domingo, septiembre 04, 2022

El Mundial de Stábile



El Mundial de 1930, en el que Argentina fue subcampeón detrás de Uruguay. Una celebración del fútbol rioplatense en la que Guillermo Stábile demostró que no había goleador más valioso que él.

domingo, junio 12, 2022

El Quemero de la Patagonia Rebelde


El film La Patagonia Rebelde, de 1974.

Por Pablo Viviani*
Uno de los clubes más pintorescos, ya sea por historia, hazañas o símbolos, es el Huracán de Parque de los Patricios. Sin embargo, como con tantos otros, muchas veces sus grandes historias no son conocidas. Los orígenes nunca fueron certeros, aunque lo único seguro es que la mayoría de los integrantes eran miembros del Partido Socialista.

Huracán había sido creado con la idea de acoger a los niños y jóvenes carentes de contención social y familiar, siendo integrantes familias precursoras, como las de Alfredo Palacios o Nicolás Repetto. Pero eso no es todo, pues para 1913 había un referente del Partido Socialista en cada team del Globito. El más conocido era el half Vicente Chiarante, que jugaba en Segunda División. También se destacaban Carlos Chiarante en Tercera, Albino Argüelles en Cuarta y Benigno Argüelles en Quinta. Todos tenían la particularidad de que ocupaban el puesto de entreala izquierdo.

De acuerdo con la cantidad de hermanos, los Chiarante podrían haber formado su propio equipo, aunque en Huracán sólo actuaron Carlos, Vicente y Enrique.

Este último fue el de mayor militancia dentro del Partido Socialista, constituyéndose en uno de los fundadores del Partido Comunista local y creador de la Federación Deportiva Obrera en 1924. Pero sería Pedro Chiarante quien luego sería dirigente del gremio de la construcción y un cuadro histórico del PC.
Sin embargo, esta nota se va a ocupar de Albino Argüelles, el menos talentoso de los nombrados. Herrero, igual que su hermano menor nacido en Nueva Pompeya el 5 de febrero de 1896.

Argüelles participó en las jornadas sangrientas de la Semana Trágica de 1919, en los talleres Vasena, y eso lo obligó a ocultarse para escapar de constantes persecuciones. Después de tanto militar, se afilió finalmente al Partido Socialista el 25 de mayo de 1919. Según Osvaldo Bayer, estaba también afiliado al Partido Socialista Internacional, pero como estaba “no demasiado metido, decía que era socialista”.

Pedro llegó a narrar que “desde hacía años conocía a Albino Argüelles. Estábamos acostumbrados con Enrique a verlo por las calles del barrio”, aunque esa relación se transformó en amistad cuando ambos ingresaron al Centro de Nueva Pompeya del Partido Socialista Internacional.

Albino buscaba nuevos horizontes y, tras un empleo, el hombre de Globito en pecho partió hacia San Julián (Santa Cruz) para ejercer su oficio. A Argüelles lo admiraban por su sabiduría popular, con luchas y dolores a cuestas, y por eso lo nombraron inmediatamente secretario general del Sindicato de Oficios Varios de esa ciudad portuaria.En una ocasión, de regreso en Buenos Aires, en el local que el Partido Socialista Internacional poseía en Almafuerte y Sáenz, dio una charla sobre las tremendas condiciones de vida y explotación de los trabajadores en la Patagonia.

En el verano de 1921 y antes de emprender su último viaje al Sur, se reunió un grupo de camaradas encabezados por Albino y Benigno Argüelles, Pedro y Enrique Chiarante, y Fernando Serradel, para redactar el esbozo de lo que sería el pliego de reivindicaciones de los obreros patagónicos. Quien le dio forma definitiva fue Serradel, otro de los fundadores de Huracán.Argüelles volvió a San Julián y se convirtió en uno de los referentes del conflicto, junto con el anarquista Ramón Outerello, José “Facón Grande” Font y el secretario de la Sociedad Obrera de Río Gallegos, Antonio Soto.

El hombre de los Corrales al Sud era considerado el más inteligente y por ello fue inmediatamente nombrado para organizar las columnas de centenares de peones rurales patagónicos en la huelga de 1921, en la cual pedían mínimas mejoras en las condiciones de trabajo.

Cuando llegaron las fuerzas represoras del capitán Elbio Anaya, les pidió parlamento a los dirigentes huelguistas, aunque eso fue sólo una excusa para apresarlos, castigarlos rudamente con garrotes y sables, y ordenar los fusilamientos.

Aunque en el parte militar de Anaya se detalló que el entreala Argüelles fue fusilado el 18 de diciembre por las tropas del coronel Héctor Varela, siendo “muerto mientras intentaba huir”, se constató luego que por el sólo hecho de reclamar habían perecido de igual forma unos mil quinientos trabajadores.

Ese mismo día, en el lejano Parque de los Patricios, el Globito le ganaba a Platense y quedaba a cuatro puntos de Del Plata. Huracán se alejaba de sus seguidores y en el próximo partido se proclamaría campeón por primera vez, aunque Argüelles ya no estaría para enterarse de las noticias de su querido club.

En noviembre, apenas un mes antes, había nacido en Buenos Aires la hija que Argüelles jamás conoció. Irma fue fruto del amor de Albino con Clara, y fue concebida meses antes de la partida del huracanense a la Patagonia. Al enterarse, semanas antes de morir, Albino le había enviado por carta unos dulces versos.
Al conocerse el asesinato de Argüelles, según contó Pedro Chiarante, se llevó a cabo un funeral cívico en la casa de los padres en la calle Aconquija, de Parque de los Patricios, al que concurrieron “miles de vecinos, militantes obreros y políticos, y representaciones de los partidos Comunista y Socialista”.

En el mismo lugar donde fue fusilado Argüelles están hoy los restos de sus compañeros que se levantaron contra la patronal. Ochenta años después de su asesinato llegaron a ese lugar las cenizas de su compañera y de la hija de Argüelles, transportadas desde Buenos Aires por su nieto.

*Texto publicado en la Agencia Télam.

jueves, mayo 05, 2022

Filgueiras, el pulpo con botines


Juan Manuel Filgueiras jugó en Huracán durante once temporadas, entre 1948 y 1958. Fue uno de los defensores emblemáticos de los años cincuenta. Y una de las caras más reconocibles de ese tiempo. Así lo demuestra esta publicidad de los botines Sportlandia (de 1952) en la que -de algún modo- se recibió de pulpo. Un pulpo al servicio del Globo de Newbery.

miércoles, abril 06, 2022

El Luppi, Manzi, nosotros...


Huracán en estado puro. El cartel es un homenaje a nuestra esencia: una conmemoración del Colegio Luppi, territorio de los tiempos fundacionales y un puñado de palabras del mago de la poesía y el tango, nuestro Homero Manzi.

En definitiva, nosotros...

sábado, febrero 12, 2022

Retratos de una ilusión naciente

Copa de la Liga - Primera Fecha: Huracán 1 - Lanús 0

No había mejor modo de empezar: victoria, indicios satisfactorios en cuanto al juego, un gol de Cóccaro -ya un Zorro Quemero-, el Arco de Marcos en cero, expectativa justificada en la gente bajo el tibio sol del Palacio Ducó. Nada menos.

PH: Gabriela de la Barrera

La platea Masantonio y los rostros de este Huracán que tiene respaldo también en el contorno.



La sensación general de que, más allá de las situaciones desperdiciadas algo bueno está sucediendo.


Y ahí anda la sensación dando vueltas: La Estrella Catorce no es un imposible. Se trata de una ilusión naciente.


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PARA VER:



domingo, octubre 17, 2021

El Día de la Abuela

 

Totó hizo su debut oficial en el Palacio Ducó, ayer, en el día de mi cumpleaños.

Hoy, ahora, es el día de mi mamá. Su abuela.

Mi mamá no era de Huracán. Por herencia geográfica se hizo de Banfield. Pero siempre quería que ganara el Globo, incluso a pesar de mis hermanos bosteros.

Mamá, en tu día, tu nieto ya está bautizado de Quemero. Como creo que te hubiera gustado.

Estarías orgullosa de Totó. Ya lo pasaron de Sala de 2 a 4 en la Juegoteca por su lucidez y capacidad con la palabra. Ya pinta para abanderado como sus cuatro primos.

Ayer, cuando volvíamos de la cancha, le conté que estabas de paseo. Y miramos el cielo. Totó es fanático de la Luna. Tal vez sea porque llegaste hasta allá.

Feliz día, Má. Sabelo: sos abuela de un Quemero fascinante. Es tu Día, Eulalia de mi corazón.

No te preocupes: perdimos con Boca. Pero créeme que fue una victoria.

domingo, junio 20, 2021

El Día de Don Pocho, mi papá



Lo conocí bastante poco, lo descubrí tarde. Yo había sido el sueño de una noche de verano, tardío. Un azar. Nos vinculamos de un sólo modo que cabe en un nombre, el de un club: nuestro Huracán.

Como El Diego y como mi hijo Totó yo siempre fui "mamero". Pero mi viejo, Don Pocho, aunque no lo viera, estaba siempre ahí. Quizá se hacía el pelotudo. Pero él estaba.

Esperó a que yo no estuviera para tirarse abajo de un tren, hace dos décadas. Tenía un cáncer irremediable.

Lo hizo para que me doliera menos. Yo estaba cubriendo para Clarín un Mundial Juvenil, en Trinidad y Tobago. La noticia me llegó al regreso. Lloré dos días.

Más tarde vino la reconstrucción de su figura. Mi papá, que podía vivir de rentas, se despertaba todas las madrugadas de la casa de la calle Melián para ir a trabajar a la panadería La Primera de Saavedra como módico empleado, en la cuadra. Ese era uno de sus berretines.

Tenía otro, en otro momento del día: se pasaba las tardes por los bares de la zona jugando a las cartas y escabiando.

Un lustro después de que se suicidó quise seguir su huella. Fui a esos bares. A todos. Y me enteré de una verdad que hoy me emociona: estaba orgulloso de mí. Y me quedé tranquilo.

lunes, octubre 05, 2020

Gardel le canta a Huracán



Largue a esa Mujica es un tango escrito por Juan Faustino Sarcione y al que Carlos Gardel le puso su voz de Zorzal.

Resulta, sobre todo, otra cosa: un bellísimo homenaje musical al Huracán campeón de 1928.

Más:
Detalles, en Gardel.es: Voz: Carlos Gardel. Acompañamiento: Guillermo Desiderio Barbieri - José María Aguilar (guitarras). Disco Nº 18283. Matriz Nº 4454 1. Sello Editor: Odeón Argentina. Fecha de grabación: 08-08-1929. Lugar: Buenos Aires (Argentina). Total de maquetas grabadas: 3. Publicadas: 1 (3º versión). Música y Letra: Juan Faustino Sarcione (del mismo autor Gardel grabó “Tristeza Gaucha”).

sábado, abril 04, 2020

El cine y nosotros


Lo cuenta el afiche: es una película made in Huracán. Entre las estrellas que el film ofrece aparecen Tucho Méndez, Alfredo Di Stéfano y Mario Boyé, tres que vistieron el Globo de Newbery en el pecho. Se estrenó en 1949, tiempos en los que nadie dudaba de que en Parque de los Patricios habitaba un grande.

Más:
Los detalles de "Con los mismos colores", en IMDB.

miércoles, marzo 06, 2019

El Messi que quería jugar en Huracán



La hélice, casi lo único que quedó del avión de la tragedia, cuenta una ausencia. Allí, en la zona del viejo Stadio Filadelfia, en Turín, ese monumento breve es el retrato lacónico de uno de los más estupendos equipos de todos los tiempos: Il Grande Torino de los años 40. El estadio, escenario de tantas jornadas de aplausos y consagraciones, estuvo en desuso desde 1963 hasta su demolición en 1998. Y más allá de sus varios emprendimientos truncos de reconstrucción continúa siendo una referencia de aquellos tiempos de brillos que ya no están. Son también, claro, un motivo de añoranza para los grandes cracks de aquel tiempo, como el notable Valentino Mazzola, el Messi de esos días. El accidente aéreo de 1949 se devoró a aquel equipo. El avión regresaba a Italia tras un partido en Lisboa frente al Benfica. Ganaban todo lo que jugaban: cinco Ligas consecutivas desde 1942 hasta 1949, clásicos contra la Juventus, amistosos... Sólo la Segunda Guerra evitó -por la suspensión del calcio entre 1943 y 1945- que fueran más los Scudettos sucesivos. Un dato contaba la jerarquía de aquel equipo: diez de los 11 titulares del seleccionado italiano pertenecían al Torino.

La pregunta invariable que continuó a la tragedia todavía escucha respuestas y aproximaciones: si no se hubiera caído aquel avión, ¿qué habría pasado en el fútbol del mundo? El periodista Jaime Rincón escribió alguna vez en el diario Marca: "Son muchos los que apuntan que si la historia de aquel equipo no hubiera terminado de manera repentina hoy quizá no existiría el 'catenaccio'. Puede que tampoco la Juve fuera el peso pesado que es actualmente en el Calcio. Y seguramente el Maracanazo no hubiera tenido lugar". No se trata de una exageración: quienes lo vieron y quienes lo contaron a través de los medios coincidieron. Aquel Toro era capaz de todo, incluso de hacer magia mientras arrasaba rivales. Y -dicen- también podría haber modificado la historia del fútbol tal como la conocemos.

Nadie sobrevivió al impacto. Pero el azar quiso que dos futbolistas no estuvieran allá arriba: el enorme Ladislao Kubala, quien estuvo a punto de firmar su contrato con el club en aquel momento y no lo hizo; y un tal Sauro Toma, un defensor procedente de La Spezia, que acababa de llegar al Torino. Contó aquel joven de 23 años alguna vez: "El míster, Leslie Lievesley, nos había dicho a Valentino Mazzola y a mí que nos cuidáramos de las lesiones antes de viajar. Mazzola no estaba bien del todo, pero podía jugar y viajó. Yo tenía problemas en la rodilla y el entrenador me aconsejó que me quedara en casa. Me sentí el hombre más desdichado de Turín. Todo el Torino viajó a Lisboa, y yo me quedé en casa, lesionado". A Mazzola el destino no lo quiso salvar.


Con ese Torino quedó enterrado un equipo exitosísimo, un mito y, también, Mazzola. Era el capitán, la figura, el ídolo, el goleador frecuente, la referencia inevitable. En una entrevista concedida en 2009 al diario El País, de Madrid, su hijo Sandro Mazzola -también destacado futbolista- contó a Valentino a 60 años del fallecimiento: "Mi padre tenía 30 años y yo seis y medio. No recuerdo nada. Mi cabeza olvidó todo lo que había vivido con mi padre. Todo menos su mano grande, en el centro de Turín, donde todos querían hablar con él. Me daba seguridad. Yo no entendía entonces por qué todos querían estar con él. Después supe que era una gran persona. La calidad de los videos de aquella época no es buena, pero tengo referencias de entrenadores campeones del mundo como (Ferruccio) Valcareggi y (Edmondo) Fabbri o jugadores como Boniperti, capitán de la Juve, que me dicen: 'El más grande de todos fue tu padre'. Era interior derecho. Pero, en realidad, jugaba por todo el campo. Siendo centrocampista, fue tres veces máximo goleador de la Liga. Era más o menos como Di Stéfano, un portento físico con una gran técnica. Yo esperaba ser como él, pero no pude. Yo era muy técnico en velocidad, pero menos fuerte".

Por entonces ni la tradicional revista France Football ni la FIFA entregaban el Balón de Oro al mejor futbolista del año. A Valentino le ofrecían adjetivos, aplausos y admiraciones que lo definían y lo legitimaban como tal: Era el mejor del mejor equipo, como lo es ahora el Messi del Barcelona. Sobre él se escribieron libros (como "Un uomo, un giocatore, un mito", de Renato Tavella) y se hicieron películas en las que se exhibe el significado y la influencia que él tenía en aquel contexto (como "Il Grande Torino", de Claudio Bonivento). Era más que el capitán de un equipo: resultaba también el símbolo de un grupo de futbolistas capaz de ofrecer alegrías tras las dolores de la guerra.

El periodista Jesús Camacho, en El Engranche, retrató a aquel Valentino y a aquel equipo estelar: "Aquel maravilloso conjunto tenía en Valentino Mazzola a su cerebro, capitán, organizador y gran goleador. Un futbolista muy inteligente, dotado de gran personalidad y que ofrecía cada año la extraordinaria cifra de 20 o 30 goles. El conjunto granata practicaba un fútbol muy ofensivo, en su alineación titular prácticamente no había defensas y solo Aldo Ballarin y Maroso se dedicaban a dicha labor. El guardameta Bacigalupo observaba desde su marco cómo los centrocampistas Castigliano, Martelli y Rigamonti lanzaban a los interiores Ezio Loik y Mazzola y a su vez los extremos Romeo Menti y Franco Ossola hacían mucho daño por los flancos y servían balones al magnífico centrodelantero Gabetto. Además tampoco podemos olvidar a los Schubert, Grava, Bongiorni..." Dicho de otro modo, Valentino también era el director de una orquesta impecablemente afinada.

Y en su recorrido hay un detalle que -a los ojos de este tiempo- parece inverosímil. En ese 1949 de la tragedia trascendió una novedad de asombro: Mazzola quería jugar en Huracán, cuando finalizara su camino de maravillas por el Torino. Le fascinaba el fútbol argentino y le había agradado el Globo de Newbery, que en los días de la niñez de Valentino había sido el más campeón de los años 20. La revista Goles (ver "Imágenes") contó la anécdota: el crack italiano mandó una nota a la revista comentando su deseo. Y desde la redacción lo contactaron con el club de Parque de los Patricios. No se conocieron los pasos siguientes. Poco después, la tragedia se llevó al Messi de los años 40.

Texto publicado por el autor del Blog en Planeta Redondo, de Clarín.com.

Cine sugerido: La película "Il Grande Torino".

miércoles, enero 02, 2019

Tucho, tan grande...


Era crack, era magia, era gol, era tango. "Ayer Tucho Mendez vino a visitarme / y en un fuerte abrazo me insto a meditar,/ así poco a poco mi mente poblaron / sus dulces recuerdos que no he de olvidar./ Soñaba en aquellos lejanos momentos / cuando era un purrete con sed de vivir / tejer en el césped muy lindas gambetas / y haciendo golazos sentirse feliz...", lo retrata la letra de Manuel Pose a la que Victorio Papini le puso música.

Norberto Doroteo Méndez fue uno de los grandes mediocampistas de la historia del fútbol argentino. Jugó en Huracán, en Racing y en Tigre. En total disputó 392 partidos e hizo 123 goles. También se destacó en la Selección: todavía ahora, en la antesala de la Copa América de la Argentina, es el máximo goleador histórico de la máxima competición continental (hizo 17 tantos, al igual que el brasileño Zizinho), un trofeo que conquistó en tres ocasiones (1945, 1946 y 1947). Sobran los datos para contarlo: Tucho fue un pedazo enorme de cada club en el que jugó, un motivo para convertise en hincha, una razón suficiente para hacer la cola para comprar una popular bajo el sol de un domingo cualquiera.

Nació en esa difusa frontera tan huracanense entre Nueva Pompeya y Parque de los Patricios, el 5 de enero de 1923. Desde los días de la niñez se hizo quemero e hincha de los referentes de su tiempo. Por ejemplo, lo esperaba a Herminio Masantonio a la salida de la cancha para llevarle la valija; y al arquero Juan Estrada le alcanzaba la pelota detrás del arco en los entrenamientos. Eran sus felices berretines. Sus inicios los retrata el blog Historia del Fútbol Mundial: "Los potreros de la populosa zona del sur porteño y el club Miriñaque vieron transcurrir largas horas de la niñez de quien, tiempo después, se convertiría en uno de los grandes ídolos del fútbol argentino. Tenía 11 años cuando un buscador de valores precoces de esa época, José Carrero, lo llevó a Huracán. Y fue en la Sexta División del Globito donde comenzó a hacer los palotes de su notable historia futbolística".

Pronto, el chiquilín de paso chueco y con un jopo imposible de modificar, jugó junto al guapo Masantonio en Huracán. Y se dio un lujo contradictorio: le hizo un golazo desde 35 metros a su admirado Estrada, cuando ya había sido transferido a Boca. Debutó en la Primera del Globo de Newbery el 13 de abril de 1941, en el viejo estadio de Avenida Alcorta y Luna, donde hoy está el Ducó. Esa vez, ganó el local por 4 a 2, con con un gol de Tucho, dos de Herminio y otro de Baldonedo. Desde entonces hasta 1947 fue figura y símbolo de su querido Huracán.

Luego, fue transferido a Racing y resultó una pieza fundamental del primer tricampeón del Profesionalismo (1949, 1950 y 1951). Su campaña en Racing terminó en 1954. Después estuvo dos años en Tigre y volvió a ese lugar que quiso tanto: a Parque de los Patricios, al Globo de Newbery, donde terminó su campaña a fines de la década del 50. Más tarde, ya retirado, les pondría palabras a sus sensaciones y a sus afectos futboleros: "Huracán fue mi novia; Racing, mi mujer; la Selección, mi amante".

En su idilio con esa amante celeste y blanca, Méndez demostró su condición de gigante. "A Tucho lo definen, sobre todo, los cracks a los que tuvo que reemplazar. Cuando el Charro Moreno -el Maradona de los años 40- se fue a México y Vicente de la Mata se lesionó, tuvo que aparecer él. Y lo hizo del mejor de los modos: asombrando a todos. Demostrando que lo que cada fin de semana hacía en la Argentina lo podía hacer también en cada rincón de América y del mundo", cuenta el periodista e historiador Oscar Barnade, miembro del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF).

La Copa América fue su perfecto escenario: en 1945, en el Sudamericano de Chile, convirtió seis goles en apenas cuatro encuentros como titular. La mitad de ellos sucedieron en un partido que lo convirtió decididamente en superhéroe: convirtió los tres tantos del 3-1 frente a Brasil, en Santiago. Fue el máximo anotador de esa edición. En 1946, en Buenos Aires, volvió a ser decisivo: marcó cinco goles. Dos de ellos sucedieron en el encuentro decisivo, también ante Brasil. Ante más de 80.000 personas, en el Monumental, provocó los dos gritos memorables que le dieron otro título a la Argentina bajo el cielo de América. En 1947, en Ecuador, fue parte de un equipo memorable que compartió, entre otros, con Alfredo Di Stéfano. Argentina obtuvo el tricampeonato y Tucho volvió a ser determinante en el encuentro de la consagración: convirtió dos tantos en el 3-1 ante Uruguay, en Guayaquil.

"Tucho era también un auténtico porteño", contaba en la redacción de Clarín el imborrable Pedro Uzquiza, quien conocía bien los detalles de la vida de ese talento enorme del fútbol argentino, de ese hombre de la bohemia, de los códigos del barrio, del tango. Méndez concurría a dos lugares emblemáticos de su tiempo: el Marabú y el Chantecler, donde se encontraba con su amigo Aníbal Troilo, con quien se ofrecían mutua admiración. La siguiente anécdota sucedió fuera de Buenos Aires: después de convertirle tres goles a Brasil en el Nacional de Santiago de Chile, fueron a festejar a la confitería La Quintrala. Tita Merello, de gira con una compañía teatral argentina, lo invitó a bailar un tango, y Tucho mostró su arte de gran bailarín. Como el fútbol, llevaba la música en el alma.

"Viví muchas vidas. No me arrepiento de eso. Tal vez ahora esté volviendo a la época en que era una estrella de bigotes recortados con precisión", le confesó al periodista Miguel Frías en una de sus últimas notas ofrecidas. Era un personaje mágico de aquellos días. Hasta fue convocado para protagonizar la película "Con los mismos colores", junto a otros dos futbolistas icónicos de la época, Mario Boyé y Di Stéfano. Confesó Méndez alguna vez: "Si volviera atrás haría todo igual. Hice todo lo que pude. Fui feliz". Se fue del mundo más tarde, en 1998. No sabía entonces que nadie le había podido quitar su corona de Rey de América.

Texto publicado por el autor del blog en Planeta Redondo, de Clarín.

martes, noviembre 20, 2018

La vida de aquel gol de Morresi



Por Ariel Scher*
Mi buen amigo Arturo era un artista para quitarle la cáscara a las manzanas con un cuchillo finito, conocía de memoria cada intervención de la guitarra de Jimmy Page en Led Zeppelín y se las arreglaba como marcador de punta en cualquiera de los costados de la cancha. Sería justo decir que tenía bastante mérito en bastantes cosas y que todas sus tías podían juntar argumentos para alabarlo delante de las vecinas, inclusive de las vecinas que jamás reconocían los méritos de ningún sobrino ajeno. Sólo había una cuestión, una notoria, una especial, una que no era difícil para otra gente, en la que mi buen amigo Arturo fallaba. No sabía gritar goles.

No era un problema de voz ni, tampoco, de voluntad. Y, mucho menos, de falta de pasión. Mi buen amigo Arturo quería al fútbol tanto como a las dos novias que tuvo en su vida. Jugaba seguido, viajaba de memoria a la mayoría de los estadios y hasta dominaba el nombre de casi todos los delanteros del campeonato de España en los tiempos en los que nadie pronunciaba la palabra “globalización” y la televisión no pasaba los partidos desde Madrid o desde Barcelona con la misma facilidad que los de Avellaneda. La verdad es que mi buen amigo Arturo no sabía gritar goles y no había explicación.
Por el tiempo en el que mi buen amigo Arturo andaba en la transición entre su primera y su segunda novia, íbamos a la cancha juntos muy seguido, así que no resultó extraño que un día de noviembre, en lo mejor de la primavera de 1980, nos tomáramos uno de los colectivos que él conocía mejor que yo y partiéramos hacia la Bombonera. No me voy a olvidar jamás: jugaban Boca y Huracán.

Quiero aclararlo porque en esta etapa de fanatismos inconvenientes acaso no se entienda: ni mi buen amigo Arturo ni yo éramos de Boca o de Huracán. Fuimos porque la juventud nos regalaba fuerza, porque disfrutábamos de la experiencia de la amistad y porque nos tentaba la posibilidad del gran fútbol. Fuimos así, tan naturalmente, que no se me ocurrió preguntarle a mi buen amigo Arturo por qué, después de bajarnos del colectivo y de marchar unas cuadras, nos ubicamos en la tribuna de Huracán.
Lo sabe cada individuo que creció: cuando somos jóvenes estamos convencidos de que el tiempo nos pertenece y es eterno. Quizás por eso, creí que iba a retener para siempre cada imagen de ese partido. El fútbol de Huracán que fue impresionante, un gol de Roque Avallay parecido a otros buenos goles de Avallay, un gol de Brindisi que –como cada movimiento de Brindisi- a mi buen amigo Arturo y a mí nos certificaba que Brindisi transcurriría toda su existencia como crack, la cara de un gordo de la hinchada al que le abundaban los kilos y la alegría. De mi buen amigo Arturo, seguro, me quedaría la imagen de todas las veces: su análisis impecable, su placer ante cada jugada de calidad y, desde luego, su garganta cerrada, seca y muda en los momentos en los que miles y miles gritaban gol.

Ser joven, decía, abre la maravillosa puerta de sentirse dueño del tiempo, pero también empuja al error. Y yo, en ese partidazo, en plena Bombonera, me equivoqué. Nada de lo que enumeré –ni Avallay, ni Brindisi, ni un gol más que creo que hizo Candedo, ni el gordo ese de los muchos kilos y la mucha alegría- ocuparía el centro de mis recuerdos. Nada. Lo más importante todavía estaba por pasar.

Es verdad que no puedo precisar cuántos minutos iban. No puedo porque la circunstancia que siguió fue tan potente, tan asombrosa y tan inmensa que me dejó sin registrar la más mínima señal del reloj. A la distancia comprendo que aquel desentendimiento del reloj respondía a una lógica que hoy me surge transparente: ocurrió algo que detuvo el tiempo.

Yo lo vi. Lo vi con calma y como se ven las cosas que no sorprenden. Huracán metió su cuarto gol. Era el 4 a 1, una goleada que se correspondía con lo que había pasado, aunque se tratara de un resultado no frecuente, y menos aun para un equipo visitante que pasaba por la Bombonera. Tuve la percepción de que ese gol no le agregaba demasiado al partido, apenas unos granitos de sal sobre una ensalada que ya estaba lista. Y ahí radicó mi error. Cuando giré la cabeza para comentar la circunstancia, mi buen amigo Arturo no me ofreció ninguno de sus comentarios sabios e impecables.
Estaba gritando el gol.

Un sudor extraordinario me inundó las cejas y un frío indigno para noviembre me envolvió la piel. Lo enfoqué una vez: gritaba. Lo enfoqué dos veces: gritaba. Lo enfoqué tres veces: gritaba. La vez siguiente que lo enfoqué no sólo gritaba. Además, se aferraba en un abrazo con el gordo de la hinchada.

Repito que se me perdió la noción del tiempo y ese es mi argumento para no saber cuánto pasó hasta que mi buen amigo Arturo dejó de gritar. Sólo tengo en claro que en el instante en el que evalué que podía preguntarle qué había pasado, él se adelanto y, ronco y agotado, me dijo:
-Lo hizo el pibe Morresi.

Eso era, exactamente, lo único que yo sabía, que el gol lo había hecho un pibe, Morresi, jugador de Primera desde hacía muy poquito. O sea: mi buen amigo Arturo no me estaba contando nada que me permitiera entender nada. Nada que me ayudara a salir de pasmo y me iluminara las causas de lo que había sido el primer grito de gol que oí desde su garganta.

-Lo hizo el pibe Morresi… ¿Y qué?-, le repliqué, bordeando la indignación por su falta de precisiones.

Entonces, mi buen amigo Arturo se me arrimó a la oreja con la pobre voz que le quedaba, logró otra vez que el tiempo permaneciera detenido, puso en suspenso cada uno de los otros sonidos que daban vuelta en la Bombonera, y me ofrendó las palabras más reveladoras, más nobles y más extraordinarias que escuché en toda mi vida en las canchas:

-Lo hizo el pibe Morresi. Juega fenómeno y, además, le ganó a todo. Tiene un hermano desaparecido, se lo desaparecieron estos hijos de puta que todavía están en el poder. Un día se van a tener que ir, te lo juro. Para mí, este gol es un mensaje. Es un gol de la vida.

De lo que sucedió de allí en más, sólo tengo claro que enseguida resolví que mi buen amigo Arturo me hablaba de algo que yo sabía y no sabía, de una escena que yo no ignoraba del todo pero, a la vez, no terminaba de mirar. También resolví, aunque no con la precisión con la que puedo expresarlo ahora, que hay épocas en las que la injusticia se disfraza de normalidad, pero que los disfraces nunca duran hasta la eternidad.

Un ratito más tarde, hicimos el camino de regreso. Fuimos desde la cancha hasta el colectivo y desde el colectivo hasta nuestras casas. Durante todo el viaje, no conversamos. Yo iba silencioso y pensativo. Mi buen amigo, en cambio, se la pasó con la garganta encendida. Al principio, pensé que tarareaba uno de los solos grandiosos de la guitarra de Jimmy Page. Después me di cuenta de que, desde el fondo del alma, seguía gritando gol.

Nota: el relato refiere a la victoria de Huracán en La Bombonera por 4-1, en 1980.

*Ariel Scher es periodista y docente. Editor del diario Clarín. Y autor de la columna De Rastrón, en el mismo diario.

martes, noviembre 13, 2018

Stábile, también ese actor



Guillermo Stábile, el inmenso Filtrador, en la película "Pelota de Trapo", de 1948, dirigido por Leopoldo Torres Ríos.

Más:
Los detalles del film, en IMDB.

martes, octubre 09, 2018

Filmando en el Ducó del Oscar



Así se hizo el plano secuencia del Ducó, en la película El secreto de sus ojos, ganadora del Oscar en 2010.

miércoles, agosto 22, 2018

miércoles, agosto 15, 2018

El representante de un sentido de pertenencia


El Ducó, durante el primer lustro de los años cuarenta. Allí, en Alcorta y Luna, comenzaba a crecer el precioso Palacio. Que fue lo que fue y es lo que es porque en su tiempo se conjugaron dos cuestiones: voluntad ejecutiva desde la conducción y generosidad plena de tantos Quemeros que colaboraron sólo a cambio del placer de sentirse parte.

Por eso, nuestro estadio -además de un orgullo- es un perfecto representante del sentido de pertenencia.

Nada menos.

miércoles, julio 18, 2018

Vamos...


Huracán es también lo que la pared cuenta: un pedido, una invitación en espera, la esperanza perpetua de que el deseo se cumpla.

Seis palabras, el Globo de Newbery, nosotros.

Luna Quemera, en estado puro.

miércoles, julio 11, 2018

Cuando Stábile era Gardel


Guillermo Stábile, en el tango "Largue a esa Mujica" -de Juan Faustino Sarcione, cantado por Carlos Gardel- es considerado, de algún modo, el mejor. Según el sitio Gardel.es la pieza musical se realizó "en homenaje al equipo de Huracán que se consagró campeón de fútbol de la Asociación Amateurs Argentina, coronando así su década más brillante con cuatro vueltas olímpicas (1921, 1922, 1925 y 1928) y con un plantel que por años se dijo de memoria: Negro o Ceresetto; Nóbile, Pratto; Bartolucci, Federici, Souza; Loizo, Spósito, Stábile, Chiesa y Onzari. En el texto se nombra a casi todos ellos, y a otros más, creando una especie de collage surrealista del deporte y el lunfardo". Su letra resulta un hermoso jeroglífico fùtbolero de los tiempos en blanco y negro:

Largue Chiesa a esa Mujica
por Souza y por Roncoroni,
y Pratto Coty Spiantoni
porque Passini calor.
Lo Onzari que Battilana,
si ha Serrato la Mancini
que si usted Recanattini
tal vez Stábile mejor.

Marassi que yo Bidoglio
que anda con una Peniche.
Y aunque se Fleitas Solich,
a quién se lo va a Gondar.
Qu’el qu’es Nóbile, che, Negro,
nunca Settis Gainzarain,
si deja esa Bidegain
pa’ no volver a Beccar.

Tire Cherro esa Ferreira
que si corre Sanguinetti
lo van a dejar Coletti
en la Celta de un penal.
Es inútil que Lamarque
o a lo mejor la Martínez,
si no valdrá que Jiménez
ni que se haga el Sandoval.

Guarda con la Canaveri,
Miranda que en lo Canaro,
si de usted bate un Purcaro
qu’es Cafferata de acción.
Olvide el Carricaberry,
tírese a la Bartolucci...
¡que mejor es hacer Bucci
que dársela de Mathón!

miércoles, julio 04, 2018

Territorio propio


La calle Luna es toda nuestra. Es Luna Quemera. Lo cuentan las bellezas de sus murales. Como el que esta imagen muestra. Como tantos otros que se pueden descubrir a cada paso rumbo al Palacio Ducó.

miércoles, junio 27, 2018

Tres tangos a Parque de los Patricios


Yo soy de Parque Patricios

Yo soy de Parque Patricios,
he nacido en ese barrio
con sus chatas, con su barro.
En la humildad de sus calles
con cercas de madreselvas
aprendí enfrentar a la vida.
En aquellos lindos tiempos
de percal y uva florida
con guitarras en sus noches,
y organitos en sus tardes.
Yo soy de Parque Patricios,
vieja barriada de ayer.

Barrio mío, tiempo viejo,
farol, chata, luna llena,
vieja reja, trenza negra
y un suspiro en un balcón.
Marchois Nana cual te adore.
Muchachada de mis horas,
hoy retornaron recuerdos
que me quema el corazón.

Hoy todo todo ha cambiado
en el barrio caras nuevas,
y yo estoy avejentado
y nostalgias en el alma.
Yo soy de Parque Patricios,
evocación de mi ayer.

Letra de C. Lucero
Musica de Víctor Felice


///

Parque Patricios

Cada esquina de este barrio es un recuerdo
de lo mágica y risueña adolescencia;
cada calle que descubre mi presencia,
me está hablando de las cosas del ayer...
¡Viejo barrio!... Yo que vengo del asfalto
te prefiero con tus calles empedradas
y el hechizo de tus noches estrelladas
que en el centro no se sabe comprender.

¡Parque Patricios!...
Calles queridas
hondas heridas
vengo a curar...

Sonreís de mañanita
por los labios de los mozas
que en bandadas rumorosas
van camino al taller;
sos romántico en las puertas
y en las ventanas con rejas
en el dulce atardecer;
que se adornan de parejas
te ponés triste y sombrío
cuando algún muchacho bueno
traga en silencio el veneno
que destila la traición
y llorás amargamente
cuando en una musiquita
el alma de Milonguita
cruzó el barrio en que nació.

¡Viejo Parque!... Yo no sé que airada racha
me alejó de aquella novia dulce y buena
que ahuyentaba de mi lado toda pena
con lo magia incomparable de su amor...
Otros barrios marchitaron sus ensueños...
¡Otros ojos y otras bocas me engañaron
el tesoro de ilusiones me robaron
hoy mi vida encadenado está al dolor!...

Letra y Música: Oscar Arona

///

Parque Patricios
Para escuchar

Mi viejo Parque Patricios
querido rincón porteño,
barriada de mis ensueños
refugio de mi niñez,
el progreso te ha cambiado
con tu rara arquitectura,
llevándose la hermosura
de tus boliches de ayer.

Cuantas noches de alegría
al son de una serenata,
en tus casitas de lata
se vio encender el farol,
y al vibrar de las vigüelas
el taita de ronco acento,
hilvanaba su lamento
sintiéndose trovador.

Letra de Francisco Laino
Musica de Antonio Radicci

miércoles, junio 20, 2018

Nuestra música



El grupo Bajo presión y la histórica Marcha de Huracán, nuestro himno.

Voces nuevas para una canción de todos los tiempos.

miércoles, mayo 30, 2018

El Hombre Gris, poeta de Huracán

A Amleto Enrique Vergiati la historia tanguera y lunfarda lo conoció como Julián Centeya. Fue poeta, periodista sensible y un quemero de ley. Había nacido en Parma, Italia, en 1910, pero siempre se sintió porteño. Autor de Musa Milonguera (1964), grabó Antología Lunfarda (1967) y, en 1968, Aníbal Troilo le puso música a El Hombre Gris de Buenos Aires. Y también le escribió un poema a Huracán, un precioso recorrido por aquellos nombres y aquellos días que fueron orgullo y son leyenda. Acá se reproduce, en el día del 99o. cumpleaños:

El almacén del Zurdo Salvarredi
y Juan Di Nome como un inquilino
El grito callejero del "auredi"
y el temblar de los vidrios del vecino

La calle como cancha Las Naciones
una cortada azul y el corralón.
Todo un ayer de limpias emociones
que recoge de nuevo el corazón.

Y tu bandera linda acamalada
cuando Laguna era lo que fue
y la canchita aquella estaba echada
allá en Chiclana, el barrio que dejé.

Campeón inolvidable cuando Chiesa
jugaba por capaz el "fútbol-scope"
Onzari la llevaba corta y presa.
Salía Huracán y aquello era un galope!

Stábile "el filtrador" picaba y era
gol que se cantaba en la tribuna.
La pelota ya estaba en la "güevera"
y la cuestión era de sacar de a una.

Qué Huracán, Huracán: aquél de Tucho,
del Turco Simes, de Salvini, Unzué.
Me queda el consuelo de encender el pucho
del recuerdo, que me habla de aquel cuadro que fue.

Y entrevero los nombres tan capaces
sin orden y sin fechas... como sé.
Las cuarenta del mazo y todos eran ases!
Los guapos de aquel tiempo venían siempre al pie.

Cualquiera sea la suerte que a tus colores salga
-las buenas y las malas son cosas que se dan-
de frente a aquel que talle, por más que pose y valga
elevarás el GLOBO al grito de: HURACAN!!!


Fuentes: Todo Tango y el libro 'Del Globo y de la Quema', de Néstor Vicente.

domingo, mayo 27, 2018

El Palacio de los Reyes


En el viejo estadio Jorge Newbery, de Alcorta y Luna, luego de sus primeros brillos en el Huracán del 46, jugó el Alfredo Di Stéfano de River. Ya en tiempos del Palacio Ducó, jugó Pelé para festejar el título del 73, la Estrella Once. Diego ofreció con Argentinos un gol de área a àrea; y con Boca, su presencia en ciclos diversos. Faltaba Messi para completar el pedestal.

Bienvenidos los Reyes al Palacio del Fútbol.


viernes, mayo 25, 2018

Nuestro 25 de mayo, nuestra otra Patria


Por Gonzalo Minici*
«Fúndase en Buenos Aires con fecha 25 de mayo de 1903 el Club Atlético Huracán y reorganizado el 1º de noviembre de 1908, con el fin de fomentar el juego atlético, especialmente el football» reza el acta constitutiva del Globo, redactada el 20 de julio de 1910 con retroactividad y la firma de José Laguna (presidente de entonces).

Se abrazan el pasado, el presente y el futuro: esta fecha es la aniversaria más importante. El día en el que todo se recuerda. El día en el que todo sucede…

Hoy cumplen años Masantonio, Stábile, Newbery y Bonavena. En la infinidad del cielo, trece estrellas resplandecen incandescentes. La gloria de la década del veinte sale del Río de La Plata a circunnavegar la Tierra; las aguerridas copas de los cuarenta desempolvan su sacrificio, mientras la espectacularidad de los setentones días felices vuelve a ser y las atajadas de Marcos Díaz se reinventan en el San Juan de Aldo Cantoni.

Hoy, Pedro Martínez debuta en la Selección Argentina. Onzari funda el «gol olímpico», Bartolucci la «palomita». Juan Pratto y Ángel Chiesa vuelven a campeonar, cuando Italia entera es Nóbile y Valentino Mazzola sueña otra vez con subirse al Globo. Hoy festeja el humor de Alfredo Barbieri. Y las guitarras de su padre y Riverol, acompañando la voz de Gardel.

Hoy brilla el oro olímpico de Casanovas en Alemania. La «Aplanadora» de 1939 pasa de nuevo. Baldonedo golea a Brasil; «Tucho» Méndez a toda América. Di Stéfano da sus primeros pasos y Jorge Alberti juega un partido más. En los documentos oficiales de AFA se deja constancia de la grandeza institucional, y el Palacio Ducó, precioso Patrimonio Histórico, se reconstruye ladrillo a ladrillo.

Hoy se reconoce a Viberti. Y se aplaude la elegancia de Brindisi, la locura de René y la filosofía de Menotti. Carrascosa vuelve a hacer la banda izquierda y Barrios convierte otro penal. El vozarrón de Basile guía los caños de Pastore. Apuzzo apaga un incendio gritando «¡Huracampeón!» y todos presiden, desde Caimi hasta Nadur.

Hoy el tango se viste de hinchada y el arrabal toma color. Nueva Pompeya es vieja cuna; Parque Patricios, eterna casa. Las letras de Centeya se reescriben, el arte de Ferrer resurge, la voz de Manzi resuena. Renace el primer banderazo. La Reina de La Quema y el telón pionero del fútbol argentino se vuelven a coser. Una multitud peregrina al Obelisco celebrando su identidad. Y la de todos los Huracanes del planeta, cientos en cuatro continentes, encuentra exégesis.

Esta no es la efeméride de una «entidad social y deportiva» (en líneas generales), «cuya principal actividad es el fútbol» (acentuando más), ni una «asociación civil con personalidad jurídica» (legalmente hablando). Hoy se conmemora a Huracán. Una realidad cultural en sí misma, borrando las líneas de cualquier limitación definitoria. Un «todo» complejo. Por eso su mundo, su propio mundo, celebra a lo grande. ¡Felicidades, Globo!

*Historiador de Huracán.

miércoles, mayo 16, 2018

Aquel rebelde fundador de La Palomita

Pablo Bartolucci, en la tapa de El Gráfico. Otro orgullo de Huracán. Otro emblema de La Década de Oro.

La Mutual de Veteranos de Huracán queda en un rincón del Palacio Ducó, aunque poco se parece a un palacio. Allí, un hombre que mucho vio y que mucho sabe, evoca una verdad que -de algún modo- resulta una contradicción: "Quienes más reivindicaron la profesión terminaron siendo los primeros olvidados". El hombre -elegante al vestir, impecable al hablar- dice que Hugo Settis, Juan Scursoni y Pablo Bartolucci fueron la versión local y futbolera de los Mártires de Chicago. Ellos -no por dinero; sino por búsqueda colectiva en nombre de ciertas libertades individuales- fueron los primeros en cuestionar a un amateurismo que pagaba sueldos pero que no homologaba a los futbolistas como profesionales ni como trabajadores.

Por expresarse en nombre de aquella cuestión, a Bartolucci y a sus compañeros de lucha los llamaron "los anarquistas". Ellos no se preocupaban ni cuestionaban los apodos. Se juntaban y tiraban para el mismo lado. En el libro Fútbol: pasión de multitudes y de elites, de Ariel Scher y Héctor Palomino, el mismo Settis señala: “No estaba en juego el aspecto económico (…) Aunque lo nuestro era un amateurismo marrón, lo que queríamos era la libertad como seres humanos. Los señores dirigentes pretendían mantener de por vida la llamada ´ley candado´, de su invención, es decir, utilizándonos como una mercancía a los jugadores de fútbol y convirtiéndose así en los negociadores exclusivos de nuestras transferencias". La frase había sido publicada en el diario La Opinión en 1976. Unos meses antes había fallecido Bartolucci, el otro gran buscador de aquellos días de finales de los años veinte y principios de los treinta.

Bartolucci es ahora un olvidado. A su recorrido le cabe la condición de celebridad. La memoria del fútbol argentino lo ignora como si no fuera tan inmenso. En días no tan lejanos, el periodista Oscar Barnade recordó aquellos tiempos de cambios: "El campeonato de 1930 terminó el 12 de abril de 1931 y al día siguiente los jugadores, agrupados en la Mutualista y liderados por los jugadores de Huracán Pablo Bartolucci y Hugo Settis, elevaron un petitorio exigiendo poner fin a la cláusula candado: si se iban del club por dos años no podían arreglar con otro de la categoría. Ese día, en plena dictadura militar, los jugadores marcharon por las calles adoquinadas de la ciudad exigiendo hablar con el presidente José Uriburu. El líder golpista recibió a los representantes de los jugadores y derivó el problema a José Guerrico, intendente de la Ciudad de Buenos Aires. Guerrico convenció a todos de que el reclamo de los jugadores estaba íntimamente relacionado con la declaración del profesionalismo. El 18 de ese mes, los jugadores declararon la huelga". En breve, brotaría el profesionalismo. Aquel impuiso nacido de un puñado de futbolistas que se abrazaban como trabajadores había sido un éxito de todos.

En el mismo rincón del Ducó donde late la Mutual de Veteranos otro hombre cuenta: "Bartolucci fue un fundador en todo sentido". Lo dice por aquello del profesionalismo, claro. Pero también por otro detalle que el fútbol del mundo le agradece y que incluyó en el folclore de sus jugadas más atractivas: La Palomita. Bartolucci se vestía con una venda sobre su frente y, con ella, fue el impulsor de esa maniobra que terminó siendo parte de la historia del principal de los deportes para siempre. En su condición de futbolista del seleccionado, el 15 de agosto de 1929, frente a Bologna de Italia, que estaba de gira por Argentina, Bartolucci se convirtió en una suerte de mito. Ese día, ganó el equipo albiceleste 3-1. Pero lo más importante, fue un detalle: él quedó en la historia como el creador de esa jugada que ahora es orgullo en potreros y en estadios. Nadie sabe estrictamente si fue el primero en realizar esa pirueta. Pero a su repetido rechazo de cabeza volando hacia adelante -zambulléndose casi al ras del piso- él le puso un nombre que desde entonces pasó a ser parte del diccionario futbolero. "Rechacé de palomita", dijo Bartolucci. Y así quedó para siempre. La tapa de El Gráfico, que lo retrató particularmente en esa circunstancia, ayudó a la construcción de su carácter de leyenda.

Alguna vez Carlos Gardel le puso su voz al recuerdo de esa jugada memorable: "Guarda con la Canaveri, / Miranda que en lo Canaro, / si de usted bate un Purcaro / qu’es Cafferata de acción. / Olvide el Carricaberry, / tírese a la Bartolucci... / ¡que mejor es hacer Bucci / que dársela de Mathón!" El tango se llamaba Largue a esa Mujica, de Juan Faustino Sarcione, y era un homenaje -según cuentan los especialistas, como Marcelo Martínez, del sitio Gardel.es- al Huracán multicampeón de los años veinte; pero también a los grandes futbolistas de ese tiempo dorado y de refundación para el fùtbol argentino. "A la Bartolucci" significaba, sin más explicaciones, de palomita. Ya con el tiempo, más de cuatro décadas después, Aldo Pedro Poy la refundó y hasta luego la paseó por el mundo, ya convertida en leyenda. En 1971, le hizo de ese modo un gol a Newell's que valió la eliminación del rival de siempre y más tarde, el título.

No era sólo un militante por los derechos de sus pares ni un crack en ese territorio del rechazo novedoso. Bartolucci era también un destacado futbolista. Perteneció a un tiempo (los años veinte, en los que el fútbol del Río de la Plata era, claramente, el mejor del mundo) y a un equipo (ese Huracán capaz de ser el más campeón de la década junto a Boca) que también a él lo definieron. No estaba en la Selección por casualidad: Bartolucci pertenecía a la elite de aquellos días. Jugaba de lo que entonces se mencionaba como half. Era más mediocampista que defensor, de todos modos. Y aunque está indeleblemente asociado a Huracán, donde disputó 100 partidos y marcó seis goles, vistió otras cuatro camisetas: Sportivo Buenos Aires, Ferrocarriles del Estado, Sportivo Barracas y Tigre.

Bartolucci fue parte de, quizá, el mejor Huracán de la historia, aquel que en 1928 sumó su cuarto título de Liga en el campeonato más numeroso del fútbol argentino (participaron 36 equipos y finalizó en el último día de junio de 1929). Allí jugaban algunas de las grandes figuras de ese tiempo, futbolistas de Selección: Juan Pratto (luego transferido al Genoa, de Italia); Cesáreo Onzari (fundador del Gol Olímpico; paradigma del wing izquierdo); Angel Chiesa (el diez de esos días) y Guillermo Stábile (primer Botín de Oro de la FIFA, en el Mundial de 1930). Y también Bartolucci, ese anarquista que La Palomita.

Texto publicado por el autor del Blog, en Planeta Redondo, de Clarin.com

sábado, mayo 12, 2018

Benditos vaivenes


Huracán 3-Boca 3

Fue un tobogán. Una sucesión de vaivenes. En el partido contra Boca, ese 3-3 que tuvo de todo. Durante el día, con el empate de Talleres frente al descendido Olimpo; con la derrota de Independiente ante Unión. Esos dos resultados que le pusieron final feliz al recorrido: Huracán pasó de los escombros a la Libertadores durante la temporada y durante este sábado sin olvido. Y ahí, en el centro de la escena, como emblema feliz, quedó Daniel Montenegro, en el día de su despedida de fútbol, a los 39 años, luego de casi 700 partidos y 145 goles, con esas lágrimas de gratitud, con ese saludo para siempre.

Se trata de un rasgo del Huracán del último lustro. Vive de vértigo en vértigo entre infiernos y paraísos. En 2014, tras una remontada estupenda llegó a la final por el regreso a Primera frente a Independiente. La perdió, en La Plata. El primer día de noviembre de ese año festejó el cumpleaños del peor de los modos: tras perder 0-3 en el Palacio Ducó frente a Sportivo Belgrano de San Francisco, quedó último en el Nacional. Menos de dos meses después: ganó la Copa Argentina y regresó a la A, tras hilvanar siete victorias en ocho partidos y vencer en el desempate a Atlético Tucumán. Se convirtió en el primer club en ganar un título absoluto jugando en la segunda categoría. En 2015, mientras peleaba por la permanencia, le ganó la Supercopa a River, jugó la Libertadores y llegó a la final de la Sudamericana. El descenso lo evitó en el último suspiro. En 2016, en el primer semestre, volvió a jugar la Libertadores (lo eliminó, polémicas mediante, el campeón Atlético Nacional) y se clasificó al ámbito internacional -de nuevo- a través del torneo. Pero pronto, en la campaña 16/17, regresaron las angustias de promedio hasta la última fecha.

El segundo semestre de 2017 comenzó con una bomba: la peor derrota internacional del equipo de Parque de los Patricios, 0-5 frente a Libertad de Paraguay. Entonces, con un plantel que parecía un rompecabezas roto, llegó Gustavo Alfaro. El equipo arrancaba la Superliga en zona de descenso. El hombre de Rafaela -aquel mediocampista luchador y prolijo- llegaba para modificar el ambiente. "Venimos para olvidarnos del promedio", dijo, a modo de mensaje fundacional. Sin pasado bajo el cielo del Ducó, con sus palabras demostró que sabía dónde estaba y cómo debía comunicarlo.

Y construyó un milagro a su modo y manera. El Caudillo Alfaro -como muchos lo llaman en la Bonavena y en la Miravé- fue claro desde el principio. Sabía lo que había que hacer. Y lo hizo.

Se rearmó desde los referentes. Logró que continuara Marcos Díaz, la figura de este tiempo de vaivenes y de glorias; también -según cuentan quienes conocen la historia del club- el arquero más influyente de los casi 110 años de Huracán. KIng Kong de La Quema respondió de manera impecable e implacable. Tuvo más de la mitad de los partidos su arco en cero. Fue decisivo frecuentemente. No es casualidad que los hinchas lo reclamen para el seleccionado que irá al Mundial y que aparezca en las encuestas al respecto.

Algo similar hizo con el capitán Martín Nervo, a quien conocía de sus días felices en Arsenal. Le pidió que se quedara. Se quedó. El defensor recuperó aquella regularidad perdida y volvió a ser líder. También sumó a aquellos futbolistas representativos que jugaron menos: Rolfi, Patricio Toranzo, Federico Mancinelli. Los trató con el merecido respeto. La armonía interna fue el sostén principal en los momentos complicados. "Me encontré un plantel muy fuerte desde lo humano", dijo Israel Damonte, el refuerzo más visible de este 2018.

Alfaro convenció a todos de una idea. Huracán no tiene los brillos de los días setentosos. Sería imposible. No hay un duende como René Houseman ni un mago como Miguel Brindisi. Tampoco ofrece los destellos del Equipo de Cappa. Sería imposible. No cuenta con el talento de Javier Pastore ni con el resplandor del mejor Mario Bolatti.

Este es un grupo que creció desde el barro, como aquellos superhéroes en blanco y negro de los años 20, que hicieron a Huracán el más campeón de esa década, los que casi siempre dirimían la consagración contra Boca. También es guapo como los planteles de la Era Masantonio, allá lejos en las dos primeras décadas del profesionalismo.

Huracán luchó en cada rincón del torneo. En los escenarios diversos. Cuando tenía promedio escaso y cuando peleó por acceder a su quinta participación internacional en cuatro años. Fue duro, fuerte, bravo, intenso. ¿Le faltó juego? A veces. Pero jamás careció de entrega total. Así, se reconstruyó a sí mismo. Como también pide su historia.

Gracias, Rolfi: hasta siempre



No fue un día más para Daniel Montenegro. Por decisión personal, a los 39 años, el Rolfi se retiró del fútbol profesional. Lo hizo en el lugar en el que se formó y en el que se mostró cuando era un pibe que asomaba como crack. Pasaron 21 años desde su debut.

Sucedieron casi 700 partidos, 144 goles, tres títulos (uno con River, uno con Independiente y la Supercopa con Huracán), un montón de asistencias, un título Sudamericano con el Sub 20, un par de presencias en la Selección, experiencias en el exterior (España, Francia, Rusia, México). Un millón de recuerdos.

Como el de la mañana del Palacio Ducó, ese partido ante Boca en el que ofreció destellos de su fútbol de mago. Y en el que una ovación lo despidió para siempre. Alguna lágrima se le escapó, claro. No podía ser de otro modo.

Lo saludaron todos: su gente, su familia, sus amigos (como Wanchope Abila, quien fue hasta el vestuario), los compañeros, los rivales. Y hasta la camiseta de Huracán, especial para la ocasión: “Termino donde quise, el lugar que me vio nacer”.

miércoles, mayo 09, 2018

Aguante Bonavena



Almafuerte y un homenaje hecho canción: Aguante Bonavena.

Siempre Ringo. Siempre con nosotros.

sábado, mayo 05, 2018

Suma, mucho...



Talleres 0-Huracán 0

Escenario valioso:

1) Once partidos sin perder.

2) Top 4, en zona de acceso a la Libertadores.

3) Otra valla invicta (la número 14) para el inmenso Marcos Díaz, otra vez figura, otra vez con impronta de seleccionable y de Mundial.

4) Un punto ante un rival de los más complejos que ofrece la Superliga.

5) Garantía matemática de regreso al ámbito continental en 2019: será la quinta participación desde 2015.

6) Sensación de equipo confiable, una vez más y al margen de gustos.

7) El promedio de la próxima temporada ofrece cierto margen. No habrá angustia inicial.

Sí, claro, este cero suma.

Mucho.

miércoles, mayo 02, 2018

Nosotros, también un tango...



Hace un tiempo largo, Héctor Hugo Cardozo -notable periodista de la Vieja Guardia y más amigo- me recomendó este tango: "Yo soy de Parque Patricios".

Cuenta el barrio de nuestro Huracán. Fue ofrecido en público y para siempre en 1944, el año en que Huracán obtuvo la Copa Competencia Británica, el décimo título oficial del club.

Un homenaje a aquellos días y también a mi amigo El Negro, un auténtico Quemero esencial más allá de que le simpaticen otros colores, los de Central.

sábado, abril 28, 2018

Noche de lluvia, noche de copas


Huracán 3-Atlético Tucumán 2

Hay tres modos de abordar la campaña de Huracán.

El primero, el de los optimistas amigos de las exageraciones: con los puntos que dejó pasar de local (sobre la hora ante San Lorenzo y los insólitos encuentros ante Patronato y Central) y sin los fallos que complicaron su recorrido (como el Penal del Viento ante Banfield o el gol mal anulado en el último segundo ante Colón), el equipo se podría haber asomado a la pelea del título frente a Boca.

El segundo, el de los entusiastas que imaginan un horizonte internacional: con la victoria frente a Atlético Tucumán, el Globo de Newbery se elevó al tercer puesto, se puso en zona Libertadores y se garantizó -cuanto menos- el acceso a la Copa Sudamericana.

El tercero, el de los cautelosos que no pierden de vista que el equipo arrancó esta Superliga en zona de descenso: ahora, sin incluir a los dos ascendidos, Huracán comenzaría la temporada 18/19 con nueve equipos por debajo en la tabla de los promedios.

En cualquiera de las tres dimensiones, un campañón.

Más allá de gustos y del juego, los números son elocuentes: lleva 10 partidos sin derrotas (la mejor racha de un equipo en la Superliga) y cuatro victorias sucesivas; y es el segundo con más vallas invictas (mérito, sobre todo, de su enorme arquero Marcos Díaz) y el segundo con menos derrotas.

Pero corresponde decirlo más allá del peso implacable de la estadística: Huracán no encanta. Vaya novedad: no busca eso. No le importa. ¿Está bien? ¿Está mal? Cuestión de gustos. Lo que ofreció frente a Atlético Tucumán no fue mucho más que lo suficiente...

Parte del texto escrito por el Fundador del Blog, en Clarín.

Pero alcanzó. Para que el entusiasmo nos siga abrazando. En otra noche de lluvia. En otra noche de copas...

jueves, abril 26, 2018

El himno de nuestra patria quemera




Sopla un viento de triunfos y gloria,
corazones que vibran de fe.
Ya desfilan los grandes campeones
y el concurso aplaude de pie.
En sus pechos diviso la insignia
confundida con el corazón.
Es un Globo de fuego que vuela
rumbo al cielo de su inspiración.

Se oye un grito que se expande
por los aires con afán.
Son millares de gargantas
las que nombran: ¡HURACÁN!
Club glorioso de campeones
con empuje de titán.
Arrogantes corazones
¡HURACÁN! ¡HURACÁN! ¡HURACÁN!

Ya termina el desfile armonioso.

Deportistas de gracia ideal.
Y al espacio se elevan los hurras
junto al Globo que vuela triunfal.
Ya se marchan los bravos campeones
y la hinchada que alienta a la par.
El estadio dormita en silencio.
¡HURACÁN! ¡HURACÁN! ¡HURACÁN!
Se oye un grito que se expande
por los aires con afán.
Son millares de gargantas
las que nombran: ¡HURACÁN!
Club glorioso de campeones
con empuje de titán.
Arrogantes corazones
¡HURACÁN! ¡HURACÁN! ¡HURACÁN

miércoles, abril 25, 2018

Marcos, en la interna de la Selección


Por Oscar Barnade*
Marcos Díaz, el arquero de Huracán, disparó este lunes su bronca en un medio del club contra los medios nacionales: “Tiene prensa exagerada”. Se refería a su colega Franco Armani, a quien un sector del periodismo lo quiere adentro de la lista para el Mundial de Rusia aunque nunca jugó en la Selección. Tenía bronca Bernabé Ferreyra, centrodelantero de Tigre, en 1930 porque se quedó afuera de la lista de 22 que fueron al primer Mundial de fútbol, en Uruguay. Y el Gran Bernabé tomó una medida más drástica: ingresó al sector de prensa de la cancha de Tigre y agredió a varios periodistas. Ayer y hoy, las listas definitivas del Mundial generaron polémicas.

Para mediados de 1930 Bernabé ya se había ganado fama de goleador. Había hecho 11 en 13 partidos en el torneo de 1929 y otros 6 en los primeros 7 partidos del torneo de 1930. La Fiera tenía el apoyo nada menos que de Borocotó, la pluma de El Gráfico. Fue convocado a una prueba decisiva: un clásico con Uruguay por la Copa Newton, el 25 de mayo. Allí, los dirigentes que integraban la Comisión de Selección junto con Francisco Olazar, el entrenador, definirían la lista. El debut con laAlbiceleste de Bernabé fue muy pobre y así lo reflejaron los medios. “Como es de dominio público, la actuación del jugador B. Ferreyra fue desastrosa, hasta el punto tal de que a su forma de jugar débese que los argentinos no alcanzaran una merecida victoria”, dice La Argentina. Fue 1-1 y el gol lo hizo Francisco Varallo, el joven goleador de Gimnasia. Ese día, también Adolfo Zumulzú tuvo una mala actuación.

En la reunión del lunes 26 de mayo se definió la lista. El diario La Argentina advertía: “Esperemos que el criterio que prevalecerá en la sesión de esta noche, será el de hacer las cosas a entera conciencia, sin que preponderen los favoritismos que se vienen cometiendo hasta el presente”. Bernabé y Alberto Cuello, ambos de Tigre, quedaron afuera. Zumelzú y Varallo fueron convocados. Y los centrodelanteros de Argentina fueron Guillermo Stábile, de Huracán (goleador del torneo) y Manuel Ferreira, de Estudiantes, el Piloto olímpico.

El 1° de junio, por la 9ª fecha del torneo, Tigre recibió a Platense en la vieja cancha conocida como del Lechero Ahogado. Allí, Bernabé descargó su bronca. Cuenta La Argentina: “Varios jugadores locales, capitaneados por B. Ferreyra y Cuello, introdujéronse en el recinto de los periodistas y en forma cobarde y a mansalva, agrediéronlos, llegando a herir a uno de ellos de cierta consideración”.

Veinte años después, Borocotó escribió en la revista Pinceladas deportivas: “Fuimos varios los que bregamos por la inclusión de Ferreyra en la selección. Fue elegido y jugó… y muy mal. Los que tanto luchamos por él, quedamos junto con el gordo Monge, completamente desorientados. Salió de la cancha silbado y abucheado. Después supimos la verdad: esa mañana del partido Bernabé había donado sangre para su hermana enferma…”.

La bronca quedó atrás. Durante el Mundial se fue de gira con Huracán. Más tarde con Vélez. En 1932 pasó a River por 35.000 pesos, alcanzó fama y gloria, y fue el mejor de su época.

*Texto publicado en Trece Décadas, de Clarín.

domingo, abril 22, 2018

Vení, copate...



Tigre 0 - Huracán 2

Huracán es un equipo en serio. Lo cuenta su recorrido por la Superliga, la sensación de seguridad que genera, la confiabilidad que representa.

Vení, copate, analicemos a nuestro Globo:

1) Como dice el técnico Alfaro tenemos al mejor arquero del fútbol argentino. Se llama Marcos Díaz. Merece Selección y Mundial tanto o más que Franco Armani.

1 bis) En 13 de los 23 partidos que atajó Marcos, Huracán mantuvo su arco en cero. Sólo Guido Herrera (con 14 en 24) lo supera en ese rubro.

2) El equipo lleva nueve partidos sin derrotas, la segunda mejora racha de un equipo en el torneo (sòlo superado por el inicio de Colón, con 10 sin caídas).

3) La defensa es sólida y la componen no sólo los cuatro de atrás. El equipo entero defiende.

4) Ignacio Pussetto juega cada día mejor. Por momentos, como en la mañana de Victoria, parece imparable.

5) Se sabe a lo que juega. A veces gusta más, otras menos. Pero es lógico, razonable, siempre.

6) El mediocampo -sobre todo a partir de la llegada de Damonte- ofrece equilibrio invariablemente.

7) Los destellos de Silva comienzan a ser relevantes.

8) El plantel luce sólido. El entrenador recuperó a Nervo y a Araujo; respeta a los símbolos (Mancinelli, Toranzo, Rolfi), más allá de los minutos que jueguen.

9) El banco brinda variantes y cubre agujeros con solvencia.

10) Una impresión, más allá de la valiosa actuación de Mendoza: con un nueve goleador durante toda la temporada, este equipo le peleaba el título a Boca. Salvo Wanchope (4 goles en 9 partidos), el resto aportò poco o nada: Coniglio (3 en 20); Andrés Chavez (2 en 7); Briasco (1 en 5); y Mendoza (0 en 9).

Vení, copate...

Que parece que entramos a la Libertadores...

lunes, abril 16, 2018

"Que me tirás Cubilla"



Una historia. Bien de barrio, bien del Palacio Ducó. La loca magia de aquella frase de hace 15 años...

viernes, abril 13, 2018

Tres puntos y una copa



Huracán 1-Argentinos 0

De repente, un detalle modifica todo. Un tipo que llegó a Parque de los Patricios abrazado a otra presunta escuela se convierte en protagonista central. Ese tipo, Israel Damonte, aparece y define. Es gol y es victoria. Pero también es otra cosa: el que grita como si el Ducó fuera su estadio se siente parte de esa construcción de toda esa gente alrededor. “Este Damonte entendió Huracán mejor que casi todos los que vinieron en los últimos tiempos”, cuenta alguien que mucho conoce sobre la cuestión.

Lo que se vivió en el Palacio Ducó fue un duelo por el ingreso a la Copa Libertadores 2019. Apenas un punto de diferencia los separaba antes de que el encuentro comenzara. La posibilidad latente de trepar a un puesto de clasificación al máximo certamen internacional, al menos hasta que juegue Independiente, representaba un estímulo importante para los dos. En ese contexto ambos equipos jugaron con intensidad. Sin embargo, el encuentro fue un retrato del fútbol argentino. Fueron dos equipos que, a pesar de ser revelaciones en el torneo, ofrecieron poco. Además, patear al arco resultó ser, en varios tramos, casi una misión imposible.

En un partido que presuntamente parecía poco intenso, este contexto en el que se jugó hizo todo lo contrario: se vivió con mucha intensidad. Todos iban a disputar la pelota con fuerza, sin dar una por perdida. Fue un encuentro muy parejo con pocas llegadas a los arcos, en el que Huracán buscó un poquito más en el primer tiempo pero sin entregarse a la dinámica de ir por ir. Y la visita emparejó en el complemento. No sólo eso. También hizo revolcar un par de veces a Marcos Díaz.

Argentinos , curiosamente, se plantó en el campo de una manera distinta a la forma que viene acostumbrado. Defendió de manera férrea y dejó bastante solo a ese 9 que es su estrella: Lucas Barrios.

El futbolista que fue campeón de América el año pasado con Gremio era la principal referencia del ataque de Argentinos. Y para contrarrestar a ese 9 que, curiosamente, se formó en “La Quemita”, el predio donde entrenan las Inferiores de Huracán. Gustavo Alfaro armó una nueva dupla de marcadores centrales: salieron Matheu y Nervo e ingresaron Salcedo y Mancinelli. Tuvieron que lidiar con ese enorme delantero pero hicieron una digna tarea para contenerlo y no sufrirlo.

En general fue un partido flojo en términos desde lo técnico, pésimo desde las llegadas y que los invita a repensar de qué modo pueden lastimar de ahora en más al rival para llegar al objetivo, que es la clasificación a la Libertadores. Anoche, ambos cuidaron demasiado el cero propio y se olvidaron del arco de enfrente y, así, les va a ser difícil llegar a la meta.

Huracán lo terminó ganando por detalles. Es así como piensa los partidos su técnico, Alfaro. De un rebote en un rival, tras un remate de Montenegro, que parecía no llevar demasiado peligro para Argentinos, la pelota terminó adentro del arco. ¿Por qué? Porque Israel Damonte, que había iniciado la jugada, siguió su curso, se adelantó, estuvo atento y llegó a definir antes que cuatro rivales que rechazaran el balón o lo taparan.

Después, el Bicho no tuvo demasiado tiempo para reaccionar. Y sintió el impacto. Apostó a buscar el empate a través de algunas pelotas parada s y pelotazos largos, que quedaron en las manos de Marcos Díaz. En él se sostuvo Huracán para asegurar el triunfo. Y para atesorar esos tres puntos vitales que estaban en juego que le permiten meterse en el quinto lugar, es decir en un puesto de clasificación a la Libertadores 2019.

Texto publicado por el fundador del Blog y Maxi Benozzi, en Clarin. 

domingo, abril 08, 2018

Un gol y un arquero inmenso



San Martín 0-Huracán 1

Preguntas y respuestas:

¿Jugamos bien? No.

¿Merecimos ganar? Mmmmm.

¿Importa? No tanto.

Lo cierto es que Huracán sumó los tres puntos en su quinta victoria como visitante en la Superliga.

Y hay más certezas:

1) El acceso a la Libertadores es una posiblidad.

2) El descenso en esta temporada es cosa del pasado.

3) Tenemos un arquero de Selección. Lo volvio a demostrar. Se llama Marcos Díaz.

4) Son 7 los partidos sin derrotas de modo consecutivo.

5) Si tuviéramos los puntos que el azar y que los arbitrajes penosos nos sacaron estaríamos peleándole el título a Boca. Nada menos.

Esto sigue.

Vamos por más.


viernes, marzo 30, 2018

No jodan más...



Huracán 1-Banfield 1

No jodamos más con los arbitrajes. Basta. No puede ser que sucedan penales que no existen...

Mucho menos en el Día del Adiós a René.

Eso.

Todo eso.

jueves, marzo 22, 2018

Bendito será el recuerdo de tus locuras


Seguía yendo al lugar en el que había sido fabricante de alegrías y de jugadas para guardar en todas las memorias. Cuando volvió el fútbol de la Superliga, en el reciente verano que ya se fue, René -el crack que no necesita su apellido para que la referencia resulte inequívoca- estaba ahí, en el Palacio Ducó, justo antes del partido contra River. La escena era una demostración: el Hueso -como lo llamaba su apodo de los días felices- respiraba barrio. Sentado en el cordón de Alcorta, con la gorra que le habían regalado hacía poco, con la sonrisa ante el saludo de tantos admiradores que lo vieron jugar o que escucharon sobre su leyenda. Pero en los ojos había una tristeza tardía, una suerte de despedida. Houseman ya no estaba bien.

El domingo del último clásico ante San Lorenzo también caminó por Colonia, escuchó saludos, recibió abrazos, la gente le rendía pleitesía. Pero a él ya le faltaba fuerza. Lo disimulaba con una generosidad que no le cabía en su cuerpo breve. Pero igual ahí estaba, en ese espacio que le resultaba tan propio. Aunque se había criado en el Bajo Belgrano -en esa villa que la dictadura arrasó durante el Mundial 78-, siempre fue habitante sentimental de Parque de los Patricios y de su zona de influencia. Como un Quemero más.

Falleció el siete bravo de Huracán, el mago de los años 70, el campeón del mundo con la Selección del Flaco Menotti -su impulsor-, el hincha de Excursionistas que se había asomado al fútbol grande en Defensores de Belgrano, campeón de la C en 1972. Ya no está el hombre, pero vivirá su legado de wing estupendo: también la añoranza de esas jugadas que nunca más sucedieron.

Cuentan que la muerte mejora al fallecido. Pero René no necesita eso. Ni ahora ni nunca. Bastará el recuerdo de quienes presenciaron su loco fútbol para que ese retrato exprese su dimensión. Lo contó en días no tan lejanos Daniel Buglione, compañero en aquel plantel del 73, el del Equipo de los Sueños: "Hacía cosas imposibles. Que sólo se las veías a él. Era imparable en los partidos, en los entrenamientos, en su barrio. ¿Sabés lo que valdría hoy?"

La pregunta no tiene respuesta. Porque encima, aunque era wing también hacía goles. Muchos para ese puesto reservado para los gambeteadores, los díscolos, los osados. Sólo en Huracán convirtió 109 tantos en 277 partidos. En la Selección, con la que jugó dos Mundiales, marcó 13 en 52 presentaciones.

Todavía se escuchan en las charlas de bar los ecos de aquella canción que lo evocaba en sus tiempos de crack: "Y chupe, chupe, chupe/no deje de chupar/El Loco es lo más grande del fútbol nacional..."

Construyó un idilio con esa gente que quería concluir con 45 años de espera y postergaciones. Desde los años 20 -en los que el club había sido el más ganador junto a Boca- que Huracán no obtenía un título de Liga. Fue campeón y figura en el año de su arribo con las armas que luego lo inmortalizaron: gambetas, amagues, movimientos de cintura, rivales por el piso, pases al milímetro, goles.

Roberto Fontanarrosa -uno de los escritores que lo admiraba- contó cómo jugaba. Lo padeció en un histórico 5-0 de Huracán ante su Rosario Central, en Arroyito. "Corría, para hacer todo más difícil, sobre la raya de toque, por la derecha, casi haciendo equilibrio. Le salió un marcador, de frente, cubriéndole la línea. Y ahí no se muy bien qué hizo ni cómo lo hizo. Sin perder velocidad, se cambió la pelota del pie derecho al izquierdo y del izquierdo al derecho, como si se le hubiera enredado entre los botines, y apareció corriendo a espaldas del marcador, siempre con la pelota y sobre la línea. Se escurrió, digamos, por el huequito que quedaba entre la cadera y la axila del defensa y los cinco o seis centímetros del grosor de la línea de cal. En aquella época no eran frecuentes las repeticiones en la tele, entonces Houseman, como para que yo no me quedara con la intriga, como para mostrar nuevamente el truco a ver si alguno lo descubría, repitió la maniobra con otro defensor que salió a cruzarlo por detrás del primero y se fue como una luz hacia el banderín del corner. Otra vez ese esbozo de arranque hacia adentro, la corrección hacia afuera y enderezarla para adelante pasando casi de perfil y sin que, ni siquiera, consiguieran hacerle falta. (…) Flaco, liviano, escurridizo, desprolijo en el vestir, llevaba la pelota a velocidad de vértigo aderezándola con una enorme cantidad de amagues, de pequeños frenos, de aceleraciones, al punto que había veces en que era la pelota la que lo seguía a el, como un empecinado cachorro".

El vínculo con el hincha se forjó con aquellas destrezas y su magia. Y permaneció inalterable hasta el último de los suspiros. Se trató y se trata de una fidelidad que ni los calendarios ni los tropiezos pudieron ni pueden corromper.

Queda una impresión, ahora en su partida: el idilio no lo edificó sólo con el hincha de Huracán, que lo tendrá guardado para siempre en el pedestal de los máximos ídolos. Sino con todos los que disfrutan el fútbol de los audaces, como el de René. Por todo eso, cada hincha lo sabe: bendito será el recuerdo de sus locuras...

Texto publicado por el fundador del Blog, en Clarín.

René, tan nuestro...


El Gráfico, mayo de 1976. Huracán festeja una de las escalas de ese año histórico: en un caso único en la historia del fútbol argentino (y mundial), ganó los cinco clásicos del año frente a San Lorenzo. Y ahì, René Houseman para ponerle su cara a aquellos días felices. Más allá de torpezas y exabruptos de una noche de Copa, tan nuestro, tan quemero, tan querible, tan entendible...

René, la Alcorta y el Amalfitani

René Houseman, en los encantadores 70. Fue crack, ídolo y símbolo de esa década. Y de toda la historia del fútbol argentino.

Cada vez que lo veo a René Houseman mirando a Huracán desde su rinconcito en la platea Alcorta siento una tranquilidad que no sé explicar. Como si él pudiera hacer algo, aunque ya no haya nadie como él o parecido o cercano dentro del campo de juego. A pesar de lo imposible, imagino que aquello de los duendes pueda ser cierto. Cuando está René me sucede que de repente todo parece posible. Luego, ante la evidencia de la razón y de la tabla de posiciones, advierto --otra vez-- que los duendes sean una creación propia, pocas veces exitosa. Pero no me resigno. Lo veo a René y, naturalmente, empiezo a creer que esa tarde o esa noche habrá un reencuentro con días más felices.
El domingo no habrá rinconcito en la platea Alcorta. Tal vez tampoco esté René. O quizá no alcance a divisarlo. Seremos locales en el José Amalfitani, esa cancha en la que todos lloramos bajo el invierno de 1986. En esta ocasión no estará del otro lado el impertinente Italiano de Ramón Cabrero. Será contra Newell's. Y quizá no encuentre con la mirada a René. Entonces, comprenderé esta suerte de desarraigo. Y, para colmo, no habrá duendes a los cuales acudir...

Lo que sigue es un texto que publiqué en Clarín, en octubre de 1998. Se titulaba "René y la victoria que no llega".

"Una tarde cualquiera del 98. Barrio de Parque Patricios. Estadio Tomás Ducó. La popular Oscar Ringo Bonavena está repleta de sombras. Vacía de papelitos, gritos de bronca que buscan un desahogo que no llega. Nunca llega. Allí, en el campo de juego, el Huracán del pasado ilustre y el presente deshilachado padece. No alcanzan las gambetas de Daniel Montenegro ni las buenas intenciones de Sixto Peralta y de Gastón Casas. Nada alcanza. Ni ese aliento resignado. Ni ese Vamos muchachos que no tiene eco. El destino se parece a un pedacito del pasado. A ese invierno del 86, el del descenso contra Italiano en la cancha de Vélez, el del orgullo herido...Pero ahí está el Globo. Luchando maltrecho. Pero sin quebrantos. A pesar de las malas administraciones y de la consecuente crisis económica e institucional. Con el espíritu de siempre. Con ese irrevocable apego a su linaje barrial.La tarde del 28 de agosto del 94 parece un desencanto lejano. Tan lejano que no resulta doloroso el recuerdo. Entonces, el Huracán de Cúper perdía 4-0 ante Independiente y se le escapaba el título de campeón del Clausura. Un puñado de meses después los insultos empujaron al técnico al adiós...Esa noche, la de la despedida de Cúper y la derrota ante Central, René se fue contrariado. No entendía esa reacción reñida con la mesura. Sus ojos saltones, vivaces, miraban el piso de la platea Alcorta. Buscaba respuestas. No había.René es un habitante estelar de esa platea. Siempre está. Añorando sus tiempos de gambetas sin lectura y de brazos en alto testimoniando gloria. Esperando victorias que no llegan. Buscando liberar el grito sagrado que suele resultar esquivo. Imaginando horizontes prósperos, sin sombras en la popular".