domingo, julio 02, 2023

El Mortero del Globito, pura música



El tango El Mortero del Globito, un homenaje al inmenso Herminio Masantonio.

Pura música. De ayer. Y de todos los tiempos:

En cuanto en la cancha
Sus once “globitos”,
Valientes y audaces
Desplaza Huracán.
Se ve en la barquilla
De los delanteros,
Un recio “mortero”
Que apunta tenaz.

Temblando, el arquero
Contrario, se encoge,
Los nervios de tigre
De lince al mirar,
Y grita la barra
De Parque Patricios,
Tirá Masantonio,
Herminio, tirá.

Y si tira Masantonio,
No hay que hacerle
Ya está el... ¡Gol...!


Letra: Francisco García Jiménez
Música: Miguel Padula

Grabado por la Orquesta Típica Víctor con la voz de Alberto Gómez.

martes, junio 06, 2023

Literatura de la Palomita

Pablo Bartolucci, crack de Huracán en los años 20, en la tapa de El Gráfico. En ese tiempo, con la camiseta de la Selección, fue el fundador de una jugada que atravesó los tiempos y las geografías: La Palomita.

Por Ariel Scher*

El responsable del cero más glorioso de la historia educativa de mi sobrino menor fue Juan Imhoff.

Se trató de un episodio que se cuenta sencillo, apenas con un diálogo entre los dos protagonistas: de un lado, su profesora de Lengua, doctorada en Literatura Galesa en una universidad escandinava, diplomada en narrativa vieja del Canadá francófono en la mejor casa de estudios de París, novia de un señor al que enamoró recitándole las mejores rimas del nicaragüense Rubén Darío, docente de alumnos a los que casi siempre evaluaba insuficientes en colegios a los que, ni hablar, evaluaba insuficientes; del otro lado, él, mi sobrino menor, un reo absoluto.

Profesora de Lengua (con ferocidad en las pupilas, con el prejuicio de que preguntaría algo que requería mucho conocimiento y que la contestación le devolvería nada): -Señoritas y señores, imagino que habrán estado leyendo, ¿cuál fue la poesía más interesante que encontraron en la semana?

Mi sobrino menor (con una avidez desusada, a la altura de la que demostraba ante la perspectiva de que una rubia lo enfocara con amor o, más todavía, de que en el fin de semana hubiera un clásico de cualquier deporte): -La palomita de Imhoff en ese try que le hizo a los irlandeses en el Mundial de rugby.

Final: ella, como no escuchó ni el nombre de Borges ni el de alguno de los galeses en los que se consideraba experta, ni el del gran José Pedroni ni el de uno de los francocanadienses que musitaba de memoria, ni el de su Rubén Darío ni el de ningún versificador que figura en los volúmenes con versos, le puso un cero.

La familia hirvió. Una cosa era asumir -y estaba asumido- que mi sobrino menor era un reo absoluto y que sus desempeños académicos merecieran encarcelamientos temporarios y otra cosa era aceptar que esta vez había cometido un error.

Porque en eso todos estábamos de acuerdo en la familia: si la palomita de Imhoff no tenía que ver con la poesía, ¿la poesía que era?

Exactamente eso le planteó mi cuñada a la profesora de Lengua, en la primera de las múltiples excursiones que esta desagradable circunstancia requirió de la familia. No ejerció la furia de una madre en despecho. Al contrario: delante de una docente, la didáctica resultó ella. Con papeles sepias entre los dedos, con fotos que sólo una mamá en desesperación puede rescatar, con fe desmesurada en que se toparía con oídos anchos, le describió el origen de la palomita, un honor argentino, porque ese vuelo rasante con la pelota como objeto, parangonable al de una paloma, había sido inventado por el futbolista Pablo Bartolucci y bautizado de allí en adelante para que las galaxias lo repitieran. O, si se pretendía pensar desde el campo de las letras, Imhoff había volado con una pelota oval entre sus palmas como heredero de toda una tradición nacional.

Leyó, entonces, mi cuñada. A Diego Lucero, periodista, escritor, poeta lunfardo y no lunfardo, en la edición del diario Clarín del 17 de octubre de 1960: "¿Cuál fue el origen de la jugada y cómo se le ocurrió a Bartolucci? Una tarde estaba bañándose, en una laguna de Sarandí, una barra de muchachos de la que Bartolo era medio caudillo. En el momento en que Pablo iba a zambullirrse, uno de la barrita tiró una pelota a media altura que Bartolo, justito, la embocó en el coco. Entusiasmado por aquello, que fue puro azar, Bartolucci se hizo repetir el lanzamiento y la cosa empezó a salir perfecta. De la laguna la llevó a la cancha. Su elasticidad y su arrojo le permitieron a Bartolucci resolver con sus 'palomitas' jugadas que parecían imposibles. La vincha se la puso en su debut contra Estudiantil Porteño con el propósito de de defenderse de los cortes que la boca de la pelota antigua, cerrada con tiento, le hizo más de una vez en la frente. Desde entonces se identifican y forman una sola unidad característica en las canchas de fútbol porteñas: 'la palomita?, la vincha blanca y Pablo Bartolucci".

Pegada a mi cuñada, más ardiente aún, su madre, abuela de mi sobrino menor, hacía flamear una foto de Bartolucci con la casaca de Sportivo Buenos Aires y otra con la de Huracán, ambas de la década del veinte, en las que se lo reconocía joven, con vincha y haciendo eficientemente la palomita. Desbordada por la ansiedad, la abuela estampó esas imágenes casi en los párpados de la profesora de Lengua y le bramó: "Mire, mire si no es poesía".

No funcionó. La profesora de Lengua oyó en la frontera de la indiferencia lo que argüían mi cuñada y su madre. Apenas contestó que la poesía era poesía y que lo de Imhoff (bah, no lo llamaba "Imhoff", le decía "ese muchacho" o ni siquiera") era rugby.

El siguiente visitante fue mi tío. Hermoso tío: profesor de Lengua, amigo de muchos profesores de Lengua, erudito en galeses y en canadienses francófonos, sabedor de cada cadencia de "Sinfonía en gris mayor" de Rubén Darío, un maestro de lo profundo, fana del deporte. "Estimada colega -empezó él, un amable entre los amables-, el asunto que nos ocupa, este de la palomita, se corresponde con todas las ramas de la literatura. Podría ofrecerle, y no dudo que lo disfrutaría, una suma de casos que emergen de nuestros libros más preciados. Sin embargo, me quedo con uno. Uno que es excelso. ¿Ha leído a José Gabriel, por cierto? Por supuesto que lo leyó. Y por supuesto que domina que aludo al periodista y escritor José Gabriel López Buisán, quien desembarcó en el país a los nueve años, trabajó en el diario La Prensa, le dio carga ideológica a su presencia dominical en la cancha al aducir que eso le proporcionaba 'entre otros goces, el que no he experimentado jamás en mi oficio: el de la solidaridad' y desbarató discursos minimizadores sobre el juego en un artículo mítico que se llama -lo conocerá, colega, ni lo dudo porque es un relato esencial- 'El jugador de football, ejemplo de arte'".

Y, la voz engolada, el corazón depositado en la laringe, el tío leyó una oración emblemática: "Una palomita de Bartolucci al rechazar con la cabeza la pelota que vuela por el flanco es una accion de belleza y coraje que inútilmente esperaréis de Nijinsky en ningún ballet".

No alcanzó. Y eso que, en el fondo de sus hormonas, la profesora de Lengua vaciló sobre si no hubiera sido más dichosa si enamoraba, Rubén Darío mediante, a mi tío que a su marido. Inclusive así, agradeció la visita y la preocupación, pero se sostuvo en que lo de Imhoff -"ese muchacho"- se parecía tan poco a la poesía como mi sobrino a un aprendiz ejemplar.

Por un pudor que la profesora de Lengua no había expuesto al calificar con un cero a mi sobrino menor y yo sí conservo, no quiero develar las reacciones de todos los familiares. Apenas apuntaré que la de mi tío constituyó la última intervención cuidadosa. Mi sobrino mayor, moderno en sus lecturas, le tiró por la cabeza las páginas de "Lo raro empezó después", el cuento de Eduardo Sacheri en el que quedaba claro que a Cachito Espora, gran cabeceador, "para marcarlo de arriba más o menos tenés que tirarte de arriba del travesaño". Una vecina arrabalera, que se sumó a la causa por exceso de indignación y de tiempo libre, zampó "Largue esa Mujica", el tango de Juan Faustino Sarcione en el que los jugadores se vuelven sustantivos y Bartolucci actúa como sinónimo de "palomita: "y olvide el Carricaberry,/ tírese a la Bartolucci...". Y una brasileña despampanante, amiga de esa vecina, agregó que las palomitas también eran poéticas en su país y que una de un crack, Peixinho, le había posibilitado al San Pablo vencer al Sporting de Lisboa, en cotubre de 1960, cuando se inauguró el estadio Morumbí.

Nada. Mientras buena parte de mi parentela contenía la voracidad de lanzarse, literalmente, de palomita rumbo a los brazos de la brasileña, la profesora de Lengua espantaba páginas sepias, fotos de futbolistas y de rugbiers en palomitas esculturales, referencias literarias de indiscutibles como Juan Sasturain ("Excepto en secuencias admirables y ya clásicas, como el partido de fútbol sabatino y la comida en la cantina, donde se permite hacer un gol de palomita o llevarse a Silvia en la moto, Teodoro, más que obrar, reflexiona", observa en uno de sus textos de El domicilio de la aventura), apuntes con alusión a la palomita de ensayistas célebres como el argentino Dante Panzeri o el británico Jonathan Wilson y hasta las palomitas ajenas y propias, reales y falsas, que incorporó Osvaldo Soriano a su prosa deportiva.

-Picasso eligió a la paloma para hacer pintura poética y el deporte eligió a la palomita para escribir su propia poesía- reflexionó, sagaz, mi tío, el profe de Lengua. Y añadió: "Esta dama aún no lo entiende".

Harto de la tensión familiar y harto, además, de que a su hijo lo embadurnaran con un cero glorioso pero injusto, mi hermano, el papá de mi sobrino menor marchó hacia la sede escolar con el más grandioso monumento literario destinado a la palomita que alguien, fuera futbolista, rugbier, poeta galés o cabeceador en palomita, pudo parir. Se erigió delante de la profesora de Lengua y le exhibió ese monumento, "19 de diciembre de 1971", acaso el cuento entre los cuentos del Negro Fontanarrosa, que no cobija el vocablo "palomita" porque la literatura, al cabo y entre otras cuestiones, es el arte de hablar de algo sin mencionar ese algo, pero es una obra mayúscula tramada en torno de la palomita con la que Aldo Pedro Poy -y "Poy", así, con el apellido, tampoco está tipeado en ese cuento- le obsequió a los hinchas de Central y a la historia de la emoción universal.

"Usted no me lo va a creer", avisaría Fontanarrosa desde el título de otro de sus grandes cuentos. Y fue de no creer: de golpe, el cero glorioso se esfumó.

Mi familia casi completa atribuyó ese acto de sensatez al esfuerzo colectivo por esclarecer a una persona que andaba en estado de necedad. O al inspirador Bartolucci. O a José Gabriel. O a Sasturain. O a un montón más. O a Poy y a Fontanarrosa, socios indoblegables en un cuento que representa una victoria de la literatura.

Ni llegué ni llegamos a una respuesta.

Y era lógico: la obtención de algunas respuestas a veces demora tanto como derrotar a un cero mal puesto o a cualquier otra injusticia de la Tierra.

Sólo al tiempo me enteré de la verdad. Me la contó mi sobrino menor, una tarde en la que, además, me comentó de un cero suyo y nuevo, creo que en biología, ya ni glorioso ni capaz de encender batallas familiares.

La verdad: la profesora de Lengua ahora le recitaba las rimas de Rubén Darío a mi tío. Ella argumentaba que el hallazgo de ese hombre le había permitido percibir cuestiones y literaturas hasta entonces ausentes en sus días.

En una pieza repleta de libros, dormían juntos. Estampada en una pared, la palomita eterna de Imhoff los acompañaba mientras ellos verificaban que los caminos de la poesía son maravillosos y, también, infinitos.

*Periodista y escritor.

jueves, mayo 25, 2023

1903/1912: Los días fundacionales


El 25 de mayo de 1903, o quizá de 1907, frente a la casa de Tomás Jeansalles, un grupo de jóvenes de Nueva Pompeya, en su mayoría alumnos del colegio Luppi, fundan un club de fútbol con un nombre que tardó en definirse: “Verde esperanza" y "No pierde” fueron los primeros que sonaron. Algunos otros relatos señalan que ese hecho sucedió entre dos y cuatro años más tarde. La historia, casi con carácter de leyenda, cuenta que fueron hasta una librería de la Avenida Sáenz, en Nueva Pompeya, con la intención de comprar un sello de goma con el nombre del club. Pero no pudieron. La versión más aceptada sostiene que no les alcanzó el dinero (dos pesos con cincuenta) para tal cantidad de letras y que el librero (un tal Richino) les recomendó un nombre más corto, ya que el elegido era muy extenso para denominar a un club de fútbol.

Entonces, como en una de las paredes había un almanaque (o publicidad, según otros relatos) con la leyenda “El Huracán” los jóvenes de Nueva Pompeya se decidieron por ese nombre. El primer sello del club fue “Club Uracan. Calle Ventana 859”. Algunos señalan que la omisión de la letra se debió a que no alcanzaba el dinero para otra letra; otros indican que se trató de una omisión del librero. Existen testimonios, surgidos de la reseña histórica realizada en 1931, de que en esas jornadas se determinó que el primer presidente del club sería J. Caimi; el secretario, Gastón Brunett y el tesorero, Tomas Jeansalles. A su vez, A. Villar fue nombrado capitán del equipo y como subcapitán, Dellisola, quien luego participaría del partido decisivo en el que Huracán ascendió a Primera, en 1913. Además, en la reconstrucción que realiza Jorge Newton en 'Historia del Club Atlético Huracán', se indica el rol clave de Américo Stefanini en la primera fundación.

En sus primeros días, Huracán solía formar con: Verni; Lerov, López; Fariña, el capitán Villar, Gurruchaga; Dellísola, Salgado, Luján, Fernández y Cambiasso. Pronto se sumarían figuras emblemáticas de ese tiempo como Mario Bassadone, Agustín Alberti, Pedro Martínez, Laurenzano, Chiarante... Los partidos fundacionales, casi de potrero, tuvieron lugar en un terreno de la calle Cachi entre Traful y Ancaste. El club no contaba con territorio propio.

Los pagos huracanenses no se identificaban con exactitud como Parque de los Patricios (creado más tarde). Se trataba aún del barrio de los Corrales Viejos, Mataderos del Sur. Justo Sáenz (h), en el libro "La amistad de algunos barrios", evoca esa época: "Barrio de los Corrales Viejos, escuela de visteadores y malambistas... constante pesadilla de la comisaría seccional y cliente conspicuo del Hospital San Roque (Ramos Mejía)... era el chinerío del pueblo de las Ranas y La Quema... en 1909 y 1910, siendo casi niño alcancé a conocerlo viniendo a caballo de la Provincia..."

Años más tarde se realiza la segunda (definitiva y oficial) fundación. Se lleva a cabo en 1908. Pero las actas fundacionales se redactan en los dos años posteriores. Un acta que permanece en la sede del club dice: “Fúndase en Buenos Aires con fecha 25 de mayo de 1903 el Club Atlético Huracán y reorganizado el 1 de noviembre de 1908, con el fin de fomentar el juego, especialmente el football ”. El acta lleva las firmas del presidente José Laguna y del secretario Alberto Rodríguez. En este texto también se aclara: "Los distintivos que usará el Club serán los siguientes: en el football camiseta blanca con el distintivo del Globo de Huracán..." El globo de Newbery que llevaba ese nombre fue comprado en junio de 1909. Por lo que se infiere que tal acta fue redactada luego.

En 1911 los sueños fundacionales parecen comenzar a resquebrajarse. Por ejemplo, no hay secretaría por falta de local, por lo que las reuniones se realizan en diferentes domicilios: Patagones 3066, Liniers 2370 y otras direcciones particulares de los integrantes del club. Y la cancha sigue siendo un potrero.
En lo deportivo, en cambio, Huracán ya era un protagonista central de su zona de influencia. En mayo de 1911 Jorge Newbery es designado Socio Honorario del club, ya que se había convertido en su gran benefactor. Simultáneamente se solicita a la Municipalidad el préstamo de un terreno en la calle Arenas (hoy Almafuerte), cercano a la estación de ferrocarril Sáenz, para construir la cancha que permitiera jugar en la Asociación Argentina. El propio Newbery, habitante del barrio de Belgrano, se encarga de encabezar la gestión.

El plantel de Huracán, en 1911. Días de nacimiento.

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Huracán - Ligas disidentes (1909-1912)

1909 - Liga Centenario: Subcampeón. 
1910 - Liga 43: Campeón - Verano.
1910 - Liga 43: Campeón - Invierno. 
1911 - Liga Anglo Argentina: Subcampeón. 
1912 - Liga 43: Campeón - Verano. 
1912 - Liga 43: Subcampeón - Invierno. 

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Huracán en la Asociación (la AAF, la oficial, homologada por la FIFA, antecesora natural de la actual AFA, surgida en 1934).

1912 - Tercera División: Campeón de Sección. Ascenso a Segunda.
1913 - Segunda División: Campeón de Sección y de División. Subcampeón de la Categoría.

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Fuentes y agradecimientos de la serie "año por año": 'El Sexto Grande' y 'Del Globo y de La Quema', de Néstor Vicente; 'Historia del Fútbol Amateur en la Argentina', de Jorge Iwanczuk; base de datos de www.rsssf.com; Historia del Club Atlético Huracán (1908-1968), de Jorge Newton; Centro para Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF) y Oscar Barnade, periodista de Clarín. Algunos textos de esta serie fueron modificados, corregidos o reescritos en ocasión de la realización del libro del Centenario de Huracán, publicado por Clarín en 2008. También por correcciones más recientes y por la recopilación de los títulos y logros de esos años, se agradece especialmente a Pablo Viviani y a Gonzalo Minici.

domingo, mayo 21, 2023

Modelo de crack


Norberto Tucho Méndez, una celebridad de los años cuarenta y de la historia del fútbol argentino, en una publicidad de vinos. Un modelo de crack, con el Globo de Newbery en el pecho.

viernes, mayo 12, 2023

De raneros, quemeros y cirujas



Parque de los Patricios tiene una historia profusa y una prehistoria de carácter casi mítico. Fue (y es) el barrio de raneros y de quemeros, de guapos y de malevos y de perros que le ladran a la luna, de empedrados, de Alcorta y Luna, de almacenes que fiaban, de camiones, de bares, de laburantes, de fábricas que el tiempo se llevó, de tango, de misterio.

Algo así como escribió el poeta Horacio Ferrer sobre Huracán en la revista El Gráfico, en 1990: "Es tradición porteña. Una suerte de figurín entrañable del club porteño, bohemio, tanguero, fino y atorrante. Porque también todos los barrios que configuran su geografía espiritual desde los Corrales Viejos al Parque de los Patricios (¡salve, calle Pepirí!), Pompeya y Soldati, son alma y cultura genuina de Buenos Aires. Los troperos que traían bajo el poncho el hálito criollazo de la pampa, las pulperías, los cafés, los patios y toda la bella y digna vida de barrio --con el meridiano arbolado de Caseros-- vibran y sueñan en un estilo poético que ha trascendido al estilo futbolístico de Huracán. Es la honda armonía de la existencia. Huracán es poético porque es de un poético barrio".

A mediados del siglo pasado se instalaron los Mataderos del Sur de la Convalecencia, quienes le dieron al barrio el antiguo nombre de Corrales Viejos, ya que las calles Catamarca, Boedo, Chiclana y Famatina se habían cercado con postes y en su interior se faenaba ganado vacuno, porcino y ovino para ser degollado. También se llamó Barrio de Las Ranas, por la cantidad de esos batracios que vivían en los numerosos charcos de la zona. Y Barrio de Las Latas, porque de latas, chapas, cartones y géneros en desuso eran las casas en que vivían muchos de sus habitantes. De esos tiempos, de aquellas circunstancias, nació --por ejemplo-- el término arrabalero "ranero", como sinónimo de rápido o avispado.

Existió también, claro, "La Quema". Se trataba de un vaciadero municipal donde en carro se arrastraba la basura, para después ser quemados. Desde entonces, Huracán fue orgullasamente "quemero". Y también estaban (y están) los que nos tildaban de "cirujas", una especie de apócope de cirujano, por la puntillosidad con que se revisaba la basura.

En la zona fabril se instalaron establecimientos de todo tipo, entre los cuales se cuentan fabricantes de chacinados, jabones, casimires, mantas y frazadas, curtiembres, corralones de materiales. En ellas trabajaban inmigrantes, sobre todo de origen italiano y español, que vivían en casas precarias. Luego empezaron a construírse algunos conventillos, como los de las calles Garay, Caseros y Liniers, General Urquiza y Rondeau, entre otros.

Parque de los Patricios vio con orgullo nacer varias obras valiosas: las "casas para obreros" (1909, 1914 y 1918), el Hospital José M. Penna (1923), el Palacio Bernasconi (1929), el Instituto San Vicente de Paul, la iglesia de San Antonio (1925), el Hospital Materno Infantil Ramón Sardá (1935), el Hospital Nacional de Gastroenterología Dr. B. Udaondo, y más recientemente el Hospital de Pediatría Dr Juan P. Garraham (1987). Y claro, el Parque de los Patricios propiamente dicho, que fue diseñado por Carlos Thays en 1902. Está situado en el espacio comprendido por la avenida Caseros, Monteagudo, Uspallata y la avenida Almafuerte. Tiene más de 100.000 metros cuadrados.

El Parque Florentino Ameghino, otro lugar insoslayable, se encuentra delante del Hospital Muñiz y frente a la cárcel de la avenida Caseros. Se presume que allí estaba la quinta de los Escalada, donde falleció Remedios de Escalada de San Martín, en agosto de 1823. Este parque, además, fue utilizado durante la epidemia de fiebre amarilla como un cementerio, por ello en su parte central se encuentra un monumento a las víctimas de esa cruel enfermedad.

El barrio orgullosamente ranero, quemero y ciruja es también como lo retrató el violinista Oscar Arona en su tango "Parque Patricios":
"Cada esquina de este barrio,
es un recuerdo,
de la mágica y risueña adolescencia,
cada calle que descubre
mi presencia,
me está hablando
de las cosas del ayer..."


Foto: La Rioja, entre Avenida Caseros y Rondeau.

Fuentes: www.argentinatotal.com.ar, www.eldiariodeltango.com, periódico barrial digital www.nuevociclo.com.ar, El barrio de Parque Patricios (de Ricardo Llanes), parquedelospatricios.blogspot.com, www.barriada.com.ar, y cuadernillos del Ateneo de Historia de Parque Patricios.

miércoles, mayo 10, 2023

Baldonedo, en la voz de Diego



El tango El sueño del pibe, en la voz de Diego Maradona. También un homenaje del mejor de todos los tiempos a nuestro queridìsimo Emilio Baldonedo, crack de los años treinta y cuarenta, hincha de ir a ver a los reyes de los años veinte, formador de juveniles cuando todavía no existía La Quemita...

Golpearon la puerta de la humilde casa,
La voz del cartero muy clara se oyó,
Y el pibe corriendo con todas sus ansias
Al perrito blanco sin querer pisó.
Mamita, mamita, se acercó gritando
La madre extrañada dejó el piletón,
Y el pibe le dijo riendo y llorando
El club me ha mandado, hoy la citación.

Mamita querida
Ganaré dinero,
Seré un Baldonedo
Un Martino, un Boyé.
Dicen los muchachos
De Oeste Argentino,
Que tengo más tiro
Que el gran Bernabé.
Vas a ver qué lindo
Cuando allá en la cancha
Mis goles aplaudan
Seré un triunfador.
Jugaré en la quinta
Después en primera
Yo sé que me espera
La consagración.

Dormía el muchacho y tuvo esa noche
El sueño más lindo que pudo tener,
El estadio lleno, glorioso domingo,
Por fin en primera lo iban a ver.
Faltando un minuto están cero a cero
Tomó la pelota, sereno en su acción,
Gambeteando a todos, enfrentó al arquero
Y con fuerte tiro, quebró el marcador.


Música: Juan Puey
Letra: Reinaldo Yiso

lunes, mayo 08, 2023

Todos


La antesala del Ducó es esta Luna Quemera de maravillas al paso. Y ahí, en la pared, el retrato de la peregrinación hacia el Palacio.

Todos. Nosotros.

domingo, marzo 05, 2023

El verdadero "sold out"

En el Palacio Ducó pueden ingresar, según los registros de la AFA, unas 48.314 personas. En el 1-1 ante San Lorenzo (que mereció ser triunfo) había más. Al menos eso fue lo que denunciaron las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires. "Exceso de aforo", señalaron. No significa que esté bien. Simplemente es la demostración de que Huracán incluso sin visitantes puede desboradar su propio Palacio. Esta vez fue para ofrecerle la fiesta al Clásico de Barrio más grande del mundo.




domingo, febrero 12, 2023

El Hombre Globo


Jorge Newbery está en todos lados. Dicen que se fue hace cien años, pero acá, en este pedazo de Parque de los Patricios, sigue latiendo. Su nombre y su apellido son palco preferencial en la platea Alcorta del Palacio Ducó y denominación oficial de La Quemita. Su insignia, ese Globo al que llevó por los aires del mundo, está en cada camiseta de cada hincha que no lo conoció, pero que mucho sabe de él. También habita en el pecho de cada pibe que aún cree que se trata apenas de una calle o de un parque. Huracán, su Huracán, está por enfrentar a Ferro, por la fecha 26 de este Nacional en el que anda de tropiezo en tropiezo. El homenaje inevitable por el centenario de su muerte sucede justo antes del inicio. De fondo, se escucha una canción que lo evoca. El empate sin goles en el lunes gris es el único detalle que no acompaña.
No es azar que el aeropuerto de la Ciudad de Buenos Aires lleve su nombre: Newbery es el Padre de la Aviación Argentina. Pero aquel personaje clave de la vida nacional de principios del siglo pasado resultó algo incluso más valioso: se convirtió en un espejo. Fue deportista múltiple, destacado hombre de ciencias, investigador en el ámbito de la electricidad y del subsuelo, funcionario impecable. También un inspirador para aquellos pibes del Colegio Luppi, que tenían el deseo inquebrantable de formar un club de fútbol. George -como le decían los miembros de la alta sociedad porteña, a la que pertenecía- tenía una particular afinidad con ese sur laburante, tanguero y licencioso. Aquel territorio de guapos y de perros ladrándole a la luna, como escribía Homero Manzi. Newbery se reconoció en los ojos y en la intensidad de los jóvenes fundadores de lo que luego sería Huracán. Su pasión se parecía a la del Negro Laguna, a la de José Balsamini, a la de Ernesto Dellisola, a la de Pedro Martínez y a la de cada uno de los jóvenes estudiantes que recorrieron tantos caminos en nombre de aquel nacimiento.
Tampoco es casualidad que existan en el país más de 30 clubes que llevan su nombre. Incluso uno, con sede en Junín, llegó a jugar en los viejos Nacionales, en Primera. Y en Comodoro Rivadavia, el clásico de la ciudad parece rendirle exclusiva pleitesía: juegan Jorge Newbery y Huracán, es decir el hombre y su globo, el personaje sin olvido y sus búsquedas. El tango tampoco podía omitirlo. Sobre él se refirieron Roberto Firpo, Eduardo Arolas, Aquiles Barbieri y José Arturo Severino, entre otros. "Amainaron guapos junto a tus ochavas / cuando un cajetilla los calzó de cross / y te dieron lustre las patotas bravas / allá por el año novecientos dos", escribió Celedonio Flores, en la letra de Corrientes y Esmeralda. El cajetilla, claro, era Newbery.
La condición social no le impidió el compromiso social. Todo lo contrario: escribió leyes sobre seguridad laboral para el socialista Alfredo Palacios, su amigo y compañero de varias expediciones en globo. Lo expresó Néstor Vicente, ex candidato a Presidente de la Nación por la Izquierda Unida y autor de varios libros vinculados a la esencia del club de Parque de los Patricios: "La amistad entre Newbery y Palacios fue muy singular. Una vez algunos navegantes y aficionados a ese deporte de clase alta habían organizado una silbatina para repudiar al dirigente socialista. Jorge, enterado, les dijo de manera tajante: 'Cuidado con lo que hacen. Silbar al doctor Palacios es lo mismo que silbarme a mí y eso no lo permitiré'". Nadie silbó entonces. La palabra de Newbery tenía el carácter de un mandamiento.
Vivía de vértigo en vértigo. Tanto que parecía protagonizar varias vidas en una sola. Escribe Alejandro Guerrero en la biografía titulada Jorge Newbery: "Parece, a primera vista, el personaje ideal para construir la biografía simpática, amena, de un hombre que tuvo para eso todos los ingredientes: deportista, aviador, dandy, persistente frecuentador de prostíbulos, del humo de los puros y del champagne de Armenonville. Pero Newbery fue bastantes cosas más...". El muchacho criado entre comodidades, en el barrio de Belgrano, no era solamente el intrépido aventurero del aire. Y aunque no renegaba de su origen acaudalado creía en la idea de un país inclusivo y próspero. Actuaba en consecuencia: mientras sus hazañas comenzaban a ser conocidas era mirado con recelo por las multinacionales de hidrocarburos a consecuencia de un libro publicado en colaboración con el químico Justino Thierry: El Petróleo, la primera obra nacional sobre la explotación del subsuelo. Bastante antes que su amigo Enrique Mosconi, Newbery ya recomendaba declarar reservas estatales a todas las regiones potencialmente petrolíferas.
No era un hombre del fútbol. Practicaba remo, natación, esgrima y fue uno de los impulsores del boxeo en la Argentina, incluso a pesar de las restricciones que en aquellos días imperaban. También fue campeón de lucha grecorromana y participó exitosamente en diversas regatas. Tenía tiempo para todo: se recibió de ingeniero electricista en la Universidad de Cornell, Estados Unidos. Y Tomás Edison fue su profesor en el Drexel Institute de Filadelfia. Ya en 1900 fue nombrado como Director General de Alumbrado de Buenos Aires. Desde ese espacio desarrolló importantes estudios sobre la utilización de la energía eléctrica. Consiguió que la Ciudad fuera vanguardia en ese rubro. Las ocupaciones profesionales, sin embargo, no impidieron su condición de mecenas fundacional de Huracán. El acompañó de cerca a esos pibes del sur que nada tenían para armar el club. Excepto esa pasión enorme que ya no les cabía en sus cuerpos breves. Y la generosidad de ese amigo que vivía en un caserón sobre la calle Moldes, en la otra punta de la Ciudad. Tan lejos y tan cerca.
Lo saben todos, incluso en este tiempo, ya después de un siglo de ausencia: sin Newbery, Huracán no sería Huracán. Desde el principio de los días. Por eso, el homenaje perpetuo no tardó en llegar: en mayo de 1911 Newbery fue designado Socio Honorario. Simultáneamente, la institución naciente solicitó a la Municipalidad el préstamo de un terreno en la calle Arenas (hoy Almafuerte) para construir la cancha que le permitiera participar en las competiciones de la Asociación Argentina. Otra vez Newbery se encargó de la gestión. Gracias a él, resultó exitosa. Aquel vínculo resultaba empatía pura. Y aunque era habitué del Jockey Club, le simpatizaba el Barrio de las Ranas (esa geografía que ahora se reparten Parque de los Patricios y Pompeya) y toda su zona de influencia, de la que era habitante sentimental. Estaba encantado con esa gente, sus ritmos, sus espacios, sus calles, su impronta.
La colaboración ofreció consecuencias agradables muy pronto: a cinco años de su fundación, Huracán ya estaba en la máxima categoría del fútbol argentino. En aquella ocasión, la Comisión Directiva le envió a Newbery un telegrama a modo de tributo: "Hemos cumplido. El Club Atlético Huracán sin interrupción conquistó tres categorías, ascendiendo a Primera División, como su globo que cruzó tres Repúblicas". Era el perfecto desenlace para el sueño compartido. Pero Newbery no pudo ver a su Huracán en Primera. Falleció 28 días antes del estreno: el 1° de marzo de 1914, en Los Tamarindos, Mendoza, la muerte lo encontró en el aire. Estaba piloteando un avión que se transformó en tragedia. Fue un dolor para todos: a su entierro, en la Sociedad Sportiva de Palermo, concurrieron unas 50.000 personas. Se trató de una de las mayores expresiones populares de ese tiempo. Su carisma había excedido las fronteras de las cuestiones de clase.
El 29 de marzo de ese año, Huracán debutó en Primera: como local derrotó 4-2 a Ferro, el mismo rival -quiso el destino- que el del lunes gris y de homenaje. Newbery no estaba en las tribunas, pero sí en el espíritu de los fundadores. Y luego, ya cuando el club de todos ellos se convirtió en el más campeón de los años 20 (junto a Boca), el encantador hombre que había llevado por los aires al globo Huracán quedó para siempre estampado en las camisetas. Como correspondía, al lado del corazón.
Texto publicado por el autor del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com

sábado, enero 07, 2023

Bellezas al paso


Mural, sobre la calle Luna Quemera. El tango, la fundación, la gente, el Globo de Newbery, la impronta de guapo. Bellezas al paso, rumbo al Palacio Ducó.

miércoles, noviembre 23, 2022

Botín de Oro, también orgullo de La Quema

Héctor Yazalde, el inolvidable Chirola, fue el único argentino en conseguir el Botín de Oro que la UEFA le entrega cada temporada al máximo goleador de todo el continente. Más allá de que se destacó en Independiente, Sporting Lisboa y Newell's su retiro fue en Huracán. Fueron apenas dos partidos (sin goles) en 1981. Ese año, el equipo de Parque de los Patricios terminó octavo en el Metropolitano que ganó Boca con Diego Maradona; y se quedó afuera de los cuartos de final por dos puntos del Nacional que ganó River con Mario Kempes. Duró poco la aventura de Yazalde en los barrios del Sur, pero fue también un motivo de orgullo de aquellos días. Lo que sigue es un retrato de este personaje irrepetible publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.

Villa Fiorito parece destinada a alumbrar grandes cracks. En su geografía de carencias y postergaciones, en la periferia del partido de Lanús, se forjó ese nombre que no necesita apellido para presentarse en el mundo del fútbol: Diego. Pero no fue la única figura universal que conoció los deleites de esos potreros ya mitológicos. Allí cerca, a un puñado de calles sin cordón ni asfalto, también se crió otro personaje irrepetible de la historia del fútbol argentino: Héctor Casimiro Yazalde. El consiguió lo que ni el inmenso Maradona: fue el único futbolista nacido en esta tierra capaz de obtener el Botín de Oro, ese lauro que Europa le entrega al máximo goleador de cada año en todo el continente.

Yazalde dividió su niñez y su adolescencia entre los potreros y los esfuerzos por llevar el pan a casa. Le decían Chirola porque trabajaba por chirolas (una palabra que encontró el lunfardo para mencionar a unas pocas monedas). Trabajó en un puesto de diarios, fue ayudante en una verdulería y repartidor de hielo. En definitiva ayudaba como podía a Pedro y a Petrona, sus padres -quienes años antes habían dejado Los Toldos para instalarse en el Gran Buenos Aires-, y a sus siete hermanos.

Su primer club formal fue Los Andes. Y en Racing llegó a jugar en la Séptima junto a Agustín Cejas, el Panadero Rubén Díaz, el Coco Alfio Basile y Rodolfo Vilanoba. En 1964 fichó para Piraña, un club de la D, la última categoría de la AFA. Entonces aconteció un detalle que cambiaría todo y para siempre: Carlos Radrizzani, presidente de Independiente, lo vio jugar en un torneo nocturno y lo llevó al club para sumarlo a la Tercera. Cuentan que llegó al Rey de Copas por recomendación de Julio Grondona, entonces presidente de Arsenal y conocedor de los secretos del Ascenso. En ese tiempo pesaba apenas 60 kilos de mal comer.

Su crecimiento fue impresionante: Renato Cesarini lo citó para el seleccionado Juvenil que disputó los Juegos Panamericanos de Winnipeg. Osvaldo Brandao lo promovió al notable equipo que consiguió el Campeonato Nacional de 1967, con Santoro, Pavoni, Savoy, Pastoriza, Bernao, Artime y Tarabini, a quien consideró siempre su mejor amigo en el fútbol.

En 1970 ya había demostrado todas sus condiciones como goleador y desde el año anterior jugaba en la Selección. Lo quisieron contratar del Santos, del Palmeiras, del Lyon, del Valencia y hasta de Boca, ese club que admiraba en los tiempos de la niñez. Pero tomó una decisión que marcaría el principio de su capítulo más memorable: después de 111 partidos y 67 goles con la camiseta de Independiente se fue al Sporting Lisboa.

En Portugal, además de ganar la Copa (en 1973 y en 1974) y la Liga (en 1974), su mayor logro tuvo carácter individual: en la temporada 73/74 convirtió 46 tantos en 30 partidos. No sólo obtuvo el Botín de Oro (el mismo que consiguieron entre otros Eusebio, Gerd Müller, Marco Van Basten, Hristo Stoichkov, Hugo Sánchez, Ronaldo, Thierry Henry, Diego Forlán, Francesco Totti y Cristiano Ronaldo) sino que estableció un récord que aún permanece.

En el Sporting lo recuerdan como lo que fue en su tiempo: un crack y una celebridad. No es casual que se lo incluya como integrante del equipo ideal de todos los tiempos en cuanta encuesta vinculada con Los Leones de Alvalade se realice. Más de tres décadas después, Chirola sigue siendo motivo de añoranza y de tributo para los verdiblancos de Lisboa.

En aquellos días, filmando un corto publicitario que promocionaba una marca de jabones, Yazalde conoció a la modelo y actriz portuguesa María del Carmen Resurrecao de Deus, con quien se casó en 1973. Luego de casarse, Carmen adoptó el apellido de su marido, que mantuvo aun después de la separación. Tuvieron un hijo, Gonzalo.

Incluso en sus días de glamour y estrellato europeo, Yazalde jamás renegó de su origen. Tampoco en su regreso a la Argentina para jugar en Newell's y para retirarse en Huracán. El irremplazable Osvaldo Ardizzone un día lo definió con el fino trazo de su pluma privilegiada. Escribió de Chirola: "Purrete de la orilla, la vida de salida, te cantó, la bolilla más fulera". Esa bolilla fulera fue una cirrosis que se lo llevó en 1997. Tenía 51 años. Cuentan que murió sin saber que sería inolvidable.

domingo, septiembre 04, 2022

El Mundial de Stábile



El Mundial de 1930, en el que Argentina fue subcampeón detrás de Uruguay. Una celebración del fútbol rioplatense en la que Guillermo Stábile demostró que no había goleador más valioso que él.

domingo, junio 12, 2022

El Quemero de la Patagonia Rebelde


El film La Patagonia Rebelde, de 1974.

Por Pablo Viviani*
Uno de los clubes más pintorescos, ya sea por historia, hazañas o símbolos, es el Huracán de Parque de los Patricios. Sin embargo, como con tantos otros, muchas veces sus grandes historias no son conocidas. Los orígenes nunca fueron certeros, aunque lo único seguro es que la mayoría de los integrantes eran miembros del Partido Socialista.

Huracán había sido creado con la idea de acoger a los niños y jóvenes carentes de contención social y familiar, siendo integrantes familias precursoras, como las de Alfredo Palacios o Nicolás Repetto. Pero eso no es todo, pues para 1913 había un referente del Partido Socialista en cada team del Globito. El más conocido era el half Vicente Chiarante, que jugaba en Segunda División. También se destacaban Carlos Chiarante en Tercera, Albino Argüelles en Cuarta y Benigno Argüelles en Quinta. Todos tenían la particularidad de que ocupaban el puesto de entreala izquierdo.

De acuerdo con la cantidad de hermanos, los Chiarante podrían haber formado su propio equipo, aunque en Huracán sólo actuaron Carlos, Vicente y Enrique.

Este último fue el de mayor militancia dentro del Partido Socialista, constituyéndose en uno de los fundadores del Partido Comunista local y creador de la Federación Deportiva Obrera en 1924. Pero sería Pedro Chiarante quien luego sería dirigente del gremio de la construcción y un cuadro histórico del PC.
Sin embargo, esta nota se va a ocupar de Albino Argüelles, el menos talentoso de los nombrados. Herrero, igual que su hermano menor nacido en Nueva Pompeya el 5 de febrero de 1896.

Argüelles participó en las jornadas sangrientas de la Semana Trágica de 1919, en los talleres Vasena, y eso lo obligó a ocultarse para escapar de constantes persecuciones. Después de tanto militar, se afilió finalmente al Partido Socialista el 25 de mayo de 1919. Según Osvaldo Bayer, estaba también afiliado al Partido Socialista Internacional, pero como estaba “no demasiado metido, decía que era socialista”.

Pedro llegó a narrar que “desde hacía años conocía a Albino Argüelles. Estábamos acostumbrados con Enrique a verlo por las calles del barrio”, aunque esa relación se transformó en amistad cuando ambos ingresaron al Centro de Nueva Pompeya del Partido Socialista Internacional.

Albino buscaba nuevos horizontes y, tras un empleo, el hombre de Globito en pecho partió hacia San Julián (Santa Cruz) para ejercer su oficio. A Argüelles lo admiraban por su sabiduría popular, con luchas y dolores a cuestas, y por eso lo nombraron inmediatamente secretario general del Sindicato de Oficios Varios de esa ciudad portuaria.En una ocasión, de regreso en Buenos Aires, en el local que el Partido Socialista Internacional poseía en Almafuerte y Sáenz, dio una charla sobre las tremendas condiciones de vida y explotación de los trabajadores en la Patagonia.

En el verano de 1921 y antes de emprender su último viaje al Sur, se reunió un grupo de camaradas encabezados por Albino y Benigno Argüelles, Pedro y Enrique Chiarante, y Fernando Serradel, para redactar el esbozo de lo que sería el pliego de reivindicaciones de los obreros patagónicos. Quien le dio forma definitiva fue Serradel, otro de los fundadores de Huracán.Argüelles volvió a San Julián y se convirtió en uno de los referentes del conflicto, junto con el anarquista Ramón Outerello, José “Facón Grande” Font y el secretario de la Sociedad Obrera de Río Gallegos, Antonio Soto.

El hombre de los Corrales al Sud era considerado el más inteligente y por ello fue inmediatamente nombrado para organizar las columnas de centenares de peones rurales patagónicos en la huelga de 1921, en la cual pedían mínimas mejoras en las condiciones de trabajo.

Cuando llegaron las fuerzas represoras del capitán Elbio Anaya, les pidió parlamento a los dirigentes huelguistas, aunque eso fue sólo una excusa para apresarlos, castigarlos rudamente con garrotes y sables, y ordenar los fusilamientos.

Aunque en el parte militar de Anaya se detalló que el entreala Argüelles fue fusilado el 18 de diciembre por las tropas del coronel Héctor Varela, siendo “muerto mientras intentaba huir”, se constató luego que por el sólo hecho de reclamar habían perecido de igual forma unos mil quinientos trabajadores.

Ese mismo día, en el lejano Parque de los Patricios, el Globito le ganaba a Platense y quedaba a cuatro puntos de Del Plata. Huracán se alejaba de sus seguidores y en el próximo partido se proclamaría campeón por primera vez, aunque Argüelles ya no estaría para enterarse de las noticias de su querido club.

En noviembre, apenas un mes antes, había nacido en Buenos Aires la hija que Argüelles jamás conoció. Irma fue fruto del amor de Albino con Clara, y fue concebida meses antes de la partida del huracanense a la Patagonia. Al enterarse, semanas antes de morir, Albino le había enviado por carta unos dulces versos.
Al conocerse el asesinato de Argüelles, según contó Pedro Chiarante, se llevó a cabo un funeral cívico en la casa de los padres en la calle Aconquija, de Parque de los Patricios, al que concurrieron “miles de vecinos, militantes obreros y políticos, y representaciones de los partidos Comunista y Socialista”.

En el mismo lugar donde fue fusilado Argüelles están hoy los restos de sus compañeros que se levantaron contra la patronal. Ochenta años después de su asesinato llegaron a ese lugar las cenizas de su compañera y de la hija de Argüelles, transportadas desde Buenos Aires por su nieto.

*Texto publicado en la Agencia Télam.

jueves, mayo 05, 2022

Filgueiras, el pulpo con botines


Juan Manuel Filgueiras jugó en Huracán durante once temporadas, entre 1948 y 1958. Fue uno de los defensores emblemáticos de los años cincuenta. Y una de las caras más reconocibles de ese tiempo. Así lo demuestra esta publicidad de los botines Sportlandia (de 1952) en la que -de algún modo- se recibió de pulpo. Un pulpo al servicio del Globo de Newbery.

miércoles, abril 06, 2022

El Luppi, Manzi, nosotros...


Huracán en estado puro. El cartel es un homenaje a nuestra esencia: una conmemoración del Colegio Luppi, territorio de los tiempos fundacionales y un puñado de palabras del mago de la poesía y el tango, nuestro Homero Manzi.

En definitiva, nosotros...

sábado, febrero 12, 2022

Retratos de una ilusión naciente

Copa de la Liga - Primera Fecha: Huracán 1 - Lanús 0

No había mejor modo de empezar: victoria, indicios satisfactorios en cuanto al juego, un gol de Cóccaro -ya un Zorro Quemero-, el Arco de Marcos en cero, expectativa justificada en la gente bajo el tibio sol del Palacio Ducó. Nada menos.

PH: Gabriela de la Barrera

La platea Masantonio y los rostros de este Huracán que tiene respaldo también en el contorno.



La sensación general de que, más allá de las situaciones desperdiciadas algo bueno está sucediendo.


Y ahí anda la sensación dando vueltas: La Estrella Catorce no es un imposible. Se trata de una ilusión naciente.


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PARA VER:



domingo, octubre 17, 2021

El Día de la Abuela

 

Totó hizo su debut oficial en el Palacio Ducó, ayer, en el día de mi cumpleaños.

Hoy, ahora, es el día de mi mamá. Su abuela.

Mi mamá no era de Huracán. Por herencia geográfica se hizo de Banfield. Pero siempre quería que ganara el Globo, incluso a pesar de mis hermanos bosteros.

Mamá, en tu día, tu nieto ya está bautizado de Quemero. Como creo que te hubiera gustado.

Estarías orgullosa de Totó. Ya lo pasaron de Sala de 2 a 4 en la Juegoteca por su lucidez y capacidad con la palabra. Ya pinta para abanderado como sus cuatro primos.

Ayer, cuando volvíamos de la cancha, le conté que estabas de paseo. Y miramos el cielo. Totó es fanático de la Luna. Tal vez sea porque llegaste hasta allá.

Feliz día, Má. Sabelo: sos abuela de un Quemero fascinante. Es tu Día, Eulalia de mi corazón.

No te preocupes: perdimos con Boca. Pero créeme que fue una victoria.

domingo, junio 20, 2021

El Día de Don Pocho, mi papá



Lo conocí bastante poco, lo descubrí tarde. Yo había sido el sueño de una noche de verano, tardío. Un azar. Nos vinculamos de un sólo modo que cabe en un nombre, el de un club: nuestro Huracán.

Como El Diego y como mi hijo Totó yo siempre fui "mamero". Pero mi viejo, Don Pocho, aunque no lo viera, estaba siempre ahí. Quizá se hacía el pelotudo. Pero él estaba.

Esperó a que yo no estuviera para tirarse abajo de un tren, hace dos décadas. Tenía un cáncer irremediable.

Lo hizo para que me doliera menos. Yo estaba cubriendo para Clarín un Mundial Juvenil, en Trinidad y Tobago. La noticia me llegó al regreso. Lloré dos días.

Más tarde vino la reconstrucción de su figura. Mi papá, que podía vivir de rentas, se despertaba todas las madrugadas de la casa de la calle Melián para ir a trabajar a la panadería La Primera de Saavedra como módico empleado, en la cuadra. Ese era uno de sus berretines.

Tenía otro, en otro momento del día: se pasaba las tardes por los bares de la zona jugando a las cartas y escabiando.

Un lustro después de que se suicidó quise seguir su huella. Fui a esos bares. A todos. Y me enteré de una verdad que hoy me emociona: estaba orgulloso de mí. Y me quedé tranquilo.

lunes, octubre 05, 2020

Gardel le canta a Huracán



Largue a esa Mujica es un tango escrito por Juan Faustino Sarcione y al que Carlos Gardel le puso su voz de Zorzal.

Resulta, sobre todo, otra cosa: un bellísimo homenaje musical al Huracán campeón de 1928.

Más:
Detalles, en Gardel.es: Voz: Carlos Gardel. Acompañamiento: Guillermo Desiderio Barbieri - José María Aguilar (guitarras). Disco Nº 18283. Matriz Nº 4454 1. Sello Editor: Odeón Argentina. Fecha de grabación: 08-08-1929. Lugar: Buenos Aires (Argentina). Total de maquetas grabadas: 3. Publicadas: 1 (3º versión). Música y Letra: Juan Faustino Sarcione (del mismo autor Gardel grabó “Tristeza Gaucha”).

sábado, abril 04, 2020

El cine y nosotros


Lo cuenta el afiche: es una película made in Huracán. Entre las estrellas que el film ofrece aparecen Tucho Méndez, Alfredo Di Stéfano y Mario Boyé, tres que vistieron el Globo de Newbery en el pecho. Se estrenó en 1949, tiempos en los que nadie dudaba de que en Parque de los Patricios habitaba un grande.

Más:
Los detalles de "Con los mismos colores", en IMDB.

miércoles, marzo 06, 2019

El Messi que quería jugar en Huracán



La hélice, casi lo único que quedó del avión de la tragedia, cuenta una ausencia. Allí, en la zona del viejo Stadio Filadelfia, en Turín, ese monumento breve es el retrato lacónico de uno de los más estupendos equipos de todos los tiempos: Il Grande Torino de los años 40. El estadio, escenario de tantas jornadas de aplausos y consagraciones, estuvo en desuso desde 1963 hasta su demolición en 1998. Y más allá de sus varios emprendimientos truncos de reconstrucción continúa siendo una referencia de aquellos tiempos de brillos que ya no están. Son también, claro, un motivo de añoranza para los grandes cracks de aquel tiempo, como el notable Valentino Mazzola, el Messi de esos días. El accidente aéreo de 1949 se devoró a aquel equipo. El avión regresaba a Italia tras un partido en Lisboa frente al Benfica. Ganaban todo lo que jugaban: cinco Ligas consecutivas desde 1942 hasta 1949, clásicos contra la Juventus, amistosos... Sólo la Segunda Guerra evitó -por la suspensión del calcio entre 1943 y 1945- que fueran más los Scudettos sucesivos. Un dato contaba la jerarquía de aquel equipo: diez de los 11 titulares del seleccionado italiano pertenecían al Torino.

La pregunta invariable que continuó a la tragedia todavía escucha respuestas y aproximaciones: si no se hubiera caído aquel avión, ¿qué habría pasado en el fútbol del mundo? El periodista Jaime Rincón escribió alguna vez en el diario Marca: "Son muchos los que apuntan que si la historia de aquel equipo no hubiera terminado de manera repentina hoy quizá no existiría el 'catenaccio'. Puede que tampoco la Juve fuera el peso pesado que es actualmente en el Calcio. Y seguramente el Maracanazo no hubiera tenido lugar". No se trata de una exageración: quienes lo vieron y quienes lo contaron a través de los medios coincidieron. Aquel Toro era capaz de todo, incluso de hacer magia mientras arrasaba rivales. Y -dicen- también podría haber modificado la historia del fútbol tal como la conocemos.

Nadie sobrevivió al impacto. Pero el azar quiso que dos futbolistas no estuvieran allá arriba: el enorme Ladislao Kubala, quien estuvo a punto de firmar su contrato con el club en aquel momento y no lo hizo; y un tal Sauro Toma, un defensor procedente de La Spezia, que acababa de llegar al Torino. Contó aquel joven de 23 años alguna vez: "El míster, Leslie Lievesley, nos había dicho a Valentino Mazzola y a mí que nos cuidáramos de las lesiones antes de viajar. Mazzola no estaba bien del todo, pero podía jugar y viajó. Yo tenía problemas en la rodilla y el entrenador me aconsejó que me quedara en casa. Me sentí el hombre más desdichado de Turín. Todo el Torino viajó a Lisboa, y yo me quedé en casa, lesionado". A Mazzola el destino no lo quiso salvar.


Con ese Torino quedó enterrado un equipo exitosísimo, un mito y, también, Mazzola. Era el capitán, la figura, el ídolo, el goleador frecuente, la referencia inevitable. En una entrevista concedida en 2009 al diario El País, de Madrid, su hijo Sandro Mazzola -también destacado futbolista- contó a Valentino a 60 años del fallecimiento: "Mi padre tenía 30 años y yo seis y medio. No recuerdo nada. Mi cabeza olvidó todo lo que había vivido con mi padre. Todo menos su mano grande, en el centro de Turín, donde todos querían hablar con él. Me daba seguridad. Yo no entendía entonces por qué todos querían estar con él. Después supe que era una gran persona. La calidad de los videos de aquella época no es buena, pero tengo referencias de entrenadores campeones del mundo como (Ferruccio) Valcareggi y (Edmondo) Fabbri o jugadores como Boniperti, capitán de la Juve, que me dicen: 'El más grande de todos fue tu padre'. Era interior derecho. Pero, en realidad, jugaba por todo el campo. Siendo centrocampista, fue tres veces máximo goleador de la Liga. Era más o menos como Di Stéfano, un portento físico con una gran técnica. Yo esperaba ser como él, pero no pude. Yo era muy técnico en velocidad, pero menos fuerte".

Por entonces ni la tradicional revista France Football ni la FIFA entregaban el Balón de Oro al mejor futbolista del año. A Valentino le ofrecían adjetivos, aplausos y admiraciones que lo definían y lo legitimaban como tal: Era el mejor del mejor equipo, como lo es ahora el Messi del Barcelona. Sobre él se escribieron libros (como "Un uomo, un giocatore, un mito", de Renato Tavella) y se hicieron películas en las que se exhibe el significado y la influencia que él tenía en aquel contexto (como "Il Grande Torino", de Claudio Bonivento). Era más que el capitán de un equipo: resultaba también el símbolo de un grupo de futbolistas capaz de ofrecer alegrías tras las dolores de la guerra.

El periodista Jesús Camacho, en El Engranche, retrató a aquel Valentino y a aquel equipo estelar: "Aquel maravilloso conjunto tenía en Valentino Mazzola a su cerebro, capitán, organizador y gran goleador. Un futbolista muy inteligente, dotado de gran personalidad y que ofrecía cada año la extraordinaria cifra de 20 o 30 goles. El conjunto granata practicaba un fútbol muy ofensivo, en su alineación titular prácticamente no había defensas y solo Aldo Ballarin y Maroso se dedicaban a dicha labor. El guardameta Bacigalupo observaba desde su marco cómo los centrocampistas Castigliano, Martelli y Rigamonti lanzaban a los interiores Ezio Loik y Mazzola y a su vez los extremos Romeo Menti y Franco Ossola hacían mucho daño por los flancos y servían balones al magnífico centrodelantero Gabetto. Además tampoco podemos olvidar a los Schubert, Grava, Bongiorni..." Dicho de otro modo, Valentino también era el director de una orquesta impecablemente afinada.

Y en su recorrido hay un detalle que -a los ojos de este tiempo- parece inverosímil. En ese 1949 de la tragedia trascendió una novedad de asombro: Mazzola quería jugar en Huracán, cuando finalizara su camino de maravillas por el Torino. Le fascinaba el fútbol argentino y le había agradado el Globo de Newbery, que en los días de la niñez de Valentino había sido el más campeón de los años 20. La revista Goles (ver "Imágenes") contó la anécdota: el crack italiano mandó una nota a la revista comentando su deseo. Y desde la redacción lo contactaron con el club de Parque de los Patricios. No se conocieron los pasos siguientes. Poco después, la tragedia se llevó al Messi de los años 40.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.com.

Cine sugerido: La película "Il Grande Torino".

miércoles, enero 02, 2019

Tucho, tan grande...


Era crack, era magia, era gol, era tango. "Ayer Tucho Mendez vino a visitarme / y en un fuerte abrazo me insto a meditar,/ así poco a poco mi mente poblaron / sus dulces recuerdos que no he de olvidar./ Soñaba en aquellos lejanos momentos / cuando era un purrete con sed de vivir / tejer en el césped muy lindas gambetas / y haciendo golazos sentirse feliz...", lo retrata la letra de Manuel Pose a la que Victorio Papini le puso música.

Norberto Doroteo Méndez fue uno de los grandes mediocampistas de la historia del fútbol argentino. Jugó en Huracán, en Racing y en Tigre. En total disputó 392 partidos e hizo 123 goles. También se destacó en la Selección: todavía ahora, en la antesala de la Copa América de la Argentina, es el máximo goleador histórico de la máxima competición continental (hizo 17 tantos, al igual que el brasileño Zizinho), un trofeo que conquistó en tres ocasiones (1945, 1946 y 1947). Sobran los datos para contarlo: Tucho fue un pedazo enorme de cada club en el que jugó, un motivo para convertise en hincha, una razón suficiente para hacer la cola para comprar una popular bajo el sol de un domingo cualquiera.

Nació en esa difusa frontera tan huracanense entre Nueva Pompeya y Parque de los Patricios, el 5 de enero de 1923. Desde los días de la niñez se hizo quemero e hincha de los referentes de su tiempo. Por ejemplo, lo esperaba a Herminio Masantonio a la salida de la cancha para llevarle la valija; y al arquero Juan Estrada le alcanzaba la pelota detrás del arco en los entrenamientos. Eran sus felices berretines. Sus inicios los retrata el blog Historia del Fútbol Mundial: "Los potreros de la populosa zona del sur porteño y el club Miriñaque vieron transcurrir largas horas de la niñez de quien, tiempo después, se convertiría en uno de los grandes ídolos del fútbol argentino. Tenía 11 años cuando un buscador de valores precoces de esa época, José Carrero, lo llevó a Huracán. Y fue en la Sexta División del Globito donde comenzó a hacer los palotes de su notable historia futbolística".

Pronto, el chiquilín de paso chueco y con un jopo imposible de modificar, jugó junto al guapo Masantonio en Huracán. Y se dio un lujo contradictorio: le hizo un golazo desde 35 metros a su admirado Estrada, cuando ya había sido transferido a Boca. Debutó en la Primera del Globo de Newbery el 13 de abril de 1941, en el viejo estadio de Avenida Alcorta y Luna, donde hoy está el Ducó. Esa vez, ganó el local por 4 a 2, con con un gol de Tucho, dos de Herminio y otro de Baldonedo. Desde entonces hasta 1947 fue figura y símbolo de su querido Huracán.

Luego, fue transferido a Racing y resultó una pieza fundamental del primer tricampeón del Profesionalismo (1949, 1950 y 1951). Su campaña en Racing terminó en 1954. Después estuvo dos años en Tigre y volvió a ese lugar que quiso tanto: a Parque de los Patricios, al Globo de Newbery, donde terminó su campaña a fines de la década del 50. Más tarde, ya retirado, les pondría palabras a sus sensaciones y a sus afectos futboleros: "Huracán fue mi novia; Racing, mi mujer; la Selección, mi amante".

En su idilio con esa amante celeste y blanca, Méndez demostró su condición de gigante. "A Tucho lo definen, sobre todo, los cracks a los que tuvo que reemplazar. Cuando el Charro Moreno -el Maradona de los años 40- se fue a México y Vicente de la Mata se lesionó, tuvo que aparecer él. Y lo hizo del mejor de los modos: asombrando a todos. Demostrando que lo que cada fin de semana hacía en la Argentina lo podía hacer también en cada rincón de América y del mundo", cuenta el periodista e historiador Oscar Barnade, miembro del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF).

La Copa América fue su perfecto escenario: en 1945, en el Sudamericano de Chile, convirtió seis goles en apenas cuatro encuentros como titular. La mitad de ellos sucedieron en un partido que lo convirtió decididamente en superhéroe: convirtió los tres tantos del 3-1 frente a Brasil, en Santiago. Fue el máximo anotador de esa edición. En 1946, en Buenos Aires, volvió a ser decisivo: marcó cinco goles. Dos de ellos sucedieron en el encuentro decisivo, también ante Brasil. Ante más de 80.000 personas, en el Monumental, provocó los dos gritos memorables que le dieron otro título a la Argentina bajo el cielo de América. En 1947, en Ecuador, fue parte de un equipo memorable que compartió, entre otros, con Alfredo Di Stéfano. Argentina obtuvo el tricampeonato y Tucho volvió a ser determinante en el encuentro de la consagración: convirtió dos tantos en el 3-1 ante Uruguay, en Guayaquil.

"Tucho era también un auténtico porteño", contaba en la redacción de Clarín el imborrable Pedro Uzquiza, quien conocía bien los detalles de la vida de ese talento enorme del fútbol argentino, de ese hombre de la bohemia, de los códigos del barrio, del tango. Méndez concurría a dos lugares emblemáticos de su tiempo: el Marabú y el Chantecler, donde se encontraba con su amigo Aníbal Troilo, con quien se ofrecían mutua admiración. La siguiente anécdota sucedió fuera de Buenos Aires: después de convertirle tres goles a Brasil en el Nacional de Santiago de Chile, fueron a festejar a la confitería La Quintrala. Tita Merello, de gira con una compañía teatral argentina, lo invitó a bailar un tango, y Tucho mostró su arte de gran bailarín. Como el fútbol, llevaba la música en el alma.

"Viví muchas vidas. No me arrepiento de eso. Tal vez ahora esté volviendo a la época en que era una estrella de bigotes recortados con precisión", le confesó al periodista Miguel Frías en una de sus últimas notas ofrecidas. Era un personaje mágico de aquellos días. Hasta fue convocado para protagonizar la película "Con los mismos colores", junto a otros dos futbolistas icónicos de la época, Mario Boyé y Di Stéfano. Confesó Méndez alguna vez: "Si volviera atrás haría todo igual. Hice todo lo que pude. Fui feliz". Se fue del mundo más tarde, en 1998. No sabía entonces que nadie le había podido quitar su corona de Rey de América.

Texto publicado por el autor del blog en Planeta Redondo, de Clarín.

martes, noviembre 20, 2018

La vida de aquel gol de Morresi



Por Ariel Scher*
Mi buen amigo Arturo era un artista para quitarle la cáscara a las manzanas con un cuchillo finito, conocía de memoria cada intervención de la guitarra de Jimmy Page en Led Zeppelín y se las arreglaba como marcador de punta en cualquiera de los costados de la cancha. Sería justo decir que tenía bastante mérito en bastantes cosas y que todas sus tías podían juntar argumentos para alabarlo delante de las vecinas, inclusive de las vecinas que jamás reconocían los méritos de ningún sobrino ajeno. Sólo había una cuestión, una notoria, una especial, una que no era difícil para otra gente, en la que mi buen amigo Arturo fallaba. No sabía gritar goles.

No era un problema de voz ni, tampoco, de voluntad. Y, mucho menos, de falta de pasión. Mi buen amigo Arturo quería al fútbol tanto como a las dos novias que tuvo en su vida. Jugaba seguido, viajaba de memoria a la mayoría de los estadios y hasta dominaba el nombre de casi todos los delanteros del campeonato de España en los tiempos en los que nadie pronunciaba la palabra “globalización” y la televisión no pasaba los partidos desde Madrid o desde Barcelona con la misma facilidad que los de Avellaneda. La verdad es que mi buen amigo Arturo no sabía gritar goles y no había explicación.
Por el tiempo en el que mi buen amigo Arturo andaba en la transición entre su primera y su segunda novia, íbamos a la cancha juntos muy seguido, así que no resultó extraño que un día de noviembre, en lo mejor de la primavera de 1980, nos tomáramos uno de los colectivos que él conocía mejor que yo y partiéramos hacia la Bombonera. No me voy a olvidar jamás: jugaban Boca y Huracán.

Quiero aclararlo porque en esta etapa de fanatismos inconvenientes acaso no se entienda: ni mi buen amigo Arturo ni yo éramos de Boca o de Huracán. Fuimos porque la juventud nos regalaba fuerza, porque disfrutábamos de la experiencia de la amistad y porque nos tentaba la posibilidad del gran fútbol. Fuimos así, tan naturalmente, que no se me ocurrió preguntarle a mi buen amigo Arturo por qué, después de bajarnos del colectivo y de marchar unas cuadras, nos ubicamos en la tribuna de Huracán.
Lo sabe cada individuo que creció: cuando somos jóvenes estamos convencidos de que el tiempo nos pertenece y es eterno. Quizás por eso, creí que iba a retener para siempre cada imagen de ese partido. El fútbol de Huracán que fue impresionante, un gol de Roque Avallay parecido a otros buenos goles de Avallay, un gol de Brindisi que –como cada movimiento de Brindisi- a mi buen amigo Arturo y a mí nos certificaba que Brindisi transcurriría toda su existencia como crack, la cara de un gordo de la hinchada al que le abundaban los kilos y la alegría. De mi buen amigo Arturo, seguro, me quedaría la imagen de todas las veces: su análisis impecable, su placer ante cada jugada de calidad y, desde luego, su garganta cerrada, seca y muda en los momentos en los que miles y miles gritaban gol.

Ser joven, decía, abre la maravillosa puerta de sentirse dueño del tiempo, pero también empuja al error. Y yo, en ese partidazo, en plena Bombonera, me equivoqué. Nada de lo que enumeré –ni Avallay, ni Brindisi, ni un gol más que creo que hizo Candedo, ni el gordo ese de los muchos kilos y la mucha alegría- ocuparía el centro de mis recuerdos. Nada. Lo más importante todavía estaba por pasar.

Es verdad que no puedo precisar cuántos minutos iban. No puedo porque la circunstancia que siguió fue tan potente, tan asombrosa y tan inmensa que me dejó sin registrar la más mínima señal del reloj. A la distancia comprendo que aquel desentendimiento del reloj respondía a una lógica que hoy me surge transparente: ocurrió algo que detuvo el tiempo.

Yo lo vi. Lo vi con calma y como se ven las cosas que no sorprenden. Huracán metió su cuarto gol. Era el 4 a 1, una goleada que se correspondía con lo que había pasado, aunque se tratara de un resultado no frecuente, y menos aun para un equipo visitante que pasaba por la Bombonera. Tuve la percepción de que ese gol no le agregaba demasiado al partido, apenas unos granitos de sal sobre una ensalada que ya estaba lista. Y ahí radicó mi error. Cuando giré la cabeza para comentar la circunstancia, mi buen amigo Arturo no me ofreció ninguno de sus comentarios sabios e impecables.
Estaba gritando el gol.

Un sudor extraordinario me inundó las cejas y un frío indigno para noviembre me envolvió la piel. Lo enfoqué una vez: gritaba. Lo enfoqué dos veces: gritaba. Lo enfoqué tres veces: gritaba. La vez siguiente que lo enfoqué no sólo gritaba. Además, se aferraba en un abrazo con el gordo de la hinchada.

Repito que se me perdió la noción del tiempo y ese es mi argumento para no saber cuánto pasó hasta que mi buen amigo Arturo dejó de gritar. Sólo tengo en claro que en el instante en el que evalué que podía preguntarle qué había pasado, él se adelanto y, ronco y agotado, me dijo:
-Lo hizo el pibe Morresi.

Eso era, exactamente, lo único que yo sabía, que el gol lo había hecho un pibe, Morresi, jugador de Primera desde hacía muy poquito. O sea: mi buen amigo Arturo no me estaba contando nada que me permitiera entender nada. Nada que me ayudara a salir de pasmo y me iluminara las causas de lo que había sido el primer grito de gol que oí desde su garganta.

-Lo hizo el pibe Morresi… ¿Y qué?-, le repliqué, bordeando la indignación por su falta de precisiones.

Entonces, mi buen amigo Arturo se me arrimó a la oreja con la pobre voz que le quedaba, logró otra vez que el tiempo permaneciera detenido, puso en suspenso cada uno de los otros sonidos que daban vuelta en la Bombonera, y me ofrendó las palabras más reveladoras, más nobles y más extraordinarias que escuché en toda mi vida en las canchas:

-Lo hizo el pibe Morresi. Juega fenómeno y, además, le ganó a todo. Tiene un hermano desaparecido, se lo desaparecieron estos hijos de puta que todavía están en el poder. Un día se van a tener que ir, te lo juro. Para mí, este gol es un mensaje. Es un gol de la vida.

De lo que sucedió de allí en más, sólo tengo claro que enseguida resolví que mi buen amigo Arturo me hablaba de algo que yo sabía y no sabía, de una escena que yo no ignoraba del todo pero, a la vez, no terminaba de mirar. También resolví, aunque no con la precisión con la que puedo expresarlo ahora, que hay épocas en las que la injusticia se disfraza de normalidad, pero que los disfraces nunca duran hasta la eternidad.

Un ratito más tarde, hicimos el camino de regreso. Fuimos desde la cancha hasta el colectivo y desde el colectivo hasta nuestras casas. Durante todo el viaje, no conversamos. Yo iba silencioso y pensativo. Mi buen amigo, en cambio, se la pasó con la garganta encendida. Al principio, pensé que tarareaba uno de los solos grandiosos de la guitarra de Jimmy Page. Después me di cuenta de que, desde el fondo del alma, seguía gritando gol.

Nota: el relato refiere a la victoria de Huracán en La Bombonera por 4-1, en 1980.

*Ariel Scher es periodista y docente. Editor del diario Clarín. Y autor de la columna De Rastrón, en el mismo diario.

martes, noviembre 13, 2018

Stábile, también ese actor



Guillermo Stábile, el inmenso Filtrador, en la película "Pelota de Trapo", de 1948, dirigido por Leopoldo Torres Ríos.

Más:
Los detalles del film, en IMDB.

martes, octubre 09, 2018

Filmando en el Ducó del Oscar



Así se hizo el plano secuencia del Ducó, en la película El secreto de sus ojos, ganadora del Oscar en 2010.

miércoles, agosto 22, 2018

miércoles, agosto 15, 2018

El representante de un sentido de pertenencia


El Ducó, durante el primer lustro de los años cuarenta. Allí, en Alcorta y Luna, comenzaba a crecer el precioso Palacio. Que fue lo que fue y es lo que es porque en su tiempo se conjugaron dos cuestiones: voluntad ejecutiva desde la conducción y generosidad plena de tantos Quemeros que colaboraron sólo a cambio del placer de sentirse parte.

Por eso, nuestro estadio -además de un orgullo- es un perfecto representante del sentido de pertenencia.

Nada menos.

miércoles, julio 18, 2018

Vamos...


Huracán es también lo que la pared cuenta: un pedido, una invitación en espera, la esperanza perpetua de que el deseo se cumpla.

Seis palabras, el Globo de Newbery, nosotros.

Luna Quemera, en estado puro.

miércoles, julio 11, 2018

Cuando Stábile era Gardel


Guillermo Stábile, en el tango "Largue a esa Mujica" -de Juan Faustino Sarcione, cantado por Carlos Gardel- es considerado, de algún modo, el mejor. Según el sitio Gardel.es la pieza musical se realizó "en homenaje al equipo de Huracán que se consagró campeón de fútbol de la Asociación Amateurs Argentina, coronando así su década más brillante con cuatro vueltas olímpicas (1921, 1922, 1925 y 1928) y con un plantel que por años se dijo de memoria: Negro o Ceresetto; Nóbile, Pratto; Bartolucci, Federici, Souza; Loizo, Spósito, Stábile, Chiesa y Onzari. En el texto se nombra a casi todos ellos, y a otros más, creando una especie de collage surrealista del deporte y el lunfardo". Su letra resulta un hermoso jeroglífico fùtbolero de los tiempos en blanco y negro:

Largue Chiesa a esa Mujica
por Souza y por Roncoroni,
y Pratto Coty Spiantoni
porque Passini calor.
Lo Onzari que Battilana,
si ha Serrato la Mancini
que si usted Recanattini
tal vez Stábile mejor.

Marassi que yo Bidoglio
que anda con una Peniche.
Y aunque se Fleitas Solich,
a quién se lo va a Gondar.
Qu’el qu’es Nóbile, che, Negro,
nunca Settis Gainzarain,
si deja esa Bidegain
pa’ no volver a Beccar.

Tire Cherro esa Ferreira
que si corre Sanguinetti
lo van a dejar Coletti
en la Celta de un penal.
Es inútil que Lamarque
o a lo mejor la Martínez,
si no valdrá que Jiménez
ni que se haga el Sandoval.

Guarda con la Canaveri,
Miranda que en lo Canaro,
si de usted bate un Purcaro
qu’es Cafferata de acción.
Olvide el Carricaberry,
tírese a la Bartolucci...
¡que mejor es hacer Bucci
que dársela de Mathón!

miércoles, julio 04, 2018

Territorio propio


La calle Luna es toda nuestra. Es Luna Quemera. Lo cuentan las bellezas de sus murales. Como el que esta imagen muestra. Como tantos otros que se pueden descubrir a cada paso rumbo al Palacio Ducó.

miércoles, junio 27, 2018

Tres tangos a Parque de los Patricios


Yo soy de Parque Patricios

Yo soy de Parque Patricios,
he nacido en ese barrio
con sus chatas, con su barro.
En la humildad de sus calles
con cercas de madreselvas
aprendí enfrentar a la vida.
En aquellos lindos tiempos
de percal y uva florida
con guitarras en sus noches,
y organitos en sus tardes.
Yo soy de Parque Patricios,
vieja barriada de ayer.

Barrio mío, tiempo viejo,
farol, chata, luna llena,
vieja reja, trenza negra
y un suspiro en un balcón.
Marchois Nana cual te adore.
Muchachada de mis horas,
hoy retornaron recuerdos
que me quema el corazón.

Hoy todo todo ha cambiado
en el barrio caras nuevas,
y yo estoy avejentado
y nostalgias en el alma.
Yo soy de Parque Patricios,
evocación de mi ayer.

Letra de C. Lucero
Musica de Víctor Felice


///

Parque Patricios

Cada esquina de este barrio es un recuerdo
de lo mágica y risueña adolescencia;
cada calle que descubre mi presencia,
me está hablando de las cosas del ayer...
¡Viejo barrio!... Yo que vengo del asfalto
te prefiero con tus calles empedradas
y el hechizo de tus noches estrelladas
que en el centro no se sabe comprender.

¡Parque Patricios!...
Calles queridas
hondas heridas
vengo a curar...

Sonreís de mañanita
por los labios de los mozas
que en bandadas rumorosas
van camino al taller;
sos romántico en las puertas
y en las ventanas con rejas
en el dulce atardecer;
que se adornan de parejas
te ponés triste y sombrío
cuando algún muchacho bueno
traga en silencio el veneno
que destila la traición
y llorás amargamente
cuando en una musiquita
el alma de Milonguita
cruzó el barrio en que nació.

¡Viejo Parque!... Yo no sé que airada racha
me alejó de aquella novia dulce y buena
que ahuyentaba de mi lado toda pena
con lo magia incomparable de su amor...
Otros barrios marchitaron sus ensueños...
¡Otros ojos y otras bocas me engañaron
el tesoro de ilusiones me robaron
hoy mi vida encadenado está al dolor!...

Letra y Música: Oscar Arona

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Parque Patricios
Para escuchar

Mi viejo Parque Patricios
querido rincón porteño,
barriada de mis ensueños
refugio de mi niñez,
el progreso te ha cambiado
con tu rara arquitectura,
llevándose la hermosura
de tus boliches de ayer.

Cuantas noches de alegría
al son de una serenata,
en tus casitas de lata
se vio encender el farol,
y al vibrar de las vigüelas
el taita de ronco acento,
hilvanaba su lamento
sintiéndose trovador.

Letra de Francisco Laino
Musica de Antonio Radicci

miércoles, junio 20, 2018

Nuestra música



El grupo Bajo presión y la histórica Marcha de Huracán, nuestro himno.

Voces nuevas para una canción de todos los tiempos.