martes, diciembre 21, 2010

La emergencia crónica


Por Andrés Prestileo*
Aquella bocanada refrescante que Huracán le ofreció al fútbol argentino se agotó hace un año y medio, pero hoy parece un rastro antediluviano. Como se sospechaba por entonces, fue apenas un paréntesis en la vida de un club cuya historia contemporánea se hunde en un declive persistente y melancólico. Aunque no se sabe qué dispondrá el fútbol en los meses venideros, cualquier repaso sobre los equipos que pelearán por evitar el descenso dejaría un pronóstico sombrío para el viejo club de Parque Patricios. Sobre River, por ejemplo, siempre existió la sensación de que aun en los peores momentos guardaba alguna potencialidad como para salir del pozo, pero con el Globo ocurre lo contrario. La foto festiva del 3-0 a San Lorenzo es mucho menos representativa de su realidad que lo que le ocurrió antes y después a un equipo precarizado, hundido en un estado de emergencia crónico.
El infortunio de cualquier camiseta que le haya aportado algo bueno a nuestro fútbol es penoso, pero mucho más el de aquellas que hacen directamente a su historia y tradición. Huracán es parte indiscutible e importante de ese patrimonio, y por eso su desventura siempre duele especialmente. Es un club tomado por la nostalgia, como si se hubiese empecinado en sobrevivir con su vieja identidad en un mundo en el que todos tienden a ser o parecer iguales.
A diferencia de lo que ocurrió con otros clubes tradicionales, a Huracán no lo curaron de espanto sus declives deportivos de las últimas décadas. Regresar de sus descensos -tres, desde el primero, en 1986- le proporcionó siempre un ímpetu efímero, que invariablemente chocó contra los problemas habituales de un club apurado por la fragilidad económica. Si a Vélez y a Estudiantes hoy se los toma como ejemplo de estructuras sobre las cuales asentar proyectos futbolísticos, Huracán da la imagen opuesta. Lo que pasó con aquel subcampeón del Clausura 09 lo ilustra: de la formación que jugó el partido decisivo con Vélez, hoy sólo sobrevive el arquero Monzón. El resto de ese equipo fue sometido a un despiece inmediato, siempre detrás de urgencias financieras. Inmediatamente Huracán volvió a su lógica autodestructiva, que desalienta las buenas intenciones de quienes se suceden en la dificilísima misión de levantarlo. El último de ellos, Miguel Brindisi, ya empieza a angustiarse. "Me traen refuerzos o me voy", acaba de decir el DT, sabedor de que para Huracán el concepto de refuerzo es un lujo casi inaccesible.
"Cuando los jugadores venían al club, yo, como técnico, les decía: «De Huracán para arriba hay cinco equipos; para abajo, mil». Hoy hay un poco más de cinco, reconozco que nos han pasado unos cuantos", admitía, en una entrevista de hace unos años, Carlos Babington, el presidente. De entonces para acá, ese retroceso no se detuvo. Y de eso no puede alegrarse nadie.

*Texto publicado por el autor de la nota en La Nación.