadie que haya visto jugar a Manuel Spósito. Todo lo que se diga o cuente sobre él formará parte de archivos de la época o, en su defecto, de la mitología quemera. Era un inside de los que se preocupaban más por jugar que por obstruir. Estaba impecablemente rodeado por varios de los mejores futbolistas de su tiempo: Adán Loizo, Angel Chiesa, Guillermo Stábile, Cesáreo Onzari. Spósito fue también un emblema de la década del 20, en la que Huracán (junto a Boca) fue el más campeón. Eran tiempos en los que la institución resultaba un impulso capaz de arrasar rivales con orígenes menos periféricos. El Barrio de las Ranas, esa geografía de guapos, le cabía también a él, a Spósito, un audaz dentro del campo de juego.
Spósito fue, sin pretenderlo, el primer eslabón de una tradición forjada al amparo de tantas historias afines. Porque el número ocho está estrictamente ligado a lo mejor de la historia de Huracán. Porque hubo un Spósito fundacional, y luego llegaron los exponentes paradigmáticos ya no sólo del club sino del fútbol argentino y mundial: Emilio Baldonedo, Norberto Tucho Méndez, Miguel Brindisi...
"Mamita, Mamita, ganaré dinero/seré un Baldonedo, un Martino, un Boyé/dicen los muchachos del Oeste Argentino/que tengo más tiro que el gran Bernabé...", señala el tango El Sueño del Pibe (de Reinaldo Yiso y Juan Puey) que alguna vez cantó Diego Maradona. Baldonedo fue un grande de las décadas del 30 y del 40. Actuó como inside en Huracán (257 partidos; 165 goles) y en Newell's (cinco partidos). Y en la Selección tuvo una especialidad: cinco de los seis partidos que jugó fueron contra Brasil. Y le convirtió siete goles, todos en 1940. Un caso irrepetible.
Pero Baldonedo fue para Huracán mucho más que esa sucesión de datos que impresionan. Primero fue hincha, desde los días de la niñez en su hogar de Boedo y Las Casas. Vio desde el borde del campo de juego, con apenas 12 años, a los campeones de 1928. Admiró, aferrado al alambrado de la vieja cancha de madera, a Herminio Masantonio. Lo siguió con los ojos de la gratitud, gritó sus goles hasta la disfonía. Entendió el significado de ser un auténtico huracanense. Soñó mil noches con llegar a la Primera del club, de su club. Escuchó entre risas la torpe sentencia de quienes lo señalaban como presunto hincha de San Lorenzo, por una cuestión de referencia barrial.
Un día de 1935 llegó a la Primera. Pero antes ya se había hecho conocido: en la Cuarta Especial era un deleite. Era un equipo juvenil, ideado por el Negro Laguna (otro emblema de los años 20), que era convocado con frecuencia para jugar como preliminar de los grandes equipos de Europa que venían de gira, como el Real Madrid o el Barcelona. El 11 de agosto de 1935 hizo el primer gol de su carrera frente a Quilmes (2-0, en Parque de los Patricios).
Le decían Perita porque en los tiempos de pibe tenía la cara muy fina y alargada. Pero su apodo inaugural no fue el más famoso. En breve, en el barrio todos lo empezaron a llamar El Escoberito. Sucedía que sus padres tenían una fábrica de escobas y él, de vez en cuando, colaboraba. Igual, Emilio también le ponía entusiasmo a su carrera universitaria: estudiaba Farmacia. Pero lo suyo era el fútbol. Y dentro de ese ámbito su lugar de pertenencia: Huracán.
Se dio el gusto de jugar con uno de sus máximos ídolos: el tremendo Herminio Masantonio. Era el mejor de sus socios y su amigo. Hubo afinidad incluso antes de compartir un campo de juego. Pero allí adentro fueron una de las mejores sociedades de la historia del club. Un rasgo indeleble de un tiempo de protagonismo. Juntos fueron campeones de la Copa Adrián Escobar en 1942 y en 1943. Antes, en 1939, habían sido parte de una suerte de equipo campeón que no dio la vuelta olímpica: ganó la primera rueda, fue segundo en la temporada y les ganó a los cinco grandes de manera consecutiva.
Baldonedo valdría hoy lo que sólo Real Madrid, Manchester United, Barcelona o Milan podrían pagar. En su tercera campaña en la máxima categoría, en 1937, convirtió 23 tantos en 32 encuentros. Y, al año siguiente, hizo 27 tantos en 30 partidos. Sin ser un delantero, metió 76 goles en 97 partidos a lo largo de tres temporadas. Sí, de otro tiempo, casi de otra galaxia. Un día se fue de Huracán, aunque hubiera preferido no irse nunca. "Fue lo más triste que me pasó en mi carrera", confesó siempre.
Lo conocí a Don Emilio, poco antes de su hasta siempre. Tenía que hacer una nota para Clarín sobre una de las tantas crisis de Huracán en las últimas dos décadas. Era la inminencia del segundo descenso. Descubrí algo que me hizo sentir más quemero que ningún otro día: al inmenso Baldonedo --ya veterano y con bastón-- ese presente le dolía tanto como a mí. Lo pasé a buscar por Caballito. Fuimos en auto hasta Puerto Madero. No pronuncié una palabra en todo el viaje. Apenas escuché con todo el asombro que puede caber en un solo cuerpo. Lo miré. Lo imaginé. Estaba ahí ese tipo que hasta entonces formaba parte de las leyendas de mi niñez, relatadas por el esmero de mi viejo. Sí, ese señor era Baldonedo. En breve, tuve que evocar aquel momento por una razón que lastimaba: había fallecido aquel superhéroe de los años 40.
Barrio de Caballito, cerca del Parque Rivadavia. Aquel mediodía, Emilio Baldonedo repartía sus palabras entre desencantos presentes y emociones pasadas. El pibe escuchaba, admirado, a su interlocutor ocasional: "Sabe una cosa, pibe, no hay nada que me duela más que el descenso de Huracán... Nosotros somos de Primera, no tenga dudas". Por esos días del 98, Huracán recorría el camino hacia el adiós, empujado por egoísmos y por malas administraciones. Pero don Emilio seguía revolviendo en la nostalgia: "Pibe, ¿sabe lo que jugaban los campeones del 21, el 22, el 25, el 28? Unos fenómenos... Y después, Herminio, y Tucho, si hasta jugó Di Stéfano". El pibe tenía mil ansiedades. Quería escuchar todo. Y Baldonedo continuaba: "Y ahora esto... Desde el 94 que no voy más al Ducó. Me hago mucha mala sangre. El otro día vi por tele la derrota contra Central. Va a ser difícil salvarse. Pero usted no dude, pibe, Huracán es de Primera".
El Pibe no duda...
Norberto Doroteo Méndez fue uno de los grandes mediocampistas de la historia del fútbol argentino. Jugó en Huracán, en Racing y en Tigre. En total disputó 392 partidos e hizo 123 goles. También se destacó en la Selección: es el máximo goleador histórico de la Copa América (hizo 17 tantos, al igual que el brasileño Zizinho), un trofeo que conquistó en tres ocasiones (1945, 1946 y 1947). Sobran los datos para contarlo: Tucho fue un pedazo enorme de Huracán, un motivo para hacerse hincha, una razón suficiente para hacer la cola para comprar una popular bajo el sol de un domingo cualquiera.
Tucho nació en esa difusa frontera tan huracanense entre Nueva Pompeya y Parque Patricios, el 5 de enero de 1923. Desde los días de la niñez se hizo quemero e hincha de los referentes de aquellos tiempos. Por ejemplo, lo esperaba a Herminio Masantonio a la salida de la cancha para llevarle la valija; y al arquero Juan Estrada le alcanzaba la pelota detrás del arco en los entrenamientos. Eran sus felices berretines.
Pronto, el chiquilín de piernas chuecas y con un jopo imposible de modificar, jugó junto al inmenso Masantonio en Huracán. Y se dio un lujo contradictorio: le hizo un golazo desde 35 metros a su admirado Estrada, cuando ya había sido transferido a Boca.
Debutó en la Primera de Huracán el 13 de abril de 1941, por la tercera fecha del torneo de la AFA contra Lanús, en el viejo estadio de Avenida Alcorta y Luna. Ganó el local por 4 a 2, con con un gol de Tucho, dos de Herminio y otro de Baldonedo.
Desde entonces hasta 1947 fue crack y símbolo de su querido Huracán. Luego, fue transferido a Racing y se constituyó en una pieza fundamental del primer tricampeón del Profesionalismo (1949, 1950 y 1951).
En una transferencia sin antecedentes, Méndez, Salvini y Simes pasaron al club de Avellaneda y en contraprestación fueron al club de Parque de los Patricios el arquero Ricardo, los zagueros Uzal y Filgueiras y dos delanteros: Waldino Aguirre y Caserio. Su campaña en Racing terminó en 1954. Después estuvo dos años en Tigre y volvió a ese lugar que quiso tanto: a Parque de los Patricios, al Globo de Newbery, donde terminó su campaña a fines de la década del 50. Más tarde, ya retirado, le pondría palabras a sus sensaciones, a sus afectos futboleros: "Huracán fue mi novia; Racing, mi mujer; la Selección, mi amante". Sí, esa novia que nunca se olvida...
"Tucho era también un auténtico porteño", me contaba en la redacción de Clarín Pedrito Uzquiza, quien lo conocía bien los detalles de la vida de ese talento enorme del fútbol argentino, de ese hombre de la bohemia, del barrio, del tango. Méndez concurría a dos lugares emblemáticos de su tiempo: el Marabú y el Chantecler, donde se encontraba con su amigo Aníbal Troilo, con quien se rendían mutua admiración. "Viví muchas vidas. No me arrepiento de eso. Tal vez ahora esté volviendo a la época en que era una estrella de bigotes recortados con precisión", le confesó al periodista Miguel Frías en una de sus últimas notas concedidas. Era también un personaje de aquellos días. Hasta fue convocado para protagonizar "Con los mismos colores", junto a otros dos futbolistas icónicos de la época, Mario Boyé y Alfredo Di Stéfano, con quien compartió la Primera de Huracán, en 1946.Confesó alguna vez: "Si volviera atrás haría todo igual. Hice todo lo que pude. Fui feliz". Brindemos por eso. Y por Emilio. Y por sus días de gloria, con la inevitable añoranza de este Centenario.

Post publicado desde Mar de las Pampas.